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18/05/2008 GMT 1

Capitalismo en bancarrota, la imperiosa necesidad de cambiar.

lejarza @ 16:14

Lejarza Vall del Llierca Argelaguer Garrotxa OlotCapitalismo en bancarrota, la imperiosa necesidad de cambiar.-El presi del Banco Mundial, Robert Zoellick, intentó convencer al mundo con su exhortación de establecer un "Nuevo Acuerdo" para resolver su crisis alimentaria. Pero el sonsonete de sus relaciones públicas, replicado entusiastamente por otros organismos, representa tan solo más de lo mismo: más liberalización capitalista del comercio, más tecnología y más ayuda. La crisis alimentaria es el producto directo de décadas del tipo de políticas que ahora debemos erradicar. Si bien es necesario aplicar medidas inmediatas para bajar los precios de los alimentos, también es imperioso dar un giro Radical en la política agrícola de manera que los pequeños agricultores de todo el mundo tengan acceso a la tierra y puedan vivir. Necesitamos políticas que apoyen y protejan a los agricultores, pescadores y otros sectores que producen alimentos para sus familias, para los mercados locales y para los trabajadores de las ciudades, en lugar de un mercado de “commodities” internacional abstracto y un minúsculo clan de ejecutivos capitalistas. Necesitamos fortalecer y promover el uso de tecnologías basadas en el conocimiento y el control de quienes saben cómo hacer crecer los alimentos. Dicho de otra manera, necesitamos Soberanía Alimentaria, del tipo de la que definen y dirigen los propios pequeños agricultores y pescadores.

El telón de fondo de esta situación perversa del mercado alimenticio es el Sistema Financiero mundial, que en este preciso momento se tambalea en su endeble eje. Lo que el año pasado comenzó como una crisis localizada de préstamos Hipotecarios en los Estados Unidos, se ha manifestado ahora en una situación en la que se ha tomado conciencia de que los Emperadores del Sistema Financiero mundial no tienen ropas. La economía mundial vive en base a una deuda que nadie puede pagar. Mientras los Banqueros Centrales y los ejecutivos de Lear Jet tratan de improvisar parches para revertir la desconfianza, el mensaje subliminal es que el sistema está en bancarrota y nadie en el poder quiere tomar las riendas. Ni el FMI, ni el Banco Mundial, y del Grupo de los 8 en junio no esperemos mucho más que el oropel de las relaciones públicas. Es el mismo tema con los alimentos: una Elite Ideológica ha obligado a nuestros países a abrir drásticamente los mercados y dejar que rija el libre mercado, para que unas pocas Megaempresas, inversionistas y especuladores puedan hacer mucho dinero €. El neoliberalismo, acompañado de la corrupción política galopante que azota a nuestros Estados y los sistemas comerciales, ha perdido todo viso de legitimidad en tanto ha causado estragos en el centro mismo de nuestras necesidades más básicas: la capacidad de alimentarnos. El ejemplo más aberrante de cuán fuera de lugar están esos Ideólogos burgeses es que muchos están comenzando a reclamar abiertamente mayor liberalización del comercio como solución a la crisis alimentaria, y llegan incluso a proponer que se cambien las normas de la OMC para impedir que los gobiernos impongan restricciones a las exportaciones de alimentos. (*)]
En algunos países los gobiernos ya están recurriendo a las organizaciones campesinas para trabajar con ellas en la reformulación de sus políticas agrícolas. Otros están comenzando a cuestionar el argumento fundamental de impulsar una mayor libertad de comercio. Los halcones neoliberales que están en la cima de la pirámide de la política alimentaria mundial han perdido la credibilidad que de alguna manera pudieron haber tenido alguna vez. Es hora de que salgan del camino para que las visiones de soberanía alimentaria y reforma agraria, que surgen de las bases, puedan ocupar su lugar y sacarnos de este lío capitalista infernal.
* (2323 Isabel Reynolds, "WTO should pressure food exporters - Mandelson", Reuters /Katarina Wahlberg, "Are we approaching a global food crisis?", World Economy & Development en Brief, Global Policy Forum/Associated Press, "Wal-Mart de Mexico's 1Q profits rise 11 percent on higher sales, cost controls", 8 de abril de 2008)

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  1. Ian Angus (*).-“En ninguna parte del mundo, ningún genocidio, ni ninguna guerra, exterminan tanta gente por minuto, por hora y por día como el hambre y la pobreza en nuestro planeta.” -Fidel Castro, 1998

    Cuando los disturbios por alimentos estallaron en Haití el pasado mes, el primer país que reaccionó fue Venezuela. Dentro de días, hubo aviones en camino desde Caracas, llevando 364 toneladas de alimentos de necesidad imperante.

    El pueblo de Haití está “sufriendo de los ataques del capitalismo global del imperio,” dijo el presidente venezolano Hugo Chávez. “Esto exige una genuina y profunda solidaridad de todos nosotros. Es lo menos que podemos hacer por Haití.”

    La acción de Venezuela se ubica en la mejor tradición de la solidaridad humana. Cuando la gente tiene hambre, debemos hacer todo lo posible por ayudarle. El ejemplo de Venezuela debiera ser aplaudido y emulado.

    Pero la ayuda, por necesaria que sea, no es más que un sustituto temporal. Para encarar verdaderamente el problema del hambre en el mundo, debemos comprender y luego cambiar el sistema que lo causa.

    No hay escasez de alimentos

    El punto de partida para nuestro análisis debe ser que actualmente no hay escasez de alimentos en el mundo.

    Contrariamente a las advertencias en el Siglo XVIII de Thomas Malthus y sus seguidores modernos, estudio tras estudio muestran que la producción global de alimentos ha superado regularmente el crecimiento de la población, y que hay más que suficientes alimentos para alimentar a todos. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se producen suficientes alimentos en el mundo para suministrar más de 2800 calorías por día a todos – sustancialmente más que el mínimo necesario para una buena salud, y cerca de un 18% más calorías por persona que en los años sesenta, a pesar de un aumento significativo en la población total [1].

    Como señala el Food First Institute: “abundancia, no escasez, es lo que describe mejor el suministro de alimentos en el mundo actual.” [2]

    A pesar de eso, la solución más comúnmente propuesta para el hambre en el mundo son nuevas tecnologías para aumentar la producción de alimentos.

    La Alianza por una Revolución Verde en África, financiada por la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Rockefeller, apunta a desarrollar “variedades más productivas y resistentes de los principales cultivos de alimentos de África... para permitir que los agricultores en pequeña escala de África produzcan cosechas mayores, más diversas y fiables.” [3]

    De la misma manera, el Instituto Internacional de Investigación del Arroz, basado en Manila, ha iniciado una asociación público-privada “para aumentar la producción de arroz en toda Asia mediante el desarrollo acelerado y la introducción de tecnologías de arroz híbrido.” [4]

    Y el presidente del Banco Mundial promete ayudar a los países en desarrollo para que obtengan “acceso a tecnología y ciencia para aumentar las cosechas.” [5]

    La investigación científica es de importancia vital para el desarrollo de la agricultura, pero iniciativas que suponen de antemano que nuevas semillas y productos químicos sean necesarios no son ni verosímiles ni verdaderamente científicas. El hecho de que ya hay suficientes alimentos para alimentar el mundo muestra que la crisis alimentaria no es un problema técnico – es una problema social y político.

    En lugar de preguntar cómo aumentar la producción, nuestra primera pregunta debiera ser ¿por qué, si hay tantos alimentos disponibles, hay más de 850 millones de personas hambrientas o desnutridas? ¿Por qué mueren 18.000 niños de hambre cada día?

    ¿Por qué no puede la industria alimentaria global alimentar a los hambrientos?

    El sistema de beneficios

    La respuesta puede ser explicada en una frase. La industria alimentaria global no está organizada para alimentar a los hambrientos, está organizada a fin de generar beneficios para el agronegocio corporativo.

    Por cierto, los gigantes del agronegocio logran muy bien ese objetivo. Este año, los beneficios del agronegocio aumentan vigorosamente por sobre los niveles del año pasado, mientras gente hambrienta de Haití a Egipto a Senegal sale a las calles a protestar contra el aumento del precio de los alimentos. Estas cifras cubren sólo tres meses al comienzo de 2008. [6]

    Comercio de granos

    Archer Daniels Midland (ADM). Beneficio bruto: 1.150 millones de dólares, un aumento de un 55% desde el año pasado.

    Cargill: Beneficios netos: 1.030 millones de dólares. Aumento: un 86%.

    Bunge: Beneficio bruto consolidado: 867 millones de dólares. Aumento: 189%

    Semillas y herbicidas

    Monsanto. Beneficio bruto: $2.230 millones de dólares. Aumento: un 54%.

    Dupont Agriculture and Nutrition. Ingreso operativo antes de impuestos: 786 millones de dólares. Aumento: un 21%.

    Fertilizantes

    Potash Corporation. Ingreso neto: 66 millones, aumento: 185,9 %

    Mosaic: Beneficios netos: 528,8 millones, aumento más de un 1.200%

    Las compañías mencionadas, más unas pocas más, son los monopolios o casi-monopolios que compran y venden productos agrícolas en todo el mundo. Seis compañías controlan un 85% del comercio mundial en granos; tres controlan un 83% del cacao; tres controlan un 80% del comercio con plátanos. [7] ADM, Cargill y Bunge

    controlan efectivamente el maíz del mundo, lo que significa que sólo ellos deciden qué parte de la cosecha de cada año va a la producción de etanol, edulcorantes, alimento para animales o alimentos para seres humanos.

    Como escriben los editores de Hungry for Profit: “El enorme poder ejercido por las mayores corporaciones del agronegocio y los alimentos les permite controlar esencialmente el coste de sus materias primas compradas de agricultores mientras al mismo tiempo mantienen los precios de los alimentos al público en general a niveles suficientemente elevados para garantizar grandes beneficios.” [8]

    Durante las últimas tres décadas, las compañías transnacionales del agronegocio han ingeniado una masiva reestructuración de la agricultura global. Directamente, a través de su propio poder en el mercado e indirectamente mediante gobiernos y el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de Comercio, han cambiado el modo como se cultivan los alimentos y como son distribuidos por el mundo. Los cambios han tenido efectos maravillosos para sus beneficios, mientras simultáneamente empeoran el hambre en el mundo y hacen inevitables las crisis alimentarias.

    El ataque contra la agricultura tradicional

    La actual crisis alimentaria no es un hecho aislado: es una manifestación de una crisis agrícola que se ha estado desarrollando durante décadas.

    Como vimos en la Primera Parte de este artículo, durante las últimas tres décadas los países ricos del norte han obligado a los países pobres a abrir sus mercados, luego han inundado esos mercados con alimentos subvencionados, con resultados devastadores para la agricultura del Tercer Mundo.

    Pero la reestructuración de la agricultura global en beneficio de los gigantes del agronegocio no se detuvo allí. En el mismo período, países del sur fueron convencidos, camelados e intimidados para que adoptaran políticas agrícolas que promueven cultivos de exportación en lugar de alimentos para el consumo interior, y que favorecen la agricultura industrial en gran escala que requiere monocultivos, un uso intensivo de agua, y cantidades masivas de fertilizantes y pesticidas. La agricultura tradicional, organizada por y para comunidades y familias, ha sido echada cada vez más a un lado, para ser reemplazada por agricultura industrial organizada por y para los agronegocios.

    Esa transformación es el principal obstáculo para una agricultura racional que podría eliminar el hambre.

    La concentración en la agricultura de exportación ha producido el absurdo y trágico resultado de que millones de personas mueren de hambre en países que exportan alimentos. En India, por ejemplo, más de un quinto de la población sufre de hambre crónica y un 48% de los niños bajo cinco años están desnutridos. No obstante, India exportó 1.500 millones de dólares de arroz pulido y 322 millones de dólares de arroz en 2004. [9]

    En otros países, tierras cultivadas que solían ser utilizadas para alimentos destinados al consumo interior ahora cultivan productos de lujo para el norte. Colombia, donde un 13% de la población está desnutrida, produce y exporta un 62% de todas las flores de regalo vendidas en EE.UU.

    En muchos casos, el resultado del cambio a cultivos de exportación sería risible si no fuera tan dañino. Kenia era autosuficiente en alimentos hasta hace unos 25 años. En la actualidad importa un 80% de sus alimentos – y un 80% de sus exportaciones son otros productos agrícolas. [10]

    El cambio a la agricultura industrial ha llevado a millones de personas a dejar el campo a favor del desempleo y la pobreza en los inmensos barrios bajos que ahora rodean muchas de las ciudades del mundo.

    Los que mejor conocen el campo están siendo separados de éste; sus granjas encerradas en gigantescas fábricas al aire libre que producen sólo para la exportación. Cientos de millones de personas deben depender ahora de alimentos que son cultivados a miles de kilómetros de distancia porque su agricultura nacional ha sido transformada para cumplir con las necesidades de las corporaciones del agronegocio. Como han mostrado los últimos meses, todo el sistema es frágil: La decisión de India de reconstruir sus existencias de arroz hizo que los alimentos fueran inasequibles para millones a medio mundo de distancia.

    Si el propósito de la agricultura fuera alimentar a la gente, los cambios en la agricultura global en los últimos 30 años no tendrían sentido. La agricultura industrial en el Tercer Mundo ha producido crecientes cantidades de alimentos, pero al coste de llevar a millones a abandonar el campo por vidas de hambre crónico – y al coste de envenenar el aire y el agua, y de disminuir cada vez más la capacidad del suelo de suministrar los alimentos que necesitamos.

    Contrariamente a las afirmaciones del agronegocio, la última investigación agrícola, incluyendo más de una década de experiencia concreta en Cuba, prueba que granjas pequeñas y medianas utilizando métodos agroecológicos sustentables, son mucho más productivas y enormemente menos dañinas para el medio ambiente que inmensas haciendas industriales. [11]

    La agricultura industrial continúa, no porque sea más productiva, sino porque ha podido, hasta ahora, ofrecer productos uniformes en cantidades predecibles, desarrollados específicamente para resistir daño durante el embarque a mercados distantes. Es donde se halla el beneficio, y el beneficio es lo que cuenta, no importa cuál sea el efecto sobre la tierra, el aire, y el agua – o incluso sobre la gente hambrienta.

    Luchando por la soberanía alimentaria

    Los cambios impuestos por el agronegocio transnacional y sus agencias no han dejado de ser cuestionados. Uno de los eventos más importantes en los últimos 15 años ha sido la emergencia de La Vía Campesina (Peasant Way), un organismo aglutinador que incluye a más de 120 pequeñas organizaciones de agricultores y campesinos en 56 países, que van del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil, a la Unión Nacional de Agricultores de Canadá.

    La Vía Campesina presentó originalmente su programa como un desafío al “Foro Alimentario Mundial,” una conferencia sobre el hambre global organizada por la ONU en 1996 en la que participaron representantes oficiales de 185 países. Los participantes en esa reunión prometieron la eliminación del hambre y de la desnutrición mediante la garantía de “seguridad alimentaria sustentable para toda la gente,” (y después no hicieron nada por lograrla). [12]

    Como es típico en semejantes eventos, los trabajadores que son realmente afectados fueron excluidos de las discusiones. Afuera de las puertas, La Vía Campesina propuso la soberanía alimentaria como una alternativa a la seguridad alimentaria. El simple acceso a los alimentos no basta, argumentaron: lo que se requiere es el acceso a la tierra, el agua, y a los recursos, y la gente afectada debe tener derecho a saber y decidir sobre las políticas alimentarias. El alimento es demasiado importante como para ser abandonado al mercado global y a las manipulaciones del agronegocio: el hambre en el mundo sólo puede ser terminado mediante el reestablecimiento de pequeñas y medianas granjas familiares como elementos cruciales de la producción de alimentos. [13]

    La demanda central del movimiento de soberanía alimentaria es que los alimentos deben ser tratados primordialmente como una fuente de nutrición para las comunidades y países donde son producidos. En oposición a las políticas de agroexportación del libre mercado, insta a que haya una concentración en el consumo interno y la autosuficiencia alimentaria.

    Contrariamente a las afirmaciones de algunos críticos, la soberanía alimentaria no es un llamado al aislacionismo económico o a un retorno a un pasado rural idealizado. Más bien, es un programa para la defensa y extensión de los derechos humanos, por la reforma agraria, y por la protección de la tierra contra el ecocidio capitalista. Aparte de llamar a la autosuficiencia alimentaria y al fortalecimiento de las granjas familiares, el llamado original de La Vía Campesina por la soberanía alimentaria incluía los siguientes puntos.

    Garantizar a todos el acceso a alimentos seguros, nutritivos y culturalmente apropiados en cantidades y calidad suficientes para sustentar una vida saludable con plena dignidad humana.

    Dar a la gente sin tierra y que labra la tierra – especialmente a las mujeres, la propiedad y el control de la tierra que trabaja y devolver territorios a los pueblos indígenas.

    Asegurar el cuidado y el uso de los recursos naturales, especialmente la tierra, el agua y las semillas. Terminar con la dependencia de insumos químicos, de monocultivos comerciales y de una producción intensiva, industrializada.

    Oponerse a las políticas de la OMC, del Banco Mundial y del FMI que facilitan el control de las corporaciones multinacionales sobre la agricultura.

    Regular y gravar con impuestos al capital especulativo e imponer un estricto Código de Conducta a las corporaciones transnacionales.

    Terminar con el uso del alimento como arma. Detener el desplazamiento, la urbanización forzada y la represión contra los campesinos.

    Garantizar a los campesinos y a los pequeños agricultores, y a las mujeres del campo en particular, un aporte directo en la formulación de políticas agrícolas a todos los niveles. [14]

    La exigencia de soberanía alimentaria de La Vía Campesina constituye un poderoso programa agrario para el Siglo XXI. Los movimientos sindicales y de izquierdas en todo el mundo debieran darle su pleno apoyo, así como a las campañas de los trabajadores agrícolas y campesinos por la reforma agraria y contra la industrialización y globalización de los alimentos y de la agricultura.

    ¡Alto a la guerra contra los agricultores del Tercer Mundo!

    Dentro de ese marco, nosotros en el norte global podemos y debemos exigir que nuestros gobiernos detengan todas las actividades que debilitan o dañan la agricultura del Tercer Mundo.

    ¡Alto al uso de alimentos para combustible! La Vía Campesina lo ha dicho simple y claramente: “Los agrocombustibles industriales representan un desatino ecológico. Su desarrollo debería ser detenido y la producción agrícola debería concentrarse en los alimentos como prioridad.” [15]

    ¡Condonen las deudas del Tercer Mundo!

    El 30 de abril, Canadá anunció una contribución especial de 10 millones de dólares canadienses a la ayuda alimentaria para Haití. [16] Es algo positivo – pero durante 2008 Haití pagará cinco veces esa suma en intereses por su deuda externa de 1.500 millones de dólares, gran parte de la cual fue incurrida durante las dictaduras de Duvalier apoyadas por los imperialistas.

    La situación de Haití no es única y no es un caso extremo. La deuda externa total de los países del Tercer Mundo en 2005 fue de 2,7 billones [2.700.000.000.000, N. del T] de dólares, y sus pagos de la deuda de ese año ascendieron a un total de 513.000 millones de dólares. [17] La terminación de esa sangría de dinero, inmediata e incondicionalmente, aseguraría recursos esenciales para alimentar a los hambrientos ahora mismo y, con el tiempo, reconstruir la agricultura interior.

    ¡OMC, fuera de la agricultura!

    Las políticas alimentarias regresivas que han sido impuestas a los países pobres por el Banco Mundial y el FMI con codificadas y controladas por el Acuerdo sobre Agricultura de la Organización Mundial de Comercio. El AsA, como escribe Afsar Jafri de Focus on the Global South, está “predispuesto a favor de la agricultura de capital intensivo, impulsada por el agronegocio, y orientada a la exportación.” [18] No es sorprendente, ya que el responsable de EE.UU. quien lo redactó y luego negoció era ex vicepresidente del gigante del agronegocio Cargill.

    El AsA debiera ser abolido, y los países del Tercer Mundo deberían tener derecho a cancelar unilateralmente políticas de liberalización impuestas a través del Banco Mundial, el FMI, y la OMC, así como mediante acuerdos bilaterales de libre comercio como el TLCAN [NAFTA] y el CAFTA. [Tratado de Libre Comercio para la República Dominicana y Centro América].

    Autodeterminación para el sur del globo

    Los actuales intentos por parte de EE.UU. a fin desestabilizar y derrocar los gobiernos antiimperialistas del grupo del ALBA - Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua y Granada — continúan una larga historia de acciones por los países del norte para impedir que países del Tercer Mundo logren controlar sus propios destinos. La organización contra semejantes intervenciones “en el vientre del monstruo” es por lo tanto un componente clave en la lucha por lograr la soberanía alimentaria en todo el mundo.

    * * *

    Hace más de un siglo, Karl Marx escribió que a pesar de su apoyo para las mejoras técnicas, “el sistema capitalista trabaja contra una agricultura racional... una agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista.” [19]

    Las crisis actuales de los alimentos y de la agricultura confirman enteramente esa valoración. Un sistema que coloca los beneficios por sobre las necesidades humanas ha ahuyentado del campo a millones de productores, debilitado la productividad de la tierra mientras envenena su aire y su agua, y ha condenado a casi mil millones de personas al hambre crónica y a la desnutrición.

    La crisis alimentaria y la crisis agrícola están arraigadas en un sistema irracional y antihumano. Para alimentar al mundo, los trabajadores urbanos y rurales deben unir sus manos para erradicar ese sistema.

    NOTAS

    [1] Frederic Mousseau, Food Aid or Food Sovereignty? Ending World Hunger in Our Time. Oakland Institute, 2005. http://www.oaklandinstitute.org/pdfs/fasr.pdf.

    International Assessment of Agricultural Knowledge, Science and Technology for Development. Global Summary for Decision Makers. http://www.agassessment.org/docs/Global_SDM_210408_FINAL.pdf

    [2] Francis Moore Lappe, Joseph Collins, Peter Rosset. World Hunger: Twelve Myths. (Grove Press, New York, 1998) p. 8

    [3] “About the Alliance for a Green Revolution in Africa.”

    http://www.agra-alliance.org/about/about_more.html

    [4] IRRI Press Release, April 4, 2008. http://www.irri.org/media/press/press.asp?id=171

    [5] “World Bank President Calls for Plan to Fight Hunger in Pre-Spring Meetings Address.” News Release, April 2, 2008

    [6] Estas cifras han sido tomadas de los informes trimestrales más recientes de las compañías, encontrados en sus sitios en la Red. Como mencionan esas cifras de modos diferentes, no pueden ser comparadas las unas con las otras, sólo con sus informes anteriores.

    [7] Shawn Hattingh. “Liberalizing Food Trade to Death.” MRzine, May 6, 2008. http://mrzine.monthlyreview.org/hattingh060508.html

    [8] Fred Magdoff, John Bellamy Foster and Frederick H. Buttel. Hungry for Profit: The Agribusiness Threat to Farmers, Food, and the Environment. Monthly Review Press, New York, 2000. p. 11

    [9] UN Food and Agriculture Organization. Key Statistics Of Food And Agriculture External Trade. http://www.fao.org/es/ess/toptrade/trade.asp?lang=EN&dir=exp&country=100

    [10] J. Madeley. Hungry for Trade: How the poor pay for free trade. Cited in Ibid

    [11] Jahi Campbell, “Shattering Myths: Can sustainable agriculture feed the world?” and ” Editorial. Lessons from the Green Revolution.” Food First Institute. www.foodfirst.org

    [12] World Food Summit. http://www.fao.org/wfs/index_en.htm

    [13] La Vía Campesina. “Food Sovereignty: A Future Without Hunger.” (1996) http://www.voiceoftheturtle.org/library/1996%20Declaration%20of%20Food%20Sovereignty.pdf

    [14] Parafraseado y resumido de Ibíd.

    [15] La Vía Campesina. “A response to the Global Food Prices Crisis: Sustainable family farming can feed the world.” http://www.viacampesina.org/main_en/index.php?option=com_content&task=view&id=483&Itemid=38

    [16] A título de comparación, este año Canadá gastará 1.000 millones de dólares en la ocupación ilegal de, y la guerra en, Afganistán.

    [17] Jubilee Debt Campaign. “The Basics About Debt.” http://www.jubileedebtcampaign.org.uk/?lid=98

    [18] Afsar H. Jafri. “WTO: Agriculture at the Mercy of Rich Nations.” Focus on the Global South, November 7, 2005. http://www.focusweb.org/india/content/view/733/30/

    [19] Capital, Volume III. Karl Marx & Frederick Engels, Collected Works, Volume 37, p. 123

    http://www.socialistvoice.ca/?p=293

    *(Ian Angus es editor de Climate and Capitalism.)

    Capitalismo, agronegocio, y la alternativa de la soberanía alimentaria | 18-05-2008 - 17:26:25 GMT 1 #

  2. Combustible en vez de pan. Un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina:
    A pesar de las airadas protestas, la Canciller Federal Angela Merkel suscribió el miércoles en Brasil un controvertido acuerdo sobre el comercio de biocombustibles. De este modo, Berlín y Brasilia desestiman las exigencias de las organizaciones sociales, de la Iglesia católica y de las Naciones Unidas, quienes abogan por reducir la producción y el consumo de agrocombustibles en vista de la crisis alimentaria mundial, que va para largo. En las últimas semanas, en varios estados pobres se han dado protestas y revueltas por el hambre, tras un aumento fulminante de los precios de los alimentos de primera necesidad. Los expertos lo atribuyen, en parte, al aumento de la demanda de "materias primas renovables" para la producción de biocombustibles, a la cual ha contribuido Berlín. Además, los ecologistas observan que el incremento de la producción de combustibles trae consigo un aumento en la tala de las selvas, por ejemplo en la Amazonia brasileña, con consecuencias ecológicas catastróficas. Berlín fomenta la producción de biocombustibles con fondos destinados al desarrollo y sigue apostando por aumentar el consumo en Alemania, a pesar de todas las objeciones.

    "Se cumplen los criterios"

    El nuevo acuerdo entre Alemania y Brasil, que la Canciller Federal Angela Merkel va a suscribir al principio de su viaje de una semana por Latinoamérica, lo preparó a finales de abril el ministro federal de medio ambiente Sigmar Gabriel, durante su estancia en Brasil. Según Gabriel, este acuerdo garantiza una producción de biocombustibles defendible desde un punto de vista ecologista ("sostenible"). En su opinión, el acuerdo ya cumple los criterios que se están elaborando en Bruselas al respecto ("criterios de sostenibilidad"). Por tanto "no hay problemas con Alemania y Europa sobre la importación de etanol brasileño". Brasil es, después de USA, el segundo mayor productor mundial de biocombustibles.

    Se ignoran los reparos

    Tanto los ecologistas como la Iglesia católica de Brasil han protestado de forma contundente. Según ellos, Gabriel ha ignorado, muy a la ligera, unos reparos serios: "asegurar, sin fundamento, que los biocombustibles no van a suponer un riesgo de roturación de la selva ni de hambruna ha sido suficiente para quitar de en medio todos los hechos e informes en sentido contrario". De hecho, desde mediados del año pasado la destrucción de la selva, en particular, se ha acelerado. De acuerdo con los datos del Instituto de investigación Imazon, datos que se dieron a conocer cuando Gabriel aún se encontraba en Brasil, en los estados federales brasileños de Mato Grosso y Pará, de enero a marzo de 2008, a pesar de la temporada de lluvia, se habían talado un mínimo de 214 kilómetros cuadrados de selva, el triple que en los tres primeros meses del año anterior. Las organizaciones sociales resumen el desarrollo del siguiente modo: "Para poder exportar aún más agrocombustible a Alemania, está previsto explotar nuevas áreas de cultivo". La rapiña de la selva tiene además como consecuencia que cada vez se fija menos dióxido de carbono. De ello se derivan unas emisiones de CO2 que convierten a Brasil en el tercer país del mundo en cuanto a liberación de gases de efecto invernadero.

    Totalmente falsas

    Además, también se planta cada vez más caña de azúcar para producir combustible donde antes había pastos. La consecuencia es que la ganadería que antes se practicaba en estas zonas ahora se ve forzada a desplazarse a otras regiones (por ejemplo a la selva); o a plantaciones en las que antes se cultivaban alimentos. Así lo demuestran varios nuevos estudios, según la "Comisión Pastoral de la Tierra" (CPT) de la Iglesia católica de Brasil. Los ministros de medio ambiente de Brasil y Alemania han hecho declaraciones en sentido contrario, que el secretario de la CPT rechaza calificándolas de "totalmente falsas".

    1.200 millones de hambrientos

    También las Naciones Unidas han instado a la UE y a los EEUU a limitar sus programas de biocombustibles."En los EEUU, este año un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina, lo cual supone un duro revés para las reservas mundiales de alimentos. A su vez, la UE decidió el año pasado, ante las presiones de Alemania, aumentar hasta 2020 y a un 10 por ciento la proporción de agrocombustibles dentro del consumo total de gasolina. Ya en estos momentos la población de un gran número de países pobres no puede pagar los precios de los alimentos de primera necesidad, puesto que en los últimos meses han experimentado un fuerte incremento debido al boom de los biocombustibles. Por ejemplo, una tonelada de arroz (alimento básico en Asia, África y Latinoamérica) ha pasado de unos 400 dólares USA a principios de año a más del doble, 900 dólares, a principios de abril. En las últimas semanas las revueltas por el hambre se han extendido de Latinoamérica (Haití) a países africanos (Egipto, Burkina Faso, Costa de Marfil, Mauritania, Mozambique, Senegal, Somalia) y a Asia (Indonesia). "El número de los hambrientos se eleva en 16 millones por cada punto porcentual de subida de los alimentos de primera necesidad" afirma un estudio del año 2003 a cargo de dos economistas de EEUU. "Esto significa que en el año 2025 podrían estar pasando hambre 1200 millones de personas: 600 millones más de lo que pronosticamos en 2003."

    Expulsados

    Además, la codicia de terreno de los grandes consorcios, europeos entre ellos, agudiza aún más la situación ya precaria de muchas personas. Debido al boom de agrocombustibles, los que explotan refinerías de gasoil y etanol agrícola buscan terrenos productivos, y presionan a sus propietarios para que los vendan o arrienden. En la mayoría de los casos, las indemnizaciones que reciben los agricultores no son suficientes para poder ganarse la vida. Muchas veces, a los pequeños arrendatarios se los expulsa sin más, cuando ya no pueden pagar los intereses por unos terrenos cuyo valor aumenta.

    Seguimos igual

    Los responsables de esta evolución son sobre todo los EEUU y la Unión Europea, con Alemania a la cabeza. Mientras la UE, bajo la presidencia alemana del Consejo, ha decidido que de aquí al año 2020 la gasolina llevará un 10 por cien de biocombustibles, el gobierno federal incluso aspira a un porcentaje del 20 para Alemania; y quiere seguir importando agrocombustibles. En este sentido, Brasil tiene una importancia clave para Alemania, y Berlín incluso le dedica fondos denominados de ayuda al desarrollo. Por ejemplo, la Sociedad de Cooperación Técnica (GTZ, siglas alemanas) en 2005 comenzó a participar en un proyecto que puede abrirles a las empresas alemanas el acceso al sector; participa "Brasil Ecodiesel", el líder del mercado brasileño, con más del 50 por cien del mercado, del cual el Deutsche Bank adquirió, a través de una filial estadounidense, casi la mitad de los títulos poco después de iniciarse el proyecto de la GTZ. El acuerdo sobre biocombustibles que se va a suscribir hoy con Brasil parte de aquí y continuará en esa línea a pesar de todas las protestas.

    Combustible en vez de pan. Un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina | 18-05-2008 - 17:30:15 GMT 1 #

  3. Crisis económica. La mirada de un historiador, Robert Brenner escribió este artículo para el diario británico The Guardian, en donde fue publicado el 26 de septiembre de 2007. Lo que reproducimos a continuación es una versión de ese texto recientemente actualizada por su autor, que es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.

    La agitación que se observa en Gran Bretaña y EEU en el préstamo hipotecario y en la banca parece contenida, pero el futuro de la misma sigue siendo más que dudoso. Si, como vienen diciendo desde hace tiempo los funcionarios veteranos, los elementos fundamentales de la economía son robustos, los miedos ante el impacto de la crisis deberían irse apaciguando. Pero ¿es así?

    Las alegres embestidas de los 80, los 90 y la primera mitad de la presente década, con sus epocales transferencias de renta al 1% más rico de la población, han eclipsado la realidad económica básica del debilitamiento en el largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. El rendimiento económico de los EEUU, Europa occidental y Japón, medido con prácticamente todos los indicadores posibles –volumen de producción, inversión, empleo y salarios—, no ha hecho sino deteriorarse, década tras década, ciclo económico tras ciclo económico, desde comienzos de los 70.

    Los años transcurridos desde que empezara el actual ciclo a comienzos de 2001 han sido los peores: en EEUU, el crecimiento del PIB y del empleo ha sido el más lento desde fines de los años 40, y los salarios reales por hora trabajada no han hecho, para el 80% de la población, sino retroceder al nivel de 1979. El descenso del dinamismo de las economías capitalistas avanzadas arraiga en una caída importante de la tasa de beneficios, caída causada por una tendencia crónica a la sobrecapacidad en la industria manufacturera global que se remonta a finales de los 60. Las reducidas tasas de beneficios han llevado, desde los 70, a un continuo declive de la tasa de inversión como porción del PIB, así como a paulatinas reducciones del crecimiento del stock de capital y del empleo. Esa desaceleración de la acumulación de capital, sumada a la presión granempresarial para restaurar sus tasas de retorno manteniendo bajos los salarios, ha reducido la demanda agregada; una debilidad que viene a constituir desde tiempos inveterados el principal obstáculo atravesado en el camino del crecimiento de las economías avanzadas.

    Los gobiernos, con el de los EEUU en cabeza, han emitido volúmenes cada vez mayores de deuda, a través de canales cada vez más barrocos, para subsidiar el poder de compra. En los 70 y en los 80 incurrieron en déficit cada vez más grandes, a fin de sostener el crecimiento. Desde mediados de los 90, empero, tuvieron que recurrir a formas más drásticas y más arriesgadas de estímulo para contrarrestar la tendencia al estancamiento, substituyendo los déficit públicos del keynesianismo tradicional por los déficit privados y la inflación de activos, en lo que bien podría llamarse un keynesianismo de precios de activos, o, con igual pertinencia, una política económica de la burbuja.

    A despecho de sus protestas en contrario, fue Alan Greenspan, y nadie más, quien lanzó el experimento macroeconómico que alimentó la gran carrera especulativa de los mercados de valores a fines de los 90, tras el fracaso de los intentos de la administración Clinton y de la UE por arrancar a la economía de su dependencia del crédito mediante ajustes presupuestarios de impronta neoliberal. Esos intentos naufragaron frente a las hondas recesiones en Europa y en Japón, frente la recuperación sin creación de empleo en los EEUU y frente a la crisis del peso mexicano. En la medida en que las corporaciones empresariales y los hogares ricos comenzaron a disfrutar de su creciente riqueza sobre el papel, se embarcaron en un aumento sin precedentes de endeudamiento, lo que estuvo en la base de una potente expansión de la inversión y del consumo, el malhadado boom de la “nueva economía”. Sin embargo, el incremento de los precios de los valores, a despecho de unas tasas de beneficio declinantes y de la escalada de sobrecapacidad resultante de una inversión acelerada, provocó el crac y la recesión de 2000-2001.

    Imperturbables, los bancos centrales recurrieron de nuevo a la inflación de los precios de los activos. Reduciendo las tasas de interés real a corto plazo a cero durante tres años, facilitaron una explosión del préstamo hipotecario en el mercado inmobiliario que, a su vez, contribuyó a –e incentivó— que se dispararan los precios de las viviendas. La riqueza inmobiliaria así inflada permitió un incremento en el gasto de consumo, el cual, a su vez, dio fuelle a la expansión. El consumo personal, sumado a la inversión en vivienda, representó el 90-100% del crecimiento del PIB en los primeros 5 años del presente ciclo. Sin embargo, el sólo sector de la vivienda es responsable del crecimiento del PIB en más de un 40%, lo que contribuyó a obscurecer la debilidad de la recuperación.

    El incremento de la demanda resucitó a la economía. Pero, aunque los consumidores hicieron su tarea, no puede decirse lo mismo del mundo de los negocios, a pesar del incentivo que significaban unos préstamos inmobiliarios sin precedentes. Centradas en restaurar sus tasas de beneficio, las grandes empresas desencadenaron una brutal ofensiva contra los trabajadores. Incrementaron el crecimiento de la productividad, no tanto con inversiones en equipo, como por la vía del recorte del empleo y de obligar a los empleados a cargar con los costes de los períodos de poca actividad. Mantuvieron bajos los salarios, al tiempo que lograban exprimir más rendimiento de cada persona, lo que les permitió apropiarse de una porción sin precedentes del incremento que de ello resultó en el PIB no-financiero.

    Las corporaciones empresariales no-financieras, así pues, aumentaron sus tasas de beneficio significativamente, aun cuando ni siquiera a los niveles ya rebajados de los 90. Pero al mantener en bajos niveles la creación de empleo, la inversión y los salarios, mantuvieron bajo también el crecimiento de la demanda agregada, socavando así su propio incentivo para expandirse. Lo que hicieron, en cambio, en vez de aumentar la inversión y crear más empleo, fue explotar las ventajas del crédito barato y dedicar una parte sin precedentes de sus recursos a la recompra de sus propias acciones, a la financiación de fusiones y adquisiciones de otras empresas y a pagar dividendos a los accionistas.

    Con ese trasfondo de debilidad de los fundamentos de la economía productiva real, la crisis desencadenada por el colapso del mercado de hipotecas de alto riesgo resulta extremadamente amenazante. Ben Bernanke –que sustituyó a Greenspan como presidente de la Reserva federal de EEUU— tiene, pues, pocas opciones, aparte de seguir rebajando el coste de los préstamos. La deflación de la burbuja inmobiliaria desde 2005 –su momento culminante— venía ya ejerciendo presión sobre el gasto del consumidor y sobre la construcción de vivienda, un problema que no hará verosímilmente más que empeorar, a medida que las ventas y los precios de las viviendas se desplomen. Además, a la vista de la débil respuesta que han dado a uno de los paquetes de estímulos más imponentes de la historia, difícilmente puede esperarse que las corporaciones empresariales aflojen: de hecho, empezaron a reducir el crecimiento del empleo antes incluso de que la crisis financiera estallara.

    Hay, además, razones para dudar de la eficacia de los tipos reducidos de la Fed. ¿Cómo habrían de lanzarse al consumo los consumidores, si los precios en declive de sus viviendas inducen al ahorro, no al consumo? El boom estimulado por el consumo parece destinado a su fin. ¿O acaso la bajada del dólar, que ha de ir de consuno con los movimientos de la Fed, no forzará un alza en los tipos de interés a largo plazo, con la consiguiente amenaza de rebajar los precios de los activos y estorbar el crecimiento económico? ¿Cómo puede la rebaja de costes de los préstamos reducir las masivas pérdidas en títulos hipotecarios que tienen inexorablemente que resultar del maremoto de morosidad que no ha hecho sino comenzar? No ofrece duda: se avecinan duros tiempos; el final de la expansión puede venir acompañado de llanto y crujir de dientes.

    Robert Brenner, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es director del Center for Social Theory and Comparative History en la Universidad de California-Los Ángeles. Es autor de The Boom and the Bubble (Verso, Londres, 2002), un libro imprescindible para entender la historia económica del último medio siglo, el origen de la llamada "globalización" y la situación presente. (Hay traducción de una primera versión de ese libro, publicada en Chile con el título Turbulencias en la Economía Mundial --Lom, Santiago, 1999—, desgraciadamente vertida a un castellano prácticamente ilegible.)

    Crisis económica | 20-05-2008 - 08:30:41 GMT 1 #

  4. La Crisis económica de la Confederación de Organizaciones Empresariales de España, CEOE. Crisis económica
    La CEOE plantea más rebajas fiscales y profundizar en la reforma laboral
    La patronal prevé escenarios de crecimiento inferiores al 1% el próximo año MIGUEL ÁNGEL NOCEDA - Madrid - 29/05/2008 - EL PAÍS
    Frente a la crisis, viejas recetas. La Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) plantea que el Gobierno realice más reducciones de cargas fiscales, sobre todo en el impuesto de sociedades (que empezó a rebajarse el año pasado), y de las cuotas sociales (Seguridad Social, desempleo y Fondo de Garantía Salarial), así como establecer una disciplina en el gasto y abordar una nueva reforma del mercado laboral. Estas medidas forman parte del documento que ayer analizó la junta directiva de la patronal con el objetivo de que el Ejecutivo las haga suyas para abordar un periodo que, a su juicio, va a frenar el crecimiento económico de forma más dramática de lo previsto hasta la fecha. Según la patronal, el crecimiento rondará este año el 1,5% y, según los escenarios más pesimistas, amenaza con situarse el próximo por debajo del 1%, con algunos trimestres con porcentajes cercanos al cero.

