Capitalismo en bancarrota, la imperiosa necesidad de cambiar.
El telón de fondo de esta situación perversa del mercado alimenticio es el Sistema Financiero mundial, que en este preciso momento se tambalea en su endeble eje. Lo que el año pasado comenzó como una crisis localizada de préstamos Hipotecarios en los Estados Unidos, se ha manifestado ahora en una situación en la que se ha tomado conciencia de que los Emperadores del Sistema Financiero mundial no tienen ropas. La economía mundial vive en base a una deuda que nadie puede pagar. Mientras los Banqueros Centrales y los ejecutivos de Lear Jet tratan de improvisar parches para revertir la desconfianza, el mensaje subliminal es que el sistema está en bancarrota y nadie en el poder quiere tomar las riendas. Ni el FMI, ni el Banco Mundial, y del Grupo de los 8 en junio no esperemos mucho más que el oropel de las relaciones públicas. Es el mismo tema con los alimentos: una Elite Ideológica ha obligado a nuestros países a abrir drásticamente los mercados y dejar que rija el libre mercado, para que unas pocas Megaempresas, inversionistas y especuladores puedan hacer mucho dinero €. El neoliberalismo, acompañado de la corrupción política galopante que azota a nuestros Estados y los sistemas comerciales, ha perdido todo viso de legitimidad en tanto ha causado estragos en el centro mismo de nuestras necesidades más básicas: la capacidad de alimentarnos. El ejemplo más aberrante de cuán fuera de lugar están esos Ideólogos burgeses es que muchos están comenzando a reclamar abiertamente mayor liberalización del comercio como solución a la crisis alimentaria, y llegan incluso a proponer que se cambien las normas de la OMC para impedir que los gobiernos impongan restricciones a las exportaciones de alimentos. (*)]
Capitalismo en bancarrota, la imperiosa necesidad de cambiar.-El presi del Banco Mundial, Robert Zoellick, intentó convencer al mundo con su exhortación de establecer un "Nuevo Acuerdo" para resolver su crisis alimentaria. Pero el sonsonete de sus relaciones públicas, replicado entusiastamente por otros organismos, representa tan solo más de lo mismo: más liberalización capitalista del comercio, más tecnología y más ayuda. La crisis alimentaria es el producto directo de décadas del tipo de políticas que ahora debemos erradicar. Si bien es necesario aplicar medidas inmediatas para bajar los precios de los alimentos, también es imperioso dar un giro Radical en la política agrícola de manera que los pequeños agricultores de todo el mundo tengan acceso a la tierra y puedan vivir. Necesitamos políticas que apoyen y protejan a los agricultores, pescadores y otros sectores que producen alimentos para sus familias, para los mercados locales y para los trabajadores de las ciudades, en lugar de un mercado de “commodities” internacional abstracto y un minúsculo clan de ejecutivos capitalistas. Necesitamos fortalecer y promover el uso de tecnologías basadas en el conocimiento y el control de quienes saben cómo hacer crecer los alimentos. Dicho de otra manera, necesitamos Soberanía Alimentaria, del tipo de la que definen y dirigen los propios pequeños agricultores y pescadores.
En algunos países los gobiernos ya están recurriendo a las organizaciones campesinas para trabajar con ellas en la reformulación de sus políticas agrícolas. Otros están comenzando a cuestionar el argumento fundamental de impulsar una mayor libertad de comercio. Los halcones neoliberales que están en la cima de la pirámide de la política alimentaria mundial han perdido la credibilidad que de alguna manera pudieron haber tenido alguna vez. Es hora de que salgan del camino para que las visiones de soberanía alimentaria y reforma agraria, que surgen de las bases, puedan ocupar su lugar y sacarnos de este lío capitalista infernal.
