El sistema capitalista en crisis: Inflación Estructural
El sistema capitalista en crisis: Inflación Estructural.-El El primer grupo aporta, en las primeras fases del capitalismo, el excedente de producción necesario, para sustentar la elite capitalista, sin embargo, con la incorporación contemporánea al mundo laboral del segundo grupo, el excedente de producción (plusvalia) debe ir subdividiéndose en incesantes “bolsitas”, para ir repartiéndose entre los trabajadores de este segundo grupo, emergente, creciente y materialmente improductivo. El sistema económico capitalista que se basa en la producción de mercancías cuya clase trabajadora es mayormente ocupada en trabajos asalariados en el sector servicios y no productores de mercancías es un contrasentido. Un sistema económico donde primen los servicios, no puede seguir buscando su existencia en el beneficio material de la producción de mercancías, de una época industrial arcaica. La cuestión radica en pasar de una economía industrial a una economía Comunista del conocimiento. Los trabajadores perderemos una intangible materialidad - jamás, hemos visto una perra gorda-, para alcanzar una tangible inmaterialidad. Si hasta ahora nos han hablado de “beneficio y reparto” la cuestión se transforma en “producción y reparto”, para una proporción inversa a la producción. Si la ganancia material, que permite la existencia del sistema económico capitalista, a través del excedente de producción de la fuerza de trabajo es nula, como en toda la mano de obra empleada en servicios, el beneficio económico es cero. Como la inflación implica el crecimiento simultáneo de los productos y los factores productivos y el aumento de unos precios empuja a los demás en círculo vicioso, resulta realmente difícil ponerse de acuerdo sobre qué rama industrial o qué factor fue el origen de la escalada. La multitud de teorías explicativas puede agruparse en tres tipos: las que consideran que el origen de la inflación se debe a un exceso de demanda (Inflación de Demanda); las que consideran que los problemas se originan por el lado de la oferta (Inflación de Costes); y las que consideran que la causa de la inflación está en los desajustes sociales (Inflación Estructural). Argelaguer Vall del Llierca
sistema capitalista en crisis se basa en la producción de mercancías, de donde extrae su beneficio en forma de plusvalía, sin embargo, la masa de trabajadores en España. y en los países capitalistas de libre mercado está mayormente ocupada en el área de servicios, cuya producción material es nula.

Meneame
del.icio.us
La teoría estructural : Según esta Teoría, las alzas de los precios se hallan fuertemente condicionadas por las deficiencias estructurales del sistema productivo Capitalista y del mercado. Esas deficiencias se manifiestan principalmente en la desigual distribución de la renta y la riqueza, sobre todo de la propiedad, la deficiente explotación de la agricultura, la presencia de monopolios y oligopolios en la industria, la falta de transparencia en los mercados, la insuficiente dotación de capital fijo social, la escasa diversificación de las exportaciones y la dependencia creciente de las importaciones, la población creciente y la baja productividad e inestabilidad social y política. Todo ello configura un especial escenario en el que el proceso de generación y propagación de la inflación no puede ser explicado únicamente por las teorías de la inflación de demanda y la de costes, sino que hay que tener en cuenta además todas estas deficiencias o desequilibrios estructurales.
La teoría estructural | 09-10-2008 - 17:03:36 GMT 1 #
Capitalismo del desastre: estado de extorsión, por Naomi Klein :
Desde que el petróleo sobrepasó los 140 dólares el barril, hasta los locutores de derechas más furibundos se ven forzados a demostrar su credo machacando a las petrolíferas.
Desde que el petróleo sobrepasó los 140 dólares el barril, hasta los locutores de derechas más furibundos se ven forzados a demostrar su credo populista dedicando una porción de sus programas a machacar a las compañías petrolíferas. Algunos han ido tan lejos como para invitarme para mantener una amistosa charla sobre un insidioso nuevo fenómeno: "el capitalismo del desastre". La cosa marcha bien... hasta que empieza a torcerse.
Por ejemplo, el locutor "conservador independiente" Jerry Doyle y yo mantuvimos una conversación perfectamente amistosa sobre las turbias compañías aseguradoras y la ineptitud de los políticos cuando ocurrió lo siguiente: "Creo que hay una sistema para abaratar rápidamente los precios", anunció Doyle. "Hemos invertido 650 mil millones de dólares para liberar a una nación de 25 millones de personas. ¿No va siendo hora de que reclamemos algo de petróleo a cambio? Deberían de haber un montón de camiones cisterna, uno tras otro, formando un atasco en dirección al Túnel Lincoln, el apestoso Túnel Lincoln, en hora punta, cada uno de ellos con una nota de agradecimiento de parte del gobierno iraquí... ¿Por qué no vamos y cogemos sencillamente el petróleo? Nos lo hemos ganado liberando un país. Puedo arreglar el problema del precio del petróleo en diez días en vez de en diez años."
Había un par de problemas con el plan de Doyle, por supuesto. El primero es que estaba describiendo el mayor latrocinio de la historia mundial. El segundo, que llegaba demasiado tarde: "nosotros" ya estamos robando el petróleo de Irak, o al menos estamos en el momento cumbre de ello. Los capitalistas del desastre han estado ocupados: desde los bomberos privados que actuaron en los incendios del norte de California, a los desposeedores de tierras tras el ciclón Burma, a la nueva ley sobre la vivienda abriéndose paso hacia el Congreso. La ley no habla demasiado sobre las viviendas asequibles, desplaza la carga del impago de hipotecas a los contribuyentes y asegura a los bancos que proporcionan malos préstamos conseguir algunos pagos en devolución por los mismos. No sorprende que se la denomine en los pasillos del Congreso como el "plan Credit Suisse", en honor a uno de los bancos que, generosamente, la propuso.
El desastre de Irak: "si lo rompe lo paga"
Pero estos casos de capitalismo del desastre son bastante amateurs en comparación con lo que se está llevando a cabo en el ministerio del petróleo iraquí. Empezó con la adjudicación de contratos fuera de subasta a ExxonMobil, Chevron,Shell, BP y Total (aún no se han firmado, pero continúan siendo válidos). Pagar a las multinacionales por su bagaje técnico no es algo raro. Sí lo es que estos contratos vayan casi invariablemente a compañías petrolíferas que se dedican a su distribución, y no a las que se dedican a explorar, producir y guardar la riqueza procedente de la explotación de estos recursos combustibles y liberadores de dióxido de carbono. Como apunta el experto en petróleo londinense Greg Muttitt, los contratos sólo tienen sentido según las informaciones de que las grandes compañías petrolíferas han insistido en el derecho a poder rechazar contratos otorgados para producir en los campos de petróleo iraquíes, dirigiéndolos. En otras palabras, aunque otras compañías podrán pujar por los contratos en el futuro, serán éstas quienes siempre los ganarán.
Una semana después de que no se anunciaran acuerdos fuera de subasta, el mundo pudo ver el precio real del petróleo. Después de años presionando a Irak en la trastienda de la opinión público, el país ha abierto repentinamente a los inversores seis de sus mayores campos petrolíferos, que reúnen en conjunto casi la mitad de sus reservas. De acuerdo con el ministro del petróleo iraquí, se empezarán a firmar contratos a largo plazo a lo largo de este año. Aunque ostensiblemente bajo el control de la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí (CNPI), las empresas extranjeras mantendrán el 75% del valor de los contratos, dejando el 25% restante a sus socios iraquíes.
Este tipo de porcentaje no tiene precedentes en los estados árabes y persas ricos en petróleo, en los que el control mayoritariamente nacional del petróleo fue una victoria decisiva en las luchas anticoloniales. Según Muttitt, la suposición hasta ahora era que las multinacionales extranjeras traerían el desarrollo a los nuevos campos petrolíferos en Irak, no que tomarían aquellos cuya producción ya está en marcha y en consecuencia requieren una inversión técnica mínima. "La política era la de asignar estos campos a la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí por completo", me explicó. Este cambio supone una inversión de aquella política, ya que da a la CNPI solamente un 25%, en vez del 100% acordado.
Así pues, ¿qué es lo que hace que contratos tan pésimos como ésos sean posibles en Irak, un país que tanto ha sufrido? Irónicamente, es el sufrimiento de Irak -su crisis sin fin- la base para un acuerdo que amenaza con drenar de su tesoro nacional su principal fuente de ingresos. La lógica es como sigue: la industria petrolífera de Irak necesita expertos extranjeros porque los años de sanciones punitivas la privaron de nueva tecnología, y la invasión, y la violencia que la siguió, la degradaron todavía más. E Irak necesita urgentemente producir más petróleo. ¿Por qué? Por la guerra, una vez más. El país está en ruinas, y los miles de millones repartidos en contratos fuera de subasta a las compañías occidentales no han conseguido reconstruir el país. Ahí es donde aparecen los nuevos contratos fuera de subasta: lograrán recaudar más dinero, pero Irak se ha convertido en un lugar tan peligroso que se debe inducir a las compañías petrolíferas para que éstas se arriesguen a invertir. De ese modo la invasión de Irak crea limpiamente el argumento para el saqueo ulterior.
Muchos de los arquitectos de la guerra de Irak ya ni siquiera se preocupan en negar que el petróleo fue el motivo principal para desencadenarla. En el programa To the Point de la National Public Radio [Radio Nacional Pública], Fadhil Chalabi, uno de los principales consejeros iraquíes de la administración Bush antes de la invasión, describió recientemente la guerra como un "movimiento estratégico de los EE.UU. y el Reino Unido para tener una presencia militar en el Golfo con la que asegurar en el futuro las reservas [de petróleo]." Chalabi, que ejerció de viceministro del petróleo y se reunió con las compañías petrolíferas antes de la invasión, describió este movimiento como "un objetivo fundamental."
Invadir países para apoderarse de sus recursos naturales es ilegal según la Convención de Ginebra. Esto significa que la gigantesca tarea de reconstruir la infraestructura en Irak -incluyendo su infraestructura petrolífera- es responsabilidad financiera de los invasores. Son ellos quienes deberían ser forzados a pagar las reparaciones. (Recuérdese que el régimen de Saddam Hussein pagó 9 mil millones de dólares a Kuwait en concepto de reparaciones por la invasión del país en 1990.) En cambio Irak está obligado a vender el 75% de su patrimonio nacional para pagar el precio de su propia invasión y ocupación ilegal.
El shock del precio del petróleo
Irak no es el único país involucrado en el atraco petrolífero. La administración Bush está atareada en la labor de usar una crisis relacionada -la del alza del precio del combustible- para reavivar su viejo sueño de perforar el Refugio Natural Ártico (Artic National Wildlife Refuge, ANWR en sus siglas inglesas). Y de perforar en la costa. Y también de explotar las reservas de petróleo bituminoso de la cuenca de Green River. "El Congreso tiene que enfrentarse a una dura realidad", dijo George W. Bush el 18 de junio. "A menos que los miembros del congreso estén dispuestos a aceptar los dolorosos precios del combustible actuales, o puede que aún más altos, nuestra nación debe producir más petróleo."
Habla el Presidente como Extorsionador en Jefe, apuntando a la cabeza de su rehén (nada menos que el país entero) con el surtidor de gasolina: o me conceden la ANWR o todo el mundo tendrá que pasar sus vacaciones en el patio trasero de su casa. El último robo del presidente-cowboy. A pesar de la propaganda "Perfore aquí y ahora y pague menos", perforar en la ANWR tendría un impacto apenas discernible en las actuales reservas petrolíferas mundiales, como sus defensores bien saben. El argumento de que podría provocar una reducción de los precios del petróleo no está basado en la economía pura y dura sino en el psicoanálisis de mercado: perforar "enviaría un mensaje" a los empresarios del petróleo de que aún queda más petróleo, y esto haría que empezasen a bajar los precios.
Se siguen dos puntos de este razonamiento. El primero, es el intento por mentalizar a los hiperactivos empresarios de qué es lo que ocurre realmente en el gobierno de la era Bush, incluso en medio de una emergencia nacional. El segundo, es que nunca funcionará. Si hay alguna cosa que podamos predecir del reciente comportamiento del mercado del petróleo es que el precio va a seguir subiendo, no importa cuántas nuevas reservas se anuncien.
Tómese, por ejemplo, el enorme boom en las famosas reservas de petróleo bituminoso de Alberta. Con tales ellas, conocidas también como "arenas petrolíferas", ocurre lo mismo que con los otros emplazamientos propuestos por Bush para la perforación: son cercanos y seguros, pues el Tratado para el Libre Comercio en Norteamérica (NAFTA en sus siglas inglesas) contiene una cláusula que impide a Canadá cortar el suministro a los Estados Unidos. Sin hacer mucho ruido, el petróleo de estas fuentes, en gran medida sin explotar, ha estado fluyendo hacia el mercado en tal cantidad que ahora Canadá es el mayor proveedor de petróleo de los Estados Unidos, por encima de Arabia Saudí. Entre el 2005 y el 2007, Canadá aumentó sus exportaciones a los Estados Unidos en casi 100 millones de barriles. A pesar del significativo crecimiento de estas reservas seguras, los precios del petróleo han ido en aumento durante todo este tiempo. Lo que se esconde tras la campaña de perforación de la ANWR no es de hecho otra cosa que pura estrategia del shock: la crisis del petróleo ha creado las condiciones con las que es posible vender una política antes invendible, pero desde luego altamente rentable.