    No son, desde luego, buenos presagios. La junta directiva de la organización que preside Gerardo Díaz Ferrán tiene previsto, en principio, reunirse para culminar el documento el 17 de junio. Sin embargo, dada la deriva que ha alcanzado esta cuestión es probable que se adelante. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha confirmado que presentará el Informe Económico del Gobierno el día 9 de junio en el Consejo Económico y Social (CES) y todo indica que para esas fechas ya debiera haber recibido a la CEOE y a los sindicatos.

    En cualquier caso, eso no supondrá muchos cambios sobre las directrices estudiadas ayer, que por otra parte coinciden con las recogidas en el Plan Estratégico 2008-2011 para la Modernización de la Economía elaborado el año pasado. Las recomendaciones, según fuentes de la organización, parten de la situación de la economía del país y del convencimiento de que el Gobierno tiene poco margen de maniobra ante una crisis internacional con un precio del petróleo incontrolado y el del dinero dependiendo de una institución supranacional, con la certitud además de que van a seguir altos.

    Los patronos justifican la petición de la rebaja fiscal -también quieren que se supriman los impuestos de donaciones, transmisiones y sucesiones- y de las cuotas sociales en que son medidas que permitirían mayor ahorro, inversión y empleo. El control del gasto se refiere a partidas que no incidan en la economía, como el funcionamiento de la Administración, y no a inversiones en infraestructuras, que piden que se intensifiquen. La filosofía del documento radica en crear un marco que permita salir reforzado de la crisis.

    La patronal quiere un cambio de modelo productivo a uno menos dependiente de la construcción, pero reconoce que va a ser paulatino. Es preciso, añade, avanzar en la liberalización de sectores; privatización de servicios públicos; seguridad del abastecimiento energético; diversificación del mercado exterior y fomento de la inversión extranjera.

    Pero la CEOE también quiere aprovechar para dar una nueva vuelta a la reforma laboral. Además de la reducción de las cotizaciones sociales, la patronal quiere bajar salarios "de forma acorde con las exigencias de la competencia internacional" y mejorar la gestión de algunas prestaciones, como la incapacidad temporal, y el tratamiento del absentismo.

    Ése va a ser un caballo de batalla con los sindicatos, a los que Díaz Ferrán tiene previsto llamar en próximas fechas para entablar la mesa de diálogo social antes de reunirse con Zapatero. Las relaciones siguen en buena sintonía; pero, a buen seguro, existen discrepancias. La patronal tiene muy claro que "no se pueden sentar las bases de crecimiento futuro sin profundizar en el diálogo social".

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    CEOE: La Crisis económica de la Confederación de Organizaciones Empresariales de España | 30-05-2008 - 14:13:39 GMT 1 #

  5. Quién paga las crisis del capitalismo, por J. A. GONZÁLEZ CASANOVA: Se nos anuncian años de sequía económica. Viviremos peor en todo lo pagadero. El paro y sus secuelas (xenofobia, drogadicción y delincuencia) crecerán. Las depresiones personales mermarán la productividad. La economía es ya un círculo vicioso mundial que se expande como las ondas del estanque golpeado por una piedra. Las gentes de todo el planeta están sometidas a un sistema económico único, el capitalista, cuyas crisis periódicas son inherentes a su lógica y consecuencia directa de su contradicción esencial. El mayor teórico del capitalismo, Karl Marx, no podía prever cómo se producirían las crisis actuales ni qué soluciones coyunturales tendrían, pero sí dejó muy claro en qué consiste dicha contradicción. La posesión y el poder en unas pocas manos particulares de unos bienes que son públicos o colectivos, porque de ellos depende la vida y el trabajo de millones de seres, enfrenta el lucro del capital con el salario laboral. La diferencia favorable al primero es su beneficio y un maleficio para el trabajador. Pero, a la larga, esto perjudica al capitalista en forma de superproducción. Hay que tirar lo que es invendible porque la gente percibe un salario muy inferior al coste en el mercado de lo que ella misma ha producido. Si el capital reduce su beneficio para facilitar la compra, pierde el estímulo inversor. Si no lo reduce, ha hecho un gasto inútil. No le quedan más que dos estrategias complementarias: acudir a los países más pobres pagando agradecidos salarios de pura supervivencia y fomentar el consumismo en los países ricos con señuelos publicitarios. El palo y la zanahoria, ya se sabe, hacen correr al rucio. De ese modo, la producción no se detiene, todo el producto se vende (incluido el innecesario y caprichoso), el beneficio aumenta, el sistema funciona. Eso sí, millones de seres mueren de hambre, sed, enfermedad y guerras, pero la máquina que mueve el beneficio del capital no se puede parar porque, si para, cae como una bicicleta, a no ser que algo la aguante. Para el capital, su apoyo es el Estado. Él evita que el capital muera de éxito suicidándose, al matar la gallina de los huevos de oro cuando ya no puede explotar más a la gente sin perjudicarse a sí mismo
    Los neoliberales que se cargan los servicios públicos, convertidos en negocios privados, exigen a los gobiernos que les aseguren sus ganancias: por las armas si las víctimas del sistema osan combatirlo (fascismo y guerras coloniales) e interviniendo en la economía para enjugar sus deudas, sus abusos y errores financieros, su falta de liquidez, mediante la aportación del erario público y, por tanto, a costa de las rentas medias y bajas. Marx decía que los gobiernos no eran más que los consejos de administración del capital. No erraba. Gobiernen las derechas o las izquierdas actuales, Obama, Hillary o McCain, sus políticas no pueden dejar que el sistema se hunda. El Estado y los trabajadores se ven amenazados por el capital con cerrar empresas o deslocalizarlas si se pretende compensar con ayudas e impuestos los salarios insuficientes ante el alza de los precios. El welfare state (Estado de bienestar) es un parche de los países ricos a la crisis permanente del capital. Pretende moderarlo en su instinto básico selvático para que no mate la gallina de los huevos de oro, que es el trabajo humano, pero prolonga su agonía a costa del naufragio genocida cuyos restos llegan a Europa o a Suráfrica provocando violencia xenófoba entre los más castigados por la recesión.
    El principio darwinista de la competencia (el pez grande se traga al chico) obliga a la pugna empresarial, que suele concluir en oligopolios y monopolios que niegan la proclamada libertad de mercado y que, para controlar energías básicas como el petróleo, causan invasiones, guerras y alzas tácticas de su precio que repercuten en productos de primera necesidad popular. Los bancos viven del crédito usurario, rivalizan, ocultan sus cuentas, empujan al consumo, pero tropiezan con la morosidad y el impago, fruto del estímulo inyectado en la gente a vivir del crédito porque el salario nunca llega (hipotecas basura, por ejemplo). La economía financiera y especuladora comporta jugadas bursátiles entre firmas rivales que tienen consecuencias terribles para empresas menores y sus puestos de trabajo. En definitiva, quien paga las crisis de las que se nutre el capitalismo somos los trabajadores de todas clases y de todo el mundo. Y digo "se nutre" porque, superada la crisis, los más poderosos se han sacudido competidores, han acumulado más riqueza y han debilitado la fuerza y las exigencias sindicales. Hasta la próxima crisis vivirán de la última. Y así hasta que alguien se plante y mande parar.

    Quién paga las crisis del capitalismo | 06-06-2008 - 06:25:34 GMT 1 #

  6. El estado actual del capitalismo.
    Desde el fin de los años sesenta y los inicios de los setenta, el capitalismo mundial se ha caracterizado manifiestamente por una progresiva dificultad en su proceso de valorización. Ello determina un nuevo escenario al interior del cual se van agravando las relaciones entre el capital y la fuerza de trabajo, se exaspera el ataque de los gestores del capital en las confrontaciones con el mundo del trabajo, mientras el nivel de la lucha de clases, con la excepción de algunos episodios, registra el punto más bajo desde el comienzo del siglo.

    En la base de este fenómeno económico opera una tasa media de ganancia cada vez más baja, de tal manera baja que hace progresivamente menos remunerativas las inversiones productivas e insoportable para cualquier capital nacional el peso del Estado social y los niveles “normales” del costo del trabajo. Las consecuencias están representadas por la exasperación de las insuperables contradicciones que desde siempre dan la medida de los ritmos y la vida de las relaciones de producción capitalistas.

    El carácter cíclico de las crisis
    Las crisis se presentan en ciclos más próximos entre sí, con mayor intensidad y extensión sobre el plano internacional; mientras sus efectos sociales son siempre más devastadores. Los períodos de animación son débiles y cortos, una suerte de breves intermedios en una situación de crisis envilecedora y permanente.

    La disminución de la tasa de crecimiento del PIB. El PIB, o bien, la riqueza social que anualmente es producida, incluso cuando continúa aumentando, ve disminuir sensiblemente su tasa de crecimiento. La caída de la cuota media de ganancia condiciona las inversiones productivas y favorece la especulación insertando el sistema económico en una espiral negativa que termina por agravar los mecanismos de valorización y de acumulación del capital. En los países con una alta industrialización se ha pasado de un incremento del PIB del 10% entre las dos guerras mundiales, al 5% en la segunda postguerra para llegar al 8% en los últimos veinte años.

    La exasperación de la concurrencia
    La concurrencia, antes solicitada y luego exasperada por las crecientes dificultades de valorización del capital, trae consigo dos fenómenos económico-políticos complementarios. Al interior de los Estados nacionales el capital agrede a la fuerza de trabajo a golpes de flexibilidad productiva, de precarización del puesto de trabajo, de contención del costo de la fuerza de trabajo. Mediante su instrumento de poder político, el Estado, va aprontando las bases legislativas en defensa de sus intereses económicos cada vez más difíciles de alcanzar, con la salvaje reestructuración de su relación con el mundo del trabajo. Nacen, así, los contratos de solidaridad (con el capital), el salario de ingreso, el trabajo interino, los contratos de área, los contratos a término, etc. Todos los medios para obtener un costo de trabajo inferior hasta el 60%, única condición para elevar de nuevo la extracción de ganancia y la cuota de ganancia.

    Al exterior, los capitales se enfrentan en el acostumbrado terreno de los mercados comerciales, financieros, de las materias primas (petróleo, pero igualmente otras materias) y también en el de la fuerza de trabajo de bajo precio, favoreciendo la descentralización productiva. La globalización, hija de la caída de la tasa de ganancia, de las crisis económicas rastreras, de la tentativa de reconquistar márgenes suficientes de ganancia y de la exasperación de la concurrencia, está recomponiendo velozmente los polos del imperialismo (Europa, Japón, USA, China y Rusia) en el terreno de las rivalidades comerciales y financieras, sin excluir episodios de guerra o de intervención armada de baja intensidad, con asesoría o fuera de las insignias de los organismos internacionales.

    Para quien había declarado que con el fin de la guerra fría el mundo había marchado hacia un período de paz y de prosperidad económica, la respuesta escarneciente está en las precarias condiciones económicas de todo el mundo capitalista, en la guerra del Golfo, en la intervención de la OTAN en Yugoslavia, en las guerras civiles por la sobrevivencia biológica de los continentes africano y asiático, en los desórdenes provocados y controlados en el área petrolífera entre el mar Negro y el Mar Caspio, en Chechenia, Pakistán y Afganistán.

    La deuda pública
    En la especulación con la caída de la tasa media de ganancia y las consiguientes dificultades de valorización del capital, se presenta el endeudamiento del Estado. Desde hace veinte años a la fecha, la deuda pública, como constante fisiológica del capitalismo, compatible en términos absolutos y porcentuales con la riqueza social producida, va asumiendo dimensiones insostenibles. En los países de capitalismo desarrollado se va desde un mínimo del 60% (Alemania) sobre el PIB a un máximo del 124% (Italia). Ninguno, desde el Japón a los USA, ha podido sustraerse al endeudamiento, en tanto que condición necesaria para el sustento de la economía en apuros, bajo la forma de créditos facilitados si no directamente por debajo de la mesa por los bancos. Para los Estados el único medio de recibir suficientes cuotas de capital financiero para revertir en el mundo de la producción la progresiva asfixia por carencia de ganancia, no puede más que pasar a través del endeudamiento mediante la emisión y la venta de títulos públicos.

    La deuda conjunta
    No sólo el Estado ha debido registrar la onda de la deuda en las confrontaciones de los subscriptores internos y externos, institucionales y privados, sino toda la sociedad capitalista internacional vive bajo el peso del endeudamiento. Si se suman las deudas de los Estados a las de las empresas y de las familias y allí se ponen en relación al producto mundial bruto, se llega al extraordinario índice del 130%. Una deuda total que el capitalismo no había alcanzado en toda su historia ni siquiera en las fases de crisis agudas como las del fin del siglo XVIII o de la gran depresión del “29”.

    El desmantelamiento del Estado social
    En análogas condiciones (los descensos de la tasa de ganancia, insostenible deuda con los aún más insostenibles intereses correspondientes a los subscriptores), el Estado, patrocinador político y financiero del ciclo perverso inversiones-acumulación-crisis-menor tasa de ganancia, más inversiones-más acumulación-crisis-tasa de ganancia todavía menor, ha debido reconsiderar sus cuentas. Más tributos, pero no sobre los capitales y las ganancias, menos gasto en los sectores improductivos. Por excelencia, los sectores improductivos son la escuela, la sanidad y la previsión social. La paradoja de la sociedad contemporánea reside en el hecho de que para producir más riqueza en términos capitalistas se aumenta la explotación, se disminuye el acceso al consumo a un número siempre creciente de trabajadores, se crean ejércitos de desocupados, se penalizan los jóvenes, los enfermos y los pensionados, o sea a los cuatro quintos de la sociedad.

    Las privatizaciones
    Cincuenta años de intervención del Estado en la Economía no sólo no han resuelto las contradicciones del sistema económico capitalista y sus crisis recurrentes, sino que lo han conducido en los años setenta a una serie de depresiones iguales, si no superiores, a la del año 1929. Esto ha proporcionado a las burguesías internacionales la idea de que el camino para salir del círculo perverso de las crisis económicas pasa por el retorno a la economía de mercado, al neoliberalismo a través de la institución de las privatizaciones. Otras paradojas se cumplen. La “ciencia” económica burguesa considera poder sanear los perjuicios de las relaciones de producción capitalistas sacando al Estado de la economía, olvidando que cincuenta años antes se invocaba su intervención para contener y superar los estropicios económicos y sociales del liberalismo. De ello se sigue que las contradicciones capitalistas no pueden ser administradas ni mucho menos superadas por ninguna de las distintas formas de gestión de las relaciones de producción. En realidad, la desvinculación del Estado de la economía y las consiguientes privatizaciones tienen otras motivaciones. Ante todo, su desequilibrio financiero no le consiente seguir siendo por más tiempo simultáneamente solicitador externo, financiador de los mecanismos productivos y empresario. Secundariamente, las privatizaciones son uno de los medios para intentar aligerar la deuda pública vendiendo las “joyas” de la familia. En tercera medida las privatizaciones, esto es, el traslado de la propiedad y del relativo contrato con la fuerza de trabajo desde un ente público a un sujeto empresarial de derecho privado, permiten al capital disponer de una mayor capacidad de maniobra en el terreno de los licenciamientos. En fin, allí donde el Estado es desbarajustado por la deuda pública y por los déficit que le conciernen en primera persona, y siendo en los hechos incapaz de continuar operando como momento financiero y económico del proceso de acumulación, como lo había hecho por más de cincuenta años, las privatizaciones resultan ser el mejor ámbito en el seno del cual se favorecen los procesos de concentración, tanto nacionales como continentales e intercontinentales. Un ejemplo de ello es suministrado por la fusión de la Stet-Telecom, así como la del grupo AT&T-Unisource comprensivo de la sueca Telia, la Telecom Suiza, la holandesa KPN y de la Telefonica española.

    La concentración de los medios de producción
    En el espacio de quince o veinte años un grupo cada vez menor de empresas ha llegado a detentar una cuota cada vez mayor del producto mundial bruto. Los efectos de la tasa de beneficio decreciente han impuesto una extraordinaria aceleración en los procesos de concentración económica. A comienzos de los años “70” las primeras quinientas empresas mundiales no superaban el 29% de la producción mundial. Hoy las primeras doscientas aportan al menos el 30% empleando sólo 18,8 millones de trabajadores que representan el 0,75% de la fuerza de trabajo mundial. En este escenario las anexiones se multiplican, las empresas más grandes fagocitan a las más pequeñas a ritmos jamás alcanzados. Aquellos que ya eran colosos van asumiendo gigantescas dimensiones transnacionales. La General Motors tiene un facturado superior al PIB de Dinamarca, la Ford tiene uno mayor que el de Sudáfrica, mientras que la Toyota supera en gran proporción al PIB de Noruega.

    La concentración del capital financiero
    La dificultad con la que el capital se valoriza en los procesos de producción favorece la fuga hacia la especulación. Masas colosales de capital especulativo, incontrolado e incontrolable por los Estados, diariamente se dirigen de un área a otra, creando la fortuna o la desgracia de las divisas y de las economías según la orientación de los flujos migratorios. Al igual que para los medios de producción, también para el capital financiero la centralización en polos de referencia, Dólar, Yen o Marco, se desarrolla a ritmos exacerbados. Al lado de los colosos americanos o japoneses representados por los Fondos de pensiones, por los Fondos comunes de inversión, las aseguradoras, los Bancos y por las diferentes entidades Financieras, se están creando concentraciones homólogas en Inglaterra y Alemania, así como en el resto de Europa. Conjuntamente, en el mercado financiero internacional se ha formado una masa de capital especulativo cuyo valor es 50 veces superior al del capital productivo. Por lo demás, los dos procesos caminan pari passu. La concentración económica tiene necesidad de la concentración financiera y las dos son hijas de la misma crisis de las relaciones de producción capitalistas. La crisis de las ganancias apremia para que las empresas más fuertes busquen en la concentración de los medios de producción la “solución” a sus problemas de valorización. Pero para que esta concentración sea posible en términos verticales y horizontales es necesaria una alta disponibilidad de capital financiero. La misma crisis aconseja a otros capitales huir de las inversiones productivas para correr el riesgo de la especulación, creando en parte las condiciones para que se plantee la oferta de capitales destinados a las empresas que, a fin de conseguir el objetivo de la concentración a través de las fusiones y los coligamientos, son constreñidas al endeudamiento. Dinámica contradictoria, pero por la misma razón perfectamente en línea con la praxis del capitalismo.

    La doble polarización
    En los últimos veinticinco años ha ido ampliándose la brecha entre los detentadores de la riqueza nacional y los desposeídos. El proceso de concentración de los medios de producción y el de centralización del capital financiero ha hecho que los ricos deviniesen más ricos y los pobres siempre más pobres. Según los datos del ISTAT el 20% de la población posee el 78% de la riqueza nacional, mientras el 80% se debe contentar con el 22%. En los USA, según los datos del OCSE, el 1% de la población detenta el 48% de las riquezas financieras, mientras el 80% de los más pobres administra el 6%. En el período 1974-1994, la porción de la renta nacional bruta poseída por el 5% de los americanos más ricos ha pasado del 16,5% al 21,1%. Mientras el 20% de la población más pobre ha visto reducirse su cuota de renta que ha pasado del 4,3% al 3,6%.

    La pauperización
    Hijo de la crisis de la tasa de beneficio y del desmantelamiento del Estado social es el fenómeno de la pauperización. En un tiempo los analistas burgueses consideraban que la pobreza generalizada era un fenómeno típico de los países del Tercer mundo, porque estaba caracterizado por una economía débil, incapaz de garantizar el trabajo, las rentas, las necesarias infraestructuras sociales asistenciales y de previsión. Hoy estos mismos analistas están constreñidos a constatar la existencia del fenómeno también en los países capitalistas avanzados. Como de costumbre, la paradoja del capitalismo emerge. También en presencia de sociedades que crean cada vez más riqueza, aumenta la pobreza, que de factor ocasional ligado a las crisis económicas se ha convertido en un mal endémico del capitalismo desarrollado y está destinado sólo a aumentar. De acuerdo con los datos de la OCSE, en Italia existen seis millones de desheredados, o sea de individuos que sobreviven por debajo de la línea de pobreza. Sólo en los países de la CEE, han sido censados 50 millones de desheredados. Por su parte, hay 45 millones en los USA.

    La desocupación
    El mismo discurso vale para la constante pérdida de puestos de trabajo y para las enormes dificultades que afrontan los jóvenes para encontrar una ocupación estable. La causa reside en la apelación exasperante a los mejoramientos tecnológicos, es decir, al rompimiento de los tiempos y de los costos de producción que la concurrencia, presionada por la caída de la tasa de beneficio, impone como condición necesaria para la sobrevivencia de los capitales. De suyo se comprende que no es la tecnología en sí misma la causa de la desocupación, sino el uso capitalista que se hace de ella. Si la tecnología fuese, como es, disminución de los costos y de los tiempos sociales necesarios para la producción de la riqueza, debería aumentar la disponibilidad de las mercancías y los servicios y, simultáneamente, se liberaría tiempo social para dedicar a actividades alternativas a la productiva. Todos podrían trabajar con horarios laborales inversamente proporcionales al aumento de la productividad social y teniendo a disposición una mayor riqueza para distribuir. Pero en la sociedad capitalista sucede exactamente lo contrario. El incremento tecnológico puesto a disposición de las necesidades de valorización del capital se transforma en desocupación de la fuerza de trabajo que es sustituida por las nuevas técnicas productivas, que no sólo no permiten el mantenimiento de los trabajadores convertidos en excedentarios, sino que imponen a los trabajadores ocupados una mayor explotación tanto mediante el aumento del plusvalor relativo, como, en muchos casos, del plusvalor absoluto por medio de la prolongación de la jornada de trabajo, los horarios extraordinarios y los week end laborales, incluso en el caso de que no hayan sido previstos en el momento, por los contratos nacionales. Así, se consuma la enésima paradoja. Para garantizarse menores costos productivos y sociales, el capital impone a través de su estado la reforma pensionística, que no es otra cosa que el alargamiento de la vida laboral, con el resultado de constreñir a trabajar a los ancianos, dejando fuera de las relaciones de producción a la mejor parte de la sociedad, esto es, a los jóvenes. La conclusión es que en el capitalismo moderno la desocupación ya no está ligada a la marcha cíclica de la economía, sino que se ha convertido en un factor permanente. Se crean desocupados en la fase de crisis económica y no se reintegran en el momento de la animación. En los últimos años las crisis económicas han continuado produciendo desocupación mientras los períodos de alza no han conseguido crear las condiciones para la configuración de una contratendencia. Antes bien, las mismas alzas del ciclo económico, caracterizadas por las reestructuraciones tecnológicas, han terminado por producir otra desocupación.

    La reducción de los espacios contractuales
    En un escenario económico caracterizado por la creciente dificultad de valorización del capital, por la necesidad de invertir cada vez mayores capitales con el resultado de tasas de beneficio menores, de un lado se han impuesto los términos de una drástica reorganización de los factores de la producción, del otro se hace necesaria una importante revisión de las relaciones entre el capital y la fuerza de trabajo. Nace así la fábrica “ligera”, el uso racional de los equipos (el “just in time”, justo a tiempo), la descentralización productiva, la robotización, pero nace también la flexibilidad, la precariedad del puesto de trabajo, la eliminación de toda recuperación salarial respecto de la inflación. En su lucha por la sobrevivencia, irritada por la concurrencia interna e internacional, el capital ha debido restringir los espacios económicos en su relación con la fuerza de trabajo. El poder adquisitivo de los salarios ha sido retrotraído al nivel existente en los inicios de los años setenta. Las reivindicaciones económicas ya no son toleradas. Las renovaciones contractuales antes de partir deben tener en cuenta tanto el nivel de la inflación como el de las condiciones generales del mundo empresarial. En veinte años los términos de la lucha de clase se han derrumbado completamente. En los decenios pasados era la clase obrera la que llevaba la iniciativa en la contienda por las migajas que el capital podía conceder. No disponiendo de más migajas, el capital es hoy el que toma la iniciativa en el ataque a las condiciones salariales y normativas de la clase obrera.

    El salario como variable dependiente
    Que la condición de trabajo asalariado es la base primaria de la valorización del capital es cosa notoria. Que el salario haya perdido complemente cualquier variabilidad en las confrontaciones con el beneficio lo es mucho menos, también en los ambientes de izquierda, frecuentados por sedicentes comunistas a la Bertinotti. Mientras en los años precedentes el salario, aún no pudiendo siquiera rozar la línea de las compatibilidades de la valorización del capital, gozaba de un mínimo de indexación y, por tanto, de salvaguardia de su poder adquisitivo, hoy todo esto ha prácticamente desaparecido. La conexión de los salarios con la escala móvil y otros mecanismos de adecuación, aunque parciales y tardíos, representaban el mínimo vital con base en el cual el proceso de explotación concedía a la fuerza de trabajo un simulacro de adecuación de su renta en relación con el aumento del costo de la vida. Desde hace algunos años, eliminada casi completamente la escala móvil, los salarios han sido uncidos progresivamente a la cuota media de ganancia, o sea el capital ha inventado para la fuerza de trabajo una suerte de indexación alrevés, por la cual a cuotas medias de ganancia más bajas deben corresponder salarios proporcionalmente contenidos, si no directamente más bajos.

    El trabajo negro, el trabajo de los “negros”, el trabajo negro de los “negros”
    En la alocada carrera por contener los costos de la fuerza de trabajo, el capital no se ha limitado a pretender y a obtener del Estado todas las leyes que le pongan la cabeza de la clase obrera en una bandeja de plata, tales como las relativas a los contratos de ingreso, de formación, de solidaridad, sobre el trabajo interino y sobre los contratos de área, sino que ha incrementado la plaga del trabajo negro. Además, con una actitud más delincuencial que hipócrita, ha sacado provecho de la inmigración como fuente de mano de obra a precios irrisorios, mientras iba elaborando leyes que reglamentasen la inmigración. De fenómeno ocasional el trabajo negro de la mano de obra “negra” se ha transformado en un comportamiento constante asumido por el capital en la confrontación con la fuerza de trabajo legislativamente desprovista de garantías. Cuanto menos garantías rodean a la fuerza de trabajo, más garantizados están los beneficios del capital.

    El reformismo ayer y hoy
    El reformismo ayer. El reformismo, es decir, la ideología según la cual se puede llegar al socialismo a través de un recorrido de reformas económicas y políticas sin pasar necesariamente por la revolución social, ha sido, es y será una constante en la práctica de la lucha de clases en cuanto herencia de la ideología burguesa. Hasta cuando las relaciones de producción capitalistas cuenten con condiciones para expresarse, a la par de las ideologías burguesas que las justifican y las sustentan, el reformismo tendrá el modo y la posibilidad de expresarse en cuanto condicionamiento evolutivo e idealista burgués, tomando enseguida la vocería de los intereses del mundo del trabajo.

    La imposibilidad del reformismo
    Desde los inicios del siglo, entre las dos guerras mundiales y durante los primeros decenios de la segunda postguerra, aunque con mayor dificultad, el reformismo ha conseguido implantarse de manera estable en la conciencia de la clase obrera internacional gracias al espacio económico reivindicativo que el capitalismo de entonces, a pesar suyo, estaba en situación de conceder. Las llamadas conquistas del mundo del trabajo, pagadas por otra parte con durísimas luchas y sacrificios, han sido posibles gracias al hecho de que las burguesías de la época marchaban sobre tasas de ganancia enormes, o de cualquier modo en grado de absorber los aumentos salariales y las reducciones del horario de trabajo, así como de soportar el peso de aquel gran amortizador social que respondía al nombre de Estado Social. Pero el reformismo de entonces y después jamás habría podido ir más allá de las compatibilidades del sistema obrando sobre el terreno de las conquistas “democráticas” en el momento en el cual hubiese puesto el problema central de la lucha de clases: el control de los medios de producción para organizar una sociedad en la cual la producción y la distribución de la riqueza no pasaran más a través de las categorías económicas capitalistas, sino de las socialistas, que para nacer y desarrollarse habrían debido hacer plaza arrasada del capital, de la ganancia, del trabajo asalariado y, por lo tanto, de la misma burguesía. En caso de que el reformismo hubiese intentado, cosa que no hizo nunca, ir realmente en contra de las compatibilidades del sistema, se habría encarado con la imposibilidad práctica de realizar su programa idealista. Para impedírselo habría intervenido la burguesía, primero con sus leyes y luego con su ejército. En ese punto o se habría recogido al interior de las compatibilidades del capitalismo, cosa que hizo, convirtiéndose con el tiempo en su apéndice ideológico y económico, o bien habría debido admitir, cosa que nunca hizo, que el programa de emancipación del proletariado podía pasar solamente a condición de que la lucha de clases saliese del angosto ámbito del reivindicacionismo económico y político para resolver el problema sobre el terreno de la fuerza y de la violencia de clase. Esto no por el gusto de la violencia y de la confrontación a toda costa, sino porque la burguesía no le habría ofrecido ningún otro terreno de confrontación. No se ha dado jamás en la historia en general, y en la historia de la lucha de clases, que una clase económicamente dominante dejase su poder, y con él todos los privilegios que comporta, sin combatir con todos los medios posibles, hasta con la reacción más violenta y brutal. Entonces la imposibilidad del reformismo podía no estar en antítesis con una política de reformas, a condición de que ellas fuesen más al interior de las compatibilidades económicas del sistema y que no lo pusieran en discusión desde un punto de vista político. Hoy las cosas han cambiado radicalmente.

    El reformismo imposible
    En la fase actual de vida del capitalismo permanece firme la hipótesis de fondo, esto es, la imposibilidad de alcanzar las condiciones para la construcción de una sociedad socialista por medio de reformas, también los espacios reformistas de pequeño o gran valor están enormemente restringidos. El techo de las posibilidades ha descendido de modo directamente proporcional a la reducción de la tasa de ganancia e inversamente proporcional al aumento de las dificultades de valorización del capital. Mientras en los decenios precedentes las luchas obreras podían obtener resultados yendo al ataque del capital, royendo la parte de los beneficios cuya falta el mundo empresarial podía sustentar, ahora se asiste al fenómeno opuesto. Es el capital el que, después de haberse servido de la lógica del reformismo, es decir, de calibrar las reivindicaciones y el mismo nivel de la lucha de clases a las compatibilidades del sistema, agrede a la clase obrera en todos los frentes. Él recorta los salarios, él comprime el nivel de vida, él impone contratos feudales, la movilidad y la precariedad del puesto de trabajo, como si fuesen las consecuencias inevitables de soportar en nombre de la compatibilidad, de una entidad superior que unas veces se llama patria, sociedad y otras la salvaguardia del bien “común”, la democracia.

    Esto comporta dos observaciones. La primera es que la burguesía en su ataque violento contra el mundo del trabajo no es movida por elecciones de carácter táctico o por accesos de agresividad precedentemente reprimidos, sino por los ritmos de valorización del capital y por su estado de precariedad económica, por las exigencias del mercado y por la concurrencia internacional siempre más exasperadas y constrictivas. La segunda es que, descendiendo el techo de las compatibilidades, es decir, con la restricción de los espacios de acción reivindicativa tanto en el campo económico como en el político, la necesidad de que la lucha de clases devenga en un acto revolucionario, se coloca, al interior de un hipotético espacio de conflictualidad, mucho antes y con mayor inmediatez respecto de los escenarios económicos y políticos precedentes.

    La utopía del neoreformismo
    Después de la caída de la URSS, de la sociedad que ha pasado a la historia como la cristalización del “socialismo real”, en verdad, del capitalismo de Estado tal y como la contrarrevolución stalinista lo ha modelado y contrabandeado en la historia, el marxismo y el comunismo son presentados como lo peor de cuanto pudiese suceder a la humanidad. En el mejor de los casos, para quien ha entendido que el stalinismo no podía ser considerado ni siquiera lejanamente una parcial o incumplida realización del programa comunista, el comunismo es considerado como una hipótesis muy remota y la confrontación de clases definitiva como una estrategia no practicable. Mejor, por tanto, estar con los pies en la tierra, no perseguir utopías revolucionarias, sino propiciar inmediatamente las luchas dentro y contra el sistema que por sí solas pueden crear las condiciones para la transición de una sociedad a otra sin esperar la ruptura revolucionaria como trampolín de lanzamiento de la transformación. En este cuadro estratégico, el neo o radical reformismo considera posible operar desde los espacios “democráticos” para construir la alternativa a la sociedad capitalista por medio de tres recorridos de la lucha de clases: a) una política social en estado de resolver los actuales estragos de la sociedad burguesa, tales como la desocupación, la salvaguardia del ecosistema, y contemporáneamente b) dar inicio a una organización de la producción alternativa a la vigente, c) desarrollar un sistema de distribución de la riqueza que no tome en cuenta las ganancias sino las necesidades individuales. En el primer caso, entrarían en acción las labores socialmente útiles, el salario mínimo garantizado o el salario de “ciudadanía”, el trabajar menos y el laborar todos, así como el control sobre las empresas productivas en clave ambientalista. En el segundo, el modo de producción diferente y contrario partiría de las empresas no lucrativas, de su expansión hasta suplantar la producción “normal”, llegando así a prefigurar una sociedad económicamente productiva no ya según la lógica del beneficio, sino según las necesidades sociales. En el tercer caso, la nueva distribución no haría otra cosa que seguir, como natural punto de llegada, el desarrollo de las dos condiciones precedentes.

    Utopía es considerar a la democracia como un instrumento que la clase obrera puede emplear para su emancipación, cuando es el mejor medio político que la burguesía posee para administrar su poder económico. En el momento en el cual la lucha de clase debiese traspasar las compatibilidades que la misma democracia circunscribe, el derecho civil, el penal, la propiedad privada, el Estado, las estructuras democráticas se transformarían inmediatamente en su contrario, en una dictadura.

    Democracia y dictadura son las dos caras de la misma medalla burguesa. Su alternancia depende solamente del nivel de peligrosidad de la lucha de clases. En tiempos de paz social, cuando el proletariado sufre el condicionamiento de la clase capitalista, la democracia representa el mejor mecanismo para la administración de la relación entre capital y fuerza de trabajo, de otro modo la dictadura interviene como momento represivo en las confrontaciones con el mundo del trabajo. De cualquier manera, es válido el principio general de que cualquier democracia burguesa, incluso la mejor, basa su ser institucional y social en la explotación de la fuerza de trabajo, y que ningún mecanismo burgués permitirá jamás procesos de transformación social, o solamente reivindicaciones económicas radicales, que puedan poner en discusión el capital y sus necesidades de acumulación.

    Utopía es pretender imponer al capitalismo la reabsorción de millones de desocupados simplemente poniendo a trabajar a todos con horarios reducidos con paridad salarial, cuando el capital para sobrevivir a la concurrencia y a sus mismas contradicciones está constreñido a operar en sentido opuesto, sobre todo en una fase histórica en la cual el el sistema económico capitalista sufre de bajos beneficios, ha restringido los márgenes de compatibilidad y pone en las reestructuraciones con un alto contenido tecnológico, que prevén la expulsión de fuerzas de trabajo, la propia salvación económica. De otro modo, no se explicaría cómo las mimas fuerzas del radical reformismo, que hoy proponen la practicabilidad de slogan análogos, no han sabido impedir nunca un solo licenciamiento.

    Utopía es pretender construir la alternativa social y económica al capitalismo por medio de las empresas sin lucro en el momento en el cual estas experiencias sociales o se dedican a la asistencia social, basándose en el voluntariado o en el espíritu de solidaridad humana, o bien se insertan en el mundo de la producción real, y entonces serán constreñidas a actuar en el marco de las categorías económicas capitalistas que se llaman: capitales de inversión, ganancias, trabajadores asalariados, producción de mercancías, concurrencia y mercado. Subsistiendo este cuadro de referencia, serán las relaciones de producción vigentes las que condicionarán y transformarán a las empresas sin lucro hacia el único modelo de empresa posible bajo un régimen capitalista, la empresa por ganancias, y no al contrario.

    Utopía es pretender que las estructuras portadoras de la nueva sociedad pueden nacer y crecer en el vientre del capitalismo hasta determinar la muerte de éste último en el instante en el cual, gracias a su suficiente madurez, salgan a luz para dar cuerpo a su alternativa económica y política. La historia y el marxismo han demostrado precisamente lo contrario, es decir, que para superar las contradicciones del capitalismo, para dar ulterior desarrollo a las fuerzas productivas, para liberar el mundo del trabajo de la esclavitud salarial es preciso destruir el cuadro general de referencia político y económico en cuyo seno se mueve el capital; de otra manera será el capital con sus fuerzas de represión quien destruirá cualquier veleidosa fantasía reformista, prosiguiendo su camino hacia la barbarie social.

    Utopía es pensar que se puede operar sobre los efectos degenerativos del capitalismo en sentido reformista, dejando inalteradas y libres de expresarse las causas que los producen.

    La lucha de clase y las tareas de los revolucionarios
    Los revolucionarios y el partido revolucionario no escogen el terreno y los tiempos de la lucha que son impuestos por el capitalismo, sino que buscan presentar un punto de referencia constante independientemente del nivel de la lucha de clases, permitiendo el avance de las condiciones organizativas. No pueden determinar la lucha de clases, pero contribuyen a su desarrollo reivindicativo y político.

    Cuando el dominio de la burguesía no es tan fuerte para aniquilar también los más elementales sobresaltos del proletariado, en primera instancia la lucha de clases se presenta como momento reivindicativo económico, en teoría tanto más intenso cuanto mayor es la presión del capital. En este caso, el papel de los revolucionarios es el de estar presentes a la cabeza de las luchas con el objetivo de conducirlas hasta el fondo, hasta el límite de las compatibilidades del capital. Contemporáneamente es menester combatir políticamente todas las veleidosas posiciones reivindicativas, no compatibles con el sistema, irrealizables al interior del cuadro capitalista, no sólo porque no conducen a ninguna victoria, incluso si es momentánea y efímera, sino sobre todo porque abren el camino a ardientes derrotas de las cuales después es más difícil que el movimiento de clase pueda recuperarse, y alimentan en la clase obrera la ilusoria esperanza de que mediante las reformas se puede conquistar gradualmente el socialismo.

    Retorcer las reformas contra los reformadores para denunciar los límites del capital
    El slogan o directamente las luchas sobre las cuales el radical reformismo llama a la clase proletaria a enfrentarse con el adversario de clase, si en primera medida van enmascaradas como veleidosas e imposibles en su realización práctica, pueden ser usadas, por un lado, como momento político de denuncia de los aproches idealistas del reformismo en la lucha de clase, de otra parte, deben ser impugnadas como demostración de la incapacidad del capitalismo para resolver sus contradicciones y de la progresiva ahistoricidad (anacronismo) de las actuales relaciones de producción. Un ejemplo entre otros: el trabajar todos y trabajar menos con paridad de salario. Reivindicación sugestiva que sobre todo parte de un real desajuste y necesidad de los trabajadores, base portadora del movimiento político del radical reformismo tanto en Italia como en el exterior. Ante una instancia semejante, el comportamiento de los revolucionarios debe obedecer a dos directrices. La primera es la de demostrar cómo el capitalismo no puede, ni aún deseándolo, aceptar ni el principio ni el contenido de reivindicación análoga, so pena de su suicidio como forma económica dominante. La segunda es la que proclama la necesidad de que, en una sociedad en la cual el desarrollo tecnológico ha creado condiciones para que se pueda trabajar un tercio del tiempo laboral actual produciendo el doble en términos de mercancías y servicios a costos sociales netamente inferiores, de superar los límites y las contradicciones de las relaciones de producción que permiten semejante posibilidad, pero que la niegan en los hechos para no perder su poder sobre la fuerza de trabajo y sobre la riqueza capitalísticamente producida. Esto significa impugnar la reivindicación no para planteársela a la clase obrera como objetivo posible y compatible con el sistema económico vigente, sino como instrumento de denuncia al capital, de sus perversas y devastantes contradicciones, que pueden ser superadas sólo por un medio, la revolución proletaria. No es que no sea posible trabajar menos y trabajar todos, lo que es imposible es hacerlo en el seno de las relaciones de producción capitalistas, dentro de las cuales el uso de la tecnología, o bien, la disminución de los costos y de los tiempos sociales, se transforma en desocupación, en mayor explotación, en pobreza y hambre. La alternativa no está en encontrar una solución reivindicativa dentro del sistema, sino contra el sistema y las leyes económicas que producen tales contradicciones.