* (2323 Isabel Reynolds, "WTO should pressure food exporters - Mandelson", Reuters /Katarina Wahlberg, "Are we approaching a global food crisis?", World Economy & Development en Brief, Global Policy Forum/Associated Press, "Wal-Mart de Mexico's 1Q profits rise 11 percent on higher sales, cost controls", 8 de abril de 2008)

Meneame
del.icio.us
Ian Angus (*).-“En ninguna parte del mundo, ningún genocidio, ni ninguna guerra, exterminan tanta gente por minuto, por hora y por día como el hambre y la pobreza en nuestro planeta.” -Fidel Castro, 1998
Cuando los disturbios por alimentos estallaron en Haití el pasado mes, el primer país que reaccionó fue Venezuela. Dentro de días, hubo aviones en camino desde Caracas, llevando 364 toneladas de alimentos de necesidad imperante.
El pueblo de Haití está “sufriendo de los ataques del capitalismo global del imperio,” dijo el presidente venezolano Hugo Chávez. “Esto exige una genuina y profunda solidaridad de todos nosotros. Es lo menos que podemos hacer por Haití.”
La acción de Venezuela se ubica en la mejor tradición de la solidaridad humana. Cuando la gente tiene hambre, debemos hacer todo lo posible por ayudarle. El ejemplo de Venezuela debiera ser aplaudido y emulado.
Pero la ayuda, por necesaria que sea, no es más que un sustituto temporal. Para encarar verdaderamente el problema del hambre en el mundo, debemos comprender y luego cambiar el sistema que lo causa.
No hay escasez de alimentos
El punto de partida para nuestro análisis debe ser que actualmente no hay escasez de alimentos en el mundo.
Contrariamente a las advertencias en el Siglo XVIII de Thomas Malthus y sus seguidores modernos, estudio tras estudio muestran que la producción global de alimentos ha superado regularmente el crecimiento de la población, y que hay más que suficientes alimentos para alimentar a todos. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se producen suficientes alimentos en el mundo para suministrar más de 2800 calorías por día a todos – sustancialmente más que el mínimo necesario para una buena salud, y cerca de un 18% más calorías por persona que en los años sesenta, a pesar de un aumento significativo en la población total [1].
Como señala el Food First Institute: “abundancia, no escasez, es lo que describe mejor el suministro de alimentos en el mundo actual.” [2]
A pesar de eso, la solución más comúnmente propuesta para el hambre en el mundo son nuevas tecnologías para aumentar la producción de alimentos.
La Alianza por una Revolución Verde en África, financiada por la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Rockefeller, apunta a desarrollar “variedades más productivas y resistentes de los principales cultivos de alimentos de África... para permitir que los agricultores en pequeña escala de África produzcan cosechas mayores, más diversas y fiables.” [3]
De la misma manera, el Instituto Internacional de Investigación del Arroz, basado en Manila, ha iniciado una asociación público-privada “para aumentar la producción de arroz en toda Asia mediante el desarrollo acelerado y la introducción de tecnologías de arroz híbrido.” [4]
Y el presidente del Banco Mundial promete ayudar a los países en desarrollo para que obtengan “acceso a tecnología y ciencia para aumentar las cosechas.” [5]
La investigación científica es de importancia vital para el desarrollo de la agricultura, pero iniciativas que suponen de antemano que nuevas semillas y productos químicos sean necesarios no son ni verosímiles ni verdaderamente científicas. El hecho de que ya hay suficientes alimentos para alimentar el mundo muestra que la crisis alimentaria no es un problema técnico – es una problema social y político.
En lugar de preguntar cómo aumentar la producción, nuestra primera pregunta debiera ser ¿por qué, si hay tantos alimentos disponibles, hay más de 850 millones de personas hambrientas o desnutridas? ¿Por qué mueren 18.000 niños de hambre cada día?
¿Por qué no puede la industria alimentaria global alimentar a los hambrientos?
El sistema de beneficios
La respuesta puede ser explicada en una frase. La industria alimentaria global no está organizada para alimentar a los hambrientos, está organizada a fin de generar beneficios para el agronegocio corporativo.