El shock del precio de los alimentos
Ligada estrechamente al precio del petróleo encontramos la crisis alimentaria global. No sólo los elevados precios del petróleo hacen subir los precios de los alimentos, sino que el boom de los biocombustibles ha desdibujado la frontera entre comida y combustible, expulsado a los agricultores de sus tierras y alentado una especulación rampante. Muchos países latinoamericanos han insistido en que se reexamine la pujanza de los biocombustibles como alternativa a los combustibles fósiles y en que se reconozcan los alimentos como un derecho humano y no como una mercancía más. El subsecretario de Estado de los Estados Unidos John Negroponte tiene en cambio otras ideas al respecto. En el mismo discurso en que trataba de vender el compromiso de EE.UU. en la ayuda alimentaria de emergencia pidió a los países que bajaran sus "restricciones a la exportación y elevadas tarifas" y eliminaran "las barreras para el uso de las innovaciones tecnologías en la producción animal y vegetal, incluyendo la biotecnología." Hay que reconocer que esta amenaza era más sutil que las anteriores, pero el mensaje era claro: los países pobres harían mejor en abrir sus mercados agrícolas a los productos norteamericanos y sus semillas genéticamente modificadas. En caso contrario se arriesgan a perder su ayuda.
Los cultivos genéticamente modificados han aparecido de súbito como la panacea para la crisis alimentaria, al menos según el Banco Mundial, el presidente de la Comisión Europea -"valor y al toro", vino a decir- y el Primer Ministro británico Gordon Brown. Y, claro está, según las empresas del agribusiness. "No se puede alimentar hoy al mundo sin organismos genéticamente modificados", declaró recientemente Peter Brabec, presidente de Nestlé, al Financial Times. El problema con este argumento, al menos por ahora, es que no hay pruebas de que los organismos genéticamente modificados aumenten la producción de los cultivos, sino que más bien la disminuyen.
Pero incluso si hubiera una varita mágica con la cual resolver la crisis alimentaria global, ¿querríamos que estuviese en manos de los Nestlés y Monsantos? ¿Cuál sería el precio a pagar por que la empleasen? En los últimos meses Monsanto, Syngenta y BASF han estado comprando frenéticamente patentes de las llamadas semillas "todoterreno", un tipo de plantas que pueden crecer incluso en la tierra agostada por la sequía o salada por las inundaciones.
En otras palabras: plantas modificadas para sobrevivir a un futuro de caos climático. Ya sabemos hasta qué punto está dispuesta a llegar Monsanto a la hora de proteger su propiedad intelectual, espiando y demandando a los granjeros que se atrevan a guardar sus semillas de un año para el otro. Hemos podido ver cómo las medicaciones patentadas contra el VIH impiden salvar a millones de personas en el África subsahariana. ¿Por qué los cultivos "todoterreno" patentados iban a ser diferentes?
Mientras, entre tanta excitante charlatanería sobre las nuevas tecnologías perforadoras y genéticas, la administración Bush anunció una moratoria de hasta dos años en los proyectos federales para la investigación en energía solar, debido, aparentemente, a preocupaciones medioambientales. Nos vamos acercando a la frontera final del capitalismo del desastre. Nuestros dirigentes no invierten en tecnologías que nos prevengan de una manera efectiva de un futuro climáticamente caótico, y en vez de eso se deciden a trabajar codo con codo justamente con quienes traman planes cada vez más endiablados para aprovecharse de las desgracias ajenas.
La privatización del petróleo iraquí, el aseguramiento de los cultivos genéticamente modificados, la reducción de las últimas barreras comerciales y la apertura de los últimos refugios naturales a la explotación privada... no hace mucho estos objetivos eran conseguidos uno tras otro mediante corteses acuerdos comerciales presentados con el pseudónimo de "globalización". Ahora esta agenda completamente desacreditada está obligada a cabalgar sobre las espaldas de crisis cíclicas, vendiéndose a sí misma como la medicina que curará de una vez por todas el dolor del mundo.
Artículo original:
http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=35367
Capitalismo del desastre: estado de extorsión | 10-10-2008 - 17:53:48 GMT 1 #
El capitalismo como religión: misterio de la economía y economía del misterio, por John Brown (Iohannes Maurus) :
“Ipsi enim diligenter scitis quia dies Domini sicut fur in nocte ita veniet cum enim dixerint pax et securitas tunc repentinus eis superveniet interitus sicut dolor in utero habenti et non effugient vos autem fratres non estis in tenebris ut vos dies ille tamquam fur conprehendat omnes enim vos filii lucis estis et filii diei non sumus noctis neque tenebrarum” Tesalonicenses I. V. 2-51
Su santidad el Papa Benedicto XVI se ha pronunciado sobre la economía, en concreto sobre la última crisis financiera. Esto puede llamar la atención, pero sólo si se olvida que la economía en sentido moderno, esto es el gobierno indirecto de las poblaciones mediante sus necesidades y deseos es un invento cristiano. La oikonomia de los padres de la Iglesia fue un intento de introducir la historia y la pluralidad en la relación de Dios con su creación evitando así cualquier de dualismo extremo. Junto a un poder directo o teológico tenemos así un poder indirecto o económico. Afirma Ratzinger armado de esta enorme legitimidad histórica que no hemos de preocuparnos por la crisis actual, dado que el dinero no es nada y lo único sólido es la palabra de Dios. Textualmente sostuvo el Pontífice en la inauguración del Sínodo que: "Vemos con el derrumbe de los grandes bancos que el dinero simplemente desaparece, que no significa nada, y que todas las cosas que nos parecen tan importantes, en realidad son secundarias. [...] Quien construye la casa de su propia vida sólo en base a las cosas materiales visibles, como el éxito, la carrera y el dinero, construye sobre arena." Y concluyó: "Sólo la voz de Dios es la única realidad duradera."
Podrán parecer palabras de otro siglo o de otra dimensión, sin embargo nada más apropiado para describir cuanto hoy sucede: no porque Ratzinger se haya vuelto anticapitalista renegando su vieja batalla contra los teólogos de la liberación, sino porque, como buen profesional de la teología ha sabido reconocer en la crisis actual, mucho mejor que los economistas laicos, la dualidad de niveles en que funciona el capitalismo. A partir de la dualidad theologia-oikonomia, fundadora de la teología cristiana de la trinidad y de la salvación, ha reconocido Ratzinger ni más ni menos que mercado y Estado, poder indirecto sobre la población y poder soberano directo sobre todos y cada uno de sus miembros no se oponen sino que se complementan. Frente a los teólogos que se ignoran y se autodenominan “economistas”, como si ese término fuese inocente, el autor del Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda en qué medida el capitalismo es una religión.
Walter Benjamin ya lo intuyó en una serie de fulgurantes apuntes, plano de un libro que la policía de Franco y la Gestapo le impidieron escribir abocándolo al suicidio una triste mañana de Port-Bou: el capitalismo es la realización del cristianismo convertido en una religión sin dogma que consiste en un culto permanente y en una fe en la continuidad de ese culto. El culto económico capitalista requiere una fe inmanente en el crédito y un profundo sentido de la deuda y de la culpa. El dinero como deuda -y culpa- es el nervio del sistema. La deuda en principio es impagable e infinita, pues se acumula sin cesar, creando como su correlato un infinito crédito. Lo que ocurre hoy es que esa fé, ese crédito y esa deuda, que mueven montañas de oro se están perdiendo. Para mantener el valor del capital ficticio constituido por los activos tóxicos de las principales instituciones financieras hace falta un milagro. Aquí es donde regresa inesperado el espíritu. Vuelve según la expresión paulina “sicut fur” como un ladrón, sin que nadie lo espere y en plena noche. El espíritu no es sino la Idea realizada en el Estado. El Estado viene a salvar a las entidades de crédito descarriadas y a restaurar la fe perdida y lo hace “como un ladrón” en el más literal de los sentidos. Saltándose toda regla y todo principio en un destellante ejercicio de dictadura del capital Para eso sirven los milagros.
Un personaje poco leído entre los marxistas, Carlos Marx, afirmaba que el funcionamiento automático del mercado capitalista tenía un prerrequisito: la acumulación originaria de capital. Sobre esta cuestión, Marx no está de acuerdo con el famoso teólogo de la mano invisible, Adam Smith, quien considera en la Riqueza de las naciones que los dos requisitos fundamentales para poner en marcha el mercado capitalista existen naturalmente como resultado de la diferencia de temperamentos entre los hombres: existen los ahorrativos y los dispendiosos. Los primeros acaban acumulando suficientes activos para comprar la capacidad de trabajar de los otros, quienes se ven obligados a venderla por haber despilfarrado el resto de lo que tenían. Diferencia moral: nada que ver con la historia. Marx en cambio no tiene fe en esta fábula moral: la acumulación originaria es obra histórica de la violencia de clase unificada en torno al Estado, violencia que expropia a los campesinos y artesanos de sus medios de producción y los pone a disposición de un capital comercial dispuesto a comprar su mano de obra. La existencia de fuerza de trabajo libre y de dinero en grandes cantidades y también libre de comprar y vender lo que sea, incluso fuerza de trabajo humana, es el inicio de todo automatismo de mercado. Posteriormente, en tiempos normales, la reproducción de la expropiación de los trabajadores y de la acumulación de capital se opera a través del mercado y del derecho auxiliados por la policía y otros discretos aparatos de normalización de los individuos. Pero ¿qué ocurre cuando uno de los dos elementos deja de estar disponible, cuando se carece de fuerza de trabajo libre y expropiada o de capital en cantidad suficiente? Aquí es donde vuelve a intervenir el Estado, revirtiendo por la violencia los procesos de autovalorización de la fuerza de trabajo o facilitando la acumulación de capital mediante la expropiación de bienes sociales (privatizaciones, reducción del gato público social) o el saqueo de los países dependientes.
Estamos en este momento ante una intervención milagrosa de este tipo. La tensión es máxima y grande es la expectativa. De momento hemos asistido a la salvación milagrosa de algunas entidades de crédito particularmente rapaces mediante la compra por parte del Estado del papel sin valor que poseían, pero todo indica que vamos a asistir en breve a algo aún más milagroso, la nueva encarnación del Soberano en la vil materia de este mundo, mediante la participación directa del Estado en el capital de estas entidades piratas. Todo ello a costa de la riqueza social expropiada a las sociedades que la produjeron. Hay ilusos que creen que esto es el final del capitalismo, cuando sólo estamos ante una nueva fase de lo que llama el geógrafo marxista Harvey acumulación por expropiación. La crítica de la economía propugnada por Marx presupone una crítica de la religión, incluso de la propia religión capitalista: Kyrie eleison. Señor ten piedad.
1“Porque vosotros sabéis bien, que el día del Señor vendrá así como ladrón de noche, Que cuando dirán, Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente, como los dolores á la mujer preñada; y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sobrecoja como ladrón; Porque todos vosotros sois hijos de luz, é hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas.”
El capitalismo como religión: misterio de la economía y economía del misterio | 11-10-2008 - 10:17:16 GMT 1 #
Les tres crisis o la caiguda de l'imperi, per MIQUEL PAIROLÍ :
Aquests dies es respira un ambient de caiguda de l'imperi. El que passa, però, és que no sabem ben bé quin és l'imperi que ha caigut. Wall Street, diuen uns, Wall Street i les seves infinites ramificacions arreu del planeta, aquesta capil·laritat fabulosa que s'estén mitjançant satèl·lits i xarxes de fibra òptica. El diner virtual hi circula vertiginosament, capitals enormes, contínuament, d'un cap de món a l'altre, dia i nit. Quan els llums s'apaguen a Nova York, s'engeguen a Tòquio. Com que encara no hem assolit la perfecció absoluta de la virtualitat, sempre arriba un moment que aquell diner digital que s'ha transferit arreu del món amb internet d'alta velocitat es concreta en la modesta consistència d'un bitllet de banc que el client abona a la peixatera per pagar una orada de piscifactoria. El client ha de posseir el bitllet, l'orada ha d'haver estat criada, engreixada i pescada per una empresa, ha d'haver estat transportada, la peixatera ha de tenir botiga oberta, etc. Són moltes circumstàncies que han d'encaixar. L'economia virtual sembla un món gairebé fantàstic, però, més tard o més d'hora, amb més o menys giragonses, desemboca en la realitat precisa. La caiguda de l'imperi pot ser un argument molt interessant per a aquests novel·listes nord-americans hereus de Tom Wolfe, fins i tot una bona matèria estètica, però el que ens toca de prop són les conseqüències que té sobre el comerç de l'orada. Fins aquí ens han portat les grans especulacions a través de xarxes d'alta velocitat. No és la primera vegada que Robert Zoellick, del Banc Mundial, resumeix amb una frase senzilla situacions complexes i boiroses. Ara ha dit: «La situació actual no és cap broma perquè coincideixen tres crisis: la financera, l'energètica i l'alimentària.» Cau l'imperi i tot indica que la construcció d'un altre equilibri –sempre precari i temporal, és clar– voldrà temps i paciència. «Les coses no tornaran a ser com abans», sentim dir sovint aquests dies. Mai res no torna a ser com abans. Tot el que podem esperar és que allò que vingui sigui de bon suportar.