    El objetivo de la ruptura revolucionaria
    No lo determina el rol de los revolucionarios en la lucha de clases. La denuncia de las insuperables contradicciones del capitalismo y del infantilismo del radical reformismo no son otra cosa que la base para el salto cualitativo que debe efectuar la lucha de clases. O se llega a la conexión de las instancias reivindicativas en la perspectiva de una solución revolucionaria, o bien el péndulo de la lucha de clases continuará oscilando entre el economicismo más o menos radical y las utopías reformistas, sin transformarse en un movimiento de alternativa política al capitalismo. El concepto, al igual que la perspectiva de la revolución social, debe ser el punto de referencia de la actuación política de los revolucionarios y del futuro Partido, incluso cuando parten de las problemáticas contingentes y cotidianas. Igualmente, debe estar claro que ningún movimiento de clase en sentido revolucionario puede concebir la lucha contra el capitalismo prescindiendo de golpear también al neoreformismo, bastión de “izquierda” de la conservación burguesa, no tanto y no sólo por sus propensiones idealistas, presas fáciles de la conservación burguesa, cuanto por su declarada propensión contrarrevolucionaria. El sentido de la ruptura revolucionaria como condición imprescindible para la creación de las condiciones del cambio social, no debe estar jamás ausente de las perspectivas de intervención de los comunistas ni aún en las luchas reivindicativas de bajo perfil.

    El Sujeto Revolucionario y el Ambiente Social
    La reestructuración del mundo del trabajo
    Las actuales condiciones de vida del capitalismo imponen la flexibilidad productiva que, a su vez, determina la movilidad laboral, la precariedad del puesto de trabajo y la desocupación. Cuando el capital no encuentra estas condiciones en el seno del propio mercado, se ve constreñido a efectuar la descentralización productiva en áreas más favorables, a invertir allí donde el costo del trabajo es menor, a parcelar la producción en el mercado global. El resultado es que en las modernas sociedades del capitalismo avanzado se crean las condiciones para una tripartición del mundo del trabajo. La primera parte está compuesta por los trabajadores “garantizados”, por todos aquellos que tienen ya un puesto de trabajo fijo, pero en condiciones de sufrir el chantaje de la superexplotación, de verse progresivamente alejados de la edad de su jubilación y de aceptar salarios bajos o directamente inferiores al mínimo garantizado. La segunda es representada por los trabajadores precarios, es decir, por una porción de fuerza de trabajo que entra y sale de los mecanismos productivos según la marcha del ciclo económico y de las necesidades contingentes de la empresa. El flujo in-out es cada vez más reglamentado por las Agencias de trabajo interino según el esquema del usa y bota. La tercera parte, compuesta por los condenados de la sociedad, destinada a crecer tanto numéricamente como en términos de incontrolabilidad social, no admitida en un puesto de trabajo y sentenciada a no percibir ninguna renta, es la de los desocupados fisiológicos, desprovista de garantías aún en el plano de la asistencia social.

    La descomposición política y económica del proletariado
    El radical reformismo por medio de sus idealistas e impracticables “soluciones”, considera poder resolver el problema de la precarización laboral y de la desocupación creando las condiciones para la recomposición del mundo del trabajo. En los hechos el capital no puede reintegrar la fuerza de trabajo que ha expulsado con base en sus necesidades de valorización. En cambio, es verdad lo contrario, es decir, que la masa de los desocupados y de los precarizados está destinada a aumentar, así como están destinadas a aumentar las distancias económicas y sociales entre los tres troncos del mundo del trabajo. Situación, esta última, particularmente favorable al capital, ya sea por obtener contratos y salarios cada vez más flexibles y contenidos, como por dividir políticamente el frente del trabajo poniendo a los precarizados en contra de los desocupados y a estos dos contra los garantizados. Viejo juego practicado desde siempre por las clases dominantes y válido hasta cuando la lucha de clases no supere el actual estado político y organizativo.

    La recomposición política del proletariado
    El problema, por tanto, no es el de la recomposición económica del proletariado, negada por la dinámica de las contradicciones del capitalismo, sino el de su recomposición política. El aspecto estratégico consiste en recomponer los tres troncos del mundo proletario sobre un terreno de enfrentamiento político contra el capital, asumiendo como punto de partida básico que la superexplotación de quien está en la fábrica, la volatilidad del puesto de trabajo para los precarizados, así como el estado de desocupación para quienes están fuera de los mecanismos productivos, son tres condiciones impuestas por el capitalismo que pueden ser superadas sólo a condición de superar el capitalismo mismo. El aspecto táctico es el de partir de las contradicciones económicas que el capitalismo hace vivir cotidianamente en la piel de los trabajadores tanto dentro como fuera de la fábrica.

    Intervenir en la fábrica, pero no sólo en ella
    Aunque el proletariado y la fábrica continúan siendo el sujeto y el lugar privilegiados de la intervención de los revolucionarios, por las razones anteriormente indicadas, no pueden limitarse a esto. Cuando más avanza el proceso de descomposición económica del mundo del trabajo, más se necesita, junto a la actividad que se realiza en la fábrica y el puesto de trabajo, una presencia política en el territorio, la única en estado de llegar a los precarizados y a los desocupados. El esfuerzo no se limita a los grupos de fábrica o al puesto de trabajo, sino también a los grupos territoriales, condiciones organizativas para la recomposición política del proletariado.

    El punto de partida
    Un análisis del actual nivel de la lucha de clases indica un vértice hacia el descenso que no tiene punto de comparación en la historia, por lo menos desde la culminación de la segunda guerra mundial. Sobre todo en los últimos años, el mundo del trabajo no ha sabido responder al ataque que el capita le ha lanzado con inaudita violencia. Han pasado, sin encontrar siquiera mínima resistencia, la supresión de la escala móvil, la cancelación del Estado social, la reforma de los salarios, los licenciamientos, los contratos de área, el trabajo interino, una primera reforma de las pensiones y, con ellos, un diluvio de medidas económicas que han podado los ya magros salarios, cuyo poder adquisitivo ha sido retrotraído al nivel de los inicios de los años 70. La continuación de la lucha de clases no puede más que partir de este nivel, o bien de la consciencia de una derrota histórica por su dimensiones y por su intensidad y de una relación de fuerzas entre las clases favorable, nunca como hoy, a la burguesía. El punto de partida debe, por consiguiente, ser bajo, como el nivel de politización del proletariado. Es necesario volver a partir del ABC de la lucha de clase, haciendo contemporáneamente plaza arrasada de todos los vestigios de la ideología burguesa (vale decir, de las nociones según las cuales no existe alternativa a la actual forma productiva y hablan de la necesidad de la política de los sacrificios, del fin de la lucha de clases, de que estamos todos en el mismo barco…) y de las ilusiones del radical reformismo (trabajar todos, trabajar menos con paridad de salario, crear la alternativa al capitalismo al interior del capitalismo mismo, la vía reformista al comunismo).

    Antes resistir
    El otro punto de partida de la lucha de clase pasa por la resistencia que el proletariado saldrá a organizar contra los ataques de la burguesía, la resistencia que hasta hoy casi ha faltado completamente y sobre la cual ha de reconstruirse la conciencia de clase y la recomposición política. No tanto porque, persistiendo el actual cuadro de referencia económico, político e institucional, se pueda detener el ataque de la burguesía, cuanto porque el organizar la resistencia contra los ataques de la burguesía significa:

    enlentecer o, cuando menos, hacer más difícil el proceso de expoliación en las confrontaciones de la fuerza de trabajo,
    recomenzar a poner los problemas organizativos y políticos de la defensa de los intereses inmediatos,
    sobre esto reconstruir la identidad de clase que la burguesía, con la ayuda de los sindicatos, del viejo y del nuevo reformismo habían casi completamente liquidado.
    Luego atacar
    Incluso si la segunda fase no debe necesariamente abrirse después de la finalización de la primera, lo mejor sería que las dos fases fuesen concomitantes o inmediatamente subsiguientes. Dado el actual bajo nivel de la tensión social, si la lucha de clase no despega desde el terreno económico reivindicativo, difícilmente podrá llegar al terreno político. Ataque no significa la escalada al cielo en la visión utopista del ordinario radical reformismo, sino comenzar a desembarazarse de la incómoda situación de defenderse para soportar mejor el peso de los ataques, para dar vida a reivindicaciones concretas, posibles, llevarlas hacia su límite, para luego encender la cuestión política. Si defenderse significa encauzar en la fábrica y en la sociedad los ataques del capital, para atacar es necesario ligar la lucha contingente, cotidiana, reivindicativa a una estrategia política. Esto implica tener clara consciencia de que las reivindicaciones son la condición primaria, pero también el límite de la lucha de clase; significa que las reivindicaciones posibles se han de perseguir hasta el fondo y, en el caso de las no compatibles con el sistema, pero necesarias al proletariado como a toda la sociedad, que el enfrentamiento se pone a nivel político revolucionario.

    La globalización de las luchas
    El internacionalismo proletario, o bien la internacionalización de las luchas tanto a nivel político como reivindicativo, siempre ha estado en la base de la estrategia revolucionaria, aun cuando nunca como en esta fase de la historia. La globalización de la economía, la descentralización productiva, la búsqueda de mercados en los cuales el costo de la fuerza de trabajo sea netamente inferior al del mercado interno, el empleo creciente de trabajo no tutelado proporcionado por los inmigrantes, tanto en Europa como en los USA y en Japón, imponen una estrategia de luchas que, por sectores homogéneos, empiece a proponerse sobre una escala no sólo nacional, sino con contornos más amplios como los trazados por el moderno capital.

    El estado actual del capitalismo | 07-06-2008 - 18:07:49 GMT 1 #

  7. Consumismo-Capitalismo, la nueva religión de masas del siglo XXI, por Pedro Antonio Honrubia Hurtado: “Hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones. La comprobación de esta estructura religiosa del capitalismo, no sólo como forma condicionada religiosamente (como pensaba Weber), sino como fenómeno esencialmente religioso, nos conduciría hoy ante el abismo de una polémica universal que carece de medida. [Y es que] no nos es posible describir la red en la que nos encontramos. Sin embargo, será algo apreciable en el futuro. (…) Dios no ha muerto, sino que ha sido incorporado en el destino del hombre.” (1)

    Marx, como la gran mayoría de intelectuales del siglo XIX que alzaron su voz contra la religión tradicional (2) , se equivocó de criterio a la hora de analizar el fenómeno religioso, otorgando una prioridad casi exclusiva a su vertiente dogmática y tradicional, y olvidándose con ello de profundizar en la perspectiva funcional de la misma, aun cuando su análisis es, ante todo, un análisis funcional. Si bien es cierto que en pleno proceso de desarrollo del capitalismo liberal, los obreros europeos encontraban en la creencia en un “más allá” el más efectivo consuelo a la bestiales condiciones de vida que habían de hacer frente, y que de aquí se podía derivar cierto grado de conformismo con la vida llevada, no es menos cierto que, a luz de una comparación con la situación actual, no parece ser el elemento religioso tradicional el causante principal del desarrollo de una mentalidad sumisa y alienada entre la mayoría social explotada, no al menos desde su vinculación con la posición de las masas en la lucha de clases. Si la lucha de clases es ya en sí misma una invitación ideológica a la actitud revolucionaria, puesto que, por mera lógica, el explotado siempre debe tender a querer revelarse contra su injusta situación en el orden social, por esta misma razón –pero a la inversa- el explotador debe también querer tener siempre justo lo contrario, es decir, un sistema global de adormecimiento generalizado de las masas, que aplaque los potenciales sentimientos revolucionarios de estas, permitiéndole con ello seguir con el mantenimiento de sus privilegios. En esta dinámica dialéctica -que Marx apuntase como el motor de la historia-, la religión tradicional, como elemento cultural que es, ha sido uno (tal vez el más efectivo y duradero) de los sistemas de adormecimiento revolucionario de las masas, pero no el único. De ahí que cuando el mundo de lo religioso-tradicional ha dejado de ser el eje central de la vida del hombre tanto en su vertiente de ser social, como en su aspecto de ente consciente de su propia existencia, no necesariamente esto ha conducido a la maximización del cariz revolucionario de las clases sociales explotadas, ya que la clase explotadora ha tendido a buscar otros modos alternativos de adormecimiento social que, de tener éxito en su tarea, viniesen a sustituir a la religión tradicional en el ámbito de la sumisión y la alienación de las masas y, por ende, en la legitimación del orden social establecido. Efectivamente, como podrán deducir ya, mi opinión es que uno de estos modos de alienación ha tenido un éxito fulgurante en nuestra actual civilización occidental. Este modo no es otro que la sociedad de consumo, nuestro particular e histórico opio del pueblo.

    Pero que el consumismo-capitalismo no tenga referencia alguna a lo sobrenatural no quiere decir que no pueda ser considerado, desde una perspectiva funcional, como un fenómeno religioso al uso, uno más de los muchos que ha habido a lo largo de la historia en todas las partes del mundo. Desde los faraones del Antiguo Egipto hace más de 4.000 años, todos los poderes políticos, en sus distintas formas, han promovido distintos tipos de culto, al objeto de garantizarse su continuidad y desarrollo, ofreciendo al pueblo los "templos", gobernados por "sacerdotes" al servicio del poder, como "consuelo" o en su caso, como agentes activos de la propia explotación del Estado. En nuestros días, muy al contrario de lo que pudiera parecer en primera instancia, la situación no es diferente. No vivimos en un periodo secular, vivimos, una vez más, en un periodo donde la vida religiosa penetra hasta en lo más profundo de nuestro ser. El consumismo-capitalismo es la nueva religión de nuestros días, una religión tan poderosa que algunos incluso ya se han atrevido a profetizar que con ella hemos llegado al fin de la historia (3) . La «muerte de Dios» anunciada, en las décadas pasadas, por tantos intelectuales cede el lugar a un culto estéril del individuo, estéril en tanto que no glorifica al hombre por su ser, sino por su tener. Todos los componentes de lo que antaño fuese un reino exclusivo de lo sobrenatural –lo sagrado-, han llegado hasta nuestros días con un aspecto mundano, aunque igualmente mítico y alejado de la plena libertad humana. Las respuestas de sentido, las motivaciones éticas, la legitimación fundamental del orden social, las funciones de control y sometimiento del pueblo, es decir, todas aquellas funcionalidades propias del ámbito de lo sagrado que no hace tanto eran patrimonio exclusivo de los textos revelados de las diferentes religiones históricas, vuelven hoy a armonizarse en un mismo cuerpo estructurado, dado al hombre por otros hombres, con la única finalidad de seguir sirviendo de paternal guía para la existencia cotidiana de todos nosotros .

    Hoy no somos menos religiosos que hace 300 años, tal vez ya no adoremos a Dioses lejanos ni profetas mártires, tal vez ya no creamos en supersticiones irreverentes o en mitos creadores de formas, pero seguimos dejándonos guiar por el mandato sagrado de unos pocos empeñados en mantenernos, como dijeran Freud y otros autores, en una constante y patológica minoría de edad. Creemos que nos hemos liberado del peso opresor de la religión histórica, pero, tal vez sin darnos cuenta, tal vez por pura necesidad espiritual, hemos vuelto entre todos a permitir que el culto a lo religioso determine nuestra existencia, acudiendo fieles cada día a nuestras diferentes citas con la reverencia a lo sagrado de nuestros días, con las ofrendas y los rezos al nuevo Dios del consumo y sus nuevos profetas del capitalismo sacralizado. Hemos pasado del viejo calendario, con su santoral, plagado de vírgenes, obispos, mártires, monjes, abades, presbíteros, apóstoles, ermitaños, reinas, beatos, diáconos, cardenales y, cómo no, ángeles, arcángeles, serafines y querubines, a un nuevo modelo donde estos se van sustituyendo por los días internacionales de la más diversa índole, pero que cumplen la misma función. Nos recuerdan cada día que allá arriba, sea en el cielo, o sea en la noosfera de las ideas humanas y sus cuerpos simbólicos estructurados, hay un Dios al que adorar, un Dios al que servir, un Dios al que seguir, un Dios al que entregar nuestra minoría de edad, un Dios por el cual vivir y en el cual ampararnos y protegernos. No, no somos hoy menos religiosos que ayer, todo lo contrario.

    Sin embargo, las predicciones de muchos intelectuales, especialmente europeos, indicaban lo contrario. La secularización, inherente a las sociedades modernas, debía conducir a un gradual e inevitable declive de las religiones. Se suponía que el proceso iniciado en el siglo XVIII con la Ilustración, y continuado con la revolución liberal y los movimientos socialistas, impondría la ciencia y la razón frente a la opresión religiosa. Cuanto más moderna y democrática fuera una sociedad, menos peso tendría la religión. Hubo incluso quienes, como hemos dicho, profetizaron el fin de la religión, la muerte de Dios. Pero se equivocaron. Si bien en las formas andaban en lo cierto, en el fondo pecaron de optimistas, se dejaron llevar por su visión etnocentrista del fenómeno religioso. El Dios que quisieron enterrar los pensadores de siglos pasados, era un Dios hecho a la medida y semejanza de la Europa que ellos veían evolucionar a pasos agigantados. En esa carrera, fruto de la conversión de la fe en razón, el Dios-modelo europeo no tenía cabida alguna, agonizaba sin remedio. Pero Dios, haciendo uso de la única característica que de verdad sabemos que tiene –la ambigüedad-, aceptó el desafío que el mundo occidental le lanzaba y se puso en marcha nuevamente tras milenios de plácido reposo. Acostumbrado como está a cambiar de rostro tantas veces como la historia se lo ha requerido, poco le costó adelantar el paso de quienes lo daban por muerto y transmutarse en una nueva versión sagrada, más completa y preparada para los desafíos de los nuevos tiempos. Incluso, para hacerse menos vulnerable, abandonó su paraíso y decidió bajar hasta nuestro mundo, convertirse en una fuerza viva de nuestra propia sociedad. Cambió de nombre y hasta optó por abandonar sus antiguos credos, pero se hizo con ello más presente que nunca, tan presente que está en todo cuanto nos rodea, transmitiendo su mensaje con la fuerza de un ciclón y la efectividad de la picadura de una cobra, fragmentándose en millones de mensajes de todo tipo (publicitarios y mediáticos) que ahogan al hombre por todos sitios, desde que se despierta hasta que se acuesta, y aun en los sueños oníricos. Se pensó en un Dios y una Iglesia que se derrumbaba, en una vida puritana y temerosa que se transformaba en un incipiente vitalismo liberal, pero se olvidaron de lo más importante: Que no fue Dios quien creó al hombre, sino el hombre quien creó a Dios , y con ello se olvidaron pensar que el creador aún no había dicho su última palabra. Y efectivamente el creador habló; y habló para cambiar su discurso y donde antes dijo digo, ahora quiso decir Diego. Renunció a su creación anterior y la convirtió en una nueva y revolucionaria versión; Dios cambió el reino de los cielos por el reino las ondas. Cambió el poder de la Iglesia, por el poder de los medios de comunicación de masas y la publicidad. Cambió el temor reverencial por el hedonismo y el libertinaje. Pero siguió su camino que, al fin de cuentas, era lo que interesaba a su creador, el hombre (y concretamente a aquellos hombres que se ganan la vida costa de la explotación de otros).

    En cuanto a las religiones tradicionales, es cierto que la sociedad racional-moderna ha producido sobre ellas el impacto de un gigantesco terremoto. Sus efectos todavía son duraderos. Los análisis históricos y sociológicos quisieron ver este proceso como un complejo cambio social que afectaba profundamente a toda la sociedad y especialmente a una realidad como la Iglesia que ocupaba un puesto central en la sociedad pre-moderna o tradicional. La Iglesia en la sociedad pre-moderna ocupaba el centro de la producción de sentido. Quiere decir esto, que desde la religión católica tradicional se obtenía una visión del mundo y desde ella se integraban no sólo las respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia, sino también a las cuestiones sociales, políticas, culturales, etc. Con la caída del poder de la Iglesia y su influencia en la sociedad, el viejo orden se venía abajo. Se estaba produciendo lo que Weber llamó “el desencantamiento del mundo”, y se pensaba que con ello el hombre se liberaría para siempre de las cadenas religiosas. Sin embargo, la sociedad ha cambiado, es cierto, al menos en su estructura de clases y sus aspectos culturales y fundamentantes más característicos, pero el hombre sigue siendo preso de la religión. Si la religión es el centro de la producción de sentido, si las sociedades religiosas se caracterizan por dejarse guiar en el centro mismo de su existencia por una fuente simbólica productora de sentido, entonces la religión, aun más en la máxima expresión de su aspecto funcional (la sumisión del hombre a las ideas que emanan del ámbito de lo sagrado), sigue con plena vigencia en su nueva versión consumista-capitalista .

    Fue Marx, como hemos dicho, quien nos dijera que la religión es el opio del pueblo. Y andaba en lo cierto, pero no sólo debió haber pensando en la religión determinada por una vertiente sobrenatural, por una irracional creencia en el “más allá”. Probablemente tal afirmación –la creencia de la referencia a lo sobrenatural como motor de la alienación humana- tuviera cierta validez en las condiciones políticas, económicas y sociales de la Europa del siglo XIX. Aunque, a la vista de la situación actual de los hechos, parece evidente que dicha proclama ha dejado de tener una vigencia ideológica plena. Y para muestra un botón; Marx achacaba a la religión tradicional un carácter adormecedor de la voluntad revolucionaria de las masas y, sin embargo, hoy día, en pleno auge del laicismo y tras haber pasado por un periodo histórico de evidente cariz revolucionario, las masas de las naciones europeas han retornado al más absoluto adormecimiento revolucionario. Aunque Dios está cada vez más alejado de la vida pública, aunque “su” presencia en la conciencia de los individuos y “su” capacidad para regir la vida de los sujetos tiende a desaparecer, el espíritu revolucionario de las masas occidentales ha vuelto a niveles similares a los habidos en cualesquiera de los momentos históricos donde el aspecto religioso tradicional era tanto el ámbito central de la sociedad, como la estructura psicológica fundamental del pensamiento humano. Así, aunque los proletarios europeos somos cada vez menos religiosos, seguimos sin poder tener el control de los medios de producción, y ello no es material suficiente para elevar el nivel de conciencia revolucionaria de la población, lo cual, como digo, denota que la máxima marxiana de la religión tradicional como opio del pueblo, en algo falla al ser aplicada al análisis dialéctico de la realidad de nuestros días. Por el contario, aquellos paises donde a día de hoy los socialistas del mundo tenemos puestas ilusiones, aquellos lugares (especialmente de América Latina) donde desde una década a este tiempo han emergido con fuerza nuevos movimientos populares capaces incluso de llegar al poder de sus respectivos estados, son países cargados de un alto contenido religioso, al menos en el sentir popular de sus gentes. Dirigentes cristianos y masas cristianizadas en su amplia mayoría, incluso algunos líderes surgidos directamente del mundo religioso, conviven a la perfección con los procesos de cambio donde se pone en juego el estatus mismo de la estructura clasista de la sociedad. Todo ello a pesar de la actitud reaccionaria y de apoyo a los movimientos contrarevolucionarios que la Iglesia Católica oficial usualmente toma respecto de los respectivos procesos.

    Es además bastante significativo que el periodo que va desde la caída de la religión tradicional como centro de la vida pública y privada del hombre hasta la consolidación de la sociedad de consumo entre las masas occidentales, haya sido el periodo histórico donde más y más rápidos cambios sociales se han producido en el orden social e internacional vigente. Donde mayores y más enconadas luchas se han dado por motivos de clases sociales, y donde más alternativas de sentido han tenido los sujetos al alcance de su mano durante bastantes años. Es significativo, a mi juicio, en tanto que denota que la caída de un paradigma de lo religioso es síntoma de un advenimiento de nuevos paradigmas que luchan por ocupar el lugar del viejo sacro derrotado . En apenas 200 años hemos visto como se pasaba de un sistema social dominado por lo religioso y de clases sociales cerradas, a un sistema socio-político fruto de la sublevación de la burguesía al orden social que les imponían los nobles, y de éste a una enconada lucha entre la burguesía y la clase proletaria que nace a partir de la acción de esta primera. En apenas 200 años todo tipo de nuevos modelos de sentido (liberalismo, socialismo, anarquismo, nacionalismo, fascismo, etc.) emergieron de las cenizas del Dios caído. Finalmente, parece ser que hemos llegado a un sistema de clases sociales semi-abiertas, donde existe la ilusión de poder variar desde una clase hacia otra, pero donde, en la práctica, el mantenimiento del estatus quo sigue siendo una cuestión de herencia. Un sistema donde las relaciones de explotación se siguen dando, aunque la tendencia generalizada entre las propias clases explotadas sea creer que ocurre justamente lo contrario, como buena muestra del éxito fulgurante que el nuevo sacro establecido ha tenido en la aplicación de sus funcionalidades.

    Queramos o no, es imposible desligar este proceso histórico de su relación con el proceso de crisis que lo religioso-tradicional ha sufrido en las sociedades occidentales. Las revoluciones burguesas solo se pueden entender desde los valores ilustrados que las promovieron, unos valores que fueron el primer gran ataque de la modernidad contra el fundamento de Dios como dador de sentido del mundo y del sujeto. Mientras Dios regía las relaciones de clase y los pequeños propietarios de las ciudades medievales aceptaban su ley –su voluntad- sin rechistar, los privilegios de los nobles eran aceptados de buen grado, ya que era Dios mismo quien en última instancia los determinaba. Pero, al poco tiempo de consolidarse una incipiente clase burguesa en las ciudades medievales de muchos países europeos, las propias reformas religiosas dentro del cristianismo fueron castigando el orden social imperante, dotando de argumentos a las nuevas clases emergentes para revelarse contra el poder establecido por voluntad divina, que ya no aceptaban como tal. Por eso el protestantismo, como bien analiza Weber, fue un factor clave en el desarrollo del capitalismo. Y con las reformas en el pensamiento llegó el auge de la ilustración, y con la ilustración llegó el triunfo de la razón sobre la fe, y con ello el triunfo de las revoluciones burguesas con todo su amplio calado entre las masas populares (burgueses y no burgueses). La herida de Dios estaba sangrando a borbotones y su capacidad de influencia, aunque todavía efectiva en muchos países, era cada vez más remota y, sobre todo, más cuestionada desde la consciencia misma de toda clase de hombres y mujeres, especialmente de los más desfavorecidos. De ahí que con los sucesivos ataques que desde todo tipo de ámbitos intelectuales Dios estaba sufriendo, la religión dejará de ser un elemento central en la vida de los seres humanos, hasta el punto de que una buena parte de los hombres y mujeres de los países occidentales ya no encontraban en Dios el sentido de su existencia, generando, probablemente, la más amplia crisis de sentido existencial que jamás haya tenido la humanidad, al menos en Europa.

    Y sin embargo hoy, más de 200 años después de todos aquellos sucesos, la sociedad occidental vuelve a dar muestras de sumisión y alienación con el orden social imperante. Ante tal hecho, la cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Se han acabado las diferencias de clase en la sociedad occidental o acaso lo que se ha producido es un nuevo fenómeno religioso que, hoy como ayer, sigue alienando la voluntad revolucionaria de la población, especialmente del sector poblacional más desfavorecido por el sistema? Yo estoy firmemente convencido de lo segundo y creo por ello necesario que los intelectuales socialistas de nuestros días hagan un análisis detallado de la cuestión, pues en ella se podrán encontrar, junto con las causas económicas que la sustentan, muchas de las respuestas a las interrogantes planteadas acerca del por qué la revolución no avanza como presupuso Marx en las naciones industrializadas, muy a pesar de que sus apreciaciones sobre el aumento en las diferencias de clase o las crisis periódicas del capitalismo se demuestran cada vez más válidas. Un análisis además que pueda arrojar un poquito de luz en medio de las tinieblas en la que viven tantos espíritus adormecidos por los cantos de sirena del capitalismo.

    Notas:

    1) Walter Benjamin. Capitalismo como religión, en Benjamin,W. Gesammelte Schriften, Suhrkampn Verlag, Frankfurt, 1972-1985, 6 Bands, en Vol.6, pags 100-103. (Traducido al español por Luis Meana y aparecida en el diario El País el 20 septiembre de 1990).

    2) Nietzsche, en cambio, sí supo apreciar y denunciar el carácter religioso que se escondía tras las diferentes filosofías alternativas de sentido que emergían a la sombra de la paulatina caída del cristianismo como eje referencial del ámbito sagrado, dejando patente este hecho con su conocida referencia a las “sombras de Dios” (La Gaya ciencia, par. 108).

    3) Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre. Planeta. Barcelona. 1992.

    Consumismo-Capitalismo, la nueva religión de masas del siglo XXI | 09-06-2008 - 07:45:30 GMT 1 #

  8. La expo del agua; la sed de la conciencia, por Pablo Jato
    World Image Press: Se inaugura la EXPO del agua en Zaragoza, España. Y mientras los turistas se pasean por ese mundo ficticio, decorado de película barata, mil millones de seres humanos pasan sed hasta el extremo de la muerte. ¿Cuántos de esos seres humanos irán a la expo de Zaragoza? Me arriesgaré con una conjetura, voy a lanzar una cifra al aire: Cero. ¿Sabrán los sedientos del planeta, que hay gente en el primer mundo que hasta gana dinero y cobra entradas basándose en su problema? En algunos pabellones hay hasta fotos y vídeos de esos sedientos. ¡Pasen y vean!
    Jugamos a convertir en un espectáculo, en circo multimedia, cualquiera de las desgracias de nuestro planeta. Fuegos artificiales, Reyes, Presidentes y altos cargos brillando en la inauguración de este show macabro y cruel. Curiosamente, España es uno de los países que en las próximas décadas sufrirá la mayor desertización de Europa y la que perderá más zonas verdes y de cultivo, pero dudo mucho que la expo de Zaragoza les ayude a solucionar el problema.

    Dicen que es una expo para concienciar a la población de lo importante que es el agua. ¿Tanto nos hemos alejado de nuestra esencia natural, como para olvidarnos de algo tan básico como el agua? Cualquiera de los mil millones de personas que pasan sed en el mundo podría habérselo explicado por mucho menos. Es penosos que necesitemos un pabellón estilo Disney para ver las realidades. Pero el mundo es así, un mundo Disney lleno de publicidad y donde las desgracias se ven a través de una pantalla de vídeo. Un mundo bonito, con musiquita y edecanes sonrientes.

    El invitado de honor es México, uno de los países que peor gestiona el agua en el mundo. La ciudad de México absorbe una cantidad inimaginable de agua diariamente, que traen de lagos que están a cientos de kilómetros, cada día más lejos. Están secando todos los lagos, arruinando el subsuelo, la ecología de los alrededores... Se está entubando cada río y cada arroyo para saciar la sed de 22 millones de mexicanos y aún así, no lo consiguen. ¿Es ese el futuro de todas las capitales del mundo? No hace falta ser un matemático de universidad para hacer cuentas y saber que dentro de poco se acabará el agua. Una vez que se acabe, empezarán las crisis políticas, la violencia, el pánico, el caos.

    México tiene un hermoso pabellón en la expo, que le ha costado su buen dinero, más incluso de lo que invierte en llevar agua a algunos de sus sedientos. Pero como ellos no están invitados, el presidente Calderón habla tranquilo, dando discursos megalómanos y maravillosos que dan de beber a su ego.

    Se habla ahora, por alguna razón, que desalar el agua del mar implica, en su proceso, contaminarla con sustancias venenosas para el ser humano. Será que alguien tiene un sistema mejor ya patentado. Hoy nos matamos por el petróleo, pero dentro de muy poco las guerras serán por el agua. Descubriremos agua en la Luna, encontraremos agua en Marte, mientras la nuestra, aquí en la Tierra se pudre, se contamina, se desperdicia, se acaba.

    El ser humano corre hacia el abismo de la extinción y no parece querer hacer nada para evitarlo. Quizá tendríamos que hacer una expo, la expo del fin del mundo con pabellones bonitos y bien decorados, con animación y colorido mostrándonos un planeta vacío y destruido. Una humanidad acabada, extinta, aniquilada. La expo del fin del mundo, patrocinada por todas esas multinacionales que tanto les gusta patrocinarlo todo. Habrá anuncios hasta en el último de nuestros días. Televisado en directo. Seguro que alguien haría negocio y muchos pagarían entrada.

    La expo del agua; la sed de la conciencia | 17-06-2008 - 10:41:40 GMT 1 #

  9. Colapso del capitalismo, por Carlos París: “¿Huelga de camioneros? ¿Y huelga de pescadores? Pero ¿no había desaparecido el proletariado y se había superado la lucha de clases en la armoniosa sociedad del conocimiento? exclama perplejo un amigo mío, capaz de tragarse todos los tópicos. Pues, ciertamente, no, le respondo. A pesar de los robots y de las nuevas tecnologías siguen haciendo falta manos humanas que empuñen las máquinas y estas manos y brazos están unidas a cuerpos que necesitan alimentarse y llevar una vida soportable. Y tan primordial cosa, es lo que reclaman y exigen camioneros y pescadores. Trabajadores ambos, pues no se diga que poseer un instrumento de trabajo, como es un camión, a cuyo volante se pasan interminables horas, convierte a quien a ello se dedica en miembro de la elite empresarial.
    La reciente huelga de camioneros, en muchos ambientes tan mal comprendida, pone al vivo la falsedad de los lugares comunes con que una sociología convencional y una torrencial propaganda troquela las dóciles mentes ciudadanas. Pero, sobre todo, deja al desnudo, como el rey del viejo cuento, la insoportable situación en que la política del capitalismo rampante está hundiendo a la sociedad. La huelga de transportistas y de pescadores es un fenómeno muy concreto, y referido a un sector de la sociedad caracterizado por un trabajo especialmente duro, pero se sitúa en el amplio deterioro, en la agresión que se extiende hacia la mayoría de las capas sociales. Cuando las necesidades primarias de vivienda y alimentación se convierten en cargas difíciles de soportar, mientras las grandes empresas aumentan considerablemente sus beneficios y los ingresos de sus directivos. Y, si tendemos la vista más allá de las fronteras del privilegiado Primer Mundo ante el estremecedor espectáculo del hambre y la miseria no se puede dejar de denunciar el fracaso de la reciente reunión de Roma, con unos resultados tan satisfactorios para las grandes empresas como frustrantes para los mil millones de hambrientos, que, hermanos nuestros pueblan el planeta.

    Volviendo al tema inicial, esta huelga levanta un importante desafío al gobierno, a los sindicatos y a la solidaridad de la ciudadanía española. Sirve de piedra de toque para comprobar la auténtica posición del actual ejecutivo, al enfrentarse, no ya con problemas de ideología superestructural, sino con las bases materiales de la vida colectiva y el conflicto trabajo/capital. Las primeras reacciones no parecen ser muy coherentes con la definición de un partido como socialista y obrero. Respecto a las reivindicaciones de los huelguistas, ha manifestado el gobierno que no debe tomar medidas que atenten contra la”libertad de mercado” ¿Hasta cuando vamos a creer en el mito de la mano invisible y mágica del mercado? La misión de la pálida izquierda que representa la social democracia es cabalmente corregir la desigualdad de fuerzas en el mercado para favorecer a los trabajadores y a las clases desposeídas. ¿Ni siquiera vamos a llegar a tal política? ¿O nos va a guiar ese recién lanzado “socialismo liberal” cuyo nombre es un oximoron si a la economía se refiere.

    Pero, además, se alega que medidas favorables a los huelguistas, camioneros y pescadores podrían provocar un efecto dominó y determinar reclamaciones análogas de otros sectores afectados por el alza de los combustibles. Naturalmente. Estamos en presencia de un problema global que hay que afrontar. Conductores de camiones y pescadores deben ser vistos no clausuradamente, como un sector aislado, sino como la vanguardia de un movimiento de protesta y reivindicación frente a una situación que afecta a toda la sociedad, exceptuando a una minoría beneficiaria. Desafortunadamente en la estrechez de miras que la manipulación capitalista actual ha impuesto a los ciudadanos, muchos de éstos sólo atienden a la incomodidad que encuentran para desplazarse por las carreteras y al desabastecimiento que amenaza en gasolineras y mercados. Y el gobierno, los gobiernos, también los autonómicos, sólo parecen preocuparse por este problema inmediato. Asegurar el abastecimiento, abrir paso a los vehículos. Frenar la acción de los piquetes, uno de cuyos miembros acaba de morir atropellado.

    Y se afirma en diversas editoriales periodísticas que convendría acabar con los transportistas autónomos y organizarlos en grandes empresas. ¿Para qué? ¿Para negociar con sus propietarios y asegurar la explotación de los trabajadores? Curiosa estrategia neocapitalista que hasta ahora había jugado la baza de dividir y aislar al proletariado,

    Las ilusiones de vida feliz bajo el capitalismo empiezan a tocar fondo en esta enorme crisis de alza del precio de los carburantes, de los alimentos, de la subida de las hipotecas, en medio de la corrupción, la violencia y la falaz mitología de la globalización. Ello no puede sorprender a la izquierda verdadera, la auténtica izquierda que ha propugnado la liquidación de la organización capitalista de la producción y el mercado y su sustitución por la propiedad colectiva de los medios de producción. Y es que, evidentemente, la empresa capitalista, a pesar de la propaganda de ella que nos inunda, del auge de la privatización como ideal no busca sino el aumento del beneficio de sus propietarios y gestores. Y esta es su lógica. Hoy día, aunque la colectivización completa de la producción sea un proyecto de futuro, sí se impone la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, como son los energéticos. cual petroleras y electricidad. Y diversas voces, no radicales ni revolucionarias, solamente racionales, ya lo están reclamando..

    Colapso del capitalismo | 17-06-2008 - 10:43:04 GMT 1 #

  10. Desigualdad y pobreza: la urgencia de cambiar el modelo, por Raúl Zibechi: La guerra global por los alimentos pone en videncia que los planes sociales son insuficientes para paliar la pobreza y que sólo la superación del actual modelo permite disminuir la desigualdad que acecha la región.

    En sólo seis meses hay 10 millones de nuevos pobres en América Latina. Aunque en esta región el precio de los alimentos subió menos que en el resto del mundo (15% frente al 68%), la cantidad de pobres creció de 190 a 200 millones en sólo seis meses, según el sociólogo argentino Bernardo Kliksberg, asesor del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) (1). Pero esto es apenas el comienzo.

    Según Amartya Sen, premio Nobel de Economía con quien Kliksberg acaba de publicar el libro “Primero la gente”, desde hace treinta años se viene previendo que puede haber hambruna en los países productores de alimentos. La crisis alimentaria en curso, hija directa del estallido de la burbuja especulativa inmobiliaria, corta en seco cualquier análisis que pretenda eludir la responsabilidad del modelo en la generación de pobreza. Sobre todo, cuando se sabe que la región produce alimentos suficientes para atender a una población tres veces superior a la que contiene.

    Combatir la desigualdad

    América Latina es la región con más desigualdad del mundo. Pese a que buena parte de los países de Sudamérica cuenta desde hace varios años con gobiernos progresistas y de izquierda, la desigualdad sigue creciendo, por lo menos en el Cono Sur.

    Un reciente estudio del Intituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA) de Brasil, revela que el 10% de la población concentra el 75,4% de la riqueza. Las políticas sociales del gobierno Lula, que se aplican desde 2003 para aliviar la pobreza, han mejorado levemente la desigualdad, pero tan poco que apenas se nota. Lo grave es que se trata de los mismos niveles de desigualdad que existían en el siglo XVIII. Marcio Pochman, miembro del PT y director del IPEA, afirmó que los datos demuestran “cómo a despecho de los cambios en el régimen político y en el padrón de desarrollo del país, la riqueza continúa pésimamente distribuida entre los brasileños”(2).

    Según Pochman, en el siglo XVIII en Rio de Janeiro el 10% más rico detentaba el 68% de la riqueza, mientras hoy concentra el 63%. Sao Paulo marcha delante de otras ciudades con el 73,4% de concentración de riqueza por el 10% más rico. En opinión del director del IPEA, “ningún país del mundo consiguió acabar con las desigualdades sociales sin una reforma tributaria de verdad”. Explica que los impuestos indirectos como el IVA (valor agregado), predominantes en la región, castigan a los más pobres: el 10% más pobre en Brasil paga un 44,5% más que el 10% más rico, ya que la carga tributaria representa un 33% de la renta de los más pobres y sólo un 22% de la renta de los más ricos.

    Gobernabilidad conservadora

    Un estudio del economista Claudio Lozano, de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), difundido en febrero de 2008, revela que en los últimos cuatro años “de cada 100 nuevos pesos que se generaron, el 30% más rico se apropió de 62”. Por eso, estima, luego de cinco años de crecimiento económico (con un un PIB un 36% mayor que el de 2001), sigue habiendo un 30% de pobres.