Por cierto, los gigantes del agronegocio logran muy bien ese objetivo. Este año, los beneficios del agronegocio aumentan vigorosamente por sobre los niveles del año pasado, mientras gente hambrienta de Haití a Egipto a Senegal sale a las calles a protestar contra el aumento del precio de los alimentos. Estas cifras cubren sólo tres meses al comienzo de 2008. [6]
Comercio de granos
Archer Daniels Midland (ADM). Beneficio bruto: 1.150 millones de dólares, un aumento de un 55% desde el año pasado.
Cargill: Beneficios netos: 1.030 millones de dólares. Aumento: un 86%.
Bunge: Beneficio bruto consolidado: 867 millones de dólares. Aumento: 189%
Semillas y herbicidas
Monsanto. Beneficio bruto: $2.230 millones de dólares. Aumento: un 54%.
Dupont Agriculture and Nutrition. Ingreso operativo antes de impuestos: 786 millones de dólares. Aumento: un 21%.
Fertilizantes
Potash Corporation. Ingreso neto: 66 millones, aumento: 185,9 %
Mosaic: Beneficios netos: 528,8 millones, aumento más de un 1.200%
Las compañías mencionadas, más unas pocas más, son los monopolios o casi-monopolios que compran y venden productos agrícolas en todo el mundo. Seis compañías controlan un 85% del comercio mundial en granos; tres controlan un 83% del cacao; tres controlan un 80% del comercio con plátanos. [7] ADM, Cargill y Bunge
controlan efectivamente el maíz del mundo, lo que significa que sólo ellos deciden qué parte de la cosecha de cada año va a la producción de etanol, edulcorantes, alimento para animales o alimentos para seres humanos.
Como escriben los editores de Hungry for Profit: “El enorme poder ejercido por las mayores corporaciones del agronegocio y los alimentos les permite controlar esencialmente el coste de sus materias primas compradas de agricultores mientras al mismo tiempo mantienen los precios de los alimentos al público en general a niveles suficientemente elevados para garantizar grandes beneficios.” [8]
Durante las últimas tres décadas, las compañías transnacionales del agronegocio han ingeniado una masiva reestructuración de la agricultura global. Directamente, a través de su propio poder en el mercado e indirectamente mediante gobiernos y el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de Comercio, han cambiado el modo como se cultivan los alimentos y como son distribuidos por el mundo. Los cambios han tenido efectos maravillosos para sus beneficios, mientras simultáneamente empeoran el hambre en el mundo y hacen inevitables las crisis alimentarias.
El ataque contra la agricultura tradicional
La actual crisis alimentaria no es un hecho aislado: es una manifestación de una crisis agrícola que se ha estado desarrollando durante décadas.
Como vimos en la Primera Parte de este artículo, durante las últimas tres décadas los países ricos del norte han obligado a los países pobres a abrir sus mercados, luego han inundado esos mercados con alimentos subvencionados, con resultados devastadores para la agricultura del Tercer Mundo.
Pero la reestructuración de la agricultura global en beneficio de los gigantes del agronegocio no se detuvo allí. En el mismo período, países del sur fueron convencidos, camelados e intimidados para que adoptaran políticas agrícolas que promueven cultivos de exportación en lugar de alimentos para el consumo interior, y que favorecen la agricultura industrial en gran escala que requiere monocultivos, un uso intensivo de agua, y cantidades masivas de fertilizantes y pesticidas. La agricultura tradicional, organizada por y para comunidades y familias, ha sido echada cada vez más a un lado, para ser reemplazada por agricultura industrial organizada por y para los agronegocios.
Esa transformación es el principal obstáculo para una agricultura racional que podría eliminar el hambre.