Les tres crisis o la caiguda del imperi | 12-10-2008 - 06:34:32 GMT 1 #
Conflicte econòmic, la fallida de la banca: Brown aplica la llei antiterrorista a Islandia.-En un món amb unes finances globals, la fallida de la banca d'Islàndia ha provocat pèrdues de més de 5.000 milions d'euros a 300.000 particulars i 108 ajuntaments britànics. El conflicte econòmic ha derivat en un conflicte diplomàtic per la negativa del govern de Reykjavík a cobrir els dipòsits dels seus bancs a l'estranger. La guerra dels dipòsits recorda l'enfrontament que van protagonitzar tots dos països a finals dels anys 70, quan el Regne Unit va enviar la Royal Navy a protegir els pescadors britànics afectats per la decisió d'Islàndia d'estendre fins a les 200 milles les seves fronteres marítimes per preservar els bancs de bacallà. Ara la crisi financera ha comportat el col·lapse de l'economia del país. Les transaccions en borsa han estat suspeses i els tres grans bancs, Kaupthing, Landsbanki i Glitnit, nacionalitzats, arruïnen els accionistes, condemnen a l'atur gran part dels seus empleats i provoquen el pànic entre els estalviadors atrets en els últims anys amb la promesa d'altes remuneracions en els dipòsits. És per això que el primer ministre britànic, Gordon Brown, s'ha compromès a garantir als seus ciutadans que el govern respondrà d'aquests dipòsits, i assegura que portarà el govern d'Islàndia als tribunals perquè pagui la factura. Així mateix, té previst requisar tots els interessos islandesos a les illes britàniques, alguns dels quals estan valorats en 9.600 milions € d'euros. Els islandesos entenen que el Regne Unit vulgui defensar els interessos dels seus ciutadans, però el primer ministre Haarde s'ha declarat ofès per la decisió del govern britànic d'utilitzar la legislació antiterrorista aprovada després de l'11-S per congelar els béns islandesos a les illes britàniques.
Conflicte econòmic, la fallida de la banca: Brown aplica la llei antiterrorista a Islandia | 12-10-2008 - 06:44:14 GMT 1 #
Hegel y Marx, por José Mª Ripalda : Voy a hacer una pequeña observación inicial que no carece de importancia. Estamos acostumbrados a que se hable de Hegel y de Marx en términos de doctrina comparada. Pero hay que partir de un supuesto muy distinto, pensamiento y doctrina no son lo mismo. La doctrina es algo medianamente sectario y no tiene por que coincidir con lo más interesante que ha dicho una persona. La doctrina es una pasarela que fácilmente falla por los extremos. Así que tengamos una observación de prudencia a la hora de hacer comparaciones.
No quiero recurrir al contexto y a esos elementos que aparentemente lo explican todo. Pero sí es cierto que a Hegel y a Marx los separan escasamente dos generaciones, unos cuarenta años. Pero el cambio en aquella época fue impresionante. Y esto hace que los dos se encuentren alejadísimos; Marx encuentra a Hegel estando muchísimo más lejos de él de lo que el mismo Marx cree. Hegel vive, piensa y escribe en el momento de hundimiento del Antiguo Régimen. Marx vive, piensa y escribe en el momento en el que la Revolución Industrial entra en el continente.
El hundimiento del Antiguo Régimen tiene unas dimensiones irrepetibles para el pensamiento de Hegel. Dios, el dios tradicional, ya no funciona. La ordenación del mundo por una trascendencia que justifica todas las realidades ya no funciona y crea una crisis colosal pero es compensada por una subjetividad libre (por primera vez manifestada como tal) que representa lo que hay de clase media. Existe la pérdida de ese vértice (Dios) suplida por cierto sentimiento de subjetividad, mientras que en Marx, tras Feuerbach, ya no hace falta hacer la crítica de la religión y la heroicidad pasa a atribuirse a los excluidos, al proletariado.
Si tomamos otro aspecto, la política por ejemplo, vemos que en la época de Hegel la arbitrariedad del príncipe era absoluta, la misma revolución francesa es vista de modo análogo a como hoy vemos el terrorismo (algo que destruye). En la época del joven Marx, la entrada de Federico Guillermo IV basta (dicho exageradamente) para liquidar la filosofía hegeliana. Los jóvenes hegelianos son incapaces de asumir esta monarquía, no pueden ver esa figura regia sino como algo ridículo. Si miramos a la ciencia, vemos que el ideal de ciencia que defiende Hegel es holístico (integrada en todo lo humano, en todas las dimensiones) y el experimento nunca puede forzar la naturaleza. En la época de Marx, la ciencia ha cambiado radicalmente, es agresiva, se forman asociaciones científicas de trabajadores. La ciencia es la gran fuerza revolucionara y debe ayudar a cambiar el mundo, la ciencia altera todos los equilibrios sociales de la época anterior. Y no tiene que dar cuenta a ninguna filosofía (como en la época hegeliana). Estos tres puntos (momento histórico, política y ciencia) nos indican que entre Hegel y Marx se ha abierto una sima incluso en los mismos términos que utilizan. Entre otras cosas porque ha llegado Feuerbach y ha reducido la filosofía hegeliana a un humanismo, la negatividad es ahora potencia sensual y directa del hombre. Y Marx insertará la ciencia en la concepción que tiene Feuerbach de Hegel.
Al hundirse el antiguo régimen afloran y vuelven a surgir todos los problemas fundamentales de la filosofía occidental (la nada, el sentido, etc.). Hegel tiene que responder a todo eso pero lo tapa inmediatamente con un aparato teórico especial. En la época de Marx esa fase tectónica se ha cerrado y lo que tenemos es una erupción nueva. Es decir, el humanismo glorioso de Feuerbach ha liquidado la sombra de la noche y amenaza que hay en Hegel e impulsa un optimismo antropológico que está relacionado con un enorme desarrollo de las fuerzas productivas. Tengamos en cuenta que a finales del siglo XVIII tiene lugar la última hambruna de la Europa central. Además, la eficacia de la ciencia está creando un mundo que compensa muchas de las incertidumbres existenciales sobre las que está montada la vida humana. Marx puede permitirse decir que la filosofía se ha acabado. El optimismo de fondo de Marx es importante para entender su distanciamiento de Hegel.
En 1843 que es cuando tiene lugar la primera aproximación importante de Marx a Hegel, para Marx, Hegel es sobre todo un teórico de la política. Y hasta el momento en que empieza a escribir El Capital, Hegel no va a salir del todo de esta problemática.
Yo me voy a centrar en la crítica que hace el joven Marx de la Filosofía del Estado de Hegel. De los textos fundamentales obviamos La ideología alemana (que utiliza la filosofía de la historia de Hegel) y La sagrada familia (en la que ajusta cuentas con la izquierda hegeliana). Nos interesa el tercer manuscrito de los Manuscritos de París y la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, en realidad, un artículo. Marx tiene un modo de trabajar muy peculiar, normalmente se va al estado más avanzado de la ciencia de su época y comienza a hacer extractos anotados según lee. A medida que avanza sus propias notas son mayores y, al final, todo el texto es de Marx. Es un modo de leer característico de Marx. Por tanto, no todo es igualmente Marx, es cada vez más Marx a medida que avanza el texto.
Ahora mismo estoy escribiendo cosas que tienen que ver con la discusión que tuvo Marx con Hegel alrededor de la teoría del Estado de Hegel. La teoría que tiene Hegel del Estado no es una teoría, es el resultado de una polémica feroz que le duró toda su vida con el romanticismo. Hegel rechaza radicalmente el romanticismo, lo considera una irresponsabilidad narcisista e imprudente que entrega el mundo al poder del antiguo régimen. Tampoco le gustó la revolución francesa. Pero Hegel también tenía un gran enemigo en aquellos que criticaban la revolución francesa desde la revolución inglesa, como por ejemplo Edmund Burke.
La revolución inglesa fue una revolución de los propietarios contra el rey y contra los pobres. Siempre se habla de la revolución francesa pero lo que ha quedado realmente es la revolución inglesa. Burke defendía que frente a la destrucción de las cosas había que impulsar lo establecido, los consensos, la piedad, la moderación. Otros teóricos del derecho también se enfrentaban a Hegel y defendían el derecho consuetudinario como la common law. Hegel perdió su disputa con estos pensadores porque carecía de capacidad técnica jurídica. Como ideólogo Hegel ha sido muy importante en la teoría jurídica pero ha carecido de toda importancia en la parte práctica porque carecía de dicha capacidad. La argumentación de Burke tenía un lado débil que era el carácter artificial del estado de naturaleza (algo ya asumido desde la Ilustración). Pero también tenía un lado fuerte, los revolucionarios (Robespierre) se creían la transposición viva de los proyectos ilustrados (de las ideas de Rousseau). Visión que compartía incluso Hegel. La conciencia de la revolución que tenía un Robespierre era tan ilusoria como lo puede haber sido cualquier ideología. La revolución se hizo, por tanto, con contenidos y condiciones de posibilidad que no tenían mucho que ver con los ideales, lo mismo que sus resultados fueron imprevisibles. Los pobres excluidos de la revolución inglesa se exilian y montan una república en los actuales EE.UU. y se convierten en una colonia tratada despóticamente por los vencedores de esa revolución.
Es paradójico que la revolución que ha estado más cerca de la utopía sea ahora el lugar que está consumiendo toda la energía del mundo. Hegel se opone al romanticismo político de Burke y tiene todo el rato en mente a Kant, el cual también rechaza el romanticismo pero con el que Hegel tampoco está de acuerdo. La crítica de Hegel a Kant sería que la realidad no puede ser deducida desde una razón abstracta sea la del imperativo, de los derechos o de los principios sino que la misma razón debe ser concreta. La realidad (lo que importa) debe estar contenida en la razón y debe poder ser desplegada desde ella dialécticamente (aquí entramos en aguas un poco profundas). Por el mismo hecho, tampoco podía estar de acuerdo con una justificación de la realidad por el mero hecho de su existencia como pretendía Burke.
Hegel se mueve entre dos extremos: el extremo de pretender deducir la realidad desde una razón abstracta (desde la justicia, por ejemplo) y la pretensión de que la realidad es como es y basta (lo que hay es lo que vale). Para Hegel hay que buscar la realidad inmanente a la razón o la razón inmanente a la realidad. Ni Robespierre ni Burke. Eso es Hegel en política, entre los dos extremos, se trata de pensar qué hay de razonable en la realidad que existe. Que lo consiga ya es otra cosa. Hegel coincide con Kant en que una vez que sólo la razón importa no hay nada exterior a ella que sea efectivo, no hay márgenes al texto racional, sólo la pura barbarie. Según Hegel, la razón no se impone de golpe (también lo pensaba Kant) pero según Kant el progreso es infinito y asintótico mientras que Hegel piensa que la razón se ha impuesto desde siempre pero no en las formas abstractas que Kant preveía sino el puro trabajo de la historia, no en las cumbres éticas como el imperativo categórico sino en los valores y el gozo de un parto constante. Esta filosofía política estaba basada en una filosofía de la historia basada en una razón que va desplegándose en la historia y que permitía asignar racionalidad a la realidad existente. Y esta asignación gozó de cierta credibilidad a cuenta de un futuro mejor hasta que la realidad del Estado prusiano hizo imposible toda expectativa de un cambio a lo socialdemócrata.
La posición de Hegel es, dicho con palabras actuales, socialdemócrata. La historia es un continuo mejoramiento al que se le pueden asignar claves por análisis racional y en donde no tiene sentido una revolución (es una crisis demasiado violenta). Los jóvenes hegelianos, y en concreto Marx, le devolverán una crítica semejante a la que él hizo contra Burke. Hegel se habría empeñado en demostrar la racionalidad del mundo irracional actual para poder salvarlo ante sus propios criterios. La racionalidad de lo real no es una mera tarea de constatación pasiva sino la tarea pendiente de introducir los principios racionales en la vida efectiva. La crítica de Marx tiene el cariz polémico de quien está buscando su propia vía con independencia de un maestro que se ha quedado atrás. La tarea de introducir los principios racionales en la vida efectiva estaba reservada a “los hombres de Estado” lo que refleja que Hegel tenía más esperanzas en el Estado prusiano que en la revolución inglesa (que nunca le interesó del todo o en la que nunca confió plenamente). Por “hombres de Estado” entiende Hegel una amplia capa de la gente que tiene “formación” (término perdido ya en Marx). Para Marx se tiene que hacer coincidir a la clase pensante con la clase sufriente, a la gente con formación de la clase media con el proletario y entonces no habrá quien pare la revolución.
La reducción antropológica de la razón idealista que hizo la izquierda hegeliana (especialmente Feuerbach) redundó en un optimismo histórico mayor aún que el hegeliano, como fue el ardor revolucionario de Marx. El hombre de Estado es sustituido por la clase obrera. Una clase que debido a la extensión del trabajo asalariado crea un grupo de hombres libres y “liebres” que imposibilita el despliegue de la democracia y la igualdad. Esa gente, recibe el nombre de “clase”. La fuerza ontológica de la negatividad que en Hegel surgía del fondo de la historia del absoluto ahora se concentra en la vanguardia, en el partido, en el secretario general, etc., que representan por delegación a la clase obrera. Lo político se suelda a sí mismo y genera otro orden cerrado. La utopía realizada se constituye en realidad aplastante sin fisuras, como si el ideal de los filósofos suplantando la realidad, lograse encerrarla en una pesadilla. Como si la desaparición de la lucha de clases con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción liquidara el carácter conflictivo de toda política. El fallo de la socialdemocracia es apuntarse a un orden gradualista de disolución de conflictos que niega el mismo conflicto (algo que nunca podremos superar). Hay que pensar en una política en la que siempre habrá conflicto pero en la que no sean siempre los mismos los que pierden en ese conflicto.
Os he realizado una distinción de urgencia entre la tradición anglosajona y la tradición francesa. No hace falta insistir en ella. Pero hay un punto sobre el que no sé si podré ser suficientemente preciso, hablar de hasta qué medida la crítica que hace Marx de Hegel tiene un presupuesto que ya no funciona con exactitud. Hegel considera que lo que hay que hacer es invertir, parte de principios y con ellos modifica la realidad. Marx piensa que hay que partir de la realidad, ver qué racionalidad tiene realmente y de ahí deducir los principios, invertir la “carreta hegeliana”. El problema es que los términos aristotélicos con los que trabaja Hegel (universalidad, generalidad, singularidad, etc.) aplicados a la teoría política no funcionan del todo; existe un pliegue que hace que no funcionen. Es lo que voy a tratar de explicar a continuación.