    Se trata de un modelo concentrador, al que denomina “gobernabilidad conservadora”, que está comenzando a bloquear la continuidad de la expansión y que impide aprovechar las buenas oportunidades como las que existieron en los últimos cinco años. Peor aún, porque el ciclo de crecimiento parece estar llegando a su fin, en medio de una espiral inflacionista especulativa. “La inflación actúa como mecanismo corrector y preservador de las ganancias extraordinarias del empresariado más concentrado”, asegura Lozano. A la vez, en el caso argentino es potenciada porque “los ricos consumen mucho e invierten poco y mal”(3).

    El caso uruguayo, por completar un breve panorama de tres gobiernos surgidos como consecuencia de la oleada anti neoliberal, no es muy diferente. El de Tabaré Vázquez es el único gobierno que implementó una reforma tributaria importante, progresiva, que grava más a los que tienen mayores ingresos. Pero no grava al capital. Así, los datos avalan el crecimiento de la desigualdad aún en los tres años de gobierno progresista.

    El índice Gini, con el que se mide la desigualdad, se viene deteriorando en Uruguay en los últimos 20 años, o sea desde la implantación del modelo neoliberal. Y lo hace de modo consistente, en períodos de crisis y de crecimiento, bajo gobiernos de derecha y de izquierda. En 1991 era 41,1 para pasar a 45 en 2002, en el pico de la crisis económico-financiera. En 2005, cuando asumió Tabaré Vázquez, bajó a 44,1 para situarse en 2007 en 45,7(4). Incluso bajo el gobierno de izquierda, y en un país que presenta el menor índice de desigualdad del continente, el 20% más rico sigue concentrando cada vez más ingresos. En 2001 captaba el 46,4%, en 2002 llegó al 50,3% y en 2007, luego de la reforma tributaria, llegó al 51,1%.

    Parece evidente, como señala el citado informe de las economistas Verónica Amarante y Andrea Vogorito, que “no se puede esperar que las políticas de transferencias de ingresos solucionen por, sí solas”, los problemas de pobreza e indigencia. Se refieren a los planes sociales vigentes en Uruguay, pero también en Brasil y Argentina, que aliviaron la pobreza hasta que la especulación con los alimentos comenzó a revertir los pequeños avances del último lustro.
    * * *

    Parece fuera de duda que lo que está en cuestión es la continuidad del modelo neoliberal en su fase de apropiación de los bienes comunes (minería, forestación, soja, caña para agrocombustibles). Hasta ahora, la exclusión y la pobreza que genera se venían suavizando con planes sociales, que en el caso de Brasil abarcan al 25% de la población. Pero la voracidad del capital impone un cambio de rumbo. Las reformas en los impuestos y los planes sociales seguirán siendo instrumentos necesarios. Pero la pobreza y la desigualdad, sólo bajarán de forma significativa cuando el actual modelo de acumulación por robo y especulación, sea archivado y se implemente otro asentado en el crecimiento endógeno.

    - Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios grupos sociales.

    Notas:
    (1) Cash, suplemento de Página 12, 15 de junio de 2008.
    (2) Folha de Sao Paulo, 18/5/2008.
    (3) Claudio Lozano, “Una visión sobre la coyuntura. ¿Cambio de gobierno o cambio de etapa?; Instdituto de Formación de la CTA, mayo de 2008.
    (4) “Pobreza, desigualdad y transferencias de ingresos”, en Brecha, 13 de junio de 2008.

    Desigualdad y pobreza: la urgencia de cambiar el modelo | 21-06-2008 - 08:56:05 GMT 1 #

  11. Algunas ideas sagradas en la sociedad consumista-capitalista

    Pedro Antonio Honrubia Hurtado

    Quienes sean asiduos lectores de esta web de noticias y opiniones alternativas de izquierdas, podrán recordar, en fechas recientes, la aparición de una serie de artículos, firmados por mí mismo, en los cuales hablo de la actual sociedad consumista-capitalista en términos de una sociedad de carácter religioso[1]. El consumismo-capitalismo, nueva religión de masas del siglo XXI, habría venido a sustituir, según este análisis, y desde una perspectiva funcional, a los antiguos modelos religiosos fundamentados en una relación causal con lo sobrenatural (el Dios o los Dioses). Una sociedad, por tanto, que, al igual que ocurriera en las antiguas sociedades religiosas, tiene en última instancia una fundamentación sagrada, es decir, una fundamentación divino-simbólica, incuestionable y absoluta, a partir de la cual se consigue anclar el funcionamiento mismo de la sociedad, así como las relaciones sociales, políticas y económicas que dentro de ella desarrollan los individuos que la habitan. Lo sagrado, lo sacralizado, a pesar de que durante siglos fue patrimonio exclusivo de lo sobrenatural (Dios o similares), en una definición científicamente ampliada a través de la antropología y sus estudios históricos comparativos, debe ser entendido como un fenómeno cultural –construido socialmente- que puede ir, en consecuencia, más allá de esta correlación de factores, incluso llegando a desvincularse por completo de dicha asociación con lo sobrenatural[2]. Tomaremos como base la definición que el Antropólogo y profesor de la Universidad de Sevilla Isidoro Moreno[3] nos proporciona:

    “el ámbito de lo sagrado es el ámbito de los absolutos sociales, aquel cuyos contenidos se autolegitiman sin cuestionamiento racional posible, (…) aquello que funciona como núcleo de la integración social y elemento central de la legitimación de la sociedad misma (…) Lo sagrado es, así, el núcleo duro que estructura la sociedad y moviliza emocionalmente a los individuos hacia objetivos determinados, que son percibidos como los centrales a conseguir, y respecto a los que la vida cotidiana cobra un sentido, a pesar de sus incoherencias y aparentes absurdos”.

    Lo sagrado sería así el fundamento último que sustenta el funcionamiento de una sociedad determinada, el referente primero y final del cual se hacen emanar los principios fundamentales sobre los que se ancla el desarrollo de las relaciones sociales, económicas, políticas y morales de una colectividad social específica, y de cuyos rayos de luz celestial se nutren la cultura, las leyes y los valores sociales para su existencia y funcionamiento dentro de esa determinada sociedad. Que en una determinada sociedad el elemento sacro represente un conjunto de referencias a elementos sobrenaturales no implica que deje de ser, desde una perspectiva científica, una construcción social. De hecho, incluso entre las principales religiones tradicionales la palabra de Dios ha sido revelada al hombre a través de sus profetas, quienes en última instancia la predican, la sistematizan y la esparcen por el mundo, construyendo así socialmente el ámbito de lo sagrado, aunque para ello se parta desde las supuestamente originarias palabras de Dios. Pero, en cualquier caso, no es Dios mismo quien acaba por determinar su cualidad de elemento sacro, sino que son los hombres quienes, en última instancia, hacen de la palabra de Dios el centro y referencia de sus vidas y de Dios mismo la fuente de la que emanan sus creencias, sus valores y sus leyes morales y jurídicas (Se podría dar el caso en que Dios mismo hablase a un hombre, y que, sin embargo, cuando éste tratase de llevar su palabra al resto de sus congéneres, fuese tomado por loco y su predicación tomada a cachondeo).

    Así lo sagrado, sea cual fuere su formato, es siempre una construcción social que responde a los códigos simbólicos de la cultura humana, independientemente de que sea o no verdadera la existencia última del elemento simbólico que se use para tal sacralización. Dios podría existir o no existir, pero su sacralización jamás podría haberse llevado a cabo sin la intermediación del hombre, sin la necesidad de un proceso de construcción social en el cual el hombre hace de su figura y de su palabra verdades absolutas, hasta situarlas en la base misma del funcionamiento de la sociedad. Es importante resaltar este hecho ya que, como en toda construcción social que se tercie, la sacralización de una determinada figura no está libre de intereses y finalidades de un cariz mundano, o, dicho en otras palabras, no puede estar jamás libre de la relación establecida, en el marco de una determinada sociedad, entre sus clases sociales, entre los detentadores de los medios de producción y los suministradores de la fuerza de trabajo, entre los privilegiados y los excluidos, entre los explotadores y los explotados. Lo sagrado, guste o no, no puede quedar nunca al margen de la lucha de clases. Más aun, me atrevería a decir que es precisamente la lucha de clases el factor clave que en cada momento histórico determina la existencia concreta de lo sagrado.

    En este contexto, el consumismo-capitalismo no es ninguna excepción, todo lo contrario, es más bien la exaltación simbólica de esta dinámica dialéctica de la sociedad, de esta batalla entre clases sociales, que se abre o se cierra, según la eficacia y el poder que el elemento sagrado tenga para con el proceso de alienación de las clases explotadas. Resulta pues que en esta nueva sociedad religiosa se ha pasado de la preponderancia de la exaltación de Dios como factor de éxito para el desarrollo de los privilegios de las clases dominantes, a la preponderancia de la alienación de los ciudadanos en torno a una serie de ideas y conceptos que, aunque ajenos de toda referencia a lo sobrenatural, han sido igualmente sacralizados, y que acaban por determinar en última instancia el funcionamiento de la sociedad, así como el papel que dentro de ella juegan cada una de las diferentes clases sociales existentes, siempre al servicio, sabiéndolo o no, de los intereses de las clases burguesas dominantes, especialmente de los intereses de los detentadores de la propiedad del capital financiero internacional (que a su vez son poseedores del control de los grandes mercados y dueños de los medios de comunicación de masas).

    De entre estas ideas sacralizadas, que son varias y de diverso tipo, resaltaré, por su importancia evidente, aquellas que están directamente relacionadas con aquello que Marx llamase la infraestructura, es decir, con la estructura económica que determina el funcionamiento de la sociedad, y de la cual brotan los elementos estructurales y superestructurales. Estas ideas sagradas, a mi juicio, serían las siguientes: a) la propiedad privada y el dinero, b) los modos de producción capitalistas, la racionalidad económica y las leyes del mercado, c) el consumo. Todos estos conceptos han sido elevados al grado de absoluto por el actual modelo socio-económico imperante, y dotados de un carácter sagrado que los colocan en el centro mismo de nuestras vidas, en tanto que éstas están determinadas por un proceso de aprendizaje cultural que las convierte en incuestionables.

    Empezaremos con el análisis del concepto “propiedad privada”. Sobra decir que la propiedad privada es actualmente el eje central en torno al cual se organiza toda la sociedad capitalista. De tal modo esto es así que, podemos decir sin miedo a equivocarnos, este concepto tiene, tanto en el ámbito de lo simbólico como en el ámbito de lo legislativo, categoría de certero axioma que no necesita demostrarse ni contradecirse, y como tal es recogido por la legislación de todo estado capitalista, que, siguiendo a Locke, directamente reconoce este modo de propiedad como un derecho inalienable del ser humano. Es por ello, tal vez, que este concepto deba ser reconocido como el elemento más sagrado de todos aquellos cuantos componen la estructura simbólica del capitalismo (entendiendo ahora el término “sagrado” a la manera tradicional). Como todo lo sagrado, es inviolable, so pena de estar cometiendo un sacrilegio contra los valores más arraigados en la mentalidad colectiva, que te puede costar muy caro. Las leyes directamente protegen este derecho, pero, más aún, aquellas personas que se atreven a cuestionarlo (ya sea desde posiciones políticas o religiosas), son directamente señalados por los mecanismos de control del sistema como elementos subversivos y enemigos de la sociedad. Para los defensores del capitalismo no hay mayor enemigo que aquel que pone en tela de juicio el sagrado derecho del hombre a la propiedad privada. Directamente, a través del código simbólico que nos rige se identifica la propiedad privada con la libertad, de tal manera que el respeto a la propiedad privada conllevaría asociado el respeto a la libertad, así como su violación implicaría consecuentemente coartar la libertad. Algunos defensores del capitalismo incluso han tratado de vincular este derecho con los fundamentos religiosos propios de sociedades pasadas. El derecho a la propiedad privada, nos dicen estos sujetos, deriva de la propia naturaleza de las cosas, por lo tanto del mismo Dios, autor de la naturaleza (esto se demostraría en el hecho de que dos de los Diez Mandamientos garantizan este derecho: "No robar" y "No codiciar los bienes ajenos"). Aunque, a decir verdad, han sido las teorías de Locke las que mayor repercusión han tenido en la defensa y justificación de la existencia de este derecho sagrado a la propiedad privada. Locke estima que la propiedad privada existe en el estado de naturaleza, que es anterior a la sociedad civil. La propiedad privada no sólo beneficia al propietario privadamente, sino a todos los hombres. Según Locke, es el hombre "industrioso y razonable" -y no la naturaleza- quien está en el origen de casi todo lo que tiene valor. Por consiguiente, la propiedad privada es natural y bienhechora, no sólo para el propietario, sino para el conjunto de la humanidad: "El que se apropia de una tierra mediante su trabajo no disminuye sino que aumenta los recursos comunes del género humano"[4]. La propiedad privada debe ser, por tanto, un derecho natural tan primitivo como el derecho a la vida, a la libertad, a la salud o a la integridad. A raíz de estos planteamientos, y en vinculación directa con la mentalidad del tener frente al ser que nos rige, se hace creer a la población, a través de los códigos simbólicos establecidos como dominantes, que la supresión de la propiedad privada conmovería no sólo la actividad económica de la sociedad, sino la propia calidad de vida del individuo. Para ello se transmite la idea de que el ensueño de adquirir propiedad es lo que suaviza y hace más llevadero la difícil labor de la vida diaria del sujeto medio. Es, en consecuencia, lo que hace capaz al hombre, no sólo de atender a las necesidades del momento, sino también de proveerse para el porvenir, para los días de la vejez, y reunir fondos para él y para su familia, unos fondos que le han de permitir vivir cómodamente en el futuro. Este deseo subjetivo sería así lo que le impulsa al individuo constantemente a trabajar, siendo a su vez lo que le dota de virtudes de cara al resto de sus conciudadanos. Por tanto, una vez esta mentalidad tiene arraigo entre la población, se llega al caso en que de cuestionarse este derecho se estaría cuestionando con ello el valor mismo de la vida del hombre. Si el hombre ya no adquiere valor en su ser, sino que tal valor es dependiente de su tener, la propiedad privada se convierte con ello en objeto de culto para el individuo, un culto que va más allá del mero hecho de poseer el objeto o la propiedad de un algo. El sujeto percibe sus posesiones como los más intrínsecamente suyo, como el fruto más directo de su trabajo, como la recompensa primera y final por todo el esfuerzo realizado en el desempeño de su labor. La propiedad privada sería así algo más que una cuestión material, se convertiría ya en una cuestión espiritual, en tanto que de ella depende el valor de la persona (ya saben, “tanto tienes, tanto vales”). También con ello, el culto a la propiedad privada se convierte en el motor central de la sociedad, ya que no sólo condiciona el valor del hombre, sino que determina su papel dentro del entramado sociológico. A mayor posesión de propiedades, mayor valor tendrá el sujeto en cuestión dentro del entramado político y económico de la sociedad. Esa es la mentalidad que se establece como hegemónica a través del sistema socio-político-simbólico reinante. Además, en nuestra actual sociedad la propiedad privada se manifiesta a través de la posesión de bienes, pero también –y podríamos decir que como elemento principal- a través la posesión de dinero. Es el dinero, en última instancia, el auténtico motor de la propiedad privada. El dinero se constituye de facto en la mayor y más tangible expresión de la propiedad privada.

    El culto por el “tener” se convierte ante todo en un culto al dinero. Es el dinero lo que determina, más que las posesiones materiales en sí mismas, el valor del hombre. La mentalidad reinante pasa a ser de esta manera una lucha por acumular cada vez más dinero, que no sólo te permitirá adquirir mayores propiedades, sino que también hará posible tu ascenso de estatus dentro de la escala social del mundo capitalista. Con dinero se compra la riqueza, se adquieren las propiedades. El dinero se endiosa por doquier, se erige en auténtico referente de culto para los individuos de la sociedad. Se eleva el valor abstracto del dinero al nivel de un Dios todopoderoso (“todo lo puede el dinero”), acabando por convertir a las personas en simples vasallos de un Dios que, como tantos otros, nosotros mismos hemos inventado. El dinero es la máxima expresión del capitalismo, es, por ello, el arma más efectiva en torno a la cual las clases dominantes han erigido su modelo de sociedad, tanto en el ámbito del modelo socio-económico propuesto, como en el ámbito del patrón “ideal” de individuo que se ha gestado. El dinero es el verdadero elemento fetiche de la sociedad capitalista, el auténtico símbolo de la nueva sacro-religiosidad dominante. Dentro del panteón de los Dioses del capitalismo, es el dinero, junto a su Diosa consorte -la propiedad privada-, el más poderoso de todos ellos (el Zeus – y la Hera- de la nueva religión consumista-capitalista). Esto es lo que se ha consagrado en la mentalidad que las personas adquieren en su proceso de socialización, mediante la interiorización que estos individuos hacen de los valores sagrados que emanan del código simbólico reinante. A través de este proceso de interiorización se ha creado el convencimiento en la población de que el dinero es el único valor, que lo puede todo, y, por tanto, que es lo que hay que conseguir rápidamente y en fabulosas proporciones, pues ello será garantía de una vida de éxito (“el dinero da la felicidad”), así como hará aumentar el valor mismo de la persona (con dinero los sujetos pasan a ser “gente de bien”). Tanto es esto así que, caso de tener que escoger un símbolo que representase a la nueva sociedad consumista-capitalista al modo en como la cruz lo hacía con la sociedad cristiana de la Edad Media, sin duda el símbolo que escogería para tal efecto sería el símbolo del dólar ($). Luego sobre él, si quieren, ya podríamos implantar la cara del tío Sam o la figura de algunos de los más recientes profetas del capitalismo, pero, sin duda, el símbolo del dólar es el verdadero icono religioso de nuestros días.

    El culto al dinero, la reverencia a la propiedad privada, en definitiva, la deificación del objeto material y consumista -cualquiera que sea-, es, seguramente, donde mejor se puede vislumbrar el teísmo que venimos denunciando como omnipresente en nuestra actual sociedad occidental capitalista, en tanto que la reverencia al poderoso (al que tiene dinero o tiene el poder económico, social, político o militar) es la forma de culto por antonomasia, la forma de culto que más y mejor ejemplifica en todas y cada una de las sociedades habidas y por haber la esencia religiosa de la misma. Como digo, dinero y propiedad privada representan para nuestro ámbito de lo sagrado consumista-capitalista, lo que Zeus y Hera representaban en el ámbito de lo sagrado de la sociedad Griega Clásica. Cualquiera que tenga duda sobre el carácter religioso de nuestra actual sociedad, simplemente que reflexione sobre el papel que juegan dinero y propiedad privada dentro de la misma, las connotaciones simbólicas que van asociadas a estos elementos dentro de la mentalidad colectiva que nos rige y nos dirige, y a partir de ahí que trate de sacar sus propias conclusiones, en relación con una analogía comparativa con los valores sagrados que han regido otras sociedades religiosas precedentes (el amor a Dios o el seguimiento de los valores morales propuestos por los textos sagrados). En todo caso decir, antes de continuar, que al hablar de propiedad privada es conveniente saber diferenciar la propiedad privada de los medios de producción y la propiedad privada de los bienes de uso personal. Mientras que la primera nos parece aberrante, la segunda nos parece totalmente legítima, siempre y cuando haya sido obtenida a través de medios legítimos, y no como consecuencia de la explotación o el robo a otros seres humanos.

    Por otro lado, aunque estrechamente relacionado con lo anterior, nuestra actual sociedad ha sacralizado también el modo de producción capitalista, planteándolo como único modelo viable para la creación eficiente de riqueza, frente a los obsoletos modelos dados en otras etapas anteriores de la evolución social, o a los utópicos y fracasados modelos presentados como alternativos a éste por las ideologías políticas de izquierdas[5]. Este modo de producción capitalista que ha sido sacralizado, está basado en la propiedad privada de los medios de producción, aunque el trabajador es jurídicamente libre. En este contexto, la fuerza de trabajo es la única propiedad que posee el trabajador. El trabajo genera una plusvalía que no revierte sobre el salario del trabajador, sino que es apropiada por el capitalista, generando capital. Sus características esenciales y universales (es decir, comunes a todos los países) y también específicas (por tratarse de un modo de producción diferente a otros) fueron analizadas por Marx en su obra “El Capital”. A través de este nuevo modo de producción, el capitalismo transformó la producción mercantil simple en producción mercantil capitalista. Así, el objeto del capitalismo, en base a la relación establecida entre propiedad privada de los medios de producción y trabajo asalariado, es producir mercancías destinadas al mercado[6]. Las ventajas de este nuevo modo de producción fueron esencialmente la reducción del tiempo de tra­bajo mediante la especialización del obrero y la co­ordinación en forma de "cadena productiva". Esta baja del tiempo laboral permitió elevar la productividad, pero a su vez el correcto funcionamiento del ciclo económico se hacía más dependiente del funcionamiento del mercado, en tanto que la producción estaba destinada ahora al consumo y no a la satisfacción de las necesidades básicas del propio trabajador-productor. Surge así la necesidad de racionalizar todo el proceso productivo[7], es decir, la necesidad de aplicar la planificación racional de los recursos a utilizar desde el momento mismo de la elaboración de los productos, al momento de la absorción de estos por el mercado y sus consumidores. El trabajo mismo se convierte en una mercancía inmersa en una dinámica de mercado, regulada por las leyes propias del mismo[8]. Consecuentemente a esta nueva situación, el culto a la eficiencia económica se convierte así en otro elemento fundamental en el desarrollo del capitalismo que, junto con las leyes del mercado, ha de regir el nuevo espíritu de la época a través de su integración en el nuevo código simbólico-sagrado que ha de legitimar el funcionamiento y controlar el devenir de la sociedad occidental capitalista. Dicho de otra manera, modo de producción capitalista, eficiencia económica y leyes del mercado pasan a ser elementos indispensables en el proceso de construcción del nuevo modelo de lo sagrado que ha de servir como elemento central de la nueva sociedad puesta al servicio de los intereses de las clases burguesas dominantes. A raíz de esto, la noción de producción eficiente como aquella que reproduce eficientemente las fuentes de la riqueza producida —ser humano y naturaleza—, es negada en el capitalismo y sustituida por aquella que entiende producir más ganancias con menos costos, a partir de la cual se garantiza una creciente generación de riqueza que debe acabar por repercutir en beneficio no sólo de los poseedores de los medios de producción, sino, como hemos dicho, en el global de la sociedad. Tal es la percepción que los ciudadanos interiorizan del funcionamiento general de la economía capitalista y sus leyes asociadas. El modo de producción capitalista no sólo genera beneficios para los poseedores de los medios de producción, sino que, a través de la acción de estos, lo hace también para el conjunto de la sociedad, independientemente de la clase social a la cual pertenezca el individuo.

    El capitalismo se convierte así en una nueva utopía (pues promete un crecimiento ilimitado de la riqueza hasta alcanzar el grado de benefactor para el global de la población), pero una utopía que tiene un alto costo –por usar su propia terminología-, social, político y ambiental, al transformarse la racionalidad que lo fundamenta en un modelo de racionalidad instrumental, donde el valor de las acciones se obtiene a través de un proceso de optimización entre los objetivos propuestos y los medios posibles, donde el fin prevalece sobre los medios, y donde los medios no son más que recursos puestos al servicio de los fines[9]. Dentro de este marco de racionalidad instrumental, excelentemente analizado por algunos autores de la Escuela de Frankfurt, todo es válido para el capitalismo en su afán por ser cada vez más eficiente en la producción y generación de riqueza (dicho de otro modo, en la producción y generación de beneficios económicos, políticos y sociales para los poseedores de los medios de producción). Desde la explotación ilimitada de los recursos de la naturaleza, a la manipulación de las consciencia de los trabajadores, todo es válido si tiene como fin la eficiencia económica. Ese es el precio que se ha de pagar de manera generalizada por aceptar como modo de vida la utopía propuesta por el sistema consumista-capitalista y esos son, en última instancia, sus resultados más visibles, que están conduciendo a la humanidad a una situación de crisis global jamás vista antes en la historia, y que se puede saber en un momento dado como comenzó, pero que, desde luego, no podemos saber como acabará, aunque las expectativas, desgraciadamente, no son para nada halagüeñas (la actual situación de los alimentos en el mundo puede servir como ejemplo perfecto de esto que digo). Así, como afirma Bourdieu[10], “vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales”.

    Pero, como no podía ser de otro modo, este tipo de sociedad no puede funcionar sin una eficiente sacralización del consumo. Sacralización del consumo no como el acto en sí mismo de consumir, sino mediante la idealización simbólica de tal acto, que alcanza el grado de un modo de vida. Así, lo que en origen es una necesidad puramente económica del sistema, es convertido en un ritual con unas connotaciones simbólicas e ideológicas capaces de movilizar y aglutinar el sentimiento de las masas, sus deseos y necesidades, sus aspiraciones y finalidades. La llamada sociedad de consumo apareció como consecuencia de la producción en masa de bienes, que reveló que era más fácil fabricar los productos que venderlos, por lo que el esfuerzo empresarial se desplazó hacia su comercialización. Este cambio en la mentalidad de los capitalistas nos es presentado por la profesora de la Universidad de Jaén Ana Carrasco Rosa de la siguiente manera: “Concretamente, fue partir de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los 50, cuando la producción cobró una gran importancia, contribuyendo a aumentar las necesidades; entre otras causas, porque las exigencias del propio desarrollo capitalista condujeron a una situación en la que la demanda del consumidor debía ser a la vez estimulada y orientada, en un mercado en constante expansión y transformación cualitativas internas, como consecuencia del cambio estructural del primitivo capitalismo de producción en el que podemos llamar neocapitalismo de consumo. En la sociedad postindustrial, el crecimiento económico se vincula, sobre todo, a la necesidad de conquistar nuevos mercados (lo que otorga especialísima importancia a la publicidad). Es una sociedad que necesita más consumidores que trabajadores, de donde deriva también la ascendente importancia de las industrias del ocio, que explotan el creciente tiempo libre de los ciudadanos. Desde esta óptica mercantil y despersonalizada, los sujetos tienden a dejar de ser vistos como individuos, para pasar a ser meras funciones sociales, tanto a efectos de su utilización como a efectos estadísticos, con finalidad política (electoral) o comercial (consumo)”. [11]

    Podemos afirmar, por tanto, que la sociedad de consumo de masas es producto del capitalismo industrial y de servicios que en su afán por maximizar beneficios trata de hacer llegar sus productos a una parte de la población lo más amplia posible. Pero esta nueva perspectiva del sistema económico vigente sólo es realmente viable si el consumo traspasa los límites de lo puramente racional, hasta convertirse en un elemento de connotaciones emotivas, que no sólo sirva para abastecer de productos a los consumidores, sino que a través de él los haga sentirse de alguna manera miembros de la propia sociedad, mediante el cual poder interiorizar tal sentimiento de pertenencia, así como toda una serie de componentes simbólicos que les sirvan para posicionarse de una manera más individualizada dentro de la misma. El consumo se ha de convertir así en un ritual social, un ritual cargado de connotaciones simbólicas, que no sólo determina el papel del individuo dentro de la escala social, sino, lo que es más importante, re-direcciona el funcionamiento mismo de la sociedad. Es por esta causa, al igual que con los elementos anteriormente mencionados, que se produce la necesidad de sacralizar el consumo mediante su integración en el nuevo modelo de lo sagrado que ha de regir el funcionamiento social, para con ello poder garantizar la adhesión irracional de los individuos de la sociedad a este nuevo modelo de sociedad consumista. Sólo mediante la existencia de tal adhesión emocional de los ciudadanos al consumo es factible el desarrollo de este modelo de sociedad que nace tras la segunda guerra mundial, y que actualmente abarca a todo el marco de países capitalistas existentes en el mundo. El consumo se convierte en un nuevo eje del orden social y sirve para moldear la conducta de los ciudadanos a través de un complejo sistema simbólico que abarca prácticamente todos los ámbitos y edades de la vida del sujeto. Para Baudrillard[, por ejemplo, “el consumo genera un sistema de prestigios e identidades que distorsionan las necesidades reales, anuncian la dominación del sujeto por el objeto y conllevan el peligro de conducir a una sociedad habitada por autómatas ignorantes de su interioridad y sus expectativas más genuinas”. Sin embargo, a pesar de esta advertencia profética de Baudrillard, la sacralización del consumo ha conllevado una percepción bien diferente de este fenómeno entre las masas. Lejos de ser un elemento de alienación, el ritual del consumo es percibido por el sujeto consumista como un acto de libertad (esta percepción sólo es posible en una sociedad, como la nuestra, donde el valor social de sus individuos reside más en el tener que en el ser). De alguna manera se identifica la noción de libertad con la posibilidad de consumir. La libertad es la libertad de comprar lo que se quiera y cuando se quiera, por tanto, cuantas más posibilidades haya de consumo más libre se es.

    En una sociedad donde el valor de las personas se sitúa en relación con el tener y no con el ser, el consumo, como fuente del tener (es decir, como modo de adquisición de propiedades y objetos), es percibido como un elemento de libertad, donde a mayor capacidad de consumo, mayor será la libertad del sujeto, pues el caso contrario, es decir, el desear algo y no poder obtenerlo mediante el consumo (bien por falta de recursos económicos, bien por falta de abastecimiento mercantil), es percibido como una coartación de la libertad del individuo en relación con la posibilidad de tener ese algo y, por tanto, en relación con el modelo de valoración predominante, una limitación a la libertad del sujeto para poder añadirle valor a su persona a través de tal adquisición. Cualquier cosa, desde los sentimientos más profundos a las ideas o los pensamientos creativos, pasando evidentemente por cualquier cosa que tenga como base las fuentes naturales de materias primas, e incluso los proyectos ideológicos de corte revolucionario, puede ser convertido en mercancía, puede ser integrado en la dinámica de mercado y transformado en un producto de consumo, y con ello incorporado a la dinámica significativa que tal cosa tiene dentro del marco simbólico general de la sociedad. Además, por otro lado, dentro de esta escenografía religiosa que venimos denunciando, el consumo se ha convertido también en un elemento redentor. En este caso la estrategia consiste básicamente en potenciar los sentimientos de culpabilidad de las personas para, una vez hecho esto, ponerles al alcance de la mano toda una variedad de productos que ayudarán a mitigar tal sentimiento.

    Si, como hemos dicho, los individuos hacen suyos los intereses del sistema, y este sistema funciona amparado en una determinada imagen de individuo socialmente exitoso, en aquellos casos en que el sujeto perciba que, por su dejación o irresponsabilidad, no ha conseguido mantenerse fiel al espíritu de este individuo socialmente exitoso e idealizado, se sentirá culpable de tal hecho. Así, de la misma manera que el sujeto de la Edad Media se sentía culpable por transgredir las normas morales relatadas por la Iglesia y acudía al confesionario para buscar una redención por sus pecados (que le hacían alejarse del modelo ideal de individuo virtuoso de la época), en nuestra actual sociedad consumista-capitalista el sujeto tratará de acudir al sagrado mercado para encontrar una solución que lo redima de sus pecados y que le permita continuar los más fiel posible al modelo ideal de individuo socialmente exitoso sacralizado a través de la publicidad y los medios de comunicación de masas. Si tus dientes no brillan luminosos a causa de una incorrecta higiene bucal durante los años precedentes, si tienes arrugas a los cuarenta años por no haber cuidado pertinentemente de tu piel en tiempos pasados, si nunca tuviste un buen coche por no haber sido lo suficientemente cuidadoso con el ahorro, si te sobran unos kilitos por no haber hecho el suficiente ejercicio tiempo atrás, si estás preocupado por no contribuir eficientemente al control del deterioro medioambiental del planeta, si tus amigos te consideran un ser solitario y aburrido por no haber sabido gestionar correctamente tu relación en sociedad con ellos, si las personas de tu entorno te ven como un individuo chapado a la antigua por no haber sido capaz de evolucionar con los cambios de los tiempos, en definitiva, si crees que existe algo en ti que no está a la altura de aquello que los demás esperan de ti y te sientes de alguna manera culpable por no haber sabido tomar antes cartas en el asunto –aun cuando pudiste hacerlo de haber querido- no te preocupes; el mercado te ofrecerá algún tipo de producto milagroso con el que poder expiar tu culpa y quedar redimido ante ti mismo y, sobre todo, ante los demás. En el mercado podrás encontrar siempre la solución a todos tus remordimientos (una pasta de dientes blanqueadora, una mascarilla facial rejuvenecedora, alimentación para adelgazar, productos ecológicos que cuiden el medio ambiente, etc.). Tan sólo tienes que detectar que es lo que has hecho mal en el pasado, y buscar la solución redentora que mejor pueda adaptarse a tus necesidades actuales. Esto especialmente válido para cuando el consumidor compra un producto que en sí mismo, en su uso, ya lleva asociado un comportamiento capaz de desarrollar sentimientos de culpabilidad en el sujeto que lo consume (consumo de cigarrillos, de bebidas alcohólicas, de productos contaminantes, etc.). En este caso, según reconoce el que fuera presidente del instituto para la investigación motivacional (una especie de institución norteamericana para el análisis y estudio de la manipulación de las consciencias para vender productos de manera eficiente) Ernest Dichter “cada vez que se vende un producto que proporciona satisfacción al que lo compra… hay que mitigar sus complejos de culpa… ofreciendo absolución. En general, según afirma V. Packard en su libro “las formas ocultas de la propaganda”, “Nuestros sentimientos de culpa ofrecían muchas brechas que los manipuladores en profundidad aprovecharon en beneficio de emprendedores comerciantes”, a lo que yo añadiría que estos sentimientos de culpa ofrecen también muchas brechas que las clases dominantes han sabido utilizar para mantenernos sumisos y alienados al funcionamiento del sistema, mediante el desplazamiento de la responsabilidad de los males sociales de cada cual a la misma actividad de uno, descontextualizándola de la estructura clasista general y de los modelos casi inalcanzables que se propugnan como exitosos para los sujetos de la sociedad, y dando como única solución a tales males una salida dentro de los límites del mercado y la propia sumisión a los valores inherentes a la sociedad consumista-capitalista. Además, como último apunte sobre este tema del consumo, decir que, a través de este proceso de sacralización, el consumo es convertido también en sí mismo en un elemento de ocio. Para cuando el individuo acude a comprar, previamente se le ha proyectado la idea de que no es tan importante lo que se compra, ni si quiera el acto de comprar en sí mismo, sino el conjunto de sensaciones asociadas a la compra. Comprar produce placer en el sujeto, comprar es un modo de diversión, comprar sirve incluso - para algunas personas- como terapia contra el stress o la ansiedad. Comprar se convierte así también en un elemento de características rituales, siendo por ello el consumir, junto con la transmisión de información que se da a diario a través de los informativos de la televisión, los espacios publicitarios que están repartidos por los diferentes medios y los eventos deportivos, la parte más ritual del nuevo paradigma de sacro-religiosidad consumista-capitalista[18], una parte ritual que es absolutamente necesaria en toda sociedad religiosa que se tercie.

    Así, propiedad privada, dinero, modo de producción capitalista, racionalidad económica, leyes de mercado y consumo, constituyen el grueso fundamental del modelo económico que las clases dominantes burguesas han considerado como el más adecuado para la defensa, mantenimiento y desarrollo de sus intereses y privilegios de clase. Por tanto, estas ideas –cargadas de sus respectivas connotaciones simbólicas- se han acabado por constituir, bajo el empuje de la mano burguesa, y apoyados en la propaganda, la publicidad y los medios de comunicación de masas, en el núcleo central de conceptos referenciales sobre el cual estas clases burguesas dominantes han anclado y desarrollado el proceso de gestación y consolidación de un nuevo modelo de lo sagrado de carácter hegemónico para la sociedad, modelo sobre el cual dejar anclado el fundamento de la misma, así como a partir de cual establecer e integrar en sí mismo el modelo de individuo que más eficientemente pueda actuar en relación con los fines y objetivos buscados por las clases dirigentes (un individuo consumista, egoísta, competitivo socialmente, movido por la racionalidad instrumental y vitalmente aburguesado). Y no se atreva usted a cuestionar algunas de estas ideas sacralizadas, porque directamente pasará a ser un proscrito para el sistema, un subversivo y peligroso individuo al cual se le hará caer encima todo el poderoso peso de la presión social y la indiferencia de sus conciudadanos, sus burlas y sus sornas, y, por si esto no fuese suficiente, ándese con ojo con la ley, pues, aunque parezca lo contrario a primera vista, el consumismo-capitalismo también tiene su propia inquisición: los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, los tribunales de orden público y los parlamentos burgueses que legislan según el gusto del jefe supremo, que para algo financia sus campañas.

    Notas:
    [1] Consumismo-Capitalismo, la nueva religión de masas del siglo XXI (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=68583) y La ilusión de la libertad en el Consumismo-Capitalismo: Libres de derecho, esclavos de hecho (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=68697)

    [2] Isidoro Moreno, ¿Proceso de secularización o pluralidad de sacralidades en el mundo contemporáneo?, en A, Nesti (ed.) Potenza e impotenza Della memoria. Tibergraph, Roma, 1998.

    [3] Ibid. Pag. 174, 175.

    [4] J. Locke. Ensayo sobre el gobierno civil. Prometeo. Buenos Aires. 2005

    [5] Según Fukuyama: “En contra de lo que dice Marx, el tipo de sociedad que permite al hombre producir y consumir la mayor cantidad de productos sobre la base más igualitaria no es una sociedad comunista, si no una sociedad capitalista” (F. Fukuyama, El fin de la historia, pag. 193)

    [6] "Marx, en 'El Capital', analiza al principio la relación más sencilla, corriente, fun­damental, masiva y común, que se encuentra mi­les de millones de veces en la sociedad burguesa: el intercambio de mercancías" explica Vladimir I. Lenin en "En torno a la cuestión de la dialéctica" (http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/1915dial.htm )

    [7] Para Schumpeter, “la actitud racional penetra en el espíritu humano ante todo a causa de la necesidad económica, y yo no vacilo en decir que toda lógica se deriva del modelo de la decisión económica” (J.A. Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, pag, 170).

    [8] Actualmente en todas las sociedades capitalistas se acepta sin ningún tabú la expresión “mercado de trabajo”, que denota esta relación entre propietarios de los medios de producción y poseedores de la fuerza del trabajo, según la cual el trabajador vende su fuerza de trabajo al poseedor de los medios de producción, que éste paga a través de un salario y que utiliza como una inversión para sacar un posterior beneficio económico en el devenir del proceso productivo.

    [9] La racionalidad instrumental es, por tanto, una aplicación de la razón de índole funcional, pues configura los medios que permiten conseguir unos fines razonables en una coyuntura determinada.

    [10] Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo, Publicado en “Le Monde” en Diciembre de 1998, y traducido al castellano por Roberto Hernández Montoya: http://www.analitica.com/bitblio/bourdieu/neoliberalismo.asp

    [11]Ana Carrasco Rosa: “La sociedad de consumo: origen y características" en Contribuciones a la Economía, enero 2007. Texto completo en http://www.eumed.net/ce/

    Algunas ideas sagradas en la sociedad consumista-capitalista | 05-07-2008 - 08:49:30 GMT 1 #

  12. JAUME FONT GONZÁLEZ | Barcelona:Crisis mundial:
    Todos nos preguntamos cómo hemos podido llegar a tener una crisis mundial tan profunda como la actual, pero la pura realidad es que si prestamos un poco de atención nos daremos cuenta de que esta crisis no es sino un reflejo de la poca valía de nuestros gobernantes. Los países productores de petróleo están haciendo su guerra particular a Estados Unidos y a alguno de los países europeos imputados en las diferentes guerras actuales o recientes con una subida desmesurada del petróleo.

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    La falta de previsión en la industrialización de los países emergentes está provocando una subida de precios de todas las materias primas y de los alimentos básicos. En pocos años países como China e India están doblando la producción industrial con un incremento de consumo de energía que no produce otra cosa que el calentamiento global de la Tierra. Todo lo que nos sucede no es causa de la casualidad, sino que tan sólo es una falta de interés de los gobernantes, que sólo se preocupan de sus intereses particulares, o de su falta de conocimientos en economía.

    El señor Trichet sólo sabe aumentar los intereses para que la gente no compre más, pero lo único que está consiguiendo es poner en serios problemas a los que ya habían comprado y ahora se encuentran con que no pueden controlar los incrementos de sus hipotecas. Conclusión, que tarde o temprano todo volverá a estar en poder de los poderosos, que no son otros que los que están dirigiendo el mundo en su propio beneficio. Mientras no surjan nuevos políticos que verdaderamente trabajen para los ciudadanos y sean elegidos por el pueblo y no a dedo, seguiremos de mal en peor hasta una total destrucción del planeta.