La concentración en la agricultura de exportación ha producido el absurdo y trágico resultado de que millones de personas mueren de hambre en países que exportan alimentos. En India, por ejemplo, más de un quinto de la población sufre de hambre crónica y un 48% de los niños bajo cinco años están desnutridos. No obstante, India exportó 1.500 millones de dólares de arroz pulido y 322 millones de dólares de arroz en 2004. [9]
En otros países, tierras cultivadas que solían ser utilizadas para alimentos destinados al consumo interior ahora cultivan productos de lujo para el norte. Colombia, donde un 13% de la población está desnutrida, produce y exporta un 62% de todas las flores de regalo vendidas en EE.UU.
En muchos casos, el resultado del cambio a cultivos de exportación sería risible si no fuera tan dañino. Kenia era autosuficiente en alimentos hasta hace unos 25 años. En la actualidad importa un 80% de sus alimentos – y un 80% de sus exportaciones son otros productos agrícolas. [10]
El cambio a la agricultura industrial ha llevado a millones de personas a dejar el campo a favor del desempleo y la pobreza en los inmensos barrios bajos que ahora rodean muchas de las ciudades del mundo.
Los que mejor conocen el campo están siendo separados de éste; sus granjas encerradas en gigantescas fábricas al aire libre que producen sólo para la exportación. Cientos de millones de personas deben depender ahora de alimentos que son cultivados a miles de kilómetros de distancia porque su agricultura nacional ha sido transformada para cumplir con las necesidades de las corporaciones del agronegocio. Como han mostrado los últimos meses, todo el sistema es frágil: La decisión de India de reconstruir sus existencias de arroz hizo que los alimentos fueran inasequibles para millones a medio mundo de distancia.
Si el propósito de la agricultura fuera alimentar a la gente, los cambios en la agricultura global en los últimos 30 años no tendrían sentido. La agricultura industrial en el Tercer Mundo ha producido crecientes cantidades de alimentos, pero al coste de llevar a millones a abandonar el campo por vidas de hambre crónico – y al coste de envenenar el aire y el agua, y de disminuir cada vez más la capacidad del suelo de suministrar los alimentos que necesitamos.
Contrariamente a las afirmaciones del agronegocio, la última investigación agrícola, incluyendo más de una década de experiencia concreta en Cuba, prueba que granjas pequeñas y medianas utilizando métodos agroecológicos sustentables, son mucho más productivas y enormemente menos dañinas para el medio ambiente que inmensas haciendas industriales. [11]
La agricultura industrial continúa, no porque sea más productiva, sino porque ha podido, hasta ahora, ofrecer productos uniformes en cantidades predecibles, desarrollados específicamente para resistir daño durante el embarque a mercados distantes. Es donde se halla el beneficio, y el beneficio es lo que cuenta, no importa cuál sea el efecto sobre la tierra, el aire, y el agua – o incluso sobre la gente hambrienta.
Luchando por la soberanía alimentaria
Los cambios impuestos por el agronegocio transnacional y sus agencias no han dejado de ser cuestionados. Uno de los eventos más importantes en los últimos 15 años ha sido la emergencia de La Vía Campesina (Peasant Way), un organismo aglutinador que incluye a más de 120 pequeñas organizaciones de agricultores y campesinos en 56 países, que van del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil, a la Unión Nacional de Agricultores de Canadá.
La Vía Campesina presentó originalmente su programa como un desafío al “Foro Alimentario Mundial,” una conferencia sobre el hambre global organizada por la ONU en 1996 en la que participaron representantes oficiales de 185 países. Los participantes en esa reunión prometieron la eliminación del hambre y de la desnutrición mediante la garantía de “seguridad alimentaria sustentable para toda la gente,” (y después no hicieron nada por lograrla). [12]
Como es típico en semejantes eventos, los trabajadores que son realmente afectados fueron excluidos de las discusiones. Afuera de las puertas, La Vía Campesina propuso la soberanía alimentaria como una alternativa a la seguridad alimentaria. El simple acceso a los alimentos no basta, argumentaron: lo que se requiere es el acceso a la tierra, el agua, y a los recursos, y la gente afectada debe tener derecho a saber y decidir sobre las políticas alimentarias. El alimento es demasiado importante como para ser abandonado al mercado global y a las manipulaciones del agronegocio: el hambre en el mundo sólo puede ser terminado mediante el reestablecimiento de pequeñas y medianas granjas familiares como elementos cruciales de la producción de alimentos. [13]
La demanda central del movimiento de soberanía alimentaria es que los alimentos deben ser tratados primordialmente como una fuente de nutrición para las comunidades y países donde son producidos. En oposición a las políticas de agroexportación del libre mercado, insta a que haya una concentración en el consumo interno y la autosuficiencia alimentaria.