Vamos a suponer que el Estado es el representante de la generalidad y que lo que tiene que hacer, como decía Hegel, es trasladar esa generalidad a todos los hechos concretos. En eso Marx estaría de acuerdo. Pero la pretensión de principio general que pueda tener un Estado no escapa ni a los intereses más fuertes ni a la identificación de la burocracia con ella. Marx también podría admitir esto. La concreción de los intereses particulares se presenta muchas veces como la generalidad que no es. Sin embargo, en este momento, lo que le da a la autoridad estatal su precaria legitimidad no es su pretendida generalidad sino el que todos los intereses confluyan de algún modo en el Estado y que éste se presente como su compatibilizador. Son planteamientos distintos. La generalidad consistiría en la conciliación de todos los intereses y ni siquiera por igual. Por no mencionar su estructura clientelista, penetrada por lobbies o militarizada. El mismo Estado deconstruye su generalidad de principio abriéndose, sin confesarlo, a una pluralidad de intereses nada general. La teoría del Estado de Hegel hace aguas, se nos queda atrasada. El fascismo es el caso extremo (estado de excepción) de las democracias occidentales en estado de guerra, en la época del mejor negocio: las guerras.
En Marx se encuentran cosas que son interesantes. El disciplinamiento a todos los niveles lo interpretaba en El 18 Brumario como la “reserva de lo común de una sociedad” que se convierte en algo general sustraído a la iniciativa de los individuos y encomendado al Estado. Hay varios tipos de generalidad y una de ellas es lo común de una sociedad, la fuerza común de una sociedad. El Estado pasa a ser general, tiene la dignidad de lo universal, la dignidad aristotélica. Así, el capital, la potencia social por antonomasia la expresa el trabajador colectivo, le es sustraído al cuerpo social en manos de un intermediario cuya misión es reducir la complejidad a una generalidad inasequible. Esas son las operaciones interesantes y Marx lo ha visto. Pero Marx está trabajando con una noción de generalidad astillada, que ya no es la noción aristotélica. Fijaos hasta que punto, la izquierda, bien cuando ha intentado entrar en el Estado o bien cuando ha intentado conquistarlo ha pretendido ella misma ser parte de ese intermediario o “el” intermediario reduciendo lo común a generalidad. De ahí una de las claves del odio que he visto yo en marxistas-leninistas sinceros y auténticos a todo lo que lleva el nombre de nacionalismo cuando no es el nacionalismo de Estado constituido. Es algo que ataca al Estado y no se deja integrar en esa generalidad.
Hay un tema que me interesa especialmente y es el de los nuevos movimientos sociales que surgen en los años sesenta. No era simplemente una juventud rebelde que no comulgaba con su jornada de trabajo de cincuenta horas o con una modernidad impuesta. Lo que venía era una nueva revolución tecnológica, la que en vano había buscado el capital en la posguerra (la energía atómica). Una revolución en la que eran claves algunas de las cualidades de los rebeldes: flexibilidad, conocimiento, comunicación, iniciativa, etc. La revolución informática se presenta con formas de producción menos tangibles y localizadas, volátiles incluso. Revolución sólo comparable a la que trajo la generalización del trabajo asalariado que he comentado antes. El Estado deja de definirse por la generalidad inmanente de sus fines hegelianos para pasar a mediar burocráticamente generalidades que le son trascendentes que tienen que ver con situaciones complejas y singulares de una sociedad. El Estado debe hacer de puente burocrático-policial-mediático entre lo plural y singular de una parte y, por otra, los subordinados y una hegemonía global de carácter militar, tecnológico y dinerario. Están ahí un universal absoluto que es el poder sobre la vida (la bomba atómica), una generalidad abstracta que es la del mercado, una generalidad efectiva que es la producción de plusvalía y la generalidad que Hegel asignaba al Estado ha quedado ahí debajo. Lo que ocurre además es que el principio legitimador ya no es la legitimidad ni el ver asumidos los intereses individuales de las personas en el Estado.
La revolución tecnológica ha logrado construir una opinión pública que está englobada ella misma en las mismas operaciones de producción de plusvalía. Como dice Giddens, los Estados no son nada opacos a la globalización, al revés, han sido su primer agente y ahora son su mediador, su gran colchón. El poder militar, tecnológico y mediático penetra en la sociedad a través del Estado desfigurando su constitución y reduciéndola a la pasividad. La aceptación del Estado en las sociedades metropolitanas no procede de un reconocimiento de principio, por legitimidad, sino de un acuerdo tácito (aceptancia). Incluso el principio de representación se hace irrelevante: la política se confunde con la policía (modelo de la política internacional). Lo importante es que esos intereses globales y externos a los Estados se imponen por hibridación con lo general, por pegarse a él. Es lo característico de la situación y tiene que ver con algo que Marx ha entrevisto en algunas partes de El 18 Brumario y en el Manifiesto Comunista. Es interesante analizar quién o qué tiene capacidad de parasitar e hibridarse con lo general hasta el punto de apropiárselo.
Hay dos cosas que han fascinado a Marx y Hegel, además con una fascinación duradera. Marx lee a Hegel y no consigue hacer nada con él pero se le quedan un par de cosas muy importantes. Una, la negatividad de la sustancia y del sujeto, que la historia es dinámica, todo lo que es, es la cristalización precaria de un flujo histórico. No hay realidades, toda realidad es un momento en un flujo inestable. Esa negatividad, antropologizada por Feuerbach y hecha científica por Marx, es el proletariado que asume la suma potencia, enormidad y consistencia que tenía en Hegel. Y de ahí la fe humanista que hay en Marx en el proletariado que terminará extendiéndose a toda la humanidad. Es un proyecto radicalmente humanista. Es un punto de apoyo para establecer una lucha en condiciones de inferioridad.
El segundo punto, es un poco más difícil. Hegel percibió ese ciclo ascendente de la dialéctica como la experiencia que tiene para su experiencia histórica, para su experiencia de la crisis. Y eso coincide con la estructura de El Capital, ese proceso creciente en el que se va generando realidad constantemente, cada vez a un nivel superior, el proceso de plusvalorización del capital. Esa es la clave de la negatividad en la que se inscribe el proletariado. Es algo que a Marx le une profundamente con Hegel. Es el esquema de la reproducción ampliada. Lo único que les diferencia en este sentido es que el proceso de Hegel se cierra (la dialéctica) pero el de Marx no, es abierto. La relación Hegel-Marx se convierte en íntima aunque sea en lo subterráneo.
Hegel y Marx | 12-10-2008 - 06:59:04 GMT 1 #
Capitalisme, per CARLES RIBERA :
L'any 1989, arran de la caiguda del mur de Berlín, les hordes neoliberals van decretar a crits i amb mofa, befa i escarni la defunció del marxisme real (i teòric) i el triomf definitiu del capitalisme com a únic model econòmic vàlid per als segles dels segles. Ara que el sistema financer s'està esfondrant no pas com un depauperat mur de formigó armat comunista sinó com un tremolós envà de canyes, els que han viscut capcots i desorientats durant vint anys tornen a treure el cap i a alçar la veu reivindicant-se de nou i entonant el «ja es veia a venir». I els més agosarats, o venjatius, ja prediquen, com a Jeremies d'imitació, la fi de l'era fosca del neoliberalisme. Contents, però enganyats, viuen aquests que no entenen que l'actual model econòmic, mal ens pesi a molts, no és pas mort perquè precisament si respon al nom de capitalisme salvatge és, entre altres coses, perquè causa aquestes cícliques salvatjades. Els rics seran vençuts, però només perquè amb les restes del naufragi es faran rics uns altres.
Capitalisme | 13-10-2008 - 08:30:01 GMT 1 #
Las tareas revolucionarias de la mano invisible del mercado, por Luis Britto : Ni el más radical revolucionario se propuso jamás destruir Estados Unidos. Esa tarea la cumple ahora la mano invisible del mercado, que desmantela desde adentro la primera economía del mundo. Para 2007 los trabajadores crean para Estados Unidos un Producto Interno Bruto (PIB) de US$ 13.810.000.000.000. El 0,9% es generado por la agricultura; el 20,6% por la industria, el 78,5% por servicios de comunicaciones, comercio y banca. . Cerca de la mitad de estas ganancias provienen del exterior, de las maquilas y de la finanza especulativa cuyo desplome afecta más de las tres cuartas partes del PIB estadounidense.
La mano visible del déficit
Sin resultados alertamos los progresistas contra el déficit fiscal y la balanza comercial desfavorable. La mano invisible del mercado impone que en 2007 Estados Unidos exporte bienes por US$ 1.149.000.000.000.000 e importe por valor de $1.985 trillones (el trillion anglosajón es un millón de millones), con un déficit en su balanza comercial de $836.000.000 millones. Su presupuesto cierra en septiembre de 2007 con gastos de $2.896 trillones e ingresos de $2.568 trillones, lo que suma otro déficit de $328.000.000.000.000, al cual la mano visible del Tesoro acumula otro faltante de más de $ 700.000 millones para premiar a los banqueros que arruinaron su sistema financiero.
El puño de la Deuda Pública
En vano advertimos los revolucionarios que la Deuda Pública es una trampa mortal. La mano invisible del mercado acumula contra Estados Unidos el 30 de septiembre de 2008 una Deuda Pública impagable de más de $ 10.000.000.000.000, a la cual se le suman obligaciones como seguridad social, médica y pensiones, que la elevan a $59.000.000 millones: un ruinoso 65,5% de su PIB y una incosteable carga de $516.348 por familia.
La mano peluda del Tesoro
Inútilmente descalificamos los utopistas la economía imperialista. La mano invisible de los especuladores financieros desapareció en dos semanas entre $ 700.000 millones y $ 1.000.000 millones, y para reponérselos, la mano peluda del Tesoro de Estados Unidos 1)Creará más impuestos 2) Contraerá más deuda pública 3) Imprimirá más dólares inorgánicos. Los impuestos golpearán al trabajador estafado y no al banquero desfalcador; la nueva deuda devaluará la anterior, el dinero inorgánico desplomará todavía más el signo monetario y con él la hegemonía del Imperio.
La garra afilada del endeudamiento
De nada sirvió que denunciáramos los izquierdistas la tiranía financiera de Wall Street. La mano invisible del Tesoro de Estados Unidos anuncia el 5 de octubre que iniciará la emisión de títulos de deuda por un monto de $ 30.000 millones, a ser negociados por bancos privados de la Reserva Federal. Por ese camino inundará un sistema financiero ya atestado de títulos invendibles con nuevos papeles por $ 1.000.000.000.000, que nadie comprará por no envenenarse con valores en devaluación de un gobierno endeudado, cuya economía está quebrada, acostumbrado a alterar unilateralmente intereses o plazos de pago y a quien nadie puede cobrar ni por las buenas ni por las malas.
La zarpa cortante de la Deuda Externa
Nos fatigamos los tercermundistas advirtiendo contra el peligro de la Deuda Externa. Pero la mano invisible del mercado logró que para abril de 2008 cerca de un cuarto del total de la Deuda Pública de Estados Unidos fuera Externa. Sus principales acreedores son: Japón, con un 22,76%, ($ 592.200 millones), China continental, con un 20,29% ($ 502.000 millones), el Reino Unido con 9,06% ($ 251,400 millones); varios países exportadores de petróleo, con 5,92% ($ 153.900 millones); Brasil, con un 5,75% que representa $ 149.500.000.000. Sólo por esa vía, Estados Unidos debe el 16,24 % de su PIB a extranjeros.
El tentáculo asfixiante de la devaluación
Poco pudimos los internacionalistas contra la unipolaridad. El ex secretario del Tesoro Larry Summers y Paul Krugman acusan a China de haber comprado, movida por la mano invisible del mercado, inmensas cantidades de deuda pública de Estados Unidos, coadyuvando así a que los intereses internos yankis permanecieran bajos y la avidez especulativa se redirigiera hacia la burbuja especulativa hipotecaria que acaba de reventar. La crisis y su consiguiente emisión de nuevos títulos de deuda devaluará los ya existentes, reducirá su demanda y revestirá a los acreedores del poder estratégico de aniquilar la economía de Estados Unidos vendiendo los que poseen, y de disuadir así a la superpotencia de su plan de acaparar los hidrocarburos del mundo para estrangular energéticamente a China, al resto de Asia y a la Unión Europea.
Las uñas filudas de la inflación
Sin resultados predicamos los radicales contra el uso obligatorio del dólar como respaldo de las monedas occidentales, que Estados Unidos impuso cañón en mano en Breton Woods en 1944. La mano invisible del mercado lo destrona hoy definitivamente. La liberación de colosales cantidades de dólares de los depósitos constituidos como reservas y el reingreso de ellas a la circulación irrestricta global desplomarán todavía más el signo monetario. Estados Unidos ya no podrá cubrir indefinidamente sus compromisos en el exterior imprimiendo papel verde. Su mayor herramienta de hegemonía económica se clausura. Deberemos crear nuevos sistemas financieros y monetarios para sustituirla.
La pezuña lacerante de la crisis
Fatigados quedamos los ñángaras de advertir sobre los riesgos de una economía especulativa ficticia que superaba sesenta o setenta veces la productora de bienes reales. En pocas semanas la mano invisible del mercado elimina 800.000 puestos de trabajo estadounidenses, arroja millones de deudores hipotecarios a la calle y barre con los bancos y las bolsas del mundo. Cada crisis global prepara la revolución mundial. El capitalismo Chacumbele, fase superior del imperialismo, al dar el salto dialéctico se mató él mismo.