    Crisis mundial | 08-07-2008 - 21:22:20 GMT 1 #

  13. España: La crisis económica se agrava, por Pedro Montes
    Mundo Obrero, PCE (Partido Comunista de España):

    La crisis económica se agrava, o la desaceleración se profundiza, que diría el gobierno, atrapado en un ejercicio de malabarismo semántico, grotesco e inútil, cuyo fin es eludir sus responsabilidades. Los datos negativos se acumulan en avalancha, lo que deja poco lugar para la duda de que nos adentramos en un período de intensa degradación de la economía que, por lo mismo, no podrá ser breve, como pretende difundir el gobierno. La caída de la producción, la caída del consumo, el aumento del paro, el estallido de lo que finalmente ha sido una burbuja inmobiliaria, el alza de la inflación, la subida de los tipos de interés, el déficit exterior incontenible, el superávit del sector publico a las primeras reabsorbido, las restricciones de crédito, la morosidad creciente de la banca, el precio del petróleo en record, las crisis energética y alimentaría sobrevolando el mundo ....., todo contribuye a pintar un cuadro oscuro, con componentes sociales de ruido, furia y desesperación que lo convierten en sombrío, donde no existe ningún punto iluminado para hacerse la ilusión de que el túnel tiene final.

    En la economía española confluyen tres circunstancias o elementos de crisis, cualquiera de los cuales, aisladamente, podría ocasionar una grave situación pero que combinados dan como resultado un diagnóstico y un pronóstico inquietantes en grado sumo.

    La crisis financiera

    Está en primer lugar la inestabilidad financiera internacional, desatada desde el verano pasado por lo que se conoce como la crisis de las hipotecas "subprime", hipotecas de alto riesgo de impago. Se inició en Estados Unidos, pero ha contaminado a todo el sistema financiero mundial y ha provocado ya una reducción de las expectativas de crecimiento, sin que se descarten acontecimientos y perturbaciones mucho más peligrosas. No se tiene un conocimiento y una valoración precisos, por los enigmas que encierra el manto financiero que envuelve la economía mundial y los intereses en juego (nadie reconoce su delicada situación financiera para evitar precipitar la bancarrota), pero hay una preocupación máxima, como se pone de manifiesto por las frecuentes reducciones del tipo de interés llevadas a cabo por la Reserva Federal y las masivas inyecciones de liquidez decididas por las autoridades monetarias, con el fin de amortiguar tensiones en los mercados y taponar los múltiples agujeros financieros que surgen y que amenazan con el desplome financiero. Esta situación puede estar afectando a algunas instituciones crediticias españolas, de ello hay rumores, y ejerce un impacto negativo en el clima de una economía tan globalizada como la española, caracterizada por su gran endeudamiento –los pasivos frente al exterior representan más del doble del PIB-, su intenso desequilibrio de la balanza de pagos y su acusada dependencia de la financiación externa.

    LA BURBUJA INMOBILIARIA ESTALLA

    Pero al margen de la crisis internacional, el capitalismo español ha gestado su propia crisis, puesta fundamentalmente de manifiesto por el hundimiento de la actividad en el sector de la construcción y la crisis inmobiliaria. Los muchos excesos que se han cometido en el pasado, en todos los sentidos, tenían que dar inexorablemente paso a una ruptura abrupta del ciclo y revelar la falta de solidez de la situación tan insensatamente proclamada por el gobierno. Las viviendas deshabitadas se cuentan por millones, las invendidas por cientos de miles y siguen acumulándose mientras concluyen las ya iniciadas, en tanto que la demanda ha caído en picado por los precios –una verdadera extorsión-, las restricciones de crédito y el alza de los tipos de interés, Se ha generado un desajuste muy grande entre la oferta y la demanda de un bien no perecedero que tardará tiempo en desaparecer y marcara la coyuntura de los próximos tiempos.

    La caída del sector de la construcción está arrastrando a otras muchas actividades económicas, lo que ha llevado a concluir, por fin, que el modelo de crecimiento anterior se ha agotado. Se propone con ingenuidad cambiarlo para salir de al crisis, sin tener en cuenta que ello es algo que no puede decidirse burocráticamente y hacerse de la noche a la mañana, sino algo muy complejo que, de intentarse en serio, llevaría mucho tiempo, muchos recursos y más coherencia y planificación de las que el sistema puede proporcionar.

    Por otra parte, han surgido, con características propias pero de la misma naturaleza que los riesgos "subprime", problemas financieros relacionados con los créditos hipotecarios y la financiación a las inmobiliarias, sobre cuyo crecimiento ha descansado la actividad y la especulación de los últimos tiempos. Estos problemas empiezan a tener repercusión en la salud del conjunto del sistema bancario y la financiación de otras actividades, que no siempre son solucionables por la vía de inundar de liquidez el sistema, pues existen problemas adicionales de solvencia, fiabilidad y riesgos de impagos. El endeudamiento ha crecido a ritmos sin parangón con la actividad real de la economía, y en particular el de las familias, cuya hipotecada situación pesa ahora sobremanera en la demanda de consumo.

    La crisis del sector exterior

    Junto a estos problemas, que sin perjuicio de su gravedad podrían considerarse coyunturales, la economía española está atrapada en una crisis estructural derivada de su inserción, no digerida, en el mercado y la moneda únicos. Si se aclaran o se superan la crisis financiera y la crisis del "ladrillo", todavía habrá que hacer frente, sin instrumentos para ello, a la crisis exterior de la economía española.

    Desde un práctico equilibrio de la balanza por cuenta corriente en 1998, en vísperas la implantación del euro, en el 2007 se ha registrado un déficit que supera el 10% del PIB. En cifras absolutas es el segundo mayor déficit del mundo, después del de Estado Unidos. Se ha alcanzado con un crecimiento relativamente más intenso que el de otras economías de la Unión Europea, pero también después de una evolución económica propicia para mantener la competitividad, como lo revelan el retroceso de poder adquisitivo de los salarios o la precariedad extrema del empleo. La existencia del euro, o lo que es equivalente, la inexistencia de una moneda propia que detecte y resienta el desequilibrio exterior, enmascara y oculta los problemas derivados de un déficit tan enorme, pero no por ello desaparecen los problemas reales que implica: a saber, en primer lugar, que la producción interior no cubre las necesidades de la demanda: ésta se cubre con importaciones crecientes por no ser las mercancías españolas suficientemente competitivas, con el resultado que el crecimiento del PIB y el empleo del país es menor que el impulsado por la demanda. En segundo lugar, que la economía, a consecuencia del déficit, se ha endeudado a un ritmo vertiginoso. Baste decir que el endeudamiento exterior de la economía española en 1998, esto es, la diferencia entre los pasivos y los activos exteriores era del 28,8% del PIB y que en el 2007 ese porcentaje se elevó al 70%.

    La pérdida de competitividad, reflejada en un déficit de la balanza por cuenta corriente, tuvo una importancia no desdeñable en la anterior crisis económica, la del principio de los noventa (un déficit, para compararlo con el actual, que en 1991 y 1992 fue "sólo" del 3 % del PIB), pero gracias a la devaluación de la peseta pudieron relanzarse las exportaciones y con ellas posteriormente el resto de la demanda. Ahora esa posibilidad no existe, por lo que el problema está planteado sobre el tapete con una gravedad insólita.

    Y AHORA.....

    El gobierno está superado por los acontecimientos como es evidente. No obstante, mantiene un extraño nivel de combatividad para negar lo que sucede, en un intento de sacudirse sus ineludibles responsabilidades. Si durante la anterior legislatura se jactó, sacó tanto pecho, y también provecho, de lo bien que iba España, ahora debe asumir el desastre y reconocer que en buena medida es consecuencia de una evolución económica perversa consentida. Con bastante incompetencia, no se enteró de que España no iba bien. El componente dramático de la crisis es que después de haberse aceptado con tanto entusiasmo los postulados de neoliberalismo - el Estado debe sacar sus "sucias" manos de la economía- y de haberse convertido en un adalid de la construcción neoliberal Europa, ahora el gobierno no sólo está inerme para afrontar situaciones de crisis, tras haberse despojado de los poderes e instrumentos que históricamente tenía disponibles para intervenir y regular las economías, sino que también está maniatados por los compromisos de pertenencia a la Unión Europea, cuyas directrices no siempre son ajustadas o convenientes a las particularidades de cada país.

    Decíamos al principio que el gobierno instalado en las nubes pretendía eludir responsabilidades. Por ser más exactos, habría que decir que el gobierno no tiene soluciones para afrontar la crisis, fuera de los muy estrechos márgenes que puede conceder el gasto público. Una crisis cuyas consecuencias económicas sociales y políticas pueden ser pavorosas y que desde la izquierda habría intentar combatir, afrontando a su vez lo evidente: que en el marco del mercado y la moneda únicos no hay solución para la crisis en nuestro país y mucho menos para implantar las mejoras y alcanzar las aspiraciones por las que se lucha. Pavor parece dar el tema, el miedo parece paralizar el pensamiento, pero la cuestión será ineludible.

    Como un pequeño homenaje al Che en estos días en que recordamos el 80 aniversario de su nacimiento, diremos como él: "Tenemos la necesidad imperiosa de pensar, ¡imperiosa!".

    España: La crisis económica se agrava | 10-07-2008 - 07:49:05 GMT 1 #

  14. The UK’s First National Security Strategy: A Critical and Selective Evaluation

    Frank Gregory
    4/7/2008
    Theme: In March 2008 the Prime Minister presented in Parliament the National Security Strategy of the United Kingdom, a plan that includes counter-terrorist and civil contingencies dimensions.

    Summary: The UK’s first National Security Strategy (UK NSS, published in March 2008) which covers what are now recognised as the much expanded inter-connected domains of internal and external security is critically reviewed as a belated response to the ‘new security agenda’ (Buzan, 1983). The analysis uses Edwards (2007) set of key questions as a framework to examine prioritisation, inter-agency response integration, risk awareness and management, response leadership and accountability. The analysis notes that, despite the breadth of issue coverage in the UK NSS, the strategy is currently very heavily weighted in both focus and content detail towards the counter-terrorism strategy (‘Contest’) both as a priority issue area and as offering transferable ‘best practice’ to some non counter-terrorist (CT) issue areas. This ARI paper will, first, highlight the CT aspects of the NSS, secondly, identify the wider but related civil contingencies aspects of the NSS and, thirdly, focus on issues of UK NSS implementation and accountability.

    Analysis: For much of the post-World War II era the concept and promulgation of a specifically titled ‘national security strategy’ has been very much symbolised by US practice following its post-WWII National Security Act. By contrast, recent UK practice, in a more fragmented fashion, was to have a ‘foreign policy’, a ‘defence policy’ and since 2003 a specific ‘counter-terrorism’ strategy, known as ‘Contest’ and an updated civil emergencies framework set out in the Civil Contingencies Act 2004.

    Within UK government policy and practice it had long been customary to refer to ‘national security’ mainly in the context of threats from foreign powers to the security of Britain as a state. The term is also used in a more narrow sense to refer to the objectives of the duties of the UK’s security and intelligence services (MI5, MI6, GCHQ and the police Special Branches). However, the publication, in March 2008, of the UK’s first ‘National Security Strategy’ (UK NSS) acknowledges that ‘Over recent decades, our view of national security has broadened to include threats to individual citizens and to our way of life, as well as to the integrity and interests of the state’.[1] In many ways the UK NSS seems to be a belated high-level recognition that contemporary security concerns go beyond the traditional confines of ‘hard security’ and now encompass ‘soft security’ areas such as trans-national crime, the environment and terrorism, which were identified in the 1980s by Buzan and others[2] and often called the ‘new security agenda’. Prior to the publication of the UK NSS, these new security concerns were gradually permeating, in a rather ad hoc fashion, UK defence policy and the emerging updated policies on civil contingencies. For example, in 2002 the UK’s Strategic Defence Review’s ‘New Chapter’ made specific reference to the military’s contribution to counter-terrorism (CT).

    In the wider EU context the UK NSS is one among a number of such policy documents now being produced by EU Member States. In particular, the 2004 and 2007 entrants have seen their alignment to NATO and EU policy requirements as necessitating the development of a specific and wide-ranging NSS under the provisions of their constitutional law. For example, the Polish Government’s National Security Strategy (2007) refers to the fact that its goals are derived from the articulation of its national interests in the Polish Constitution. Hungary describes its NSS as deriving from Resolution No. 94/1998(XII.29) of the Hungarian National Assembly on ‘The Basic Principles of the Security and Defence Policy of the Republic of Hungary’ which makes the Hungarian Government responsible for the National Security Strategy and National Military Strategy.[3] Moreover, Hungary states that its NSS is in line with NATO’s 1999 strategic concept and the EU’s European Security Strategy. These approaches to a national security strategy can be seen as a sort of gründnorm-based approach.

    By contrast the UK appears to have adopted, by the production of its first NSS, a sort of ex post facto rationalisation based upon the existence of a number of existing discrete initiatives, such as the ‘Contest’ CT strategy. It might also be seen as part of the Prime Minister Gordon Brown’s attempts to foster a greater political and public consensus on CT, than was achieved by Tony Blair, by placing the CT response within a wider framework of security concerns.[4] These wider concerns are expressed as follows in the NSS:

    ‘The Cold War threat has been replaced by a diverse but interconnected set of threats and risks, which affect the United Kingdom directly and also have the potential to undermine wider international political stability. They include international terrorism, weapons of mass destruction, conflicts and failed states, pandemics, and trans-national crime. These and other threats and risks are driven by a diverse set of underlying factors, including climate change, competition for energy, poverty and poor governance, demographic changes and globalisation’UK NSS, para 1.3).

    The aim of the NSS, in the above context is said to be ‘to set out how we will address and manage this diverse though interconnected set of security challenges and underlying drivers’ (UK NSS, para 1.4). Moreover, all the NSSs of the EU Member States referred to, recognise the clear interrelationship of the domains of internal and external security and that their issue content goes far beyond the traditional confines of military conflict or terrorism.

    In February 2007 the UK think-tank Demos published a report titled ‘The Case for a National Security Strategy’, which focused on the situation in the UK.[5] The Report suggested a number of criteria by which an NSS could be evaluated. These points, together with some other critiques of the UK NSS which have been produced since its publication, will be used to provide the critical framework for this paper. Drawing on the risks associated ‘with the lack of a holistic approach by government to national security’, identified as a generic problem in a Dutch official review, the Demos Report suggested that the UK NSS should be assessed from the perspective of its possible contribution to resolving the following issues:

    Does the NSS offer the prospect for developing a more integrated response framework?

    Does it adequately provide for mechanisms to recognise and raise awareness of the early signs of new threats or hazards?

    Does it recognise and seek to address any deficiencies in risk analysis and risk identification?

    Does it contain a clearly thought out method of prioritisation?

    Does it offer an adequate leadership model?

    This ARI concentrates primarily on the CT aspects but also discusses the CT aspects within a wider UK civil contingencies response context, which was most recently set out in the Civil Contingencies Act 2004. This paper will, first, highlight the CT aspects of the NSS, secondly, identify the wider but related civil contingencies aspect of the NSS and, thirdly, focus on issues of UK NSS implementation and accountability.

    Under its ‘Guiding Principles’ the UK NSS states:

    ‘At home, our aim should be that people are able to go about their business without fear and with reasonable assurance of safety. Some risk is inevitable, and the Government’s role is to minimise and anticipate it… In a wider interdependent world, we cannot opt out of overseas engagement. But overseas especially we need to be realistic, and set realistic expectations, about what we can achieve’ (UK NSS, para 2.2).

    The UK NSS, CT and the Wider Security Agenda: A Blueprint for Prioritisation and an Integrated Response Framework?

    In a sense, the way the NSS is written suggests by both textual space allocation and order of issue treatment that the ‘method of prioritisation’ is almost solely defined by a form of Prime Ministerial-led political agenda from Blair to Brown that places CT as the top priority. In this context, one can suggest that this prioritisation also reflects the influence of ‘Contest’ and recent national security reforms such as the setting up of the Joint Terrorism Analysis Centre (JTAC), the establishment of the Office of Security and Counter- Terrorism (OSCT) within the Home Office and the provision of a new single Security and Intelligence budget, which all serve to privilege the packaging of information on the terrorism threat to Ministers, in both its wider and narrower meanings. By contrast, no similar high-profile strategies or organisational changes are to be found relating to, for example, climate change. Moreover, in its itemisation of national security reforms since 2001 it is noteworthy that six of the items relate to CT, one relates to trans-national organised crime and none relate to other new concerns like pandemics and flooding, that also appear in the UK NSS. Indeed, it is also rather surprising that the major piece of general underpinning legislation relating to many aspects of the ‘new security agenda’ including terrorism, the Civil Contingencies Act 2004, is not given grater prominence whilst the CT legal process is accorded a bullet point of its own in the UK NSS.

    Indeed, the Government seems to see its developing multi-sector approach to CT as a model capable of wider application in the national security sphere. The NSS states that the Government ‘will build on the coalition of public, private and third sectors already involved in counter-terrorism… [and] work with owners or operators to protect critical sites and essential services; with businesses to improve resilience; with local authorities and communities to plan for emergencies and to counter violent extremism’ (UK NSS, para 2.5). Moreover, in the specific identification of ‘Security Challenges’, whilst terrorism; weapons of mass destruction (WMD), trans-national organised crime and global instability and conflict receive separate sections, everything else is lumped under ‘civil emergencies’. Under ‘civil emergencies’ we are told that the Government monitors ‘closely the risks of infectious disease, extreme weather, and man-made emergencies’ (UK NSS, para 3.22). In one sense, this is an oddly disjointed series of listings because two of the civil emergencies can be related to climate change, which the Government later recognises as ‘potentially the greatest challenge to global security and stability’ (UK NSS, para 3.34). Moreover, to add further confusion in terms of priority, in his Statement to the House of Commons on the NSS, Brown, referring to security challenges to UK citizens, there states that ‘the most serious and urgent remains the threat from international terrorism ’.[6]

    In summary, the UK NSS does not contain or even refer to a clear methodology for NSS issue prioritisation. Although, as Feakin notes,[7] it does recognise ‘interconnectivity’ in its widest senses in relation to threats, risks and drivers and modes of governance response, he sees the NSS as the ‘genesis of pan-governmental joined up thinking on security’. However, UK governance is littered with recognitions of the need for inter-agency working and evidence of the failures to implement these requirements, as Cornish notes: ‘Cross-governmental policy initiatives are fraught with difficulty, and often only survive at the lowest level of the lowest common policy denominator’.[8] A good example of this problem of cross-governmental policy delivery is provided by the implementation implications of the Prime Minister’s statement that the Home Secretary and Secretary of State for Communities and Local Government will be reporting on additional measures ‘that we propose for young people in colleges and universities, in prisons and working in faith communities to disrupt the promoters of violent extremism, all building on the support of the vast majority of people of all faiths and all backgrounds who condemn terrorism’. These proposed measures imply the provision of integrated working by a very diverse collection of public sector and private sector policy actors.

    Risk/Threat Awareness: Analysis and Management

    In general, the UK NSS is all about ‘issue awareness’, as it devotes much space to identifying all the currently conceivable risks, threats and challenges. However, none of the three terms in italics are actually defined in the NSS and they seem to be used in a rather random fashion in the text, although Endnote 3 does refer to the meanings of the five national threat levels in relation to a possible terrorist attack. Elsewhere, for example, trans-national crime, pandemics and flooding are described as both threats and challenges. Thus a number of commentators, including the Conservative Party leader, David Cameron, have described the NSS as more of a ‘list’ in relation to the issues raised rather than a clear strategy to tackle the issue.[9] In one sense, therefore, NSS does show quite a good issue awareness, but that is only at a very basic level, for instance, discussions of rising energy demands and population pressures. In the NSS, assessments of responses, in terms of the identification, analysis and managements of issues which might be variously classed as threats, risks or challenges, show a variability of depth of response across what are called the major security challenges. This is shown in the sections below.

    In counter-terrorism, reference is made to: organisational structures such as JTAC, the multi-departmental Research, Information and Communications Unit (RICU), the OSCT, the ‘Contest’ (4Ps) Strategy and the CT & Intelligence budget, while a six-point ‘future priorities’ programme is identified.

    In countering the WMD threat, reference is made to: an approach that is ‘fully integrated across Government’ (UK NSS, para 4.16) and involves working with partners outside the UK and in the private sector. The approach is described by four ‘Ds’ (Dissuade, Detect, Deny and Defend) and has a six-point ‘future priorities’ programme.

    In tackling trans-national organised crime, reference is made to: rising police numbers, the recent formation of the Serious Organised Crime Agency (SOCA) and the Borders and Immigration Agency (BIA) and adapting ‘Multi-Agency Public Protection Arrangements’ (UK NSS, para 4.28) from their original usage in tackling sexual and violent offenders to target organised crime and this challenge has a four point ‘future priorities’ programme.

    In tackling global instability, conflict and failed and fragile states, reference is made to: the optimum of a multilateral approach, the need for ‘early and continuing analysis and understanding’, a strengthened UK capacity to monitor effects of UK actions and ‘more systematically learn the lessons of our experience’ (UK NSS, para 4.39). In other respects, the response is more ‘case-by-case’, for example, the new 2007 UK strategy for Afghanistan and a three-year commitment of £243 million to security and economic stability in the Occupied Palestine Territories. Future funding is smaller than for CT, with £269 million in a Stabilisation Aid Fund supported by a Stabilisation Unit drawn from the Foreign, Defence and Overseas Development Ministries and a three-year £327 million Conflict Prevention Pool managed jointly by the same Ministries. This challenge has a six-point ‘future priorities’ programme attached to it but these are very general, for example: ‘building the capacity of weak states and regional organisations to prevent and resolve conflicts’ (UK NSS, p. 61).

    In planning for civil emergencies and resilience, reference is made to: the response framework set out in the Civil Contingencies Act 2004; a nationwide resilience network coordinated by the Cabinet Office; assessing, planning and building capacity to tackle flooding (reference is made to the Pitt Review on the 2007 floods)[10] and pandemics in the UK; and the publication, in 2008, of a national-level risk register and a review and possible strengthening of the 2004 Civil Contingencies Act. These matters are all reflected in a five-point ‘future priorities programme’.

    By contrast, the challenges of ‘tackling climate change’, ‘tackling energy security’ and ‘tackling poverty, inequality, and poor governance’ are much less well articulated in terms of response, although reference is made, for example, to a systematic and detailed analysis of climate change effects on the UK (with £100 million for research over five years) and reference is made to an ‘integrated energy strategy’ that, however, has an extremely broad agenda, much of which is outside the UK’s direct control (UK NSS, paras 4.89-4.90).

    Conclusions

    Does the UK NSS Offer a Clear Leadership Model Over the Range of Identified Issues?
    The UK NSS and associated documentation[11] at present offers a leadership model that is currently rather heavily weighted towards the more traditional understandings of security and counter-terrorism. At the top is the National Security Committee set up in 2007 and chaired by the Prime Minister, but one can question how this will relate in non-defence or terrorism areas to the ‘lead department’ model for risk identification, analysis and response as set out in the Civil Contingencies Act 2004. A Centre for the Protection of National Infrastructure (CPNI) was established in 2007 as an interdepartmental organisation but its remit is again weighted as it only provides ‘advice on information, physical and personnel security to businesses and organisations across the national infrastructure’ (UK NSS, para 4.106). Although the Government plans to give the Intelligence and Security Committee of parliamentarians a more public and enhanced scrutiny role, its remit still remains focussed on the more traditional security areas of espionage, WMD threats and terrorism.

    The structures and systems necessary to address the full range of ‘new security agenda’ challenges identified in the UK NSS are, as yet, much more embryonic in form. Thus we are told in the UK NSS that:

    Cabinet secretariats are being reviewed to improve organisation working coherence and effectiveness across government –but this is a goal that has been stated many times before: is it deliverable?–.

    Still in the consideration stage is an aspiration to look at how to strengthen ‘the Government’s capacity for horizon-scanning, forward-planning and early warning to identify, measure, and monitor risks and threats’.

    A national security forum is planned with a membership drawn from ‘business, academics, community organisations and military and security experts from outside Government’ to advise the National Security Committee but, as yet, there are no details of its remit or structure.

    A National Risk Register, updated annually, is planned.

    A key requirement in respect of this wide-agenda NSS and its accompanying systems is a mechanism to hold Government accountable for the implementation of this ambitious strategy. At present this would depend upon the rather disparate scrutiny practices of Commons’ departmental select committees and the reviews carried out by the Commons’ Public Accounts Committee on the basis of reports from the National Audit Office. However, the UK NSS does hold out the prospect of the creation of a ‘joint Parliamentary National Security Committee to help monitor the implementation and development of this strategy’ (UK NSS, p. 60). At present, as Cornish has pointed out, the UK NSS has too much description in its content. We await the articulation of a much more specific strategy for implementation for which the Government can be held accountable, in their spheres of responsibility, for matters such as the fact that over 4,000 UK households are still in temporary accommodation after the summer 2007 floods. This represents a degree of human suffering that would have received much higher political and public attention had it been terrorist-related.

    Frank Gregory
    Professor of European Security, School of Social Sciences, University of Southampton

    --------------------------------------------------------------------------------

    [1] Cabinet Office, ‘The National Security Strategy of the United Kingdom, security in an interdependent world’, Cm. 7291, The Stationery Office, March 2008, para 1.5, accessed 1/VI/2008 through http://interactive.cabinetoffice.gov.uk/documents/security/national_security_strategy.pdf.

    [2] People States & Fear, 1983, and Regions and Powers – The Structure of International Security, 2003.

    [3] Hungarian Government, ‘The National Security Strategy of the Republic of Hungary’, http://www.mfa.gov.hu/kum/en/bal/foreign_policy/security_policy/national_sec_strat, accessed 1/IV/2008.

    [4] For a detailed conceptual critique of this type of strategy document see the discussion of the EU’s CT strategy in R. Bossong, ‘The Action Plan on Combating Terrorism: A Flawed Instrument of EU Security Governance’, Journal of Common Market Studies, vol. 46 (1), January 2008, p. 27-48.

    [5] C. Edwards, ‘The Case for a National Security Strategy’, Demos Report, DEMOS, February 2007.

    [6] Prime Minister Gordon Brown, Statement to the House of Commons, ‘National Security Strategy’, House of Commons Hansard Debates, 19/III/2008, cols. 925-929, http://www.publications.parliament.uk/pa/cm2000708/cmhansard/cm0821319/debtext/80, accessed 9/IV/2008.

    [7] T. Feakin, ‘The National Security Strategy – The Golden Thread of Interconnectivity’, RUSI, 2008.

    [8] P. Cornish, ‘The National Security Strategy of the United Kingdom – How Radical Can it Be?’, Experts’ Comment Chatham House, 26/III/2008, http://www.chathamhouse.org.uk/media/comment/nss/, accessed 9/IV/2008.

    [9] ‘Brown unveils national security strategy’, Public Servant Daily, 19/III/2008, http://www.publicservice.co.uk/news_story.asp?id=5476, accessed 16/VI/2008.

    [10] Sir Michael Pitt, ‘The Pitt Review: Lessons Learned from the 2007 Floods’, June 2008.

    [11] See Prime Minister Gordon Brown’s ‘Statement on Security’ to Parliament of 25/VII/2007.

    The UK’s First National Security Strategy: A Critical and Selective Evaluation | 10-07-2008 - 19:32:51 GMT 1 #

  15. Crisis financiera, crisis del ladrillo, crisis de la energía:
    Somos campeones de la Eurocopa, pero también campeones del mundo en déficit exterior, campeones de Europa en el aumento de las tasas de paro -10% frente al 7,2% de la eurozona- y en inflación.
    El Banco Central Europeo (BCE) ha elevado de nuevo los tipos de interés. Estamos en el 4,25%, el nivel más alto desde que llegó el euro. Su repercusión será forzosa en los porcentajes de interés hipotecario –el euribor se sitúa ya en un 5,4%,- que ya estrangulan a millones de españoles. La restricción crediticia asfixia además la actividad productiva. El crecimiento del crédito es el más bajo de los últimos 15 años. El crédito barato ha sido la gasolina que ha movido la economía española desde la última recesión (lo que explica su elevado endeudamiento privado). Sin él, las posibilidades de recuperar umbrales de crecimiento aptas para generar algo de empleo (en torno al 3%) son simplemente imposibles.
    La crisis del “ladrillo” no ha hecho más que empezar. Muchas de las casas que hoy se están construyendo se iniciaron antes de que estallara la burbuja financiera. En un contexto de restricción del crédito, conforme terminan los trabajos van a engrosar el stock de viviendas sin comprador, que ya se aproxima al millón.
    El IPC se ha disparado al 5,1 %, socavando la capacidad de compra de los salarios y las pensiones. El derrumbe del consumo es ya un hecho palpable salvo para Zapatero, cuya máxima preocupación es evadir toda responsabilidad en lo que está pasando. Él no tiene la culpa de nada. La culpa de la inflación es de la escalada del precio de las materias primas, básicamente del petróleo, cosas que, como todo el mundo sabe, “están fuera de su alcance”. Por supuesto, él no es responsable de las alzas del crudo. Pero sí es responsable, después de cuatro años de gobierno, de que los hidrocarburos -petróleo y gas natural-representen el 82% de nuestro consumo energético total, más del doble de la media de la UE-, donde los hidrocarburos representan el 40% de la energía total. Todo ello por descartar la energía nuclear, cediendo a la presión de Francia, los ecolojetas y los grandes intereses petrolíferos. Presume de haber incorporado las energías renovables, pero éstas suponen tan sólo un 10% del consumo total, dado sus elevados costes de generación, después que los gobiernos del régimen, empezando por los del PSOE, han destruido cientos de miles de hectáreas de cultivos bajo los dictados de Eurolandia.
    En diciembre pasado, Zapatero mantenía unas previsiones de crecimiento del PIB de un 3,3%. Ahora olbes ha debido reconocer que el PIB tenderá a cero en el segundo semestre, al tiempo que 2009 arrojará un panorama incluso peor
    Un régimen del gran capital
    El Partido Nacional Republicano ha definido al régimen juancarlista como un régimen del capital financiero y oligopolista, subordinado a los grandes poderes de Eurolandia. Esto significa dos cosas. Que ese régimen es incapaz de evitar el estallido de las crisis cíclicas que acompañan a la forma de vida capitalista; un estallido que, además, asume en nuestro caso formas especialmente virulentas ya que carecemos de cualquier autonomía financiera (acuerdos de Maastrique y papel del BCE) y energética. Y que cualquier gobierno de ese régimen, aunque se llame socialista, no tiene otra función ante esas crisis que descargarlas sobre el mundo del trabajo y socializar las pérdidas del capital.
    Así lo muestran los “paquetes de medidas” que anuncia Zapatero.
    “Planes de choque” para rescatar al ladrillo
    Entre las medias anunciadas por Zapatero destaca una importante inyección de fondos públicos –unos 65.000 millones de euros-, distribuida en varios ejercicios, en forma de créditos en condiciones más favorables que las del mercado, destinada al salvamento de los héroes del ladrillo, inmobiliarias, promotores y empresas, dándoles salidas a través de la reconversión en VPO, rehabilitación de viviendas e infraestructuras hoteleras, etc.
    ¿Cómo se financiará este plan de rescate? Solbes asegura que el superávit en el conjunto de las Administraciones Públicas y la reducción de la deuda pública conseguida en los últimos años dan al gobierno de Zapatero un margen de maniobra para llevar a cabo “nuevas actuaciones discrecionales”. Afirma, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que las cuentas públicas cerrarán este año con un equilibrio “razonable”. En realidad, tal “equilibrio” avanza hacia la desaparición del superávit en 2008 –ya se ha esfumado el 80%- e incluso hacia la llegada del déficit. Por ello, el aumento de los compromisos financieros anunciados no tiene otra salida que el incremento de la deuda pública (recaudación de impuestos futuros por parte del Estado) y el incremento de la presión fiscal sobre los trabajadores.
    La falacia de los pactos sociales
    Parece que vamos a un colapso global. Cuatro millones de parados a fines de 2009, inflación galopante, endeudamiento público astronómico… ¿Zapatero no había previsto esta situación porque “estaba en las nubes”? Zapatero ha mentido durante casi un año negando los nubarrones que planeaban sobre la economía, mientras preparaba lo que considera su alternativa decisiva. Ya anunció durante la campaña electoral que una de las iniciativas principales de su gobierno sería la de convocar a los agentes sociales para concertar un gran acuerdo económico-social.
    Se bosqueja un gran pacto entre gobierno, patronal y sindicatos. Ya ha tenido lugar una primera toma de contacto. De momento, consiste en que no se tomará medida alguna que no sea el resultado de un pacto previo entre esos mismos agentes. Frente a los “decretazos” de Aznar, el talante de Zapatero.
    Los pactos sociales tienen como ingrediente una falaz manipulación del patriotismo. Hacer pasar por interés nacional el interés de los grupos hegemónicos, a cambio de prebendas a los aparatos de los “interlocutores sociales”.
    El interés de los trabajadores españoles es el interés general de la Nación española. Los trabajadores –asalariados, autónomos, profesiones independientes, negocios familiares- somos la Nación, por número y por constituir su única fuerza creadora. Banqueros y jerifaltes de las grandes concentraciones de capital son sólo una ínfima minoría de parásitos.
    La estrategia de Zapatero
    En el momento actual, Zapatero escucha complacido el griterío tatcheriano del Banco de España, voceros del PP, doctrinarios neo-liberales de la COPE: supresión del impuesto de Sociedades, rebaja de las cuotas patronales a la seguridad social, gratuidad total del despido, eliminación del salario mínimo inter-profesional, vinculación de la actual crisis económica al sistema de pensiones, acusándolo de amenazar las finanzas públicas, etc. Esta vociferación salvaje ayudará al “partido de los pobres” y a su “gobierno de España” a componer una imagen de moderación y preocupación social, aderezada con defensa del interés general, afán patriótico y consenso. Al final, con algún retraso y algunos aspavientos, Rajoy terminará sumándose.
    La orientación del gobierno y sus socios insistirá ante todo en la moderación salarial. Según los manuales oficiales, las alzas retributivas empeoran la inflación y las tensiones inflacionistas afectan negativamente a la creación de empleo. Una nueva congelación de los salarios de los funcionarios es más que probable. Pero, además, se hace aconsejable una atemperación de las cláusulas de revisión salarial presentes en el sistema de negociación colectiva, pues fomentan la transformación de los impulsos inflacionistas que, como todo el mundo sabe, son momentáneos, en alejamientos duraderos de la senda de moderación salarial.
    Los “interlocutores sociales” serán invitados a reflexionar no sólo sobre el incremento de los costes salariales, sino también sobre la flexibilidad del mercado de trabajo. Naturalmente, se afirma que se tratará de compaginar la flexibilidad con la seguridad. Por ello asistiremos a nuevas variantes de los contratos indefinidos-basura puestas en obra por las últimas reformas laborales de Zapatero.
    Si a alguien no se puede responsabilizar de la inflación es a los trabajadores. La moderación que se nos va a exigir la hemos venido soportando ya durante todo este tiempo. Mientras ha durado la bonanza económica, los incrementos salariales no llegaban al 4% -apenas han mantenido el poder adquisitivo-; sin embargo, la mayoría de los beneficios empresariales se han situado año tras año en tasas de dos dígitos. Durante la legislatura Zapatero el 60% de las familias perdió renta
    El origen de la actual crisis no se encuentra en el comportamiento de los salarios. Proviene de la burbuja creada durante todos estos años en el sector de la construcción y que ahora se ha pinchado al subir los tipos de intereses y la inflación. Tampoco es nuestra culpa el encarecimiento del dinero. De esto son responsables quienes nos han integrado en el engendro de Eurolandia y se someten los dictados monetaristas del BCE, funcionales con los interesas del capital financiero centro-europeo. Y ya hemos visto el impacto que tiene sobre la inflación la renuncia del vigente régimen a procurar una cierta autonomía energética.
    Resistencia
    Si los trabajadores españoles no plantamos cara no sólo no podremos avanzar hacia objetivos superiores, que exigen un drástico cambio de régimen social. Vamos incluso a sufrir un formidable retroceso en las actuales condiciones de trabajo, ya deplorables. Resistencia a los pactos de moderación salarial, a la desregulación de los convenios, a las nuevas reformas laborales, a la disminución progresiva de los gravámenes sobre las rentas de capital y de los beneficios empresariales, al incremento de la presión fiscal sobre el consumo, a las desigualdades en retribuciones y condiciones de trabajo impuestas por los caciques autonómicos… Esa resistencia no se puede traducir ya en presiones reivindicativas a la patronal, sino en objetivos políticos contra el gobierno y sus eventuales “interlocutores sociales”. Y cada vez menos es la huelga el método de acción apropiado, sobre todo en las actuales circunstancias de crisis. Es la acción directa y masiva tomando las calles.
    No se nos ocultan los obstáculos con que toparemos. El primero de ellos, las grandes centrales sindicales. Éstas no constituyen órganos de defensa de los trabajadores, sino aparatos de preservación del orden social capitalista y parte integrante de su Estado. Viven esencialmente de sus subvenciones. Su función es la de cámaras de intoxicación y dispositivos de control de los asalariados para impedir el desbordamiento de las soluciones del gran capital y su gobierno. En consecuencia, la resistencia a los pactos sociales tendrá que hacer “memoria histórica”. Deberá recuperar formas de acción y democracia directa, basadas en las asambleas y comités electos en las mismas, que permitan la movilización genuina del trabajo y su generalización, echando por la borda a los lugartenientes laborales del Borbón, de Zapatero y de Botín.
    Secretaría General del
    Partido Nacional Republicano
    Julio de 2008

    Partido Nacional Republicano: Crisis financiera, crisis del ladrillo, crisis de la energía | 11-07-2008 - 19:03:11 GMT 1 #

  16. Capitalismo del desastre: estado de extorsión, por Naomi Klein: Desde que el petróleo sobrepasó los 140 dólares el barril, hasta los locutores de derechas más furibundos se ven forzados a demostrar su credo populista dedicando una porción de sus programas a machacar a las compañías petrolíferas. Algunos han ido tan lejos como para invitarme para mantener una amistosa charla sobre un insidioso nuevo fenómeno: “el capitalismo del desastre”. La cosa marcha bien... hasta que empieza a torcerse.

    Por ejemplo, el locutor “conservador independiente” Jerry Doyle y yo mantuvimos una conversación perfectamente amistosa sobre las turbias compañías aseguradoras y la ineptitud de los políticos cuando ocurrió lo siguiente: “Creo que hay una sistema para abaratar rápidamente los precios”, anunció Doyle. “Hemos invertido 650 mil millones de dólares para liberar a una nación de 25 millones de personas. ¿No va siendo hora de que reclamemos algo de petróleo a cambio? Deberían de haber un montón de camiones cisterna, uno tras otro, formando un atasco en dirección al Túnel Lincoln, el apestoso Túnel Lincoln, en hora punta, cada uno de ellos con una nota de agradecimiento de parte del gobierno iraquí... ¿Por qué no vamos y cogemos sencillamente el petróleo? Nos lo hemos ganado liberando un país. Puedo arreglar el problema del precio del petróleo en diez días en vez de en diez años.”

    Había un par de problemas con el plan de Doyle, por supuesto. El primero es que estaba describiendo el mayor latrocinio de la historia mundial. El segundo, que llegaba demasiado tarde: “nosotros” ya estamos robando el petróleo de Irak, o al menos estamos en el momento cumbre de ello.

    Han pasado diez meses de la publicación de mi libro, La Doctrina del Shock: el auge del capitalismo del desastre, en el cual argumento que el método preferido para reformar el mundo de acuerdo con los intereses de las corporaciones multinacionales es actualmente el de explotar sistemáticamente el estado de miedo y desorientación que acompaña a la población en momentos de shock y crisis. Ahora que el mundo está siendo sacudido por múltiples shocks, parece un buen momento para ver cómo se está aplicando la estrategia.

    Los capitalistas del desastre han estado ocupados: desde los bomberos privados que actuaron en los incendios del norte de California, a los desposeedores de tierras tras el ciclón Burma, a la nueva ley sobre la vivienda abriéndose paso hacia el Congreso. La ley no habla demasiado sobre las viviendas asequibles, desplaza la carga del impago de hipotecas a los contribuyentes y asegura a los bancos que proporcionan malos préstamos conseguir algunos pagos en devolución por los mismos. No sorprende que se la denomine en los pasillos del Congreso como el “plan Credit Suisse”, en honor a uno de los bancos que, generosamente, la propuso.