Contrariamente a las afirmaciones de algunos críticos, la soberanía alimentaria no es un llamado al aislacionismo económico o a un retorno a un pasado rural idealizado. Más bien, es un programa para la defensa y extensión de los derechos humanos, por la reforma agraria, y por la protección de la tierra contra el ecocidio capitalista. Aparte de llamar a la autosuficiencia alimentaria y al fortalecimiento de las granjas familiares, el llamado original de La Vía Campesina por la soberanía alimentaria incluía los siguientes puntos.
Garantizar a todos el acceso a alimentos seguros, nutritivos y culturalmente apropiados en cantidades y calidad suficientes para sustentar una vida saludable con plena dignidad humana.
Dar a la gente sin tierra y que labra la tierra – especialmente a las mujeres, la propiedad y el control de la tierra que trabaja y devolver territorios a los pueblos indígenas.
Asegurar el cuidado y el uso de los recursos naturales, especialmente la tierra, el agua y las semillas. Terminar con la dependencia de insumos químicos, de monocultivos comerciales y de una producción intensiva, industrializada.
Oponerse a las políticas de la OMC, del Banco Mundial y del FMI que facilitan el control de las corporaciones multinacionales sobre la agricultura.
Regular y gravar con impuestos al capital especulativo e imponer un estricto Código de Conducta a las corporaciones transnacionales.
Terminar con el uso del alimento como arma. Detener el desplazamiento, la urbanización forzada y la represión contra los campesinos.
Garantizar a los campesinos y a los pequeños agricultores, y a las mujeres del campo en particular, un aporte directo en la formulación de políticas agrícolas a todos los niveles. [14]
La exigencia de soberanía alimentaria de La Vía Campesina constituye un poderoso programa agrario para el Siglo XXI. Los movimientos sindicales y de izquierdas en todo el mundo debieran darle su pleno apoyo, así como a las campañas de los trabajadores agrícolas y campesinos por la reforma agraria y contra la industrialización y globalización de los alimentos y de la agricultura.
¡Alto a la guerra contra los agricultores del Tercer Mundo!
Dentro de ese marco, nosotros en el norte global podemos y debemos exigir que nuestros gobiernos detengan todas las actividades que debilitan o dañan la agricultura del Tercer Mundo.
¡Alto al uso de alimentos para combustible! La Vía Campesina lo ha dicho simple y claramente: “Los agrocombustibles industriales representan un desatino ecológico. Su desarrollo debería ser detenido y la producción agrícola debería concentrarse en los alimentos como prioridad.” [15]
¡Condonen las deudas del Tercer Mundo!
El 30 de abril, Canadá anunció una contribución especial de 10 millones de dólares canadienses a la ayuda alimentaria para Haití. [16] Es algo positivo – pero durante 2008 Haití pagará cinco veces esa suma en intereses por su deuda externa de 1.500 millones de dólares, gran parte de la cual fue incurrida durante las dictaduras de Duvalier apoyadas por los imperialistas.