Las tareas revolucionarias de la mano invisible del mercado | 13-10-2008 - 09:10:03 GMT 1 #
Un sitiador que no levanta el sitio.-Cuando una plaza ha estado sitiada por mucho tiempo, al levantarse el sitio, al conocerse detalladamente las privaciones y desdichas de sus míseros moradores, el ánimo se contrista y el corazón se mueve a piedad. ¡Con qué dolor se sabe la carencia total de algunos alimentos, la escasez de otros, la carestía de todos, y la necesidad de recurrir a los malsanos y repugnantes, y la angustia producida por el temor de que aun éstos llegaran a faltar! ¡Qué pena recordar que el anciano inapetente se extenúa con aquel alimento poco sustancioso y que le repugna; que la mujer recién parida carece de lo más indispensable para reparar sus fuerzas; que el niño llora pidiendo el pan que es imposible darle, y que el enfermo muere por no haber tenido aquellas sustancias nutritivas y de fácil digestión que hubieran podido salvarle!
Si se hubiese hallado medio de dar dirección a los globos y un motor de poco peso que les diera fuerte impulso; si hechos estos descubrimientos, cuando hay una ciudad sitiada que padece los horrores del hambre, se preparara un convoy aéreo que, aprovechando la obscuridad de la noche y elevándose a grandes alturas, les llevara víveres; si no los tuviera el que deseaba hacer esta santa obra y pusiese un anuncio en estos o parecidos términos: En la ciudad de O., sitiada hace tanto tiempo, los débiles mueren, los fuertes enferman, los niños lloran de hambre. Para llevar víveres hay en la plaza de H. preparados veinte globos que harán expediciones nocturnas conduciendo los dones de la caridad, que en la misma plaza se reciben, ¿quién no acudiría con el suyo? ¿Quién no llevaría a la ciudad sitiada su limosna, aunque para darla fuera preciso imponerse grandes privaciones, ponerse a media ración para enviar la otra media a los que no tenían ninguna? ¡Con qué solicitud llevarían los mejores y más pudientes alimentos delicados y nutritivos para los débiles y enfermos, y hasta regalo para los inapetentes y mimo para los niños! No cabrían en la plaza, por grande que fuera, los dones de la caridad, y al partir el convoy; cómo le saludaría la multitud con aclamaciones y lágrimas, deseándole un viaje dichoso y encargando este mensaje a los conductores: Decid a los sitiados que mientras vivan aquí las personas que tienen corazón, no morirán ellos de hambre!
Dado por cierto el supuesto do la navegación aérea con motor poderoso y rumbo seguro, es indefectible que sucedería lo que dejamos dicho, y que la compasión no permitiría que perecieran de hambre los habitantes de ninguna plaza sitiada.
Hay un sitiador que lleva sus armas terribles por las ciudades, y las villas, y las aldeas, sin dejar una, o interceptando los víveres a sus numerosos habitantes, hace perecer a los débiles, enfermar a los fuertes y llorar de hambre a los niños, como acontece en las poblaciones que sufren riguroso asedio: este sitiador es LA MISERIA. Los sitiados por ella andan por las calles y por las plazas, o sufren en su malsana vivienda, lo mismo que los moradores del pueblo donde no pueden penetrar víveres, comiendo poco, comiendo mal, no teniendo ni para sus fuertes, ni para sus débiles, ni para sus enfermos aquella cantidad y calidad de alimentos sin la cual se altera la salud y se abrevia la vida. Estos sitiados están cerca de nosotros, viven a nuestro lado; para llevarles socorro está hallado un medio seguro, que tiene por motor la compasión y por guía la razón y la justicia. ¿Y por qué estos sitiados no inspiran la misma compasión que los otros, cuando es igual, absolutamente igual su infortunio? Para el enfermo que no puede comprar gallina, tocino ni carne con que hacerse un caldo, es como si no hubiera carne, gallina ni tocino; para el sano que no tiene con qué comprar pan, es como si no hubiera pan; para él la población carece de víveres, mucho peor que si careciera, porque los ve por todas partes tentando su hambre con el aspecto de la abundancia, y haciendo dificilísima la resignación que es más fácil en los males que a todos alcanzan y no pueden remediar las personas que nos rodean.
¿En qué consiste, repetimos, que los sitiados de la miseria no inspiran la misma compasión que los que lo están por un ejército? Debe consistir en que no reflexionamos, en que no investigamos, en que no perseveramos y en que nos habituamos.
La falta de reflexión hace que no nos fijemos en que, dadas todas las circunstancias, es imposible que a la hora en que vivimos y en el pueblo en que estamos, no haya algunos, muchos, muchísimos, sitiados por la miseria: la falta de actividad para el bien, hace que no procuremos inquirir dónde están y quiénes son: la falta de perseverancia es causa de que no demos un socorro permanente como la necesidad que le motiva; y, por último, los dolores continuos, que son los más dignos de compasión, no son los que la inspiran más viva, porque a la larga, la sensibilidad, cuando no es mucha, se gasta, y por una de las más desdichadas consecuencias de nuestra imperfección, el hombre siente más el dolor propio que dura mucho, y se impresiona menos del quejido ajeno a medida que se prolonga más. Resultado de nuestra irreflexión, de nuestra pereza, de nuestra inconstancia, de nuestra impresionabilidad, que la repetición de impresiones disminuye en ciertos casos, es que una desgracia extraordinaria, cierta, y que no se prolonga mucho, como la de un pueblo sitiado por un ejército, nos inspire profunda compasión y nos disponga a hacer un sacrificio para remediarla, y que los sitiados por miseria, cuya realidad no es menos positiva, y en cuya desdicha no es menos digna de lástima, nos conmuevan poco y acaso no los auxiliemos nada.
Que no hay razón ni justicia para esta diferencia es cosa clara, y toda persona que de compasiva se precie y a la perfección moral aspire, ha de investigar dónde hay dolores: la actividad la hemos recibido para el bien; ha de reflexionar sobre los medios de hacerlo si a él no contribuye, que es la inteligencia, y ha de perseverar en la compasión tanto como dura la desdicha, aspirando a ser, no una persona impresionable, sino una persona sensible, que en vez de acostumbrarse a oír indiferente los ayes del dolor, adquiere el hábito de mirarlos de cerca, de comprenderlos, de compadecerlos y de buscarles consuelo.
Un sitiador que no levanta el sitio | 13-10-2008 - 12:21:25 GMT 1 #
La crisis me da risa: una mirada desde los Grundrisse del capitalismo contemporáneo, por Adrián Sotelo V. :
Para la mayoría de la humanidad, que es la clase trabajadora y el proletariado todo, debe quedar muy claro que la presente es una crisis estructural, prolongada y derivada de las profundas contradicciones históricas acumuladas por el sistema en las últimas tres décadas y que son coincidentes con lo que se ha dado en llamar "neoliberalismo", es decir, un patrón de producción y reproducción, intercambio y consumo del capital internacional y de Estado, fundado en la división internacional del trabajo y en la dinámica empresarial de las fuerzas del mercado (oferta-demanda) y que, para ello, cuenta con todos los instrumentos jurídico-políticos e institucionales―así como de las fuerzas represivas― del Estado y de otros instrumentos del sistema de dominación, por ejemplo, el poder persuasivo de los medios de comunicación, la educación y los procesos ideológicos.
Por lo tanto de ninguna manera se trata de una "crisis inmobiliaria" o simplemente "financiera" como se viene propagando desde los círculos oficiales del poder político-ideológico de Estados Unidos y de la Unión Europea y en los medios de comunicación privados y oficiales. Sí ha así fuera, sencillamente por sentido común, se entendería que con la inyección de 700 mil millones de dólares que el Congreso norteamericano aprobó con el objetivo de que el Departamento del Tesoro adquiera la deuda llamada de "mala calidad" de los bancos privados, el problema ya se hubiera resuelto o, por lo menos, distendido, en vez de pronunciarse y profundizarse como está ocurriendo, al grado de estar el sistema todo en riego de precipitarse en un ciclo recesivo de incalculables consecuencias para la humanidad.
Se equivocaron los teóricos de las ondas largas que auguraban la existencia un nuevo ciclo Kondratiev de tonalidad expansiva que por lo menos se debería extender hasta el año 2025, cuando ya hubiera una "nueva hegemonía" ubicada en un "nuevo polo geopolítico con centro en Asia: sea Japón, China, Rusia, India, Pakistán o un "hegemón combinado", sui generis que hiciera las veces de reemplazo del imperio norteamericano, cuestión que no se ve muy clara en estos tiempos. Más bien, lo que ocurrió, por lo menos desde la crisis mundial de 1974-1975, fue que el actual ciclo recesivo que allí se originó, fue constantemente regenerado, en los ochenta y los noventa del siglo pasado, con las políticas liberales y mercantilistas del gran capital y del Estado keynesiano, al grado de cambiar, luego de la industrialización de los países del tercer mundo y, en particular, de los de América Latina, su proceso de acumulación y reproducción de capital en función de las prerrogativas que demandaba el mercado mundial gobernado por las empresas transnacionales de las potencias imperialistas (al respecto consúltese literatura relevante de la teoría de la dependencia y sobre el intercambio desigual). Porque muchos teóricos se fueron con la finta de que el problema era "estrictamente financiero" y de dificultades de los precios ("deterioro de los términos de intercambio") y de las tasas de ganancia. Basta recordar la propagandística tesis de la CEPAL para calificar y reducir toda la crisis estructural, financiera, industrial, productiva, laboral y comercial de los países latinoamericanos de los ochenta como un "crisis de la deuda" que repitieron como pericos tirios y troyanos, mientras que el "período" lo calificaron como una "década perdida", aunque nunca se aclaró perdida para quién.
Por el contrario, si bien la crisis es una crisis de sobreproducción (mayor la oferta que la demanda) y de realización de mercancías y de capital (por ende: de producción de anti-valor y dificultades de realización de plusvalía), sin embargo, también es cíclica; es decir, atraviesa por un ciclo de prosperidad, expansión, recesión, depresión y crisis donde intervienen, en cada uno de esos momentos, el Estado y las políticas del capital. Pero debemos observar, y aguzar, su carácter cualitativo y en espiral: queremos indicar con ello que se trata de un proceso histórico estructural del desarrollo capitalista global y dependiente que en cada ciclo histórico, por ejemplo, cada diez años, ve reducirse la duración de los periodos de crecimiento económico y de producción de riqueza y aumentar los de recesión, depresión y de crisis como está sucediendo en la actualidad. Es decir, la gripe en el paciente enfermo y en el adulto es la misma, pero su manifestación en ambos, completamente diferente. Por ello "…las categorías más abstractas, a pesar de su validez ―precisamente debida a su naturaleza abstracta― para todas las épocas, son no obstante, en lo que hay de determinado en esta abstracción, el producto de condiciones históricas y poseen plena validez sólo para estas condiciones y dentro de sus límites" (Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política ( Grundrisse ) 1857-1858, Siglo XXI, México, 1980, octava edición). Tesis fundamental contra el pensamiento conservador en el sentido de la afirmación de que las categorías son fiel reflejo tanto de la realidad externa (el mundo empírico, la naturaleza, de la "cosa en sí" kantiana, según Lenin, en Materialismo y empiriocriticismo ), como de la historia, pero de ninguna manera constituyen categorías aisladas o eternas (globalización, fin de la historia, postcolonialismo, democracia) como pregonan las corrientes del pensamiento idealista.
La actual crisis capitalista del mundo, tanto en el centro del sistema, como en su periferia (subdesarrollada y dependiente), es esencialmente una crisis de producción de valor y de plusvalía, y que Marx vislumbró hace 150 años en el magnífico borrador de los Grundrisse y desarrolló posteriormente en su monumental obra El capital , crítica de la economía política , en una suerte de secuencia epistemológica y conceptual entre ambos, muy distante de la tesis de Antonio Negri en su Marx más allá de Marx , donde presupone lo contrario, o de su fragmentación generacional y "ruptura epistemológica" de Louis Althusser que divide el pensamiento de Marx en rebanadas ideológicas, como dice Mandel.
Planteamos que una vertiente de la crisis estructural del capitalismo mundial actual se deriva de la insuficiencia, y hasta cierto punto, incapacidad, de los mecanismos del sistema para generar el valor en general suficiente que restituya la producción de valor en el proceso de trabajo, valorice el capital invertido (en medios de producción, materias primas y en fuerza de trabajo o capital variable); cree plusvalía y restituya el aumento de la tasa de ganancia. Esta tesis deriva de aquélla constatada ejemplarmente por Marx cuando expone que el trabajo, la fuerza de trabajo, es el único factor productor de valor y, por ende, de plusvalía y que cuando el capital no está en la esfera de la producción, sino en la de la circulación, es improductivo, de tal manera que "Este proceso de realización es a la par el proceso de des-realización del trabajo. El trabajo se pone objetivamente, pero pone esta objetividad como su propio no-ser o como el ser de su no-ser: del capital" (Grundrisse, L.I., p. 415). Por eso, como está ocurriendo en la actualidad, cuando el capital global desplaza crecientemente parcelas de fuerza de trabajo en todas las industrias, servicios y actividades, países, territorios y regiones y en el mundo entero, al mismo tiempo que se disloca hacia las actividades especulativas características del capital ficticio (es decir, el capital que se desconecta, durante determinados períodos, de la esfera de la producción), si bien es cierto que crea más productos (valores de uso), sin embargo, progresivamente en el largo plazo crea cada vez menos valor (de cambio), lo que termina por castigar severamente la tasa de plusvalía y, por ende, la media de ganancia del sistema. Como la tendencia del capital es la de "…volver superfluo (relativamente) el trabajo humano, la de empujarlo como trabajo humano hasta límites desmesurados" (Grundrisse, L. I., p. 350), esta tendencia termina por castigar la tasa de plusvalía y, a través de las categorías como competencia, distribución, apropiación, a la tasa de ganancia; fenómenos concatenados que precipitas al sistema a la crisis.