    El desastre de Irak: “si lo rompe lo paga”

    Pero estos casos de capitalismo del desastre son bastante amateurs en comparación con lo que se está llevando a cabo en el ministerio del petróleo iraquí. Empezó con la adjudicación de contratos fuera de subasta a ExxonMobil, Chevron,Shell, BP y Total (aún no se han firmado, pero continúan siendo válidos). Pagar a las multinacionales por su bagaje técnico no es algo raro. Sí lo es que estos contratos vayan casi invariablemente a compañías petrolíferas que se dedican a su distribución, y no a las que se dedican a explorar, producir y guardar la riqueza procedente de la explotación de estos recursos combustibles y liberadores de dióxido de carbono. Como apunta el experto en petróleo londinense Greg Muttitt, los contratos sólo tienen sentido según las informaciones de que las grandes compañías petrolíferas han insistido en el derecho a poder rechazar contratos otorgados para producir en los campos de petróleo iraquíes, dirigiéndolos. En otras palabras, aunque otras compañías podrán pujar por los contratos en el futuro, serán éstas quienes siempre los ganarán.

    Una semana después de que no se anunciaran acuerdos fuera de subasta, el mundo pudo ver el precio real del petróleo. Después de años presionando a Irak en la trastienda de la opinión público, el país ha abierto repentinamente a los inversores seis de sus mayores campos petrolíferos, que reúnen en conjunto casi la mitad de sus reservas. De acuerdo con el ministro del petróleo iraquí, se empezarán a firmar contratos a largo plazo a lo largo de este año. Aunque ostensiblemente bajo el control de la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí (CNPI), las empresas extranjeras mantendrán el 75% del valor de los contratos, dejando el 25% restante a sus socios iraquíes.

    Este tipo de porcentaje no tiene precedentes en los estados árabes y persas ricos en petróleo, en los que el control mayoritariamente nacional del petróleo fue una victoria decisiva en las luchas anticoloniales. Según Muttitt, la suposición hasta ahora era que las multinacionales extranjeras traerían el desarrollo a los nuevos campos petrolíferos en Irak, no que tomarían aquellos cuya producción ya está en marcha y en consecuencia requieren una inversión técnica mínima. “La política era la de asignar estos campos a la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí por completo”, me explicó. Este cambio supone una inversión de aquella política, ya que da a la CNPI solamente un 25%, en vez del 100% acordado.

    Así pues, ¿qué es lo que hace que contratos tan pésimos como ésos sean posibles en Irak, un país que tanto ha sufrido? Irónicamente, es el sufrimiento de Irak -su crisis sin fin- la base para un acuerdo que amenaza con drenar de su tesoro nacional su principal fuente de ingresos. La lógica es como sigue: la industria petrolífera de Irak necesita expertos extranjeros porque los años de sanciones punitivas la privaron de nueva tecnología, y la invasión, y la violencia que la siguió, la degradaron todavía más. E Irak necesita urgentemente producir más petróleo. ¿Por qué? Por la guerra, una vez más. El país está en ruinas, y los miles de millones repartidos en contratos fuera de subasta a las compañías occidentales no han conseguido reconstruir el país. Ahí es donde aparecen los nuevos contratos fuera de subasta: lograrán recaudar más dinero, pero Irak se ha convertido en un lugar tan peligroso que se debe inducir a las compañías petrolíferas para que éstas se arriesguen a invertir. De se modo la invasión de Irak crea limpiamente el argumento para el saqueo ulterior.

    Muchos de los arquitectos de la guerra de Irak ya ni siquiera se preocupan en negar que el petróleo fue el motivo principal para desencadenarla. En el programa To the Point de la National Public Radio [Radio Nacional Pública], Fadhil Chalabi, uno de los principales consejeros iraquíes de la administración Bush antes de la invasión, describió recientemente la guerra como un “movimiento estratégico de los EE.UU. y el Reino Unido para tener una presencia militar en el Golfo con la que asegurar en el futuro las reservas [de petróleo].” Chalabi, que ejerció de viceministro del petróleo y se reunió con las compañías petrolíferas antes de la invasión, describió este movimiento como “un objetivo fundamental.”

    Invadir países para apoderarse de sus recursos naturales es ilegal según la Convención de Ginebra. Esto significa que la gigantesca tarea de reconstruir la infraestructura en Irak -incluyendo su infraestructura petrolífera- es responsabilidad financiera de los invasores. Son ellos quienes deberían ser forzados a pagar las reparaciones. (Recuérdese que el régimen de Saddam Hussein pagó 9 mil millones de dólares a Kuwait en concepto de reparaciones por la invasión del país en 1990.) En cambio Irak está obligado a vender el 75% de su patrimonio nacional para pagar el precio de su propia invasión y ocupación ilegal.

    El shock del precio del petróleo: o nos dais el Ártico o nunca volveréis a conducir

    Irak no es el único país involucrado en un atraco petrolífero. La administración Bush está atareada en la labor de usar una crisis relacionada -la del alza del precio del combustible- para reavivar su viejo sueño de perforar el Refugio Natural Ártico (Artic National Wildlife Refuge, ANWR en sus siglas inglesas). Y de perforar la costa. Y también de explotar las reservas de petróleo bituminoso de la cuenca de Green River. “El Congreso tiene que enfrentarse a una dura realidad”, dijo George W. Bush el 18 de junio. “A menos que los miembros del congreso estén dispuestos a aceptar los dolorosos precios del combustible actuales, o puede que aún más altos, nuestra nación debe producir más petróleo.”

    Habla el Presidente como Extorsionador en Jefe, apuntando a la cabeza de su rehén (nada menos que el país entero) con el surtidor de gasolina: o me dais la ANWR o todo el mundo tendrá que pasar sus vacaciones en el patio trasero de su casa. El último robo del presidente-cowboy.

    A pesar de las pegatinas de “Perfore aquí y ahora y pague menos”, perforar en la ANWR tendría un impacto apenas discernible en las actuales reservas petrolíferas mundiales, como sus defensores bien saben. El argumento de que podría provocar una reducción de los precios del petróleo no está basado en la economía pura y dura sino en el psicoanálisis de mercado: perforar “enviaría un mensaje” a los empresarios del petróleo de que aún queda más petróleo, y esto haría que empezasen a bajar los precios.

    Se siguen dos puntos de este razonamiento. El primero, es el intento por mentalizar a los hiperactivos empresarios de qué es lo que ocurre realmente en el gobierno de la era Bush, incluso en medio de una emergencia nacional. El segundo, es que nunca funcionará. Si hay alguna cosa que podamos predecir del reciente comportamiento del mercado del petróleo es que el precio va a seguir subiendo, no importa cuántas nuevas reservas se anuncien.

    Tomad por ejemplo el enorme boom que está teniendo lugar en las famosas reservas de petróleo bituminoso de Alberta. Con tales reservas de petróleo bituminoso, conocidas también como “arenas petrolíferas”, ocurre lo mismo que con los otros emplazamientos propuestos por Bush para la perforación: son cercanos y seguros, pues el Tratado para el Libre Comercio en Norteamérica (NAFTA en sus siglas inglesas) contiene una cláusula que impide a Canadá cortar el suministro a Estados Unidos. Sin hacer mucho ruido, el petróleo de estas fuentes en gran medida sin explotar ha estado fluyendo hacia el mercado en tal cantidad que ahora Canadá es el mayor proveedor de petróleo de los Estados Unidos, por encima de Arabia Saudí. Entre el 2005 y el 2007, Canadá aumentó sus exportaciones a los Estados Unidos en casi 100 millones de barriles. A pesar del significativo crecimiento de estas reservas seguras, los precios del petróleo han ido en aumento durante todo este tiempo.

    Lo que se esconde tras la campaña de perforación de la ANWR no es de hecho otra cosa que pura estrategia del shock: la crisis del petróleo ha creado las condiciones con las que es posible vender una política antes invendible, pero desde luego altamente rentable.

    El shock del precio de los alimentos: o modificación genética o hambruna

    Ligada estrechamente al precio del petróleo encontramos la crisis alimentaria global. No sólo los elevados precios del petróleo hacen subir los precios de los alimentos, sino que el boom de los biocombustibles ha desdibujado la frontera entre comida y combustible, expulsado a los agricultores de sus tierras y alentado una especulación rampante. Muchos países latinoamericanos han insistido en que se reexamine la pujanza de los biocombustibles como alternativa a los combustibles fósiles y en que se reconozcan los alimentos como un derecho humano y no como una mercancía más. El subsecretario de Estado de los Estados Unidos John Negroponte tiene en cambio otras ideas al respecto. En el mismo discurso en que trataba de vender el compromiso de EE.UU. en la ayuda alimentaria de emergencia pidió a los países que bajaran sus “restricciones a la exportación y elevadas tarifas” y eliminaran “las barreras para el uso de las innovaciones tecnologías en la producción animal y vegetal, incluyendo la biotecnología.” Hay que reconocer que esta amenaza era más sutil que las anteriores, pero el mensaje era claro: los países pobres harían mejor en abrir sus mercados agrícolas a los productos norteamericanos y sus semillas genéticamente modificadas. En caso contrario se arriesgan a perder su ayuda.

    Los cultivos genéticamente modificados han aparecido de súbito como la panacea para la crisis alimentaria, al menos según el Banco Mundial, el presidente de la Comisión Europea -“valor y al toro”, vino a decir- y el Primer Ministro británico Gordon Brown. Y, claro está, según las empresas del agribusiness. “No se puede alimentar hoy al mundo sin organismos genéticamente modificados”, declaró recientemente Peter Brabec, presidente de Nestlé, al Financial Times. El problema con este argumento, al menos por ahora, es que no hay pruebas de que los organismos genéticamente modificados aumenten la producción de los cultivos, sino que más bien la disminuyen.

    Pero si incluso hubiera una varita mágica con la que resolver la crisis alimentaria global, ¿querríamos que estuviese en manos de los Nestlés y Monsantos? ¿Cuál sería el precio a pagar por que la empleasen? En los últimos meses Monsanto, Syngenta y BASF han estado comprando frenéticamente patentes de las llamadas semillas “todoterreno”, un tipo de plantas que pueden crecer incluso en la tierra agostada por la sequía o salada por las inundaciones.

    En otras palabras: plantas modificadas para sobrevivir a un futuro de caos climático. Ya sabemos hasta qué punto está dispuesta a llegar Monsanto a la hora de proteger su propiedad intelectual, espiando y demandando a los granjeros que se atrevan a guardar sus semillas de un año para el otro. Hemos podido ver cómo las medicaciones patentadas contra el VIH impiden salvar a millones de personas en el África subsahariana. ¿Por qué los cultivos “todoterreno” patentados iban a ser diferentes?

    Mientras tanto, entre tanta charlatanería excitante sobre nuevas tecnologías perforadoras y genéticas, la administración Bush anunció una moratoria de hasta dos años en los proyectos federales para la investigación en energía solar, debido a, aparentemente, preocupaciones medioambientales. Nos vamos acercando a la frontera final del capitalismo del desastre. Nuestros dirigentes no invierten en tecnologías que nos prevengan de una manera efectiva de un futuro climáticamente caótico, y en vez de eso se deciden a trabajar codo con codo justamente con quienes traman planes cada vez más endiablados para aprovecharse de las desgracias ajenas.

    La privatización del petróleo iraquí, el aseguramiento de los cultivos genéticamente modificados, la reducción de las últimas barreras comerciales y la apertura de los últimos refugios naturales a la explotación privada... no hace mucho estos objetivos eran conseguidos uno tras otro mediante corteses acuerdos comerciales presentados con el pseudónimo de “globalización”. Ahora esta agenda completamente desacreditada está obligada a cabalgar sobre las espaldas de crisis cíclicas, vendiéndose a sí misma como la medicina que curará de una vez por todas el dolor del mundo. Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.
    Vall del Llierca

    Capitalismo del desastre: estado de extorsión | 14-07-2008 - 07:45:53 GMT 1 #

  17. Empire USA: Campamentos de desamparados, por Evelyn Nieves: Unas cuantas carpas se alzaron junto a las vías del ferrocarril, instaladas por hombres sin rumbo después que el refugio invernal de emergencia cerró al comienzo del verano.

    Después aparecieron otras, de gente que había perdido sus empleos debido a la debilitada economía, o de quienes se mudaron a Reno en busca de trabajo y no encontraron ninguno.

    En pocas semanas, más de 150 personas estaban viviendo en este conglomerado de carpas, casi pegadas una a la otra, en una explanada de tierra destinada a playa de estacionamiento para los refugios que Reno construye para su población desamparada.

    Al igual que muchas otras ciudades, Reno se ha encontrado con un campamento de carpas de gente que no tiene a dónde ir.

    Desde Seattle en el noroeste hasta Athens en el sudeste, los grupos en defensa de los desamparados y las agencias municipales reportan el aumento más visible de campamentos de carpas en una generación.

    Casi el 61% de las coaliciones locales y estatales de ayuda a los desamparados dicen haber experimentado un aumento en gente sin vivienda desde que la crisis hipotecaria comenzó en el 2007, según un informe de la Coalición Nacional por los Desamparados. El grupo dice que el problema se agravó desde que dio a conocer su informe en abril con el aumento de ejecuciones hipotecarias, aumentos de precios de combustibles y alimentos, y escasez de trabajo.

    "Está claro que la pobreza y el desamparo han aumentado", opinó Michael Stoops, director ejecutivo interino de la coalición. "La economía está en caos, estamos en una recesión extraoficial y los estadounidenses están preocupados por su futuro, desde los desamparados hasta la clase media".

    El fenómeno de los campamentos de carpas ha tomado a los grupos de defensores por sorpresa, sobre todo por la rapidez con que han surgido.

    "Lo que están presenciando son campamentos que yo no veía desde los años 80", comentó Paul Boden, director ejecutivo del Western Regional Advocacy Project, un grupo que reúne organizaciones en defensa de los desamparados en Los Angeles, San Francisco, Oakland (California), Portland (Oregón) y Seattle.

    Hasta la próspera ciudad de Santa Barbara ha cedido una playa de estacionamiento a gente que duerme en automóviles y camionetas. La ciudad californiana de Fresno trata de controlar varios campamentos de carpas, incluyendo uno en el que la gente ha levantado refugios con listones de madera sobrante. En Portland y Seattle, los grupos de defensores se han asociado con organizaciones sin fines de lucro o religiosas para manejar los campamentos de carpas como refugios extramuros. Otras ciudades donde han aparecido o expandidos esos campamentos incluyen Chattanooga (Tenesí), Columbus (Ohio) y San Diego.

    El Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano reportó recientemente una baja del 12% en el desamparo a nivel nacional en dos años, de 754.000 en enero del 2005 a 666.000 en enero del 2007. Pero las cifras del 2007 omitieron a gente a la que se había considerado desamparada antes, como quienes vivieron con familiares o amigos o en campamentos o en moteles durante más de una semana.

    Empire USA: Campamentos de desamparados | 20-09-2008 - 09:04:36 GMT 1 #

  18. La semana en la que el capitalismo tampoco cambiará, por Ignacio Escolar: En estos días extraños en los que la patronal pide un paréntesis en el libre mercado, George Bush nacionaliza las pérdidas de la banca y el Gobierno comunista chino puja por comprar el único gran banco de inversión que aún no ha quebrado, ¿alguien sabe en qué cueva se esconde el Fondo Monetario Internacional (FMI)? En Corea del Sur se acuerdan mucho de él. Hace una década, durante la crisis de los tigres asiáticos, a finales de los 90, el FMI puso una condición innegociable para rescatar al país del terremoto financiero: que el gobierno no ayudase a los bancos y demás empresas al borde de la bancarrota. Decían los apóstoles del FMI que era mejor para la economía que esas compañías quebrasen porque así el ‘ajuste’ –ese eufemismo– sería mucho más rápido. Medicina neoliberal: la mejor manera de sanar al enfermo es matarlo para que su hijo ocupe pronto su lugar en la fábrica.

    Ahora que el enfermo es Estados Unidos la receta es muy distinta. No es país para corralitos. “Está muy bien decir ‘dejen que el sistema financiero siga, que consiga su equilibrio’ (…) pero cuando se enfrentan ataques especulativos, los precios se pulverizan y parece que las grandes corporaciones van a colapsar, es natural que el gobierno intervenga y diga ‘no podemos dejar que esto suceda”, argumenta ahora Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI. Y así, como lo más natural del mundo, el país donde supuestamente mejor funciona el mercado descubre que la mano incorrupta y milagrosa de Adam Smith, de tan invisible, ni está ni se la espera. “La intervención del Gobierno era esencial, dado el precario estado de los mercados”, explica George Bush, presidente de los Estados Socialistas de América.

    Entre los 700.000 millones de dólares de este último empujón y lo que ya llevan gastado en los demás ‘rescates’, la factura ya ronda los dos billones de dólares; cerca del 15% del PIB anual estadounidense. Es probable que esta losa –un nuevo éxito para los libros de historia de la era neocon de Bush– agudice aún más otro proceso que ya está en marcha: la decadencia del imperio americano, el fin de la hegemonía unilateral de la que disfruta EEUU desde la caída del muro de Berlín. ¿Será también el fin del capitalismo tal y como lo conocemos? ¿Aprenderá el mundo de sus errores? ¿Nacerá de estas cenizas un nuevo modelo económico donde el libre mercado sea un método y no un fin? Por desgracia, la respuesta es no.

    Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín. Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la gravedad regresa, ambos se van al suelo.

    La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”, presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento, sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono (con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula, repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel. Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.

    En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo- fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa desde 1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.

    El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo. Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.

    La semana en la que el capitalismo tampoco cambiará | 21-09-2008 - 06:33:43 GMT 1 #

  19. Tiempo de crisis, tiempo de lucha, por Manuel Cañada: “Yo no mendigo. Conseguiré trabajo: tengo contactos. Los árboles aún siguen creciendo”. Un conductor de tranvía ha sido despedido junto a algunos de sus compañeros y responde así a la sugerencia de su mujer para que solicite el subsidio de desempleo. Se trata del protagonista de Nubes pasajeras, una de esas películas de Aki Kaurismaki, rebosantes de amor a los olvidados.

    Nuestro conductor en paro, que ya sobrepasa los 40 años, está contento la mañana en la que va a afrontar la primera entrevista de trabajo. Se ha afeitado cuidadosamente y se ha enfundado su mejor chaqueta. En la despedida, su mujer le desea suerte. “Un profesional no necesita suerte”, responde altanero. De vuelta a casa, ya en la madrugada, un amasijo de alcohol y derrota se desploma nada más abrir la puerta. Nuestro confiado obrero ha sido rechazado en la oferta de trabajo.

    Primero la ilusión, luego la culpa. Es la historia de millones de trabajadores arrojados al paro por la máquina del capitalismo. Es el sufrimiento común, la violencia invisible contra el obrero, la ordinaria producción de excedente laboral. Mientras el trabajador “suda hoy para adentro su secreción de sangre rehusada” (1 ) los mecanismos del mercado van acoplando ejércitos de reserva y tasas de ganancia, poblaciones desechables y rentabilidades financieras.

    Primero inflamos el globo de la ilusión. Regamos de currículum los polígonos, nos agarramos al “Quizás más adelante” del encargado de turno, repetimos mil veces “Lo importante es meter la cabeza”, aunque haga mucho tiempo que la lista de espera de las contrataciones temporales se mantiene inamovible... El poder está atento a hinchar nuestra inagotable e imprescindible capacidad de autoengaño; anuncia ofertas públicas de empleo, presagia olimpiadas, exposiciones universales, capitalidades culturales, aves y, sobre todo, reparte algunas migajas de esperanza en forma de trabajo precario.

    Después empezamos a escuchar una y otra vez la palabra perfil. No das el perfil, no reúnes el perfil, veremos si el INEM nos puede cambiar el perfil. Nos familiarizamos con las polisemias de la palabra: perfil le llama el responsable de Recursos Humanos a la negativa amable, pero también es una de las formas de denominar al clientelismo de nuestro tiempo. Es la excusa para decirte que no, pero es también el toqueteo previo para decidir sobre la mercancía laboral en cuestión, las comprobaciones de la doma, los tanteos sobre la disposición a subordinarse...

    Nuestra vida se convierte en cásting permanente, un cásting “donde giran los hombres sin descanso”(2). La trabajadora social, precaria también ella, nos previene antes de la entrevista de trabajo: “La entrevista te la hace un psicólogo. Tienes que mirarle a los ojos, no desviar la mirada. Debes ir aseado, obviamente; si llevas abrigo, cuélgalo en la percha, que no dé la impresión de que tienes prisa. Llega diez minutos antes de la entrevista. Y pregunta algo: cuando te diga que si tienes alguna duda, pregunta, por ejemplo: ¿cuándo empezamos?”. Del gorila amaestrado de Ford al pícaro cínico del posfordismo. En la escuela nos adiestran para las selectividades y desde el televisor se imparte a todas horas la más principal y decisiva asignatura: Educación para la Competencia. Y al tiempo que nos prometen una vida de triunfo y nos repiten sin cesar “Tú sí que vales” nos van enseñando el tortuoso arte de competir por el trabajo y

    competir en el trabajo.

    Luego no viene la rabia, sino la culpa. Las fantasías de la meritocracia, que hemos ido interiorizando de forma casi imperceptible, se derrumban. El diploma universitario o profesional se devalúa, las expectativas se achican, la promesa de hacer fijos a los contratados mes a mes como barrenderos o carteros no acaba de hacerse realidad. El paro y la precariedad se van alternando, constituyéndose en único horizonte. Llega la ansiedad, el tiempo descuajado, las paranoias.

    “¿Qué ha aprendido usted en estos dos años de desempleo?”, le pregunta la responsable de Recursos Humanos al protagonista de Arcadia, el parado cualificado de la película de Costa Gavras. “Creo que si el tiempo de desempleo es corto, puede servirte para reestructurar tu vida; si es largo, lo destruye todo”. El paro como una degradación minuciosa va socavando la salud física y psíquica, desestructurando la existencia privada, deteriorando las relaciones familiares y sociales.

    El paro se nos presenta con los atributos de lo natural, como una condición del juego, en este caso como el destino que espera a los perdedores sociales. La ruleta inapelable de los talentos dicta su veredicto; “el darwinismo social muestra a la burguesía en el punto culminante de su autoconciencia”(3) y, por el contrario, la pavorosa ausencia de conciencia de sí de las clases trabajadoras.

    “El paro no es un fenómeno natural como el pedrisco, ni es un hecho que aparece casualmente cuando hay una crisis o las cosas van mal. El paro es una manifestación de las tendencias generales del desarrollo capitalista”; esto se podía leer en un cuadernillo del Curso de Formación Sindical Básico editado por CCOO en 1980. Pero mucho fundamentalismo neoliberal ha llovido desde que alguien escribiese aquellas verdades elementales y hoy los sindicatos oficiales participan como un instrumento más de la estrategia sistemática de culpabilización de los parados y de la naturalización del capitalismo. No sólo repiten como papagayos la cantinela de “las políticas activas de empleo” y el sermón fraudulento que blanquea a los empresarios y los convierte en emprendedores; incluso, en comunidades como Extremadura, disponen como contratados con cargo al Plan de Empleo de “tutores del desempleado” que, además de brindar tutela al parado desnortado e ignorante en las artes de búsqueda de empleo, origen al parecer de su calamidad, colaboran con el INEM en el control de las ovejas más descarriadas y de sus subsidios. El desempleo pasa así de ser “un producto necesario de la acumulación o de la riqueza sobre base capitalista”(4), a constituir un desajuste achacable a la falta de orientación del parado o a la inexistencia de “un itinerario personalizado de inserción”.

    Interinos, contratados por obra o servicio, becarios, jornaleros, fijos discontinuos, contratados por horas o a tiempo parcial o eventuales por circunstancias de la producción... La precariedad multiplica sus formas, prolifera sitiando hasta los últimos reductos de la seguridad laboral; porque la precariedad es muchísimo más que un dato estadístico sobre contratación temporal. “El término precariedad designa dos tipos de relaciones sociales bastante diferentes: las que caracterizan las nuevas formas de explotación del trabajo, y las que conducen a la exclusión prolongada de los individuos respecto a las zonas de protección y de control social” (5). Precariedad es nueva explotación, es exclusión, pero también inseguridad, indefensión, miedo.

    La precariedad es el retorno al salario hora, en el que “ya va incluido todo”; es el caos minuciosamente organizado de la subcontratación; es la coacción para que el trabajador firme, antes de empezar a trabajar, la renuncia a cobrar vacaciones o pagas extras; es tener, por sistema, que poner el coche propio, de modo que por el mismo salario te pagan a ti y al coche; son las dobles jornadas de camioneros asalariados a los que, a diferencia de los vehículos, no hay tacómetro que los proteja de los excesos horarios ni del agotamiento; es el despido del trabajador cuando está dado de baja por enfermedad, al amparo de la reciente sentencia del Tribunal Supremo; son las dobles escalas salariales que se plasman, sin apenas escándalo, incluso en los convenios colectivos de grandes empresas como Telefónica; es el pago de salarios variables “dependiendo de la productividad”; son los trabajadores inmigrantes pagándose la seguridad social agraria, aunque trabajando en almacenes o en obras; es el neofeudalismo que anuncia Bolonia y la Universidad-empresa para los titulados universitarios: comprar con el trabajo precario en prácticas de hoy tu derecho a trabajar en el futuro en las grandes empresas financiadoras del presupuesto universitario; son los miles de muertos en accidentes laborales, las jornadas infinitas, la amenaza de movilidad geográfica o funcional, el trato culpabilizador y clientelar en los servicios sociales, la ingeniería jurídica que hace aparecer y desaparecer, como por ensalmo, empresas matrices, filiales, franquicias...

    La relación de estampas precarias sería interminable, dentro y fuera del trabajo. Vivir en el alambre, “estar a la cuarta pregunta”, normalizar la provisionalidad, se convierten en las formas individuales de interiorización de la precariedad. Y la desmoralización y la desmovilización en su expresión colectiva: “La inseguridad objetiva sustenta una inseguridad subjetiva generalizada que afecta hoy en día al conjunto de los trabajadores. (...) Esta especie de mentalidad colectiva es el origen de la desmoralización y la desmovilización. Para concebir un proyecto revolucionario hay que tener un mínimo de control sobre el presente”(6).

    Como boxeadores sonados vamos de la ilusión a la culpa, de la soledad al descreimiento en la lucha colectiva, de la corrosión del carácter a la fragilización de los vínculos sociales. La construcción del nosotros se hace mucho más difícil: “No somos más que vidas (privatizadas) movilizadas para reproducir esta realidad hecha una con el capitalismo. Esta movilización global reserva un destino diferente a cada vida. A unas las convierte en vidas hipotecadas, a otras en residuales, a otras en emprendedores de sí mismos. El resultado es, sin embargo, común por cuanto en todas ellas el estado que prima es el del “estar solo”. Porque en la sociedad-red, en definitiva, estar conectado paradójicamente es estar solo”(7). El individualismo posesivo, la envolvente mentalidad de clase media y, sobre todo, la ficción igualitaria del consumo prenden entre los de abajo. En los pasillos de la gran superficie comercial se disuelve y olvida el

    malestar precario...

    Pero llega la crisis y desmantela los sueños propietarios. El dogal de la hipoteca se ajusta, los salarios se encogen, el paro llama a la puerta. La fiesta prometida se ha suspendido.

    La crisis es la antesala del cambio

    “Lo sentimos. No somos nosotros, es el monstruo. El banco no es como un hombre.

    Sí, pero el banco no esta hecho más que de hombres.

    No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aún así el banco lo hace. El banco es algo más que los hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar.” ( Las uvas de la ira, de John Steinbeck)

    “La crisis es la antesala del cambio”, le gustaba repetir a Marcelino Camacho, para impaciencia de los burócratas del atajo. Tenía razón el veterano sindicalista, pero el sentido del cambio no está inscrito en la crisis, ni lo determinan las leyes pretendidamente neutras de la economía.

    Para quienes han querido cambiar el mundo las crisis han sido siempre un desafío y una oportunidad. La crisis es, como sus genes etimológicos indican, “un momento de decisión y de verdad, cuando la historia duda ante un punto de bifurcación donde se abren los caminos boscosos de los “posibles laterales”8. Los grandes giros históricos, las reestructuraciones económicas, las revoluciones políticas, las vanguardias culturales y los nuevos paradigmas ideológicos, fermentan en la levadura de la crisis.

    La partida en la que se ventila la salida a la crisis sistémica actual no ha hecho más que comenzar. Crisis financiera, crisis energética, crisis alimentaria: una crisis global se desenvuelve ante nosotros, aunque apenas se vislumbran sino pequeñas y deslavazadas respuestas locales.

    Lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer: con esa formulación plástica definía Gramsci la crisis orgánica, advirtiendo de que “toda crisis no es una crisis orgánica”. La crisis se vuelve orgánica cuando las clases dominantes no son capaces de mantener la dirección sobre las clases dominadas, cuando “la contradicción económica deviene contradicción política y se resuelve políticamente por la subversión de la praxis”9. Muere lo viejo, se atisba el fin de la era del petróleo, tiemblan los casinos del capitalismo global, estallan los motines del hambre frente al crimen de la dependencia alimentaria, se entrevén los conatos de competencia entre las potencias emergentes que aspiran a tomar el relevo hegemónico, tras el siglo americano... pero de lo nuevo, de lo alternativo al capitalismo, no se insinúan ni siquiera las semillas. Convertir esta confluencia de crisis en crisis de legitimidad del capitalismo, esa es la contienda a la

    que estamos emplazados.

    Pero volvamos de las precipitadas conclusiones a la paciente construcción del diagnóstico, a la laboriosa ciencia del infortunio precario, al reagrupamiento de los fragmentos de realidad esparcidos en ese “collage impresionista de la posmodernidad” que, disfrazada con los ropajes de la diversidad y la diferencia, reserva el derecho exclusivo a la totalidad, al análisis globalizador para los Davos, las Trilaterales, los Bilderberg, los Bancos Mundiales y FMIs, para los comités centrales del capitalismo contemporáneo en definitiva.

    Un elemental contraste de datos puede servir para dibujar la normalidad canalla de nuestro tiempo. El salario medio real de los trabajadores en España ha descendido en los últimos diez años pasando de representar el 49’7 % del PIB en 1997 al 46’4 % en 2007; el 89 % de los jóvenes madrileños tiene salarios inferiores a los 1000 euros; los jóvenes tienen que invertir para comprar una vivienda el 53’7 % de su salario, como media estatal... Veamos ahora los sueldos de los directivos de algunas de las principales multinacionales “españolas” correspondientes al año 2007: Ignacio Sánchez Galán, de Iberdrola, 16 millones de euros; Manuel Pizarro, de Endesa, 10 millones de euros; Alfredo Sáez, del BBVA, 9’6 millones de euros...

    En la raíz de la crisis está la injusticia establecida, compuesta de multitud de trazos de iniquidad como los mencionados. Pero esa dualidad social, que tiende a emerger, se nos oculta y en su lugar se nos presenta un relato de impenetrables fluctuaciones financieras: “La explosión de la crisis social aparece a los ojos de todos como una crisis financiera. Las transformaciones estructurales en la producción tienen lugar a través de las crisis financieras”(10). La desigualdad de clases se nos muestra en la envoltura mística de las burbujas financieras, el conflicto social latente se transmuta en misterioso arcano de la Bolsa. La narración de las andanzas del capital financiero constituye la expresión más acabada del enmascaramiento que Marx desvelaba cuando advertía que “el capital no es una cosa, sino una relación social entre personas mediadas por cosas”(11).

    Pero el retablo de las maravillas se tambalea. Robin Blackburn ha utilizado el juego de “pasa la cerilla” como esclarecedora metáfora para explicar la crisis de las hipotecas de alto riesgo. “Los bancos de inversión compraban deuda hipotecaria para revenderla, supuestamente de acuerdo con el modelo de “crear y destruir” (adquirir la deuda, titulizarla y venderla)”(12). Protegidos y alentados por los gobiernos, organizaban la rapiña y el robo masivo revendiendo futuros improbables y humo mediante formatos financieros honorables. Se pasaban la cerilla, sabedores de la farsa original y de que nunca sería la yema de sus dedos la que se quemase, mientras el dinero ficticio continuaba su recreación inacabable. “¡Sólo el dinero es mercancía!, es el grito que resuena ahora a través del mercado mundial”. El fetichismo del dinero se revela de este modo como aún más alienante y peligroso que el de las mercancías: el dinero se presenta como engendrador él mismo de más dinero y “el proceso de producción aparece sólo como un intermediario inevitable, un mal necesario para hacer dinero”(13).

    La fabricación de burbujas financieras se constituye en un requisito para la supervivencia del sistema capitalista. Cuando estalló la burbuja tecnológica se puso en marcha la burbuja inmobiliaria y al final de ésta se ha comenzado a urdir la nueva burbuja alimentaria y petrolera. De burbuja en burbuja hasta la barbarie final. “La burbuja financiera estructural es una condición indispensable para la formación y reproducción de un régimen de acumulación financiarizado”(14).

    Las dimensiones de la “hipertrofia financiera” son descomunales, Beinstein lo explica con un dato revelador: “A comienzos de la década actual la masa especulativa global representaba entre 3 y 4 veces del Producto Bruto Mundial (PBM) y los llamados “productos financieros derivados” apenas alcanzaban al doble del PBM. Ahora, en 2008, estos últimos rondan los 600 millones de millones de dólares que sumados a los demás negocios especulativos alcanzan una masa financiera global de unas 16 veces el PBM”15. Aunque habría que precisar que el capital financiero no se desgaja y enfrenta al capital productivo, como mantiene el enternecedor cuento que les gusta narrarnos a la izquierda políticamente correcta, partidarios del capitalismo bueno, el productivo según ellos, por oposición al capitalismo malo, el especulativo; el capital financiero, en su génesis y en su composición, sigue respondiendo a la fórmula de Hilferding, quien lo

    definía como fusión del capital bancario e industrial.

    Es más, la burbuja estructural y la especulación permanente consiguen la carta de naturaleza y el beneplácito social en la financiarización de la vida cotidiana. Como nos recuerda Blackburn, “la lógica de las finanzas se hace ubicua, alimentando la cosificación de cualquier aspecto de la vida”. Las tarjetas de crédito, los fondos de pensiones individualizados, los préstamos para financiarse no sólo la vivienda, sino las vacaciones o la boda, las hipotecas universitarias que pretenden sustituir progresivamente a las becas de estudio... No hay aspecto de la cotidianidad que quede al margen de la vorágine financiera.

    “La financiarización estimula a los hogares a comportarse como empresas, a las empresas a comportarse como bancos, y a los bancos a hacerlo como hedge funds” (...) La financiarización absorbe oxígeno de la atmósfera, privatiza información que debería ser pública y comercializa la vida de cada día”(16). Es esta mercantilización generalizada de la vida lo que explica la profundidad de la crisis presente y al mismo tiempo la robustez de las casamatas del capital.

    Con demasiada frecuencia las fuerzas emancipatorias confundieron la realidad de la crisis con sus deseos de abatir al sistema de las crisis. En nuestros días, algo de ese mismo aire profético, mezcla de determinismo económico y de voluntad de aliento militante, se encuentra en las visiones sobre la crisis de Robert Kurz (“cuando esta burbuja estalle, el estruendo sacudirá la sociedad capitalista mundial hasta sus raíces”) o de Giovanni Arrighi (“las expansiones financieras son el otoño de los grandes ciclos capitalistas”, la fuga hacia delante, el canto del cisne que anuncia la crisis de hegemonía).

    No hay una ley del derrumbe del sistema capitalista, ni la crisis económica trae de la mano las premisas de una nueva civilización. “La economía es de las personas, no de las curvas”, escribían en las paredes, ingenuamente, los universitarios partidarios de la economía post-autista y quizás convendría contaminarse de esa desconfianza hacia el determinismo economicista, al mismo tiempo que afirmamos la posibilidad y la necesidad de una subjetividad revolucionaria.

    No nos engañemos: las crisis económicas han significado en numerosas ocasiones un proceso de saneamiento del sistema. “El desarrollo del capitalismo ha sido una continua crisis; esto es, un rapidísimo movimiento de elementos que se equilibraban y se inmunizaban”(17). Un exponente contemporáneo de esta capacidad para convertir en asiento de su fortaleza las dificultades e incluso las catástrofes es lo que ha denominado Naomi Klein el capitalismo del desastre: la guerra contra Irak o la devastación de Nueva Orleáns por el huracán Katrina se convierten en “oportunidades de negocios” para las grandes empresas multinacionales.

    La crisis, por el contrario, es inherente al capitalismo; no es “un accidente en el camino, un evento lamentable pero fortuito. Por el contrario, las crisis constituyen el mecanismo mismo mediante el cual se recupera periódicamente la tasa de ganancia”(18). La dinámica del sistema económico capitalista es, como escribe Diego Guerrero, parecida a “un termostato que por definición lo mismo que se enciende y calienta cada cierto tiempo tiene que apagarse y dejarse enfriar cada otro tanto”(19). El capitalismo sufre crisis periódicas de sobreproducción, entre otras razones por la baja periódica inevitable de la tasa de ganancia y por la falta de planificación social de la producción. Pero, en el relato apologético dominante, las tendencias al desorden y a la destrucción, inmanentes al capitalismo, se convierten sorprendentemente en justificación del mito del equilibrio natural de la oferta y la demanda. Las crisis se nos presentan como ocasionales desajustes, como las excepciones que confirman el virtuosismo del modelo.

    Los ciclos económicos, lejos del sentido crítico que le otorgaban Marx o Kondratiev, se integran en el discurso mítico. La alternancia de expansión y recesión se nos muestra como la sucesión del verano y del invierno en el capitalismo-naturaleza, ocultando el nihilismo de un sistema económico que necesita la destrucción de capital y de fuerzas productivas para acceder a una nueva fase de recuperación. “El ciclo coyuntural es la verdadera forma de las tendencias abstractas al equilibrio del mecanismo de mercado”(20).

    La narración embellecedora del capitalismo adquiere su máxima expresión en la noción de “destrucción creativa” de Schumpeter. Las grandes depresiones económicas, con su corolario de paro, hambrunas y guerras, se exhiben como crisis de purificación, como catarsis de un sistema que se regenera en la competencia. Mientras en las tribunas políticas se habla de “magia del mercado” (Reagan) o del “libre comercio como imperativo moral” (Bush) en los púlpitos de la academia se canta a “la destrucción creativa” de Schumpeter. El capitalismo se presenta como naturaleza social, siendo todo lo contrario, una operación de gran artificialidad: “Sólo un gran artificio puede transformar el trabajo humano en mercancía, la necesidad en valor de cambio, el dinero en forma general de la riqueza, y sólo una gran fuerza político-estatal puede instituir el mercado como lugar general y único de las relaciones humanas”(21). Así pues, el

    capitalismo se hace paisaje. Los políticos nos sermonean sobre la incontestable economía liberal de mercado, al mismo tiempo que en el televisor un anuncio nos habla de las lozanías del “fresh banking” y en otro reclamo publicitario el presentador progre, entre canciones de triunfitos, recuerda a los más jóvenes que “todavía están a tiempo de hacerse su cuenta blue”.

    El neoliberalismo ha supuesto una auténtica revolución pasiva que ha recorrido todos los ámbitos de la vida social, desde el ataque brutal a la estabilidad laboral hasta la regresión de la fiscalidad, desde la jibarización del sector público en la economía hasta la desregulación del suelo, desde la emergencia del populismo punitivo hasta el papel del Estado tanto en la producción del consenso social como en su función de garante del sistema económico y de acompañante de las grandes corporaciones multinacionales. Manuel Escudero, que fuera uno de los ideólogos del programa 2000, promovido por el PSOE, escribía recientemente: “El poder global se ha reestructurado y las grandes empresas multinacionales tienen una parcela en la toma de decisiones mundial tan importante como los propios Estados”(22). Al final, todo la retórica de “la gobernanza” se resuelve en una síntesis sin complejos: un cogobierno de Estados y Multinacionales para administrar la globalización capitalista. El Estado se convierte en palanganero de las multinacionales, en trama privada de las grandes empresas, la sociedad se habitúa a la corrupción. Taguas pasa de la Oficina Económica de la Presidencia de Gobierno a SEOPAN, el núcleo duro de la patronal de la construcción; Zaplana pasa de la portavocía del PP a Telefónica; Imaz, de la máxima responsabilidad en el PNV a la patria autodeterminada de Petronor-Repsol...