La situación de Haití no es única y no es un caso extremo. La deuda externa total de los países del Tercer Mundo en 2005 fue de 2,7 billones [2.700.000.000.000, N. del T] de dólares, y sus pagos de la deuda de ese año ascendieron a un total de 513.000 millones de dólares. [17] La terminación de esa sangría de dinero, inmediata e incondicionalmente, aseguraría recursos esenciales para alimentar a los hambrientos ahora mismo y, con el tiempo, reconstruir la agricultura interior.
¡OMC, fuera de la agricultura!
Las políticas alimentarias regresivas que han sido impuestas a los países pobres por el Banco Mundial y el FMI con codificadas y controladas por el Acuerdo sobre Agricultura de la Organización Mundial de Comercio. El AsA, como escribe Afsar Jafri de Focus on the Global South, está “predispuesto a favor de la agricultura de capital intensivo, impulsada por el agronegocio, y orientada a la exportación.” [18] No es sorprendente, ya que el responsable de EE.UU. quien lo redactó y luego negoció era ex vicepresidente del gigante del agronegocio Cargill.
El AsA debiera ser abolido, y los países del Tercer Mundo deberían tener derecho a cancelar unilateralmente políticas de liberalización impuestas a través del Banco Mundial, el FMI, y la OMC, así como mediante acuerdos bilaterales de libre comercio como el TLCAN [NAFTA] y el CAFTA. [Tratado de Libre Comercio para la República Dominicana y Centro América].
Autodeterminación para el sur del globo
Los actuales intentos por parte de EE.UU. a fin desestabilizar y derrocar los gobiernos antiimperialistas del grupo del ALBA - Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua y Granada — continúan una larga historia de acciones por los países del norte para impedir que países del Tercer Mundo logren controlar sus propios destinos. La organización contra semejantes intervenciones “en el vientre del monstruo” es por lo tanto un componente clave en la lucha por lograr la soberanía alimentaria en todo el mundo.
* * *
Hace más de un siglo, Karl Marx escribió que a pesar de su apoyo para las mejoras técnicas, “el sistema capitalista trabaja contra una agricultura racional... una agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista.” [19]
Las crisis actuales de los alimentos y de la agricultura confirman enteramente esa valoración. Un sistema que coloca los beneficios por sobre las necesidades humanas ha ahuyentado del campo a millones de productores, debilitado la productividad de la tierra mientras envenena su aire y su agua, y ha condenado a casi mil millones de personas al hambre crónica y a la desnutrición.
La crisis alimentaria y la crisis agrícola están arraigadas en un sistema irracional y antihumano. Para alimentar al mundo, los trabajadores urbanos y rurales deben unir sus manos para erradicar ese sistema.
NOTAS
[1] Frederic Mousseau, Food Aid or Food Sovereignty? Ending World Hunger in Our Time. Oakland Institute, 2005. http://www.oaklandinstitute.org/pdfs/fasr.pdf.
International Assessment of Agricultural Knowledge, Science and Technology for Development. Global Summary for Decision Makers. http://www.agassessment.org/docs/Global_SDM_210408_FINAL.pdf
[2] Francis Moore Lappe, Joseph Collins, Peter Rosset. World Hunger: Twelve Myths. (Grove Press, New York, 1998) p. 8
[3] “About the Alliance for a Green Revolution in Africa.”
http://www.agra-alliance.org/about/about_more.html
[4] IRRI Press Release, April 4, 2008. http://www.irri.org/media/press/press.asp?id=171
[5] “World Bank President Calls for Plan to Fight Hunger in Pre-Spring Meetings Address.” News Release, April 2, 2008
[6] Estas cifras han sido tomadas de los informes trimestrales más recientes de las compañías, encontrados en sus sitios en la Red. Como mencionan esas cifras de modos diferentes, no pueden ser comparadas las unas con las otras, sólo con sus informes anteriores.