Además, cuando el capital, como está ocurriendo hoy en la economía capitalista global, se concentra en la esfera financiera, en los bancos, en el comercio, en la circulación, de acuerdo con Marx, se reafirma el proceso de desvalorización, porque ese capital no crea valor ni plusvalor en esa esfera, sino solamente en la de la producción, que es el espacio-tiempo donde la fuerza de trabajo se articula con los medios de producción y la transformación de la naturaleza para ―poder― producir medios de consumo y nuevos medios de producción que revitalicen el proceso de reproducción del capital en una nueva escala superior. De esta forma, "…la desvalorización constituye un elemento del proceso de valorización, lo que ya está implícito en que el producto del proceso en su forma directa no es valor, sino que tiene que entrar nuevamente en la circulación para realizarse en cuanto tal. Por lo tanto, si mediante el proceso de producción se reproduce el capital como valor y nuevo valor, al mismo tiempo se le pone como no-valor, como algo que no se valoriza mientras no entra el intercambio" (Grundrisse, L.I., p. 355).
Según Marx, el proceso de valorización de capital, además de esta desvalorización implícita, también incluye tanto la conservación del valor como la creación de plusvalor por la fuerza de trabajo. Debemos constatar que el valor de uso de la fuerza de trabajo ―que es el que en el mercado compra el capital―, produce la plusvalía (vital para el sistema) y se determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción y reproducción, y no al revés. Por esa misma razón Marx aclara que "El tiempo vivo de trabajo que el capitalista adquiere en el intercambio no es el valor de cambio, sino el valor de uso de la capacidad de trabajo" (Grundrisse, L. II., p. 195). Disipándole a Ricardo y, por extensión a los teóricos de la economía política clásica, esta confusión entre valor de uso y valor de cambio y su relación con la producción de plusvalía Marx aclara que: "Lo que el capitalista recibe en el intercambio es la capacidad de trabajo: es este el valor de cambio que paga. El trabajo vivo es el valor de uso que tiene para él este valor de cambio, y de este valor de uso surge el plusvalor" (Grundrisse, L. II, p. 54).Categorías simples, pero que son la base de toda la confusión de la economía política clásica y neoclásica de nuestros días que no atinan a entender el papel central del trabajo y del valor en nuestros días.
Y justamente, en la constante valorización-desvalorización del capital, lo que este castiga, contradictoriamente en aras de obtener plusvalía y ganancias, es justamente ese trabajo que supone la reproducción del obrero (o sea: su valor de uso determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción y que se expresa en una proporción monetaria bajo la forma de salario). Lo que comprime dentro de la jornada de trabajo el capital (en la plusvalía relativa, véase la Sección Cuarta de El Capital) es justamente el tiempo socialmente necesario para aumentar el tiempo de trabajo excedente no remunerado que representa la plusvalía. Entonces por esto la categoría "tiempo de trabajo", que había sido el eje alrededor del cual se calculaban todos los valores y precios de las mercancías, en el capitalismo entra, primero, en tensión y, más tarde, en la crisis (Véase mi libro: El mundo del trabajo en tensión. Flexibilidad laboral y fractura social en la década de 2000, coedición Plaza y Valdés-FCPyS-Posgrado en Estudios Latinoamericanos-UNAM, México, 200).
De tal manera que la proyección científica de Marx (válida hoy para el siglo XXI y para la explicación esencial de la crisis contemporánea del capital), es que en el capitalismo se agudiza, como está ocurriendo por todo el sistema, la contradicción-lucha entre el tiempo de trabajo y lo que llamaríamos desmedida del valor, es decir, que en cada ciclo de aumento real de la productividad social del trabajo, debida entre otros factores, al incesante incremento e incorporación de tecnología de punta en el proceso de trabajo, la categoría "tiempo de trabajo" deja de ser un factor suficiente para aumentar el plusvalor y, por ende, en el largo plazo, de la tasa de ganancia, la cual, por el contrario, tiende a declinar, estimulando por todo el sistema el ciclo especulativo, la concentración y centralización del capital y, como su producto, las crisis financieras, monetaria e inmobiliarias como las que estás en curso en Estados Unidos.
Ciertamente que ese tiempo, que es promedial, social y necesario, crece, pero lo hace cada vez menos, debido entre otros factores, al desplazamiento de fuerza de trabajo conforme aumenta la composición orgánica del capital (la relación entre el capital constante y capital variable, o sea, la fuerza de trabajo); al desarrollo tecnológico (que en sí no crea valor ni, por ende, plusvalía, sino sólo lo transfiere al producto final, contrariamente a las afirmaciones posmodernistas) y, finalmente, a la constante producción de plusvalía relativa (articulada eficazmente con la plusvalía absoluta), de tal manera que la hipótesis que aquí sostenemos es que: por más que siga aumentando la productividad, desarrollándose la revolución tecnológica y "ahorrando fuerza de trabajo" (desempleo, ejército industrial de reserva, etcétera), la reducción del tiempo socialmente necesario para la producción de mercancías y de fuerza de trabajo se va volviendo cada vez más marginal; es decir, cada vez más insignificante para producir valor y plusvalor, aunque progresivamente esté aumentando en la sociedad el volumen general de la riqueza física (valores de uso), pero, sin embargo, con un valor contenido cada vez menor. Entonces el sistema entra en crisis orgánica, estructural y civilizacional, como está ocurriendo en la actualidad.
Las salidas que tiene el capital, por supuesto, son varias y ésta no es la última crisis, a pesar de su severidad y espectacularidad. No hay una crisis terminal del sistema, como a veces postulan sin bases ciertos marxistas dogmáticos y trasnochados. El sistema del capital y su metabolismo social (István Mészáros), tiene dispositivos muy serios que implementar para auto-regenerarse, por supuesto, como la represión y la fuerza bruta (como en Irak y Afganistán), cuando la crisis y la lucha de clases son incontrolables para el imperio.
Nosotros apuntamos dos tendencias importantes: la guerra imperial y la generalización por todo el sistema del régimen socioeconómico de superexplotación del trabajo como "salidas" inmediatas de la crisis, que podrían recolocar una cierta corrección de la tasa promedio de crecimiento económico del sistema capitalista, aunque en una proporción infinitamente menor a la tasa alcanzada por el capitalismo durante los llamados "treinta años gloriosos".
En este contexto, desde la década de los años ochenta del siglo pasado, cuando asumen la supremacía las estrategias estabilizadoras del neoliberalismo y del capital financiero, las crisis capitalistas modernas están hoy mucho más que nunca en el pasado indisolublemente asociadas a la reestructuración del capital y del mundo del trabajo (en materia de salarios, organización del proceso de trabajo, formación sindical, calificación y adiestramiento, así como del ejército industrial de reserva, con el fin de adecuarlos a la lógica y condiciones de funcionamiento del mercado en el marco del cual asumen un papel estratégico las políticas del Estado y del capital encaminadas a estimular el crecimiento de la tasa de ganancia, contrarrestar las tendencias a la disminución del ritmo de acumulación y a favorecer los procesos de reestructuración y desregulación de la fuerza de trabajo (Cf. James O' Connor, Crisis de acumulación, ediciones Península, Barcelona, 1987).
En ese lapso ocurrieron cambios cuantitativos y cualitativos en aspectos importantes de las estructuras de acumulación y valorización de capital; en los regímenes políticos y estatales (por ejemplo en América Latina), así como en las estructuras de clase y en las instituciones de las sociedades contemporáneas.
Es así como en el aspecto estructural de la dimensión económica, se fue consolidando un nuevo patrón de acumulación y reproducción de capital neoliberal, con fuerte propensión a volcarse al mercado mundial capitalista, particularmente en los países dependientes y subdesarrollados de América Latina (Cf. Mis libros: México: dependencia y modernización, Ediciones El Caballito, México, 1993, Globalización y precariedad del trabajo en México, Ediciones El Caballito, México, 1999, La reestructuración del mundo del trabajo, superexplotación y nuevos paradigmas de la organización del trabajo, coedición ITACA-UOM-ENAT, México, 2003).
Hoy ese patrón privilegia la producción de productos primarios para la exportación así como de biocombustibles, donde Brasil posee la segunda industria de biocombustibles del mundo por su tamaño después de Estados Unidos y proporciona alrededor de 40% del combustible que consumen sus automóviles y se calcula que pronto podrá suministrar 15% de su electricidad mediante la quema del bagazo de la caña de azúcar (Cf. Economist Intelligence Unit, "El futuro de la energía", La Jornada, 01 de julio de 2008). De esta forma, para aumentar las exportaciones la mayor parte de los países latinoamericanos se vio orillado a reconvertir sus aparatos productivos y sus patrones de acumulación de capital en función del sacrosanto principio neoliberal de especializar los aparatos productivos en beneficio de sectores tradicionales primario-exportadores dependientes de la producción de petróleo, gas, agricultura, ganadería, minerales, frutas, en suma, de recursos naturales que, dígase de paso, hoy constituyen la base de los patrones de reproducción de capital de América Latina destacando el Cono Sur y países de la región andina y centroamericana. De esta forma, la condición del crecimiento económico que vienen imponiendo los organismos internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario, la OCDE y el BID, pasa a depender del grado que alcance la especialización productiva en cada economía nacional ―dentro del marco de la nueva división internacional del trabajo y del capital― para exportar recursos naturales y productos básicos —que otrora consumía la población— como ocurrió en los países del Cono Sur, antes que de mercancías complejas de alto valor tecnológico agregado que resultaban del proceso de industrialización, como plantearon reiteradamente los autores de la CEPAL y, hoy, los neo-estructuralistas del desarrollo y las corrientes evolucionistas de la tecnología .
El Otro elemento que se coloca como "dinamizador" de la economía es la exportación de fuerza de trabajo barata y supernumeraria como muestra el caso de México y de Centroamérica principalmente hacia Estados Unidos. Aunque este fenómeno hoy presenta dificultades, sobre todo, derivadas de la contracción de la economía norteamericana en materia de remesas y migraciones.
Estas políticas conservadoras de reconversión industrial y de ajuste de las economías a los requerimientos de las grandes empresas no bastaron en la década de los ochenta y de los noventa, como no bastan hoy, para resolver la crisis capitalista, sino que se proyectan a nuevos espacios y sectores que amenazan seriamente la viabilidad tanto del sistema como de la propia humanidad.
En el ámbito político-jurídico y social el perfil correspondiente de ese patrón de reproducción se expresa a nuestro entender en la gestación de cambios significativos en el Estado que por ello pasa de ser "bienestarista" a francamente neoliberal, minimalista y empresarial, es decir, un Estado burgués, penal y de seguridad (Bensaid), que prácticamente se está extendiendo e imponiendo con mucha fuerza en todo el mundo para legalizar las políticas del gran capital en materia económica, social y ambiental tendientes a su mercantilización. Y obviamente en la imposición y funcionamiento de tal tipo de Estado se hace imprescindible el permanente uso de la fuerza, los sistemas de exclusión social de la población de los mínimos vitales de subsistencia y de su participación activa en los asuntos públicos del gobierno. O sea, un Estado permanente de seguridad nacional y de contrainsurgencia fundado en lo que Ruy Mauro Marini denominó Estado del cuarto poder, que es capaz de revitalizarse tanto en los países del capitalismo avanzado como, y con mucho mayor fuerza, en los dependientes y subdesarrollados de su periferia.
Es así como hoy el Estado capitalista contemporáneo es sustancialmente (más) funcional y orgánico a la reproducción del capitalismo en esta fase neoliberal y conservadora, y completamente incapaz para cubrir los requerimientos de la fuerza de trabajo y las crecientes necesidades de las grandes masas de la población en materia alimentaria, de salud, educación, vivienda y recreación como llegaron a postular, insuficientemente en el pasado, autores keynesianos como el brasileño Francisco de Oliveira, Os direitos do antivalor. A economía política da hegemonía imperfeita, Editora Vosez, Sao Paulo, 1998, a través de la categoría analítica que él denomina en esa obra "fundo público" o sean los recursos que el Estado destina a la reproducción de la fuerza de trabajo en materia de seguridad social, bienestar, alimentación, subsidios, pero sin explicar ―y aquí radica toda la debilidad de su análisis― el origen de los recursos de ese fondo público.
No hay que ir muy lejos para constatar esta situación frente a la crisis energética, alimentaria, financiera e inmobiliaria que azota en nuestros días al sistema capitalista, a partir de la crisis de Estados Unidos en curso y que justamente se está tratando de paliar mediante la expropiación de derechos y garantías de los trabajadores, así como de las reformas tendientes a aumentar la superexplotación del trabajo en todo el mundo.
De cierto ángulo la crisis de agotamiento del viejo patrón de reproducción de mediados de los setenta y el advenimiento del nuevo a partir de los ochenta se explica por una cierta asincronía entre lo que Marx llamó el ser social como determinante de las categorías correspondientes a la superestructura pero que, equivocadamente o por miopía acomodaticia, los críticos y los enemigos del marxismo la tomaron al pié de la letra sin ver su dimensión metafórica, crítica y cualitativa y, por supuesto, su carácter metodológico para imaginar los rumbos de la investigación científica que, por cierto, se desplazan desde lo abstracto a lo concreto y nuevamente a lo abstracto, para brindar una perspectiva de múltiples relaciones e interrelaciones de carácter global y dinámica. (Karl Marx, Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política, OE, Progreso, Moscú, p. 182).