    Pero, a su pesar, no todo está atado y bien atado. El poder, pese a la inexistencia de antagonismos organizados de envergadura, teme a la crisis de legitimidad. “El edificio económico, capitalismo de mercado, que ha promovido la expansión está siendo ahora puesto en la picota”, dice Greenspan, el gurú que fuese presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, mientras advierte de la tendencia a embridar la globalización. Las fieras deben ser auxiliadas y curadas de sus heridas pero a continuación hay que soltarlas para que siga la senda del “crecimiento sin precedentes”.

    La salida del capital a la crisis

    “Cuando un delincuente mata por alguna deuda impaga, la ejecución se llama ajuste de cuentas; y se llama plan de ajuste la ejecución de un país endeudado, cuando la tecnocracia internacional decide liquidarlo” (Eduardo Galeano, en Patas arriba La escuela del mundo al revés)

    “El ajuste será duro y rápido”( Felipe González, 13 de mayo de 2008, junto a Rodrigo Rato, en un coloquio organizado por Repsol)

    Los “liberales de toda la vida” se cuelgan del Estado sin pudor alguno reclamando que éste rescate de la crisis a sus bancos e inmobiliarias. Las grandes compañías hipotecarias estadounidenses, Fannie Mae y Freddie Mac, son nacionalizadas con el objetivo de que vuelvan, previo saneamiento, a manos privadas; el gobierno español, por su parte, aprueba medidas para que a los promotores del suelo no se les acabe la bicoca escandalosa de los últimos años. “Es imposible saber cuántos cientos de miles de millones de euros y de dólares han puesto las autoridades monetarias al servicio de los grandes especuladores del mundo para que sigan jugando a su ruleta especulativa. En todo caso, han sido tantos que ya es imposible que puedan disimular lo que significa liberalismo: intervención para proteger a los más fuertes y desregulación para los más débiles”(23).

    El poder va tanteando sus salidas a la crisis con arreglo a un guión conocido: “La superación se consuma a través de dos caminos distintos: por una parte la destrucción de capital, por la otra por el incremento de la plusvalía”(24). El desplome acelerado de los bienes raíces como la vivienda, por un lado y medidas como las directivas europeas de las 65 horas y del retorno de los inmigrantes, por otro, se incardinan en ese doble movimiento, repetido en otras ocasiones anteriores, pero ahora con más virulencia.

    La fantasía del modelo social europeo se desploma. El mito del buen capitalista, al que se abonaron el sindicalismo oficial y la izquierda europeas, se desinfla. Las pretensiones de establecer una jornada laboral semanal de hasta 65 horas y de expulsar entre 8 y 11 millones de inmigrantes, expresa bien a las claras un camino de barbarie, imposible de disfrazar con malabares como el del concepto de flexiseguridad.

    La propuesta de las 65 horas retrata la encrucijada del capitalismo contemporáneo. Parasita no sólo el trabajo, sino la vida en su conjunto, pero para poder hacerlo necesita sustentar la explotación en el tiempo de trabajo abstracto, como patrón de las relaciones sociales. Las ensoñaciones de los fabuladores del postcapitalismo chocan con la realidad: la explotación de lo común empieza por la explotación del tiempo de la gran mayoría, la dominación se revalida en la ley del valor.

    “La destrucción de capital, la desvalorización del trabajo vivo, la reconstrucción de términos “más justos” (para el capital) de explotación: esto es para el capital la crisis, éste es el precio que está siempre dispuesto a pagar para renovar su dominio, su potencia subjetiva”(25). Y en esa misma estrategia de “limpieza”, como diría Solbes, de recuperación de las condiciones para un nuevo ciclo de ganancia, la Directiva del Retorno, conocida como directiva de la vergüenza, y el tanteo del gobierno español sobre la posible eliminación de todas las contrataciones de inmigrantes en origen, son piezas muy significativas. La reconstrucción de la acumulación capitalista conlleva la reconstrucción del mercado de trabajo; el control y manejo de los “flujos migratorios” se convierte, de ese modo, en un pilar estratégico. Las clases dominantes van alternando el uso de las bridas, estirando y aflojando a conveniencia, ya sea de la rienda de la explotación laboral de la inmigración, ya sea de la rienda del espantajo racista. El capital organiza la guerra entre los de abajo, sin sufrir en sus carnes ni una sola baja. Multiculturalismo vacío y racismo rampante se muestran perfectamente complementarios. El discurso humanitario circula por las cátedras universitarias y las declaraciones oficiales al mismo tiempo que las “lecheras” de la policía van barriendo las calles con eficacia: 360.000 inmigrantes fueron expulsados en los últimos cuatro años de gobierno Zapatero.

    La salida capitalista a la crisis se condimenta con otras medidas que tienden a generar las condiciones para una nueva fase de acumulación. En España cabe destacar decisiones como la privatización de Aena o, sobre todo, la supresión del impuesto sobre el patrimonio, un regalo de 1800 millones de euros para los más ricos, en un país en el que a la Ley de Dependencia se destinan 1.200 millones de euros y a las ayudas para jóvenes en vivienda se dedican 1.400.

    Pero ésta es una crisis sistémica. Y los poderes, al tiempo que despliegan la ofensiva antisocial, pergeñan una respuesta a la crisis energética, que se reveló como un límite insalvable pese al fanatismo de la ideología del crecimiento perpetuo. “Hacia una nueva conciencia”, “Pensando en los hijos de tus hijos”: no son consignas de ninguna organización ecologista, sino los eslóganes de un anuncio de Endesa que, rebosante de escrúpulos ambientales, advierte de que “Vamos a tener que reinventarlo todo”. A los publicistas de Repsol también les ha dado por la heurística: “Inventemos el futuro. Si hemos sido capaces de inventar todo esto, ¿cómo no vamos a ser capaces de proteger lo que más nos importa?”. El capital más tóxico, entre declaraciones de sinceridad ecologista, prepara ya la transición energética, es decir los negocios de transición. Pero entretanto fingen descifrar la ecuación irresoluble dictadura de las mercancías-austeridad del consumo, la apuesta del conglomerado energético financiero es clara: centrales nucleares y agrocombustibles. De nuevo, ahora por los caminos de la destrucción ambiental, vemos el desliz hacia la barbarie del capitalismo de nuestro tiempo, la naturaleza criminal del “modelo de vida” inducido. O regalar a las generaciones futuras el legado mortal de los residuos nucleares o provocar crisis alimentarias, elijan ustedes. O llenamos los depósitos de los coches del primer mundo o llenamos los estómagos del tercero: a ese dilema implícito se nos aboca desde el poder. No estamos sólo ante una crisis “económica”, sino además ante una crisis ética, una auténtica crisis de civilización.

    El horno no está para los bollos del posmodernismo ni para los entretenimientos del neoliberalismo de rostro humano. No está, por ejemplo, para la broma de destacar la trascendencia de la negritud de Obama mientras se silencia su posición favorable al muro anti-inmigrantes de la frontera con México; o para realzar la importancia de que una mujer, Carme Chacón, esté al frente del Ministerio de Defensa, al tiempo que se atenúa la gravedad de que se renueve la complicidad española en la guerra de Afganistán, junto con los Estados Unidos, convirtiendo este hecho en el asunto secundario.

    Es tiempo de lucha, no de distracciones.

    Caminos de lucha

    “Estoy hablando de los culpables. Los que os obligan, los que nos obligan, a patear piedras. Parece que son ellos quienes nos lanzan a sus policías y a sus jefecillos y a sus periodistas y a sus psiquiatras y a sus carceleros y a sus ministros. Esas son sus armas arrojadizas. Pero lo haremos al revés. Les obligaremos a buscar medios para cubrirse. Lanzaremos contra ellos nuestras vidas basura, nuestras ventanitas contra sus casas blindadas, nuestras escapatorias contra sus despachos con vistas” ( Panfleto para seguir viviendo, de Fernando Díaz)

    Desde las pantallas de televisión, en el trabajo, en el estudio, por todas partes repiten la misma monserga: hay que aceptar la situación y evolucionar, dejaos de utopías y radicalismos, el sistema sólo se puede cambiar desde dentro, vuestro lenguaje les suena a arameo a los jóvenes, lo mejor es enemigo de lo bueno, parece que tenéis vocación de marginalidad, hay que ser positivos...

    Perdimos como precarios, perdimos como rebeldes; pero la partida continúa. “Estamos en derrota, nunca en doma”, escribió Claudio Rodríguez. Nos derrotaron a conciencia, doblegaron a muchos, compraron a otros tantos. Y aun así la lucha pervive, brotan raíces nuevas, se yerguen otras dignidades, se insinúan otras alianzas.

    Un yesero espera al subcontratista en la puerta de su domicilio para exigirle el pago de los salarios que le adeuda; un taxista ful en paro “toma prestada” por las noches la herramienta de trabajo, un taxi de una compañía del gremio. Respuestas valientes, resueltas, lucha de clases conjugada en primera persona. Mas no alcanza con el arrojo personal.

    Pasar del yo al nosotros: esa fue siempre la artesanía de los resistentes. Pasar del coraje solitario a la rabia organizada, del dolor de mi herida a la conciencia colectiva de la explotación. Pasar de ser obedientes objetos de la crisis a constituirnos en sujetos de la transformación.

    Pero para construir el nosotros necesitamos levantar la cabeza del televisor que va sirviendo los simulacros de acontecimiento, las emociones precocinadas a la medida de la soledad de las multitudes. Necesitamos apropiarnos del tiempo, administrado desde la pantalla entre copas de fútbol y secuestro-homicidio de niños inocentes; necesitamos recobrar la mirada propia, crear nuestros acontecimientos, habitar nuestras emociones. Y necesitamos sacudirnos el discreto encanto de las clases medias.

    Han conseguido empapar nuestra vida de la mentalidad propietaria, “nuestro yo íntimo se ha hecho capitalista”(26). Pensamos como propietarios, como consumidores, raramente lo hacemos como trabajadores-productores o como ciudadanos. Se adueñaron hasta tal extremo de nuestros sueños que acabamos adquiriendo una de las ideas corruptoras que late en el fondo de la crisis: nuestra seguridad económica no provendría fundamentalmente de nuestro trabajo, sino de comprar y revender pisos...

    Despreciamos las palabras obrero, clase trabajadora, precario, y nos cobijamos en la tramposa noción de clase media. Y en esa nueva ubicación, aparentemente inocua, se consuma el silencioso desplazamiento del imaginario: de la lucha de clases a la lucha por el estatus, de la vivienda como derecho o como salario indirecto a la vivienda como mercancía, de la búsqueda de vínculos comunitarios a la interiorización del mito del ascenso social y de la selva de los títulos.

    Desde el inicio de la división de clases hubo “clases intermedias”, y en la tradición revolucionaria se acuñaron expresiones como pequeña burguesía o aristocracia obrera para identificar a aquellas capas sociales que no eran “ni carne ni pescado”, ni chicha ni limoná como cantaba Víctor Jara. “En todas las ciudades hay tres elementos propios de la ciudad: los muy ricos, los muy pobres, y tercero, los intermedios entre éstos”, escribía ya Aristóteles advirtiendo de que “como se producen sediciones entre el pueblo y los ricos, cualquiera de ellos que logra imponerse a los contrarios no establece un gobierno comunitario ni equitativo, sino que el premio que sacan de su victoria es la radicalización del régimen, y unos crean una democracia y otros una oligarquía”(27). En el presente, la misión de la clase media sigue siendo la de ejercer como clase de contención, como fuerza de interposición que evite, en nuestro caso, la radicalización democrática frente a lo que es, de facto, una globalización oligárquica.

    El capital necesita renovar continuamente el bloque de poder que da sustento a su hegemonía y para ello precisa soldar la unidad de la burguesía con las clases medias, las realmente existentes y las fantaseadas. “No se preocupen; mi mejor creación es la clase media española”; al parecer, así le contestó Franco al general Vernon Walters, enviado de Nixon, cuando le trasladó, a principios de los años setenta, la incertidumbre del gobierno norteamericano por el futuro político de España.

    Los cambios en el ámbito de la economía y de la organización del Estado en el capitalismo actual no hacen sino incrementar la importancia objetiva y subjetiva de las clases medias. “Ingenieros empleados, especialistas de marketing, planificadores de recursos humanos, médicos autónomos, terapeutas, abogados, profesores pagados por el Estado, científicos y asistentes sociales "son", bajo un determinado aspecto, el capital de una doble forma. De un lado, se relacionan estratégicamente con el trabajo de otras personas por medio de su calificación, dirigiendo y organizando en el sentido de la valorización del capital; de otro, se relacionan en parte (sobretodo en calidad de autónomos o de funcionarios directores) con su propia calificación y, de esa manera, con ellos mismos en forma de "capital humano", como un capitalista en el sentido de la "autovalorización”(28).

    Sin embargo, no sólo aquellos quienes viven una condición social “anfibia” en función de su ubicación en la reproducción del sistema capitalista se perciben a sí mismos como clase media. Hoy la autopercepción como clase media es prácticamente universal y aqueja desde los directivos de un banco a los reponedores de las grandes superficies. Se produce así una simultaneidad asombrosa: precariedad laboral creciente que tendencialmente abarca a la inmensa mayoría de los trabajadores por un lado, junto a subjetividad generalizada como clase media, por otro.

    El temor a caer en el subproletariado, representado en la figura del inmigrante y asociado a las barriadas-miseria, ejerce una significativa influencia en esa conformación de una “clase media universal”. El individualismo propietario y la ideología consumista hacen el resto. “La burguesía no es una clase social, es una enfermedad contagiosa”, escribió Pasolini, visionario. Y en nuestros días la clase media es ya una epidemia consumada, una plaga ubicua, la alienación que impregna la atmósfera social.

    “Soy porque consumo”, es según Pietro Barcellona la divisa que caracteriza al nuevo orden en el que se pasa “de la propiedad-poder a la propiedad-consumo”. El individualismo posesivo penetra en las clases trabajadoras contribuyendo a su nueva identificación como clase media.

    El capital capta y recrea continuamente “el hedonismo cínico de la nueva clase media occidental” (29). On the road, el libro de Jack Kerouac, uno de los símbolos de la contracultura de los años sesenta, pasa a ser reclamo publicitario nada menos que de los coches BMW; el relato oficial de Mayo del 68 se transforma en una historia beatnik, convenientemente desinfectada de cualquier rastro de las ocupaciones de fábrica, del rechazo al trabajo en cadena, al destajo, a las categorías divisorias de la clase obrera... El capital se hace vanguardia, internacional situacionista del consumo, brigada underground de la estética.

    Poner en pie una alternativa pasa por romper con esta naturalización del capitalismo, por cuestionar su lógica y, al mismo tiempo, por estar atento a lo que se mueve, a lo que lucha certeramente. Aprender, por ejemplo, de la extraordinaria huelga de la limpieza del Metro de Madrid, donde se consiguió unir a todas las trabajadoras de todas las subcontratas; o de la huelga por los dos días de descanso, protagonizada por los conductores de autobuses de Barcelona.

    Aprender de las nuevas formas de unidad, que es tanto como decir de las nuevas formas de lucha. Frente a la división infinita que impone el capital, recuperar el sindicalismo como instrumento de unidad entre subcontratados y no subcontratados, entre fijos y temporales, entre jóvenes y viejos. Frente al economicismo miope y a la defensiva, elevar el listón de las reivindicaciones e introducir en el orden del día el contraataque de lo cualitativo y lo inesperado. Frente a la movilización-procesión, la lucha real, incontrolable por el poder.

    Aprender de luchas como éstas, organizadas desde abajo, desde las asambleas de trabajadores, que han tenido que sufrir y burlar a las burocracias sindicales. “En el contexto económico actual, la contribución del Diálogo Social es incluso más decisiva que en etapas anteriores”, así reza, con mayúsculas levitantes incluidas, la declaración conjunta del gobierno, la patronal y los sindicatos firmada en el mes de julio. Saben del sufrimiento social que genera y generará su política de crisis y quieren prevenir la protesta, la manifestación del conflicto.

    El sindicalismo oficial se mueve hoy entre la administración del corporativismo existente, la gestión del trocito de mercado clientelar que le han asignado, el entreguismo y, a veces, incluso, la corrupción (Sintel, SEAT, Naval de Gijón, Babcock, Citibank). Ha institucionalizado como ideología la paz o diálogo social, que es el nombre respetable que otorgan a las tareas de contención del conflicto de clase.

    Sólo podemos salir de la debilidad extrema desde lo que se mueve, y no desde la nostalgia de lo que un día se movió. “La continuidad del movimiento obrero revolucionario es la historia de su discontinuidad, de las rupturas radicales que en el mismo se han producido. El movimiento obrero revolucionario renace siempre de una madre virgen. Las putas de la continuidad se encuentran siempre en los institutos de historia del movimiento obrero”(30).

    Las Asambleas de Parados y Precarios, y las Oficinas de Derechos Sociales, con todas sus contradicciones e intermitencias, son otra avanzadilla de ese sujeto que pugna por expresarse. “El movimiento de los parados saca a los parados y, con ellos, a todos los trabajadores precarios, cuyo número aumenta cada día, de la invisibilidad, el aislamiento, el silencio, en pocas palabras, de la inexistencia”(31). Pierre Bourdieu hablaba así del movimiento de parados y precarios que surgió en el 98 en Francia; se trata de captar esa nueva y radical invisibilidad al tiempo que la potencialidad subversiva de las nuevas fuerzas del trabajo, sin caer en la edulcoración estética de la precariedad ni en los lenguajes jergales de vanguardia.

    No hay nada nuevo bajo el sol, dice la izquierda autista, temerosa del frío de la calle. Todo es nuevo en el postcapitalismo, dicen los idólatras de la novedad. Ni una cosa ni la otra: hay muchas formas nuevas de dominio en el capitalismo actual, pero inscritas en la trama del capitalismo histórico.

    Las huelgas mencionadas, la organización de parados y precarios en Asambleas y Oficinas de Derechos Sociales, el Encuentro Social Alternativo al Petróleo o el movimiento contra la refinería en Extremadura, enunciados de forma voluntariamente deslavazada y a título de ejemplo, serían algunos de “nuestros acontecimientos”, algunas de las creaciones del nuevo movimiento obrero y de los movimientos sociales críticos que pueden servir como indicadores de por dónde podría reconstruirse una alianza social alternativa al capitalismo. Los acontecimientos son “eclosiones de una posibilidad improbable en un campo de posibles”, hechos intempestivos, “fuera del tiempo adecuado”, capaces de suspender la rutina de la situación (32). Las propuestas alternativas a la crisis sistémica sólo pueden salir del movimiento social, de la convergencia de las luchas.

    La emergencia del movimiento antiglobalización fue el principal acontecimiento de la última década para las gentes que luchan por una alternativa sistémica. Seattle, Génova, Porto Alegre, Florencia son algunas de las ciudades que pusieron nombre a esa esperanza. El “movimiento de movimientos” apuntaba precisamente a la construcción de una nueva totalidad de análisis y de intervención política. Un movimiento cuyo componente central lo constituían millones de jóvenes precarios, que reunía la sabiduría anticapitalista desperdigada en la fragmentación de las resistencias parciales y que disputaba la hegemonía al capitalismo en el tablero global.

    En aquel movimiento se incubó la rebelión que hoy recorre América Latina, de Venezuela a Bolivia. Y también se generó allí el movimiento contra la guerra de Irak que dejó tocada de muerte la aventura americana y sus delirios de nuevo impulso imperial. Pero aquel movimiento, en su primer despliegue, fue derrotado: la cooptación de algunos de sus componentes para el neoliberalismo de rostro humano y la dispersión e inmersión de otros muchos, marcó los últimos años. Los foros sociales mundiales se institucionalizaron y los movimientos más críticos emprendieron la retirada a sus parcelas de lucha, a los acuíferos e intersticios propios.

    Hoy, paradójicamente, cuando arrecia la crisis global, el movimiento de crítica a la globalización capitalista está ausente. Urge un nuevo ciclo de luchas que intervenga en las principales contradicciones (crisis energética, ofensiva antisocial, brecha Norte-Sur), posibilite las alianzas sociales y fragüe las alternativas programáticas. Y para ello hace falta una estrategia propia; en Argentina, en el 2001, cuando el corralito ponía fin al cuento de la lechera del neoliberalismo, las gentes salían a la calle gritando “Piquetes y cacerolas, la lucha es una sola”, expresando así una alianza posible entre la clase obrera desempleada y las nuevas clases medias; en Francia, tras la explosión de la banlieu, de los suburbios de París, comenzó la rebelión contra el CPE, el contrato para la precariedad del empleo juvenil, que precarizaba aún más a los futuros titulados universitarios. Tanto en un caso como en otro la alianza social posible,

    alternativa al neoliberalismo, fracasó; los puentes fueron dinamitados sistemáticamente por el poder, el beneficiario de la incomunicación de las luchas...

    Es tiempo de creación, no de rutina. Tiempo de perder el miedo a salirse del tiesto, de repensar los instrumentos de lucha, de refutar los “mecanismos de la costumbre”. Tiempo de juntar una queja y otra queja, de fundar pueblo precario, de salir de los letargos y de los ghettos. Tiempo de recordar que, como dice un compañero de la Asamblea de Parados y Precarios de Mérida, “higo a higo se llena el canasto”. Tiempo de anudar rebeldías y de crear crisis política.

    Tiempo de crisis, tiempo de lucha.

    Bibliografía

    1. Vallejo, César (1996): Antología poética. Madrid. Espasa Calpe. El verso corresponde al poema “Parado en una piedra”.

    2. Ana, Marcos (2007): Decidme cómo es un árbol. Barcelona. Umbriel Editores. El verso corresponde al poema “Mi corazón es patio”.

    3. Mattick, Paul (1977): Crisis y teoría de las crisis. Barcelona. Edicions 62.

    4. Marx, Karl (1976): El Capital. Madrid. Akal.

    5. Renault, Emmanuel: entrevistado por Espai en Blanc. http://sindominio.net/spip/espaienblanc/El-sufrimiento-social-Entrevista-a.html

    6. Bourdieu, Pierre (1999): Contrafuegos. Barcelona. Anagrama.

    7. Revista Espai en Blanc, número 3-4.

    8. Bensaid, Daniel (2006): Resistencias: ensayo de topología general. Barcelona. Ediciones de Intervención Cultural.

    9. Portantiero, Juan Carlos (1983): Los usos de Gramsci. Buenos Aires. Folios Ediciones.

    10. Aglietta, Michel (1979). Regulación y crisis del capitalismo. Madrid. Siglo XXI.

    11. Marx, Karl: obra citada.

    12. Blackburn, Robin (2008): La crisis de las hipotecas subprime. Artículo incluido en el número 50 de New Left Review.

    13. Marx, Karl: obra citada.

    14. Chesnais, Francois (2002): La globalización y sus crisis. Madrid. Los Libros de la Catarata.

    15. Beinstein, Jorge: Entrevista. Por qué esta crisis no es como las anteriores.

    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=71074

    16. Blackburn, Robin: obra citada.

    17. Gramsci, Antonio (1975): Cuadernos de la cárcel. México. Juan Pablos Editor.

    18. Gouverneur, Jacques. Comprender la economía. Texto de acceso libre en la red.

    19. Guerrero, Diego (2002): Economía no liberal para liberales y no liberales. Libro de acceso gratuito: http://www.eumed.net/cursecon/libreria/2004/dg/dg.htm

    20. Mattick, Paul: obra citada.

    21. Barcellona, Pietro (1996): El individualismo propietario. Madrid. Trotta.

    22. Manuel Escudero. Artículo de opinión en El País, 28 de julio de 2008.

    23. Torres, Juan: Los liberales se ponen en marcha: intervención masiva en los mercados. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=62377

    24. Mattick, Paul: obra citada.

    25. Negri, Antonio (2001): Marx más alla de Marx. Madrid. Akal

    26. López Petit, Santiago en Espai Blanc.

    27. Aristóteles (2000): Política. Madrid. Alianza Editorial.

    28. Robert Kurz (2004): El declive de la clase media. http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2004/2004cuart/educacion/e1362610-4.asp

    29. Perry Anderson (2000): Los orígenes de la posmodernidad. Barcelona. Anagrama.

    30. Negri, Antonio (2004): Los libros de la autonomía obrera. Madrid. Akal.

    31. Bourdieu, Pierre: obra citada.

    32. Bensaid, Daniel: obra citada.

    Tiempo de crisis, tiempo de lucha | 22-09-2008 - 09:22:59 GMT 1 #

  20. Refundación del capitalismo, por Juan Francisco Martín Seco : A menudo descubrimos el Mediterráneo. Así les está ocurriendo en estos momentos a los mandatarios internacionales, cuando repiten la frase, acuñada, creo, por Sarkozy, de que es necesario refundar el capitalismo. Esa refundación se realizó mucho tiempo atrás, lo que pasa es que nos habíamos olvidado de ella y nos habían arrastrado de nuevo a los orígenes.
    Siempre me ha sorprendido la caradura de algunos neoliberales -y estos últimos años casi todo el mundo actuaba como tal- que apuntan en su haber el fracaso del comunismo y aseguran que el único sistema viable era el capitalismo, entendido éste, claro está, con sus parámetros: libertad absoluta de capital, mercados y dinero, olvidando o queriendo olvidar que ese sistema, tal como lo conciben, había muerto mucho antes, en la crisis de 1929.

    En otros tiempos era habitual en los manuales de economía distinguir tres sistemas económicos: el de planificación centralizada, propio de los países socialistas, el capitalista o de libertad absoluta de mercado y el de economía mixta. El tercero es una mezcla de los dos anteriores, porque, si bien en general acepta el mercado, niega su autorregulación, con lo que asume la necesidad de una intervención fuerte y decidida de los poderes públicos en la economía; si bien aprueba la propiedad privada, admite la conveniencia de que el Estado mantenga el dominio, el control e incluso la propiedad de sectores estratégicos y con un fuerte impacto en el bienestar de la sociedad o de sectores en los que la competencia sea imposible. Jurídicamente se le ha llamado Estado social y así figura en la carta magna de la mayoría de los países occidentales.

    Este último es el único que, hoy por hoy, resulta viable y al único también que cabe atribuirle la victoria sobre el comunismo. Sin embargo, con un gran oportunismo, una vez que fracasó el socialismo real, los partidarios del capitalismo a secas se adjudicaron el triunfo y han pretendido, y en buena medida lo han conseguido, que las llamadas economías mixtas retrocediesen hacia el modelo que había fracasado ya con anterioridad. Los resultados están a la vista, y si hoy no se produce una catástrofe económica como la de 1929 será tan sólo porque los neoliberales no han conseguido por completo sus propósitos y porque se van a abandonar todos los dogmas que el pensamiento único había venido manteniendo.

    No hay que refundar el capitalismo, únicamente se necesita retornar a ese sistema intermedio que nunca se debió abandonar. Me temo que la refundación del capitalismo de la que hablan los mandatarios internacionales no es más que una cortina de humo para ocultar y al mismo tiempo justificar los miles de millones de euros que les va a costar a los contribuyentes de todos los países este festival de libertad económica en el que algunos se han refocilado. Constituye simplemente un conjunto de parches que no van a solucionar los problemas de fondo y que desde luego no impedirán que dentro de unos cuantos años vuelva a producirse otra crisis como la actual.

    La declarada intención de la Administración Bush de adoptar en el futuro medidas correctoras queda en evidencia cuando, tras la pretensión de gastar 250.000 millones de dólares de los contribuyentes en adquirir acciones de los bancos, renuncian a que el Estado intervenga en la gestión, manteniendo el principio de que toda intervención estatal es mala excepto para insuflar dinero con el que tapar los agujeros creados por los "buenos gestores". Lo más extraño de la cuestión es que éste sea precisamente el planteamiento de los gobernantes. Es como si dijesen: "No se fíen de nosotros que somos sectarios y corruptos y además malos gestores e incompetentes. Confíen en los banqueros y en los grandes empresarios, que aunque hagan estas pifias de vez en cuando son honestos y diligentes".

    Pocas expresiones de mayor cinismo que la manifestada por la presidenta de la Comunidad de Madrid en el anuncio de la privatización del Canal de Isabel II, esgrimiendo como razón la conveniencia de que los madrileños participasen en la gestión del agua. Es decir, que ella no se considera representante de los madrileños y piensa que están mejor representados por las pocas personas y grupos económicos que adquieran las acciones. Es la misma filosofía que subyacía en los gobiernos de Aznar cuando, tras las privatizaciones, manifestaban que habían devuelto las empresas a la sociedad. ¿Cómo confiar en nuestros sistemas democráticos y en los gobernantes si son ellos mismos los que se descalifican?

    Todo el programa propuesto por los mandatarios internacionales para refundar el capitalismo se reduce a limitar las retribuciones de los directivos y de los administradores y potenciar el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo primero está bien, pero resulta una ingenuidad pensar que es suficiente para conseguir que el sistema funcione adecuadamente y que la avaricia y el lucro privado no primen sobre los intereses generales. En cuanto al FMI, no deja de ser curioso que se ofrezca como solución colocar al zorro al cuidado del gallinero. El FMI ha sido el máximo defensor de ese sistema que nos ha conducido a la ruina. Su postura ha sido tan sectaria que se ha quedado sin trabajo porque la mayoría de los países emergentes han huido de él como de la peste, convencidos de que sus consejos -que en el caso de haberles concedido préstamos eran imposiciones-, lejos de ayudarles, les conducían al desastre.

    Refundación del capitalismo | 27-10-2008 - 08:22:38 GMT 1 #

  21. Sobre la crisis del capitalismo y la coyuntura mundial :
    Alberto Anaya Gutiérrez Coordinador Nacional Partido del Trabajo (México)
    Esta ponencia tiene el propósito de ofrecer a los asistentes a este importante
    Seminario sobre los desafíos y problemas del mundo contemporáneo, un conjunto
    de elementos que permitan analizar la combinación de crisis sistémica y cíclica
    por la que atraviesa el capitalismo, así como los perfiles y rasgos característicos
    de la actual coyuntura mundial. Con base en ello, buscamos caracterizar las
    perspectivas que se presentan a los pueblos y las fuerzas de izquierda y centroizquierda
    en la lucha contra el capitalismo salvaje y su globalización neoliberal.
    Ponemos a su consideración las siguientes tesis.
    1. La etapa actual se caracteriza por la combinación de una crisis sistémica con
    una crisis cíclica del capitalismo, y por el fracaso del modelo neoliberal y la
    globalizacion como estrategias para superarlas. En lugar de ello, han recrudecido
    estas crisis y sus efectos económicos, sociales, políticos y culturales en la mayor
    parte del mundo. En estas condiciones, han venido configurándose vigorosos
    movimientos populares y frentes políticos y electorales, que por necesidad están
    acercando y combinando posiciones, programas y formas de lucha diversos, que
    fundamentalmente se expresan en dos grandes bloques: las corrientes
    exclusivamente antineoliberales y antiglobalización, por un lado; y las corrientes
    anticapitalistas y revolucionarias, por otro. En los años recientes estos dos
    bloques han tendido a confluir en los movimientos altermundistas y las luchas
    nacionales por el poder político en diversos países.
    2. El capitalismo es un sistema económico, social y político que por su propia
    naturaleza se desenvuelve a través de crisis periódicas, tanto estructurales o
    sistémicas como cíclicas. La historia de los pasados tres siglos del capitalismo
    registran por lo menos cuatro crisis sistémicas:
    - La que en la segunda mitad del siglo XVIII enmarcó el desarrollo de la primera
    Revolución Industrial, a la que estuvieron vinculados significativos procesos
    sociopolíticos como la Revolución de Independencia de Estados Unidos, la
    Revolución Francesa, el movimiento ludista en Gran Bretaña y las
    Revoluciones de Independencia en América Latina y el Caribe, entre los más
    relevantes.
    - La de mediados del siglo XIX que propició las Revoluciones de 1848-1849 en
    varios países de Europa, en las que apareció por primera vez el proletariado
    como clase propiamente dicha, aunque todavía subordinada al programa de la
    http://resistir.info/serpa/comunicacoes/comunicacoes.html
    burguesía liberal. Este proceso desembocó en la transformación del sistema
    capitalista y su entrada en la fase imperialista, caracterizada por la fusión del
    capital industrial con el bancario, de donde surgió el capital financiero.
    - La llamada “Gran Crisis” de 1929-1933 en la que estuvo seriamente en
    cuestión la sobrevivencia del propio sistema capitalista, a la que estuvieron
    asociados la derrota de la clase obrera europea por los regímenes fascistas de
    Italia, Alemania y España, la Segunda Guerra Mundial, y la subsecuente
    división del planeta en dos grandes bloques y la “Guerra Fría”, así como el
    triunfo de las Revoluciones en China, Vietnam y Corea del Norte, y los
    procesos de Independencia de la India y de los países africanos.
    - Y la más reciente crisis sistémica que inició a principios de la década de 1970
    con la crisis del dólar y la consiguiente ruptura unilateral por parte de Estados
    Unidos del patrón oro-dólar que era el arreglo de posguerra de Bretton Woods.
    Esta crisis internacional dio paso al modelo neoliberal y su modalidad de
    globalización como estrategias para tratar de superar los graves problemas del
    sistema capitalista, pero que en lugar de ello se han recrudecido por la propia
    naturaleza de dichas estrategias.
    3. La historia del capitalismo registra, asimismo, numerosas crisis cíclicas de largo
    plazo como las siguientes: 1819-1821, 1847-1848 (que coincidió con la crisis
    sistémica en esos años), 1871-1873 (a la que estuvo relacionada la Comuna de
    París; que, por otro lado, inauguró la fase imperialista clásica; y encuadró el
    desarrollo de la Segunda Revolución Científico-Técnica de las últimas dos
    décadas del siglo XIX), 1902-1903 (a la que estuvieron relacionadas la Primera
    Guerra Mundial y la Revolución Rusa), 1929-1933 (que coincidió con la crisis
    sistémica de esos años), y la de principios de la década de 1970. En el marco de
    estos ciclos de 20-25 años y de sus momentos de crisis, han tenido lugar las
    llamadas crisis cíclicas de menor plazo de entre 5, 7 o 10 años. Estas crisis de
    periodos más cortos, también han coincidido en diversas ocasiones con los otros
    dos tipos de crisis descritos previamente.
    4. Al término de la Segunda Guerra Mundial varios factores confluyeron para que
    tuviera lugar la llamada “expansión de posguerra”, etapa que se extendió de 1947
    a 1973 y que también fue conocida como los “30 años dorados” del capitalismo.
    Entre estos factores destacan los siguientes:
    - El nuevo marco institucional diseñado y convenido en Bretton Woods, New
    Hampshire, Estados Unidos en 1944, y que regiría las relaciones, dinámica y
    operaciones del sistema capitalista internacional: ONU, FMI, BIRF (Banco
    Mundial), BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y GATT (ahora OMC).
    - La reconstrucción de Europa mediante el Plan Marshall, y del Japón con un
    plan específico.
    - La introducción a los procesos productivos, y que generaron nuevas ramas
    económicas, de las primeras innovaciones que caracterizarían a la Tercera Revolución Científico-Técnica, la cual se ha desplegado plenamente a partir de
    los años ochenta: microelectrónica, cibernética, informática, aeroespacial,
    energía nuclear, robótica, comunicación satelital, biotecnología e ingeniería
    genética. Esta introducción promovió un proceso de recuperación y
    profundización de los procesos de acumulación de capital en los países
    industrializados, preponderantemente en Estados Unidos que lo llevaron a
    convertirse en la primera potencia económica, tecnológica y militar del mundo.
    - La aplicación generalizada de políticas keynesianas que promovieron la
    configuración de la “economía mixta” y el Estado de Bienestar, mediante el
    intervencionismo económico estatal, políticas monetarias expansionistas y
    políticas fiscales deficitarias. Las políticas keynesianas llegaron a traducirse en
    un “keynesianismo de guerra” en varios conflictos regionales como en China,
    Corea del Norte y Vietnam, entre otros.
    - La industrialización de numerosos países de lo que se denominó en esos años
    el “Tercer Mundo”, por la vía de las inversiones externas de las empresas
    multinacionales, y mediante el modelo de sustitución de importaciones (modelo
    preferentemente adoptado por varios países de América Latina). Estos
    factores ampliaron y fortalecieron los mercados internos de los países del
    “Tercer Mundo”, redundaron en desarrollos importantes de su infraestructura
    básica, su modernización y la elevación de los estándares de vida de los
    sectores populares y las clases medias, además de ampliar, fortalecer y
    acelerar sus procesos de acumulación de capital.
    5. En este periodo de más de dos décadas, las tasas de crecimiento económico
    de los países industrializados fueron de entre 3 y 5%, sobresaliendo el “milagro
    japonés” con una tasa promedio de 7%. En numerosos países de América Latina
    el crecimiento tuvo tasas de entre 3, 4 y hasta 5%, destacando México con una
    tasa ligeramente superior a 6% anual. Durante la mayoría de todos estos años, y
    salvo breves períodos, la inflación no fue muy alta; pero hacia finales de los años
    sesenta y principios de los setenta comenzó a representar un factor de
    incertidumbre y desaceleración de la acumulación de capital.
    6. En 1968 y los años inmediatamente posteriores, presenciaron la última oleada
    de ascenso y ofensiva contra el dominio del capital de las masas estudiantiles, los
    sectores populares y la clase obrera en numerosos países del mundo. Las
    reivindicaciones iban desde el mejoramiento de los salarios y las condiciones de
    trabajo y de vida, hasta el malestar cultural de los jóvenes. En estos mismos años
    emergió con más fuerza el cuestionamiento desde dentro y de fuera del llamado
    “socialismo real”, y se fueron agudizando las contradicciones que llevaron al
    derrumbe del bloque Este-europeo y de la URSS entre 1989 y 1991. El capital, las
    clases dominantes y las estructuras e instituciones del poder político e ideológico
    tomaron nota, y se prepararon para impulsar una contraofensiva. El momento
    propicio fue la crisis de principios de la década de 1970.
    7. La crisis capitalista internacional de principios de los años setenta canceló
    abruptamente esa prolongada fase de expansión económica, hizo a un lado las
    políticas keynesianas y propició las condiciones para la contraofensiva del capital
    hegemonizada por los sectores neoliberales de las clases dominantes. Esta
    contraofensiva tuvo como antecedentes inmediatos el experimento de la corriente
    monetarista de los “Chicago Boys”, a quien se encargó el diseño y manejo de la
    política económica de Chile después del sangriento golpe de Estado a Salvador
    Allende por parte de Pinochet.
    8. La contraofensiva capitalista adoptó la forma del modelo neoliberal y de la
    globalizacion comandada por él, que inicialmente se instrumentaron en los últimos
    años de la década de los setenta y los primeros años ochenta en los países
    capitalistas más industrializados, especialmente en Gran Bretaña bajo el gobierno
    de Margaret Tatcher y en Estados Unidos bajo el primer gobierno de Ronald
    Reagan. A partir de entonces y hasta nuestros días, el neoliberalismo y la
    globalizacion se extendieron por todo el mundo y se han mantenido como ejes
    rectores de la economía, la vida social, la política, las relaciones internacionales y
    la cultura en la mayoría de los países de todos los continentes.
    9. El neoliberalismo y la globalizacion han sido los instrumentos primordiales de la
    contraofensiva del capital, fundamentalmente de la fracción que ha sometido a la
    economía mundial a sus intereses y designios: el capital financiero,
    particularmente el capital especulativo. Con ellos se buscó alcanzar los siguientes
    objetivos:
    - Derrotar a la clase obrera y a los sectores populares que se lanzaron a la
    ofensiva a fines de los años sesenta y principios de los setenta.
    - Desmantelar las estructuras, instituciones y beneficios económicos y sociales
    derivados de la “economía mixta” y del Estado de Bienestar.
    - Reestructurar la economía capitalista internacional en favor de los intereses
    del capital financiero especulativo, las grandes corporaciones transnacionales
    y de las potencias capitalistas, principalmente Estados Unidos.
    - Establecer el libre flujo de inversiones y del comercio de bienes y servicios,
    mediante esquemas que favorecían claramente a las potencias capitalistas en
    detrimento de los países periféricos.
    - La privatización del patrimonio nacional.
    - Imponer políticas fiscales regresivas para convertir de hecho a los países
    atrasados y dependientes en verdaderos paraísos fiscales para el capital,
    especialmente para el capital financiero especulativo.
    - Apropiarse de los recursos naturales estratégicos como los energéticos, el
    agua, la biodiversidad, y facilitar la explotación de la fuerza de trabajo a nivel
    global.
    - La formación de megabloques económicos para repartirse dichos recursos, los
    territorios, la explotación de la fuerza de trabajo y los recursos financieros de la
    periferia capitalista; así como para hacer alianzas estratégicas para controlar
    los mercados globales, regionales y en los diversos países. Esto nos ha
    llevado a una nueva redefinición geoeconómica y geopolítica, que tiene como
    propósito el nuevo reparto del mundo. En ete proceso de redefinición del
    planeta se inscribe el plan imperialista estadounidense del ALCA, y ahora el
    plan alterno de establecer tratados comerciales bilaterales por parte de
    Estados Unidos con cada uno de los países de América Latina y el Caribe.
    - Acabar con el nacionalismo y la soberanía, y someter a los Estados nacionales
    a la lógica de la globalizacion financiera, eliminando su papel regulatorio y su
    obligación de procurar el bienestar de la sociedad.
    - Promover el individualismo egoísta y la carencia del compromiso social y
    político de las personas, como rasgos dominantes de la cultura neoliberal.
    - Para efectos de la manipulación ideológica, los neoliberales prometieron que
    después de los ajustes estructurales y la estabilización de las economías, se
    recuperaría el crecimiento económico y el bienestar social, se generarían más
    empleos, aumentarían los salarios reales, mejorarían las condiciones y calidad
    de vida de la población, y todo ello se llevaría a cabo sobre “bases económicas
    sanas” que permitirían un desarrollo sostenido a largo plazo.
    10. La instrumentación del neoliberalismo y la globalización fue facilitada por el
    derrumbe del bloque Este-europeo y de la URSS, que se tradujo en un mundo
    unipolar con condiciones que propiciaron el restablecimiento de la hegemonía
    económica y político-militar de Estados Unidos. Fue en este contexto que se
    fraguó la nueva estrategia imperialista con pretensiones imperiales de Estados
    Unidos, que adoptó George Bush hijo bajo el principio de “guerra preventiva
    contra el terrorismo” a partir del 11 de septiembre de 2001.
    11. El despliegue de las potencialidades de la Tercera Revolución Científico-
    Técnica en la década de los ochenta, permitió que se instrumentara la
    globalizacion financiera, de la producción y de la circulación de bienes y servicios.
    La disponibilidad de estas tecnologías hizo posible la instrumentación de la
    globalizacion neoliberal. Este proceso se confunde con la inevitabilidad de dicha
    globalizacion. Ahora que la globalizacion muestra su fracaso en la magnitud de la
    pobreza y los desastres económicos y ecológicos del mundo, se ha hecho
    evidente que se trataba de una estrategia para superar la crisis cíclica y sistémica
    del capitalismo, y a la vez una estrategia para relanzar el dominio imperialista de
    Estado Unidos sobre el resto del planeta.
    12. En realidad el modelo neoliberal fracasó en las metrópolis capitalistas y fue
    abandonado hace más de una década. Sin embargo, el neoliberalismo y la
    globalizacion han sido mantenidos férreamente por las potencias capitalistas,
    principalmente por Estados Unidos, como los instrumentos centrales de
    dominación sobre el resto del mundo. En este sentido, son mantenidas como las
    estrategias para sacar al sistema capitalista de su crisis sistémica y cíclica
    después de casi tres décadas de expansión (1947-1973), a costa de la mayoría
    de los países y de los pueblos del mundo. Han sido estrategias de saqueo de sus
    recursos y de explotación de sus poblaciones, que han redundado en la
    concentración de la riqueza en unos cuantos y la pobreza y miseria de tres
    cuartas partes de la población mundial. Han sido estrategias de retroceso de las
    conquistas económicas, sociales y culturales en la mayor parte del planeta. En
    materia de alimentación, salud, educación y los derechos humanos más
    elementales, estas estrategias han representado retrocesos variables, pero en
    promedio nos remiten a condiciones propias de los años cincuenta y sesenta; es
    decir, un retroceso de medio siglo.
    13. El neoliberalismo y la globalizacion, en lugar de sacar al capitalismo de su
    crisis sistémica y cíclica, han recrudecido los problemas económicos, sociales,
    políticos, ecológicos y culturales del planeta. Lo que se ha configurado en los años
    recientes es la combinación de una nueva crisis cíclica con una crisis sistémica,
    que amenaza con llevar al mundo a una situación semejante a la que se vivió el
    mundo con la “Gran Crisis” de 1929-1933.
    14. La década de los ochenta fue para los países capitalistas desarrollados un
    periodo de crecimiento bajo e irregular. El único país desarrollado que mostró un
    crecimiento elevado y de largo plazo en esos años fue Japón, pero entró en una
    crisis histórica de su “modelo de economía abierta” que hasta la fecha no ha
    concluido. Pero para los países atrasados y dependientes, los años ochenta
    fueron lo que se ha dado en llamar una “década perdida”.
    15. En aparente contraste, la década de los noventa fue de recuperación de la
    economía mundial que registró una tasa promedio anual de entre 3 y 3.5%, en
    donde la economía de Estados Unidos jugó el papel de locomotora con un
    crecimiento promedio de entre 3.5 y 4%. Paralelamente, algunas naciones de
    Europa occidental como Inglaterra, Alemania y Francia tuvieron un periodo de
    crecimiento de entre 2 y 3%. Por su parte, en Japón el crecimiento fue nulo
    teniendo inclusive algunos años con crecimiento negativo. No obstante esta
    situación, para muchos de los países periféricos el crecimiento fue variable e
    inestable con una marcada tendencia a la recesión, que prácticamente convirtió a
    esa década de los noventa en otra década perdida. En esta situación se encontró
    a lo largo de los noventa la mayoría de los países de Latinoamérica y el Caribe,
    Africa y varios países de Asia.
    16. En el marco de esta aparente recuperación de la economía mundial de los
    años noventa, y como expresión de la nueva crisis sistémica que hemos señalado,
    tuvieron lugar las crisis financieras de Grecia y Turquía en 1992, de México en
    1994-1995, de los “Tigres Asiáticos” y otras economías del Sudeste Asiático en
    1997-1998, de Rusia y Brasil en 1998-1999, y la reciente crisis de Argentina de
    2001-2002.
    17. En el año 2000 Estados Unidos entró en recesión, reventó la burbuja
    financiera especulativa asociada a las ramas de alta tecnología que llevó a la
    quiebra de varias grandes corporaciones transnacionales de ese país, y que
    finalmente se tradujo en un proceso recesivo que se extendió por la mayor parte
    del sistema capitalista mundial. Insistimos en que esta nueva crisis cíclica se está
    dando en el contexto de una nueva crisis sistémica.
    18. Frente a la combinación de la crisis cíclica y sistémica del capitalismo mundial,
    resaltan las experiencias de los países que han decidido mantenerse en la ruta de
    la construcción socialista, pero adoptando reformas económicas estructurales
    para insertarse en condiciones favorables a la economía mundial globalizada,
    manteniendo la rectoría del Estado sobre los procesos de cambio económico y
    social. Estos países son: China que durante las últimas dos décadas ha crecido a
    un promedio de 9%; Vietnam, que casi en el mismo lapso ha crecido entre 6 y 7%;
    Cuba, que después del inevitable “periodo especial” por el derrumbe de la URSS,
    desde 1994 ha crecido hasta la fecha a una tasa promedio de 3.2%; y Corea del
    Norte, que también padeció una seria crisis de mediados de los noventa hasta
    2002, en el periodo reciente está recuperando el crecimiento económico. Esto
    prueba fehacientemente la falsedad de la tesis del FMI y del Banco Mundial, de
    que sólo mediante sus “recetas” era posible reestructurar las economías y
    recuperar la senda del crecimiento para genera bienestar social. Prueba, por el
    contrario, que el neoliberalismo, la globalizacion y las recetas fondomonetaristas
    sólo han sido estrategias para sacar al sistema capitalista de sus crisis sistémica y
    cíclica; para redefinir el dominio del planeta por el capital financiero especulativo y
    las grandes transnacionales; y para refuncionalizar la hegemonía económica y
    político-militar del imperialismo estadounidense y sus aliados.
    19. Hemos ofrecido elementos para mostrar que en las pasadas dos décadas el
    capitalismo se ha visto afectado por una grave situación. Sin embargo, en los
    años recientes se ha puesto en evidencia la combinación de las crisis cíclica y
    sistémica, que tiene al mundo en el estancamiento económico y que no hay visos
    de solución en el corto plazo. La economía de Estados Unidos, que fue la
    “locomotora” del crecimiento, a partir del 2000 entró en recesión. Sus tasas de
    crecimiento han sido estas: en 2001, 0.3%; en 2002, 2.4%; y 3% en 2003, pero sin
    que esta cifra fuera acompañada de inversiones productivas ni generación de
    empleos. En la Unión Europea, Alemania ha registrado bajas tasas de
    crecimiento: en 2001, 0.8%; en 2002, 0.2%; y en 2003, 1%. En Francia las tasas
    fueron de 2.1% en 2001, 1.2% en 2002 y 0.5 en 2003. Gran Bretaña tuvo estas
    tasas: 2.1% en 2001, 1.9% en 2002 y 1.7% en 2003. Debido a lo anterior, el
    desempleo se ha vuelto crónico en la Unión Europea, con una tasa promedio de
    entre 10 y 12% en los últimos años. Por su parte, Japón presentó este
    desempeño: 0.4% en 2001, 0.2% en 2002 y 1,1% en 2003.
    20. En este contexto recesivo de los países capitalistas más desarrollados, la
    situación de los países periféricos se ha visto gravemente afectada, y las políticas
    neoliberales han acrecentado sus problemas. Por mencionar sólo algunos
    ejemplos en la región latinoamericana y caribeña, Argentina registró estas cifras:
    -4.4% en 2001, -10.9% en 2002, y 6.2% en 2003; Brasil: 1.4%, 1.5% y 2%,
    respectivamente; Chile: 3.1%, 2.1% y 3.2%, respectivamente; México: -0.2%,
    0.7% y 1.3%, respectivamente; República Dominicana: 3.2%, 4.1% y –3%,
    respectivamente; y Guatemala: 2.3%, 2.2% y 2.4%, respectivamente. A este
    panorama hay que agregar que la región de América Latina y el Caribe es la que
    muestra la peor distribución del ingreso en el mundo: un puñado de
    multimillonarios frente a 250 millones de pobres (el 50% de la población total).
    21. La mayoría de las economías de Asia tienen una participación marginal en la
    economía mundial. Sus altas tasas promedio de crecimiento obedecen
    principalmente al comportamiento de las economías de China (7.5% en 2001, 8%
    en 2002 y 9.1% en 2003), Vietnam (5%, 5.8% y 6%, respectivamente), India
    (4.2%, 4.7% y 5.6%, respectivamente), Corea del Sur (3.1%, 6.2% y 2.5%,
    respectivamente), y Pakistán (2.7%, 4.4% y 5.4%, respectivamente). No obstante,
    debe tenerse presente que esta región del mundo se convertirá en una gran
    potencia económica en las próximas décadas.
    22. En este marco de crisis cíclica y sistémica combinadas, se ha venido
    generalizando una crisis de credibilidad e incertidumbre entre los pueblos del
    mundo, principalmente en los países periféricos, atrasados y “emergentes”. Esta
    confluencia de crisis económica y crisis social y política, se ha traducido en
    insurrecciones sociales (pacíficas y violentas), insurrecciones electorales y
    recambios abruptos en la conducción gubernamental de varios países. Estos
    procesos han combinado creativamente viejos y nuevos sujetos sociales y
    políticos, así como planteamientos programáticos de viejo cuño pero aún vigentes
    con nuevas reivindicaciones, y formas diversas de lucha. Todo esto se ha
    reflejado en la configuración y acciones de amplios movimientos de masas y
    frentes político electorales. Ahí están los casos latinoamericanos de Venezuela
    (con el triunfo de Chávez en el Referéndum Revocatorio de agosto pasado) ,
    Ecuador, Brasil, Bolivia, Argentina, Uruguay, Colombia y El Salvador, pero
    también Portugal y recientemente España, por mencionar los más recientes.
    23. Portugal merece una mención particular. A pesar de los problemas
    económicos y sociales, y de su rezago respecto a los países más avanzados de
    Europa occidental, la presencia de partidos de centro-izquierda en la conducción
    del país le ha permitido avanzar dentro de la Unión Europea y promover el
    desarrollo del país sin desatender totalmente la Agenda Social, en el marco de las
    severas restricciones que ha impuesto la modalidad neoliberal adoptada por la
    “Tercera Vía”. Esto explica que se haya alcanzado un PIB per cápita de más de 16
    mil dólares, pero también que persista una tasa de paro de alrededor de 8%. En
    todo caso, Portugal ejemplifica el difícil proceso que han tenido que afrontar el
    pueblo y las fuerzas de izquierda, de resistir al neoliberalismo y al mismo tiempo
    procurar la construcción de una alternativa de izquierda, socialista, para impulsar
    el desarrollo nacional. Deseamos que este esfuerzo fructifique en los próximos
    años.
    24. Como en otros periodos de la historia, la combinación de crisis sistémica y
    cíclica del capitalismo ha generado condiciones para el surgimiento de vigorosos
    movimientos populares y políticos alternativos a la dominación capitalista. Estos
    procesos se han venido expresando en la coyuntura actual bajo dos formas
    generales sin que sean mutuamente excluyentes, y poco a poco están buscando
    convergencias y formas de participación frentistas amplias: por un lado, las
    corrientes que sólo están contra la globalizacion neoliberal; y por otro, las
    corrientes abiertamente anticapitalistas y revolucionarias. Consideramos que esta
    convergencia debe impulsarse y fortalecerse por parte de todas las
    organizaciones sociales y políticas, para que juntos construyamos un poderoso
    movimiento popular y político que derrote al neoliberalismo y la globalizacion
    capitalista, y represente una alternativa para los pueblos del mundo.
    25. En el marco de esta combinación de crisis cíclica y sistémica, ante el fracaso
    del neoliberalismo y la globalizacion para superarlas, y ante el desastre mundial
    que todo esto ha provocado, al poder del capital y al imperialismo sólo le queda el
    uso unilateral de la fuerza. Esto se refleja en sus pretensiones imperiales de los
    últimos años, bajo la máscara de la “guerra preventiva contra el terrorismo”. Eso
    nos han mostrado las tragedias de Afganistán, Irak, Palestina y Haití, y las
    amenazas delirantes a otros países por parte del gobierno de Estados Unidos.
    26. El sistema capitalista, y en particular la gran potencia imperial, está buscando
    una reestructuración, en la coyuntura actual mediante el “keynesianismo de
    guerra” encauzado hacia las agresiones imperialistas sobre Afganistán, Irak y las
    amenazas sobre lo que ese gobierno delirante llama “el eje del mal” (Corea del
    Norte, Irán, Cuba, Venezuela y Libia), y retomando los viejos esquemas
    imperialistas del colonialismo. Sin embargo, el “keynesianismo de guerra” ha
    fracasado hasta ahora como estrategia extrema para sacar al capitalismo de sus
    crisis cíclica y sistémica combinadas.
    27. La relativa recuperación de la economía de Estados Unidos es artificial y
    electorera, por lo que no contradice nuestra tesis central de que estamos
    atravesando por la combinación entre una crisis cíclica y una crisis sistémica sin
    solución en el corto plazo. Es cierto que la economía estadounidense ha crecido a
    un promedio de 4% entre julio de 2003 y junio de 2004, pero tiene un déficit fiscal
    muy grande de alrededor de 600 mil millones de dólares (5% de su PIB), una
    suma similar como déficit en su balance entre exportaciones e importaciones y la
    salida y entrada de capitales; y el aumento en las tasas de interés y del precio del
    petróleo a un nivel record de entre 45 y 50 dólares por barril, están aumentando
    los costos de producción, lo cual está empujando a esa economía de nuevo al
    estancamiento. Esto se ha visto recientemente en que se esperaba un aumento
    de 245 mil puestos de trabajo en junio, y sólo se crearon 40 mil. Esto indica que el
    comportamiento de la economía de Estados Unidos más bien obedece a un
    deliberado y artificial manejo por parte del gobierno de Bush hijo para librar el
    proceso electoral de noviembre próximo, pero que pasado ese proceso, con
    muchas posibilidades de que se reelija George W. Bush, desencadenará fuerzas
    recesivas sobre el conjunto de la economía mundial de muy graves
    consecuencias para la mayoría de los pueblos del planeta.
    28. Para nosotros la salida es el socialismo. Esta es la única y verdadera solución
    a los problemas del capitalismo, que en la etapa actual se han vuelto dramáticos
    para la humanidad.
    29. Es urgente que aceleremos la construcción de ese poderoso movimiento
    social y político de izquierda y centro-izquierda a nivel internacional y en cada uno
    de nuestros países. Es urgente que configuremos ya una plataforma programática
    básica como alternativa al modelo neoliberal y su globalizacion. Es urgente que
    ampliemos y reforcemos la solidaridad internacional entre nuestros pueblos y
    organizaciones sociales y políticas. Es urgente que lleguemos a acuerdos básicos
    en todos estos puntos, para contar con los instrumentos fundamentales que nos
    permitan construir alternativas socialistas frente al capitalismo salvaje y la
    globalización neoliberal.

    Sobre la crisis del capitalismo y la coyuntura mundial | 13-11-2008 - 15:20:05 GMT 1 #

  22. ¿Debacle financiera, crisis sistémica?

    Samir Amin
    www.michelcollon.info

    Informe introductorio - Foro Mundial de las Alternativas - Caracas, Octubre de 2008

    La crisis financiera era inevitable

    La brutal explosión de la actual crisis económica no nos pilló desprevenidos. Además, yo la había evocado hace unos meses, cuando los economistas convencionales se esmeraban en minimizar sus consecuencias, particularmente en Europa. Para entender su génesis, conviene abandonar la actual definición del capitalismo, que hoy día se suele definir como "neoliberal globalizado". Esta calificación es engañosa y oculta lo esencial. El sistema capitalista actual está dominado por un puñado de oligopolios que controlan la toma de decisiones fundamentales en la economía mundial. Unos oligopolios que no sólo son financieros, constituidos por bancos o compañías de seguros, sino que son grupos que actúan en la producción industrial, en los servicios, en los transportes, etc. Su característica principal es su financiarización. Con eso conviene comprender que el centro de gravedad de la decisión económica ha sido transferido de la producción de plusvalía en los sectores productivos hacia la redistribución de beneficios ocasionados por los productos derivados de las inversiones financieras. Es una estrategia perseguida deliberadamente no por los bancos, sino por los grupos "financiarizados". Más aún, estos oligopolios no producen beneficios, sencillamente se apoderan de una renta de monopolio mediante inversiones financieras.

    Este sistema es sumamente provechoso para los segmentos dominantes del capital. Luego no estamos en presencia de una economía de mercado, como se suele decir, sino de un capitalismo de oligopolios financiarizados. Sin embargo, la huida hacia delante en las inversiones financieras no podía durar eternamente cuando la base productiva sólo crecía con una tasa débil. Eso no resultaba sostenible. De ahí la llamada "burbuja financiera", que traduce la lógica del sistema de inversiones financieras. El volumen de las transacciones financieras es del orden de dos mil trillones de dólares cuando la base productiva, el PIB mundial sólo es de unos 44 trillones de dólares. Un gigantesco múltiplo. Hace treinta años, el volumen relativo de las transacciones financieras no tenía ese tamaño. Esas transacciones se destinaban entonces principalmente a la cobertura de las operaciones directamente exigidas por la producción y por el comercio nacional e internacional. La dimensión financiera de ese sistema de los oligopolios finaciarizados era – ya lo dije – el talón de Aquiles del conjunto capitalista. La crisis debía pues estallar por una debacle financiera.

    Detrás de la crisis financiera, la crisis sistémica del avejentado capitalismo

    Pero no basta con llamar la atención sobre la debacle financiera. Detrás de ella se esboza una crisis de la economía real, ya que la actual deriva financiera misma va a asfixiar el desarrollo de la base productiva. Las soluciones aportadas a la crisis financiera sólo pueden desembocar en una crisis de la economía real, esto es, una estagnación relativa de la producción y lo que ésta va a acarrear: regresión de los ingresos de los trabajadores, aumento del paro laboral, alza de la precariedad y empeoramiento de la pobreza en los países del Sur. En adelante debemos hablar de depresión y ya no de recesión.

    Y detrás de esta crisis se perfila a su vez la verdadera crisis estructural sistémica del capitalismo. La continuación del modelo de desarrollo de la economía real, tal y como lo venimos conociendo, así como el del consumo que le va emparejado, se ha vuelto, por primera vez en la historia, una verdadera amenaza para el porvenir de la humanidad y del planeta.

    La dimensión mayor de esta crisis sistémica concierne el acceso a los recursos naturales del planeta, que se han vuelto muchísimo más escasos que hace medio siglo. El conflicto Norte/Sur constituye, por lo tanto, el eje central de las luchas y conflictos por venir.

    El sistema de producción y de consumo/despilfarro existente hace imposible el acceso a los recursos naturales del globo para la mayoría de los habitantes del planeta, para los pueblos de los países del Sur. Antaño, un país emergente podía retener su parte de esos recursos sin amenazar los privilegios de los países ricos. Pero hoy día ya no es el caso. La población de los países opulentos – el 15% de la población del planeta – acapara para su propio consumo y despilfarro el 85 % de los recursos del globo y no puede consentir que unos recién llegados accedan a estos recursos, ya que provocarían graves penurias que pondrían en peligro los niveles de vida de los ricos.

    Si Estados unidos se han fijado como objetivo el control militar del planeta es porque saben que sin ese control no pueden asegurarse el acceso exclusivo de tales recursos. Como bien se sabe, China, la India y el Sur en su conjunto también necesitan esos recursos para su desarrollo. Para Estados Unidos se trata imperativamente de limitar ese acceso y, en última instancia, sólo existe un medio: la guerra.

    Por otra parte, para ahorrar las fuentes de energía de origen fósil, Estados Unidos, Europa y otras naciones desarrollan proyectos de producción de agrocombustibles a gran escala, en detrimento de la producción de víveres, todavía afectados por el alza de los precios.

    Las respuestas ilusorias de los poderes vigentes

    Los poderes vigentes, al servicio de los oligopolios financieros, no tienen otro proyecto sino el de volver a poner en pie este mismo sistema. ¿Qué son esas intervenciones estatales sino las que les exige la misma oligarquía? Sin embargo, no es imposible el éxito de esta puesta en pie si las infusiones de dinero resultan suficientes y si las reacciones de las víctimas – las clases populares y las naciones del Sur – no dejan de ser limitadas. Pero en este caso el sistema sólo retrocede para mejor saltar y una nueva debacle financiera, aún más importante, será ineludible, ya que las "adaptaciones" previstas para la gestión de los mercados financieros y monetarios resultan ampliamente insuficiente, pues no ponen en tela de juicio el poder de los oligopolios.

    Por otra parte, resultan divertidísimas estas respuestas a la crisis financiera mediante la inyección de fondos públicos astronómicos para restablecer la seguridad de los mercados financieros: privatizados ya los beneficios, en cuanto resultan amenazadas las inversiones financieras se socializan las pérdidas. ¡Cara: gano yo; cruz: pierdes tú!

    Las condiciones de una respuesta positiva a los desafíos

    No basta con decir que las intervenciones de los Estados pueden modificar las reglas del juego, atenuar las derivas. También es necesario definir sus lógicas y sus impactos sociales. Desde luego, en teoría, se podría volver a fórmulas de asociación de los sectores públicos y privados, fórmulas de economía mixta como ocurrió durante los "treinta años gloriosos" (los años 1945/1975) en Europa y durante la era de Bandung, en Asia y en África, cuando el capitalismo de Estado dominaba ampliamente, acompañado por políticas sociales fuertes. Pero este tipo de intervención del Estado no está a la orden del día. Y ¿ están las fuerzas sociales progresistas en medida de imponer una transformación de esta amplitud ? Todavía no, opino yo.

    La verdadera alternativa pasa por el derrocamiento del poder exclusivo de los oligopolios, el cual es inconcebible sin, finalmente, su progresiva nacionalización democrática. ¿ Fin del capitalismo ? No lo creo. Creo en cambio que son posibles unas nuevas configuraciones de las relaciones de fuerzas sociales que obliguen al capital a ajustarse a las reivindicaciones de las clases populares y los pueblos. A condición de que las luchas sociales todavía fragmentadas y a la defensiva, en su conjunto, consigan cristalizar en una alternativa política coherente. Con esta perspectiva, resulta posible el comienzo de una larga transición del capitalismo al socialismo. Los avances en esa dirección, claro está, siempre serán desiguales de un país a otro y de una fase de su despliegue a otra.

    Las dimensiones de la alternativa deseable y posible son múltiples y conciernen todos los aspectos de la vida económica, social, política. Evocaré a continuación las grandes líneas de esta respuesta necesaria.

    1) - La reinvención por parte de los trabajadores de organizaciones apropiadas que hagan posible la construcción de su unidad con el fin de trascender su dispersión asociada a las formas de explotación vigente (paro laboral, precariedad, informalidad).

    2) - La perspectiva es la de un despertar de la teoría y de la práctica de la democracia asociada al progreso social y al respeto de la soberanía de los pueblos y no disociada de éstos.

    3) - Liberarse del virus liberal fundado en el mito del individuo, que ya pasó a ser tema histórico. Los rechazos frecuentes de los modos de vida asociados al capitalismo (múltiples enajenaciones, consumismo y destrucción del planeta) señalan la posibilidad de esta emancipación.

    4) - Liberarse del atlantismo y del militarismo que le está asociado, ambos destinados a hacer aceptar la perspectiva de un planeta organizado sobre la base del apartheid a escala mundial.

    En los países del Norte el desafío implica que la opinión general no se deje encerrar en un consenso de defensa de sus privilegios con respeto a los pueblos del Sur. El internacionalismo necesario pasa por el antimperialismo, no por el humanitarismo.

    En los países del Sur, la estrategia de los oligopolios mundiales lleva consigo el hacer recaer el peso de la crisis sobre sus pueblos (desvalorización de sus reservas de cambio, baja de los precios de las materias primas exportadas y alza de los precios de los productos importados). La crisis ofrece la ocasión del renacimiento de un desarrollo nacional, popular y democrático autocentrado, que someta las relaciones con el Norte a sus exigencias, esto es, la desconexión. Lo cual implica:

    a) El control nacional de los mercados monetarios y financieros

    b) El control de las tecnologías modernas en adelante posible,

    c) La recuperación del uso de los recursos naturales,

    d) La derrota de la gestión globalizada, dominada por los oligopolios (la OMC) y la del control militar del planeta por Estados Unidos y sus aliados,

    e) Liberarse de las ilusiones de un capitalismo nacional autónomo en el sistema y de los mitos del pasado.

    f) La cuestión agraria, en efecto, está en el centro de las opciones por venir en los países del Tercer Mundo. Un desarrollo digno de llamarse así exige una estrategia política agrícola basada sobre la garantía del acceso a la tierra para todos los campesinos (la mitad de la humanidad). En contrapartida, las fórmulas preconizadas por los poderes dominantes - acelerar la privatización de la tierra agrícola y transformar la tierra agrícola en mercancía – llevan consigo el éxodo rural masivo que bien venimos conociendo. Como el desarrollo industrial de los países afectados no puede absorber dicha superabundante mano de obra, ésta se concentra en las barriadas miserables de los extrarradios ciudadanos o se deja tentar por las trágicas aventuras de una huida en balsa por el Atlántico. Existe una relación directa entre la supresión de la garantía del acceso a la tierra y el aumento de las presiones migratorias.

    g) La integración regional, al favorecer el surgimiento de nuevos polos de desarrollo, ¿puede constituir una forma de resistencia y de alternativa? La regionalización es necesaria, tal vez no para gigantes como China y la India o incluso para Brasil, pero seguramente sí para otras muchas regiones, en el sudeste asiático, en África o en América Latina. Este continente está un poco por delante en ese terreno. Venezuela, oportunamente, ha tomado la iniciativa de crear el Alba (Alternativa bolivariana para América Latina y el Caribe) y el Banco del Sur (Bancosur), incluso antes de la crisis. Pero el Alba – un proyecto de integración económica y política – todavía no ha recibido la adhesión de Brasil ni la de Argentina. En cambio, el Bancosur, que supuestamente debe promover otra forma de desarrollo, asocia igualmente a estos dos países pese a que, hasta hoy, sigan teniendo una concepción convencional del papel que ha de desempeñar un banco.

    Los avances en esas direcciones tanto en el Norte como en el Sur, que son la base del internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos, constituyen las únicas garantías de reconstrucción de un mundo mejor, multipolar y democrático, única alternativa a la barbarie del envejecido capitalismo.

    Más que nunca, la lucha por el socialismo del siglo XXI está a la orden del día.

    Traducido por Manuel Colinas para Investig'Action - www.michelcollon.info (revisado por el equipo editorial de Rebelión)

    Este articulo en francés: Amin (français)

    Este articulo en inglés: Amin (english)

    ¿Debacle financiera, crisis sistémica? | 25-11-2008 - 09:14:14 GMT 1 #

  23. "conoce al enemigo y conócete a ti mismo y, en cien batallas, no estarás jamás en peligro" :
    Lenin comentaba:" La clase obrera no puede desempeñar su papel revolucionario en el mundo si no lleva una guerra implacable contra esa apostasía, falta de principios, actitud servil ante el oportunismo... (y) envilecimiento teórico del marxismo". Aunque no podemos aplicar de forma mecánica a Sun Tzu en: "conoce al enemigo y conócete a ti mismo y, en cien batallas, no estarás jamás en peligro" Sabemos que luchar contra algo inteligible y concreto en sus relaciones y evolución es el inicio para formar una estrategia sólida en aras del triunfo.

    conoce al enemigo y conócete a ti mismo y, en cien batallas, no estarás jamás en peligro | 01-12-2008 - 07:19:30 GMT 1 #

  24. La verdadera historia de la economía política reciente

    Guillermo F. Parodi
    Rebelión

    Revisado por Caty R.

    Todo comenzó con una realidad: la Revolución industrial.

    Todo comenzó con una farsa: «la Economía es una Ciencia».

    No hay razones para dudar de la postura moral consciente de Adam Smith y David Ricardo.

    Lo que sí carece de garantías es la acción de sus pulsiones inconscientes.

    El Reino Unido fue el primer país donde se desarrolló la Revolución industrial, precedida por la revolución agraria que había dejado un tendal de desocupados en el campo, y así pudo nutrirse de mano de obra barata, ya que existía una desocupación rampante.

    Revolución industrial más mano de obra barata y abundante, más materias primas propias y de las colonias llevaron a algo muy simple: la sobreproducción.

    ¿Cómo colocar los excedentes?

    El imaginario social llamó primero a Adam Smith y luego a David Ricardo. Smith tranquilamente, y de manera bastante amena, convenció a la gente de que había que especializarse y hacer una división del trabajo para ser más eficientes. Con su estudio en la fábrica de alfileres, si bien se trató de una inferencia inductiva, convenció a los estudiosos y a los políticos de que la división del trabajo y su consecuente especialización eran convenientes. No mintió, no engañó, pero ignoró dos factores importantes: Uno, si sólo hago una partecita de una pieza, la pieza no la hago yo y me siento ajeno al producto (alienación laboral ), el producto terminado no es sólo de mi producción porque únicamente aporté una pizca. Segundo, si me especializo en cortar las alas a las moscas y convertirlas en hormigas saltarinas, ¿quién me garantiza que podré triunfar en la vida con esa ocupación?Para rematarla apareció Ricardo con el que la conveniencia de la especialización pasó al ámbito internacional con su famoso «principio de las ventajas comparativas». Fue hábil pero falso, ¡nadie va a dejar de producir un producto en el que tiene ventajas absolutas para producir otro con mejores ventajas comparativas, porque no tiene experiencia, ni máquinas, ni mercado propio!… Va a seguir produciendo lo que tiene posibilidad de producir y ¡punto! En una economía de mercado no puedo obligar a los productores a hacer lo que yo quiera; así de simple.

    Quizás ambos fueran honrados, pero da la extraña casualidad de que lo que ambos defendieron era ¡justamente! lo que le convenía al Reino Unido! He ahí el componente inconsciente.

    Así que Argentina: ganado y trigo; Chile: cobre; Bolivia: estaño; Uruguay: ovejas… Y esa fue la división internacional del trabajo. El Reino Unido con productos de alto valor añadido, y el resto: materias primas, con escasísimo valor añadido. Para que no se les ocurriese tratar de ganar mucho con las materias primas, nada de monopolios. Varios países producían lo mismo para que si uno quería más de la cuenta, se pasaba al otro… Y además, ¿saben lo que es el «monopsonio»? Pues bien, existía el monopsonio de las materias primas que sólo se producía en un país o un par de países. En esa época se decidió quién sería rico y quién pobre.

    El capitalismo comercial ya existía, entonces nació el capitalismo industrial.

    Acumulación de la riqueza, expansión, crecimiento desmedido y sin límites. Smith apoyaba el comportamiento egoísta y la competencia como vías al óptimo social; el resultado lo puede predecir Perogrullo: unos pocos llenan sus bolsillos y la gran mayoría queda esclavizada, pero esclavizada peor que los primeros esclavos, pues ahora al esclavo no hay que cuidarlo ya que carece de valor económico, ¡nació el trabajador descartable!

    Es bien sabido que la desesperación de la guerra genera grandes inventos; pues bien, la guerra estaba instalada con el nombre de Guerra Económica. Un lúcido estudioso llamado Karl Marx lo percibió y con su mecenas y colaborador Friedrich Engels, lo retrataron. El Manifiesto Comunista de 1848 aún sigue vigente.

    ¿Cómo vigente? ¿Y todo lo que pasó desde 1948 hasta 2008? Eso se llama: el eterno retorno.

    Es cierto, muchas cosas pasaron, hasta se vivieron 27 años en lo que se llamó la época de oro del capitalismo (1945-1973).

    Al hacer su aparición en 1945 –aunque se gestó antes– una fuerza avasalladora, nacida de la comparación con la justicia social de la URSS y del sufrimiento de los soldados que volvían de la guerra, más la lucha de clases, –que en palabras de Cornelius Castoriadis [1]: «Si Marx se ha “equivocado” es porque en sus análisis “olvidó” la lucha de clases (aunque fuera su teórico), pero son las luchas obreras y populares las que han impuesto a los patronos el aumento de los salarios, creando así mercados internos de consumo que pudieran absorber la producción creciente de las fábricas capitalistas»–, llevaron al estado de bienestar en Europa y al New Deal en EEUU.

    Pero como vimos, sólo duró 27 años. La semillita dejada por el seguramente actual residente en el infierno Friedrich von Hayek (1899-1992) con su obra «El camino de la Servidumbre» (1944) y su creación: la sociedad de Mont Pelerin [2] y la seducción que ejerció sobre la Dama de Hierro , tiraron todo a la basura. No tardó en seguirla Ronald Reagan y así hizo su aparición en el Nuevo Mundo el denominado neoliberalismo o pensamiento único.

    Existen dos escritos, que son arte para mis ojos, que describen el neoliberalismo de manera clara, contundente y amena. El primero con el estilo de un historiador, el de Perry Anderson [3] y el segundo con el estilo de una socióloga Susan George [4].

    Para seguir adelante, dejando aparte el deber de echarle una ojeada a los dos artículos citados, digamos que el neoliberalismo fue consecuencia de varios factores que hicieron decaer las ganancias de los capitalistas, el más citado es la crisis del petróleo de 1973 después de la guerra del Yom Kippur. Guerra que ganaron ¡oh, sorpresa!, los nazis de la era moderna, los israelíes (¿Cómo no van a ganar contando con el apoyo incondicional de EEUU, país «sabio y justo» que apoya el apartheid, el racismo, la locura de los que se llaman judíos pero que no, no son judíos practicantes porque nacieron matando… y desaparecerán matando?).

    Los capitalistas aprovecharon lo que Jeremy Rifkin documentó más tarde (1995) en su libro «El fin del trabajo», que fue la desocupación incipiente que destrozó las conquistas sociales. Se volvió a la precariedad laboral, al final del poder de los sindicatos que compensaban la minusvalía del trabajador frente al capital. En pocas palabras, se volvió al capitalismo salvaje. A una división de la sociedad en clases perfectamente diferenciadas: los explotadores y los explotados.

    Pero las crisis cíclicas del capitalismo siguen con la otra patología muy estadounidense de la explosión de las burbujas especulativas. Siempre me pregunto ¿Cómo el país con mayor cantidad de premios Nobel de Economía «olvida» y repite amplificada por la mundialización la locura de 1929? ¿Nadie se dio cuenta?

    Las crisis cíclicas, pese a las políticas anticíclicas (que ya estudié de jovencito en la Universidad de Buenos Aires), son fácilmente explicables, no son un dogma marxista en absoluto.

    Aprovecharé mis 44 años de docencia para explicarlas. Nos reunimos un grupo de hombres: algunos atléticos, otros menos fuertes y, por último, alfeñiques –por ejemplo ratas de biblioteca–, y empezamos una lucha de todos contra todos. Por un tiempo caerán algunos debiluchos, luego todos, a continuación los seguirán los menos fuertes y a la larga, naturalmente, vencerán los mejores atletas. En vez de personas piense en empresas y solito comprenderá cómo unos pocos serán los vencedores. El resto desaparece, los empleados de las empresas vencidas, en su mayoría, serán arrastrados por el desastre de sus amos burgueses. Los perdedores ya no tendrán ni empresas ni trabajo. Un resultado obvio es que caerá la demanda (¿con qué dinero comprarán mercancías los desocupados?) y los burguesitos fracasados ya no podrán comprar inmuebles ni objetos de lujo. Resultado, la recesión, ¿conocido, no?

    Un amigo mío de años, Éric Toussaint, me pidió que tradujese un artículo escrito por él [5]. Con esto cierro mi reflexión. El artículo es contundente: ¡Capitalismo culpable!… Busquemos alternativas, les dejo el trabajo, no es difícil…

    [1] http:// www.topia.com.ar/articulos/castoriadis.htm

    [2] http://es.wikipedia.org/wiki/Sociedad_Mont_Pelerin

    [3] http://deslinde.org.co/files/Historia%20y%20lecciones%20del%20neoliberalismo.%20Por%20Perry%20Anderson.pdf

    [4] http://www.ugt.es/globalizacion/susan1.htm

    [5] http://alainet.org/active/27831〈=es

    Guillermo F. Parodi es escritor, profesor universitario, miembro del Observatorio Internacional de la Deuda y de los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Este artículo se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la revisora y la fuente.

    La verdadera historia de la economía política reciente | 05-12-2008 - 09:04:50 GMT 1 #

  25. Caixa Sabadell, Caixa Terrassa i Caixa Manlleu :

    La primera fusió iniciada entre caixes catalanes -Caixa Sabadell, Caixa Terrassa i Caixa Manlleu- suposarà una reducció de plantilla d'uns 350 treballadors a través de prejubilacions i el tancament d'entre un 15 i un 20% de la xarxa d'oficines. El director general de Caixa Sabadell, Jordi Mestre, va calcular en declaracions a Catalunya Informació que la fusió suposarà la desaparició d'unes 150 oficines entre les tres entitats perquè se solapen en el territori.
    La major part de la retallada es donarà en els serveis centrals de la nova entitat, on Mestre va augurar un "ajust considerable" que va confiar que pugui fer-se amb jubilacions anticipades.
    Per la seva part, el director general de Caixa Terrassa, Enric Mata, va subratllar que la nova unió farà més forta la caixa resultant, que podria denominar-se Unió de Caixes Catalanes. Mata va assegurar que el procés "no s'aborda per superar un moment difícil, sinó per reforçar-nos amb vista al futur".

    Acudiran al FROB
    Fonts del sector financer van confirmar ahir que les tres entitats d'estalvis estudien la xifra que demanaran al Fons de Reestructuració d'Ordenació Bancària (FROB), que podria oscil·lar entre els 300 i els 400 milions d'euros per sufragar les despeses d'aquest procés d'integració.
    Els consells d'administració de les tres caixes catalanes van donar dimarts llum verd a l'inici de la fusió, que en una primera fase redactarà un projecte que hauran d'aprovar les assemblees de cada entitat a finals de setembre.
    ---
    VALL DEL LLIERCA Argelaguer, Sales de Llierca, Sant Jaume de Llierca, Montagut i Oix, Tortellà. VALL D'HOSTOLES Les Planes d'Hostoles, Sant Feliu de Pallerols, Sant Aniol de Finestres. Besalú, Beuda, Maià de Montcal, Sant Ferriol. FLUVIÁ Olot, Castellfollit de la Roca, Les Preses, Riudaura, Sant Joan les Fonts, La Vall de Bianya, La Vall d´en Bas, Mieres, Santa Pau Osona Vic Ripoll Ripollès Figueres Alt Empordà Garrotxa Girona Catalunya España Lejarza Madrid España Lliurona Berga Berguedà Bracons Llers

    Caixa Sabadell, Caixa Terrassa i Caixa Manlleu | 23-07-2009 - 08:23:00 GMT 1 #

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