Dos décadas y media de neoliberalismo mundial y vernáculo es la historia crítica de esa contradicción entre el viejo modo de vida, de producción y trabajo capitalista que se resiste a perecer (el antiguo Estado del bienestar: desarrollista, industrializador y fordista) y uno presuntamente nuevo, neoliberal, global, agresivo, excluyente, polarizante, anti-industrializador que se está afianzando a toda costa, incluso con la represión de los movimientos populares que a él se oponen en cualquier parte del mundo.
En esta lógica el neoliberalismo privatizó el sistema económico y social para adaptarlo a las necesidades de la acumulación y reproducción del capital de los países desarrollados de occidente mediante la imposición de políticas económicas de choque-ajuste-estabilización y a través de fases de crecimiento económico (relativo) que, más tarde, produjeron crisis estructurales y financieras del sistema capitalista mundial, siendo su momento más álgido la de México en 1994-1995.
Otra línea, en la lógica de desarrollo del capital, se dio mediante el expansionismo de las grandes empresas trasnacionales-red apoyadas en el Estado burgués dependiente y en los Estados imperialistas de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón en función de una supuesta globalización y democratización como "valores universales". Esto provocó un refuerzo de la cohesión del capital en los niveles industrial, comercial, rentista, bancario, financiero y ficticio, presentando un panorama de verdadera globalización del poder trasnacional sin contradicciones sustanciales aparentes, que sólo pueden ser "resueltas" dentro del propio sistema capitalista.
De aquí las fórmulas ideológicas del "fin de la historia y del trabajo" (Fukuyama y Bell, respectivamente), el "auge" de la "new economy" y del "consenso de Washington que difunden un mensaje subliminal relativo a que el sistema es "todopoderoso" ante el cual no existen fuerzas sociales y políticas que lo puedan superar (Bush) en un contexto en que el capital está asumiendo una configuración desde la década de los ochenta del siglo pasado, la forma parasitaria del capital ficticio: una cierta supremacía hegemónica en el capitalismo globalizado del siglo XXI que castiga con severidad los sistemas productivos y las tasa de crecimiento del empleo productivo de una buena porción de la humanidad trabajadora (Chesnais, Françoise, "A fisionomia das crises no regime de acumulação sob domináncia financeira", Novos Estudos, CEBRAP no. 52, noviembre de 1993).
La supremacía del capital ficticio (que no crea valor, ni plusvalía) aunado a la contracción de las tasas de crecimiento promedio del sistema productivo y económico, sumergieron al capitalismo en la crisis más severa que estamos padeciendo. En breve, recordemos los factores de la recuperación de la rentabilidad del capital que Marx indica en el Libro III, Sección III: "Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia"; capítulo XIV: "Causas que contrarrestan la ley" ( pp. 232-239) :
Aumento del grado de explotación del trabajo.
Reducción del salario por debajo de su valor (superexplotación).
Abaratamiento de los elementos que constituyen el capital constante (máquinas, materias primas, edificios).
Incremento del desempleo y del subempleo.
Ampliación del comercio exterior en el mercado mundial.
Aumento del capital-acciones (capital ficticio).
Es evidente que, contra aquéllos que plantean que Marx "ya es obsoleto" o, como dijo alguien: "antiguo", esos mecanismos utilizados por el capital para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia no sólo se mantienen, sino que hoy en día se han desarrollado infinitamente, junto a otros nuevos efectivamente como el espectacular desarrollo del capital financiero especulativo (capital ficticio), la dinámica transnacional de las empresas multinacionales, la generalización y universalización de la superexplotación del trabajo y de la ley del valor (globalización), el uso de nuevos métodos de producción y organización del trabajo al amparo de la informática y del constante desarrollo tecnológico, así como la dirección que el Estado neoliberal le imprime a sus políticas públicas en beneficio de la rentabilidad y la expansión general del capital.
Al respecto basta mencionar, en tanto elementos de la superexplotación del trabajo, las 65 horas de aumento de la jornada de trabajo que el 9 de junio de 2008 aprobó el Consejo Europeo de Ministros Estado y la patronal organizada de los países de la Unión Europea, o sea, para prolongar legalmente la jornada de trabajo para producir plusvalía absoluta. Ello supone que un empleado podrá trabajar hasta un máximo de 65 horas semanales, si así lo "acuerda" con el empresario (preguntémosles a los trabajadores gallegos qué opinión tienen de este "acuerdo voluntario"). Esta es la esencia del nuevo contrato flexible de trabajo con el capital en la modernidad capitalista
Por otro lado, el desarrollo inusitado de nuevos métodos de explotación y organización del trabajo, como el toyotismo de origen japonés que, como demuestran autores y estudios especializados, tiene como eje de sustentación la intensificación de la fuerza de trabajo, para aumentar la plusvalía relativa. Por último, el tercer elemento de la superexplotación y que expone Ruy Mauro Marini en su Dialéctica de la dependencia, es, dice, la disminución del fondo de consumo de los trabajadores y su conversión en fuente de acumulación del capital. Situación esta última que presupone la disminución de los salarios por debajo del valor real promedio de la fuerza de trabajo. Fenómeno que ya se comienza a advertir en el capitalismo central, pero que requiere de más profundización y de serios estudios de caso que lo verifiquen.
Por lo pronto el régimen de superexplotación del trabajo ―en tanto categoría constituyente del capitalismo dependiente que se desarrolló históricamente entre 1850 y 1982― hoy en día también se generaliza al seno mismo del capitalismo central, para operar allí como un genuino mecanismo de contención de la crisis y de los serios problemas de reproducción y de rentabilidad como los que se están verificando en el capitalismo mundial y donde la crisis inmobiliaria y financiera son sólo manifestaciones de esas profundas mutaciones y ajustes del mundo del trabajo y de la explotación.
La crisis me da risa: una mirada desde los Grundrisse del capitalismo contemporáneo | 18-10-2008 - 08:57:20 GMT 1 #
Un marco crítico para comprender la actual crisis financiera, por Antonio Romero :
¿Qué está en crisis?
Es preciso comprender al neoliberalismo como una “filosofía integral”, no solamente como un determinado estilo de gestión de la política económica. Si la reciente crisis inmobiliaria ha reforzado el descrédito del neoliberalismo esto no significa necesariamente su fin. [2] Tampoco significa “el fin de una era”, [3] aun cuando sea específicamente entendida como el fin de la (super) hegemonía Made in USA, sin ser este el caso. [4] Si estamos ante una crisis cuyo epicentro son los EEUU y -más concretamente aun- la del sistema financiero centrado en Wall Street , aunque diste de comprometer seriamente la viabilidad de todo el sistema capitalista; si estamos de acuerdo que esta crisis pone en entredicho -en el plano del pensamiento- al neoliberalismo financiero aunque el paradigma “civilizatorio” del mercado se mantenga todavía incólume en el imaginario de millones de seres humanos; si no hay cataclismo socioeconómico ni político, pero sí crisis financiera; aun así, todo ello no debería inducirnos a descartar la hipótesis que postula -como hace Marco Gandásegui- que “La caída de Wall Street refleja la crisis del capitalismo mundial”. [5]
Es importante tener muy en claro la distinción entre potencia hegemónica y potencia dominante. La primera sustenta su poder, de un lado, en la supremacía económica de los intereses “nacionales” (en este caso, del estado norteamericano y de sus grandes corporaciones privadas) sobre las relaciones económicas entre países y estados; de otro, en la capacidad de control absoluto, por parte de esos mismos intereses, sobre la división internacional del trabajo, el comercio mundial de mercancías y el movimiento de capitales, principalmente; control absoluto respaldado por el poder tecnológico y militar, considerados insuperables e incontestables. Viendo así las cosas, una de las diferencias entre potencia hegemónica y potencia dominante es de grado: en términos de escala territorial, la influencia de la segunda se limita a una determinada región o continente, así como se le asigna una participación subsidiaria en la gestión global de los intereses (económicos, políticos y estratégicos) de la primera. En esto consiste, gruesamente hablando, el orden global que nos ha venido rigiendo, con sus inevitables vaivenes y relaciones de fuerzas, hasta el presente, donde América Latina como un todo y otras regiones del Sur mantienen una participación marginal, subordinada y dependiente. [6]
La crisis del monetarismo neoliberal
La historia reciente hay que insertarla necesariamente como parte de un largo proceso que, en el siglo XX, se inició con el crac del 29, [7] al cual le siguió una larga transición (hasta 1945) que desembocó en el establecimiento -por primera vez en la historia- de un orden monetario internacional representado por los acuerdos de Breton Woods. Este último (junto al Plan Marshall) sustentó la reconstrucción, recuperación y relativa estabilidad del capitalismo hasta mediados de los 70. [8] La presión proveniente de la creciente movilidad de capitales y la internacionalización de los flujos financieros privados indujo el abandono del sistema de paridades fijas; esto se tradujo, en el plano político-institucional, en el cambio de las finanzas internacionales (es decir, entre países) basadas en el patrón-oro a su mutación en patrón-dólar (agosto 1971), [9] implicando la adopción de la libre flotación de las monedas, especialmente entre los países centrales del sistema. Dentro del marco de este nuevo ordenamiento financiero hegemonizado por la divisa norteamericana, se produjo la “crisis de la deuda” de los años 80 de tan ingratos recuerdos en América Latina; luego la “crisis del tequila” a fines de 1994, que se propagó a toda nuestra región afectando especialmente a la Argentina. A fines de los 90 la inestabilidad e incertidumbre que acompañan la extrema volatilidad de los capitales especulativos, dejaron su impronta sobre las economías de Rusia, América Latina y del sudeste asiático. Y ahora, en el corazón mismo del capitalismo (Nueva York, Wall Street ) los EEUU vuelven a probar en carne propia lo que creían haber superado tras el trauma de los años 30, obligando a un régimen de salida como el de Bush a “tragarse” uno de los mandamientos neoliberales referido a la “prescindencia” del Estado. Por cierto, el neoliberalismo nunca fue consecuente a la hora de aplicar sus rígidos preceptos, con el mismo rasero que a los países periféricos, al núcleo de los países centrales del capitalismo (especialmente EEUU). [10]
Lo que acompaña y está implicado en el default inmobiliario y su impacto sobre el resto del sistema financiero norteamericano, con repercusiones a escala planetaria, es el sistema de la diplomacia del dólar, vigente desde los años 80. [11] En el plano del pensamiento y la teoría, se resquebrajó uno de los pilares del armatoste neoliberal: la consideración del “dinero” (sea como masa monetaria o en la forma de títulos y valores, es decir, cuasi-dinero) como elemento exógeno e independiente de la economía real basada en la producción y del sistema económico. Fueron los monetaristas encabezados por Milton Friedman (1912-2006) y la llamada Escuela de Chicago -y antes de ellos, el economista Irving Fisher (1867-1947)- quienes habían consagrado tal despropósito. A todo estudiante de economía medianamente formado se le inculca que, en virtud de la teoría cuantitativa del dinero, la oferta monetaria se ajusta “automáticamente” al nivel de precios, dadas la velocidad de circulación y el ingreso nacional (o del PBI si se quiere). Esta teoría, consagrada por la famosa ecuación de Fisher, regía en la época de oro del reinado del “pleno empleo” y de los mecanismos automáticos del mercado, pero colapsó en los años 30 a partir del crac financiero de 1929. Será retomada justamente por Friedman y sus seguidores, mediante una reformulación más sofisticada.
El sinsentido anotado sirvió de justificación para la globalización financiera que experimentó vertiginosamente el mundo desde los años 70, mediante el libre desplazamiento y movilidad -en tiempo real- de las corrientes de capital, así como de uno de sus subproductos: la “financierización”, [12] término que oculta la irracionalidad de ese capital a través de su búsqueda desmesurada -y desesperada- de rentabilidad inmediata, que ha puesto incluso en aprietos los mecanismos de regulación existentes. Ni los mismos bancos centrales se salvan del cuestiona-miento que se merecen (el FED norteamericano en este caso), por su actitud permisiva y condescendiente. Esta permisividad es justamente una de las herencias dejadas por el neoliberalismo de los tiempos de la administración Reagan, en los años 80, que hizo de “la no interferencia con el mercado y la continuación del proceso de liberalización global de los movimientos internacionales de capitales, bienes y servicios” uno de los fundamentos sagrados que adoptó su política económica internacional, para restituir la hegemonía económica norteamericana que venía de un franco proceso de deterioro en los 70. [13]
La irracionalidad se revela tal cual es justamente porque lo que comenzó como crisis en un vector localizado del sistema financiero norteamericano (el mercado inmobiliario), terminó amenazando en convertirse en una “crisis sistémica” obligando al “salvataje” financiero -mediante intervención pública- para socializar las pérdidas y evitar así el colapso del conjunto y su inevitable impacto a escala planetaria, dado el encadenamiento espacial y temporal entre los diversos instrumentos financieros implicados. De manera que la autonomía e independencia, o la “exogeneidad” adscrita a las tesis monetaristas, que se postularon para ese tipo de capital puramente dinerario y especulativo han demostrado ser aparentes, pues en última instancia -como lo muestra fehacientemente el reciente episodio norteamericano- su crisis de realización es cubierta por el ahorro de todos y con dinero público, siendo esto último el costo mayor que paga la sociedad por el desastre a que lleva toda fiebre especulativa generadora de “burbujas financieras”. [14]
Interpretando la crisis desde la crítica de la economía política
Desde el colapso del sistema de paridades fijas sustentadas en el sistema oro-dólar, se acentuó el carácter fetichista al mismo tiempo que irracional de la economía mundial. En términos abstractos y en el marco de la fórmula general del capital, [15] la relación D-D’: “capital que rinde interés” (Marx), expresión de la metamorfosis del capital especulativo con su propia lógica aparentemente autónoma, pasa a tener preeminencia dentro del “movimiento (general) de cosas”. [16] A nivel del conjunto de intercambios internacionales de mercancías y flujos monetarios, ello se refleja nítidamente. Si tenemos en cuenta la larga cadena de operaciones, cubiertas o encubiertas, que alimentaba la burbuja financiera que recientemente explotó y se originaba en el mercado hipotecario americano, [17] la expresión D-D’ se queda corta y debería expresarse en realidad mediante esta otra notación: [18]
D - D’ - D” - D”’ - … Dn ( a )
Cuando Marx representa la relación D-D’ o esta otra: M-D-M, que representa la circulación mercantil (en este segundo caso, teniendo de mediador al dinero como equivalente general), [19] lo hace para dar cuenta de relaciones entre cosas; es decir, la relación fetichista entre los poseedores de mercancías (M) y los poseedores de dinero (D). Para Marx toda relación mercantil -y el dinero que se presta es también mercancía- es una relación fetichista por dos razones: i ] las relaciones sociales aparecen transfiguradas como relaciones entre cosas (mercancías y dinero) [20] ; ii ] en el acto del intercambio una cosa es “enajenar el producto del trabajo propio” y otra “adquirir el producto del trabajo ajeno” (el famoso quid pro quo), [21] independientemente del uso o destino final de este último (acumulación o consumo). [22] De ahí que: “Nada puede ser más desatinado que el dogma según el cual la circulación de mercancías implica un equilibrio necesario entre las compras y las ventas.” [23]
Son pertinentes algunas observaciones:
Primera observación. Desde el punto de vista de su finalidad o uso, el capital que devenga interés puede significar: [1] préstamo de dinero que es invertido para fines productivos y/o comerciales; [2] dinero que se pide prestado para especular con los precios de mercado de los activos (v. gr. viviendas, otros inmuebles) u otros “precios” de la economía (tipo de cambio, tasa de interés interna o internacional; acciones, títulos y otras cotizaciones en bolsa), cualquiera sea la condición de solvencia o capacidad de pago de quien pide prestado. En ambos casos participan propietarios de dinero en calidad de prestamistas (v. gr. capitalistas individuales, bancos) y demandantes del mismo en el rol de prestatarios (sean empresarios, individuos o familias). El acuerdo resultante entre unos y otros está regido por una “transacción jurídica”.
Segunda observación. Todo capital que rinde interés implica: [3] que es un “valor que se valoriza a sí mismo”; [24] [4] debe proporcionar una ganancia o utilidad monetaria para el prestamista (salvo que estemos hablando de un crédito para el consumo). Si genera ganancia empresarial estamos en una situación donde “el dinero funciona como capital”. [25] Si proporciona una utilidad proveniente del juego especulativo, nos referimos a una situación donde el dinero recibido opera como capital usurario. [26] Para que el capital prestado se realice (valorice), la ganancia por el valor de uso del dinero prestado debe ser mayor al interés (plusvalor). Algo parecido debe ocurrir con la utilidad especulativa.
Tercera observación. En el caso [2] el vínculo con la economía real desaparece o se hace más imperceptible que en [1], pues adopta la forma de un proceso completa-mente “exterior” que se multiplica y reproduce a si mismo: el prestamista adelanta su capital “como dinero o suma de valor, y retorna como suma de valor”, [27] en la forma de dinero incrementado (capital adelantado o prestado + plusvalor). El caso norteamericano muestra que este hecho se realizó a una escala colosal, a través de una larga cadena de pagos (contenida en a ). El plusvalor proveniente de la especulación y el derivado de la ganancia son una y la misma cosa (dinero), pero los mecanismos de su obtención sí son sustancialmente diferentes, dadas las condiciones internas (distribución del ingreso, condiciones de mercado y demanda, política económica y financiera del gobierno).
Teniendo en consideración lo dicho anteriormente, y poniendo el tema que nos ocupa en términos que podría comprometer el funcionamiento de todo el sistema, el reciente “colapso” de Wall Street nos obliga a plantear la cuestión (hipótesis) de si, con la globalización de los mercados, la utilización del dinero como capital estaría siendo crecientemente desplazada por la preferencia a emplearlo como “fetiche automático”. [28] En otras palabras, planteamos críticamente que los procesos de producción y circulación de mercancías están dejando de ser instancias mediadoras en la fórmula general del capital D-M-D’, donde la letra “M” es la síntesis de esos procesos, y por tanto el capital dinero va divorciándose de ello, dejando así de expresar la unidad de la reproducción. [29] Como sostenía Aníbal Quijano: “El capital financiero y la acumulación especulativa desenfrenada han pasado a tener el dominio del capitalismo mundial, del conjunto de la estructura mundial de acumulación.” [30]
Si todo eso tiene sentido y visos de veracidad, el sistema estaría atravesando por un grave dislocamiento y fracturación en el funcionamiento del capitalismo, lo cual añade un rasgo relativamente novedoso a la “larga duración” de la crisis sistémica en que se debate el capitalismo. Wallerstein entiende por crisis sistémica “aquellas dificultades que no puedenser resueltas dentro del marco del sistema, sino que deben resolverse por fuera y más allá del sistema histórico del cual las dificultades son parte.” [31] En un trabajo anterior señalaba que la crisis sistémica se origina en el periodo 1914-1917, [32] el cual -como sabemos- se cerró con la caída del muro de Berlín (“el corto siglo XX” como lo llamó el historiador británico Eric Hobsbawm). Sin embargo, la crisis de transición entendida como un largo periodo de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista” permanece. [33]
Marx no previó esa crisis pero, como acabamos de ver, ya estaba contenida en sus análisis del dinero y del dinamismo del sistema, en el propio proceso de reproducción que él representaba en el movimiento cíclico del capital (la metamorfosis siempre renovada de una a otra forma del valor). En el libro primero de El Capital Marx habla de la crisis dineraria, relacionada con la “función del dinero como medio de pago” y la explicaba en una nota a pie de página. [34] El veía entonces la crisis dineraria como un fenómeno localizado y autónomo. En cambio, nosotros estamos (re)descubriendo otra crisis de mayor envergadura, que se incuba en el movimiento general del capital, que involucra e integra la “esfera directa de acción” del dinero en sí junto con la industria y el comercio. Con respecto a este conjunto de argumentos encontramos el siguiente pasaje que, si bien abstracto, es revelador: “Si la autonomización externa de aspectos que en lo interno no son autónomos, y no lo son porque se complementan uno a otro, se prolonga hasta cierto punto, la unidad interna se abre paso violentamente, se impone por medio de una crisis.” [35]
Como recurso intelectual para empezar a superar la “escasez de comprensión” (Krugman), en el sentido de comprender el fenómeno más allá de sus manifesta-ciones externas, pensamos que la hipótesis que estamos planteando permitiría arrojar nueva luz y dar otro significado, no solamente a la crisis que se inició en EEUU como un problema de irrealización de hipotecas; también para explicar con otra mirada las crisis financieras ocurridas anteriormente y en otras partes del mundo, en los años 90 (México, Japón, Tailandia, Malasia, Indonesia, Rusia, Brasil).
Si juntamos entonces todas las “crisis financieras” relativamente recientes, incluyendo a la norteamericana, y las apreciamos -si bien formando una cadena de acontecimientos “nacionales”- como parte de un proceso más profundo, el sistema encuentra dificultades cada vez más acentuadas de realización, en función de la (auto) valorización del capital. [36] En este contexto, la especulación financiera es utilizada como vía de escape que encuentra el capital ante la creciente dificultad de realización de la ganancia, o de su tendencia a la baja en esferas diferentes, como la productiva. Otro mecanismo -de solución temporal- implementado masivamente con la globalización, es la relocalización de los capitales de propiedad de grandes compañías y corporaciones por todo el mundo, comprendiendo los países que pertenecieron a la desaparecida “órbita soviética”, los “tigres asiáticos” y países de nueva industrialización (China, India, Brasil), así como los hoy denominados “emergentes” en el Sur y resto del tercer mundo; generando nuevas cadenas de valor de mercancías (Wallerstein), así como circuitos de valorización del capital que permiten contrarrestar la presión a la baja de los beneficios en el centro. Esto último debido, entre otras razones, al agotamiento de la extracción de plusvalía que se va proyectando desde los núcleos más avanzados del régimen de producción, donde la elevada composición orgánica del capital en las ramas más automatizadas hace que la capacidad de valorización del trabajo vivo con relación a los medios técnicos decrezca, o tienda a ello, pues los medios técnicos pasan a desempeñar crecientemente el rol de “agentes de producción”. [37]
La contrapartida de todo ello son procesos de fragmentación territorial en los países donde se establece el capital que busca contrarrestar a toda costa la “nivelación” de ganancias a la baja, acarreando asimismo consecuencias al Estado-nación en términos de su “desterritorialización”. [38]
Las sucesivas revoluciones tecnológicas han ido permitiendo la progresiva mercantilización de los recursos y otras formas de capital a nivel de todo el planeta, que con la globalización se lleva a cabo en una escala sin precedentes, nunca antes vista. Cada una de esas revoluciones e innovaciones (o desarrollo de las fuerzas productivas en el argot de Marx) imponía sus propios límites a la “incesante acumulación del capital” (Wallerstein). La globalización del mundo, la planetarización del capitalismo, o la mercantilización de la vida, constituyen los límites insalvables al crecimiento y reproducción incesantes del sistema, [39] aunque el costo a pagar por esa irracionalidad es un imponderable debido al caos e incertidumbre inherentes a la transición en la que hemos ingresado como sistema-mundo. [40]
Este es entonces el marco que estimamos apropiado para el debate que debe darse necesariamente, así como para la dirección que debería tomar la indagación en los planos teórico y práctico.
¿Dónde está la alternativa?
La actual crisis financiera de repercusiones globales no conlleva ningún colapso del capitalismo, pero sí activa o -mejor aun- pone de manifiesto sus propias contradicciones ratificando que, efectivamente, nos encontramos en una larga transición de agonía o de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista”, como la llama Wallerstein. El capitalismo como sistema-mundo tampoco caerá por si solo a menos que tenga al frente una alternativa mundial de transformaciones, de cambio civilizatorio, que se encarna en nuevos sujetos históricos, sociales, colectivos. Esta alternativa, ni nada que se le aproxime, sigue estando ausente en el horizonte de los movimientos. Mientras eso no ocurra el sistema se vuelve más y más irracional, más y más destructivo, más y más prescindible, trivial y vacuo.
Las reformas como la que requiere urgentemente el sistema monetario internacional servirán solamente para postergar en el tiempo la crisis definitiva, aun cuando la hegemonía de una sola superpotencia (la de EEUU, en franco declive) sea sustituida por arreglos políticos entre los estados de los países centrales (los propios EEUU, Europa occidental, Japón) que involucren a los grandes capitalistas y corporaciones, así como los mercados de capital. Los acuerdos de Breton Woods , los organismos especializados que lo gestionan (FMI, Banco Mundial), ni las tertulias del Foro de Davos, resultan inservibles para mantener el sistema (menos todavía su “gobernanza”).
El "retorno del Estado" y por ende del activismo estatal en la economía es la solución momentánea para el corto y aun mediano plazo, para poder resolver las dificultades que se han presentado y procurar implementar nuevos mecanismos de regulación al manejo del sistema y los mercados que lo integran, a fin de evitar las “quiebras” o al menos de minimizarlas. Tener en cuenta que esa solución, como lo fue también en su momento tras el "rescate" financiero a raíz del crac del 29 y la implementación de políticas keynesianas, lo es solamente desde el punto de vista de los intereses sistémicos del capitalismo. Si se ven así las cosas, entonces se reiniciará un nuevo ciclo, que aunque de paso favorezca las políticas sociales, la misión principal del estado será reestablecer a largo plazo las condiciones de la acumulación de capital, y del capital financiero en particular.
Este sistema está agónico desde hace tiempo, y como civilización es pernicioso y decadente. El único futuro que nos ofrece a todos y todas es el de mantenernos aferrados al presente sin futuro, como consumidores apegados al “consumismo” insaciable, inducido por la publicidad, y cumplidores con el pago de deudas. Producir individuos alienados y socialmente disgregados por los mercados constituye una de las fuentes del verdadero poder del capital. Esta moderna dominación se completa con la enajenación del poder social por el poder de la representación de los políticos profesionales y la tecno burocracia (pública y privada, civil y militar). Las cosas no cambiarán sustancialmente en el futuro si la política se limita a resolver los conflictos intercapitalistas, sean estos transnacionales, corporativos o interestatales, ocultados mediante categorías fetichistas en la forma de problemas de “crecimiento”, inversiones, etc.; quedándonos de esa manera aprisionados por el sistema. En términos de Wallerstein (véase la nota 33), están vigentes las opciones abiertas al capitalismo histórico por la transición: ¿desintegración?, ¿decadencia?, ¿”transformación controlada”?, ¿revolución? Una pregunta más: ¿los mismos principios que sustentaran “la alternativa” que sustituyera al socialismo realmente existe, servirán y/o serían igualmente aplicables para lo que es su reverso, el capitalismo histórico? [41]