[7] Shawn Hattingh. “Liberalizing Food Trade to Death.” MRzine, May 6, 2008. http://mrzine.monthlyreview.org/hattingh060508.html
[8] Fred Magdoff, John Bellamy Foster and Frederick H. Buttel. Hungry for Profit: The Agribusiness Threat to Farmers, Food, and the Environment. Monthly Review Press, New York, 2000. p. 11
[9] UN Food and Agriculture Organization. Key Statistics Of Food And Agriculture External Trade. http://www.fao.org/es/ess/toptrade/trade.asp?lang=EN&dir=exp&country=100
[10] J. Madeley. Hungry for Trade: How the poor pay for free trade. Cited in Ibid
[11] Jahi Campbell, “Shattering Myths: Can sustainable agriculture feed the world?” and ” Editorial. Lessons from the Green Revolution.” Food First Institute. www.foodfirst.org
[12] World Food Summit. http://www.fao.org/wfs/index_en.htm
[13] La Vía Campesina. “Food Sovereignty: A Future Without Hunger.” (1996) http://www.voiceoftheturtle.org/library/1996%20Declaration%20of%20Food%20Sovereignty.pdf
[14] Parafraseado y resumido de Ibíd.
[15] La Vía Campesina. “A response to the Global Food Prices Crisis: Sustainable family farming can feed the world.” http://www.viacampesina.org/main_en/index.php?option=com_content&task=view&id=483&Itemid=38
[16] A título de comparación, este año Canadá gastará 1.000 millones de dólares en la ocupación ilegal de, y la guerra en, Afganistán.
[17] Jubilee Debt Campaign. “The Basics About Debt.” http://www.jubileedebtcampaign.org.uk/?lid=98
[18] Afsar H. Jafri. “WTO: Agriculture at the Mercy of Rich Nations.” Focus on the Global South, November 7, 2005. http://www.focusweb.org/india/content/view/733/30/
[19] Capital, Volume III. Karl Marx & Frederick Engels, Collected Works, Volume 37, p. 123
http://www.socialistvoice.ca/?p=293
*(Ian Angus es editor de Climate and Capitalism.)
Capitalismo, agronegocio, y la alternativa de la soberanía alimentaria | 18-05-2008 - 17:26:25 GMT 1 #
Combustible en vez de pan. Un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina:
A pesar de las airadas protestas, la Canciller Federal Angela Merkel suscribió el miércoles en Brasil un controvertido acuerdo sobre el comercio de biocombustibles. De este modo, Berlín y Brasilia desestiman las exigencias de las organizaciones sociales, de la Iglesia católica y de las Naciones Unidas, quienes abogan por reducir la producción y el consumo de agrocombustibles en vista de la crisis alimentaria mundial, que va para largo. En las últimas semanas, en varios estados pobres se han dado protestas y revueltas por el hambre, tras un aumento fulminante de los precios de los alimentos de primera necesidad. Los expertos lo atribuyen, en parte, al aumento de la demanda de "materias primas renovables" para la producción de biocombustibles, a la cual ha contribuido Berlín. Además, los ecologistas observan que el incremento de la producción de combustibles trae consigo un aumento en la tala de las selvas, por ejemplo en la Amazonia brasileña, con consecuencias ecológicas catastróficas. Berlín fomenta la producción de biocombustibles con fondos destinados al desarrollo y sigue apostando por aumentar el consumo en Alemania, a pesar de todas las objeciones.
"Se cumplen los criterios"
El nuevo acuerdo entre Alemania y Brasil, que la Canciller Federal Angela Merkel va a suscribir al principio de su viaje de una semana por Latinoamérica, lo preparó a finales de abril el ministro federal de medio ambiente Sigmar Gabriel, durante su estancia en Brasil. Según Gabriel, este acuerdo garantiza una producción de biocombustibles defendible desde un punto de vista ecologista ("sostenible"). En su opinión, el acuerdo ya cumple los criterios que se están elaborando en Bruselas al respecto ("criterios de sostenibilidad"). Por tanto "no hay problemas con Alemania y Europa sobre la importación de etanol brasileño". Brasil es, después de USA, el segundo mayor productor mundial de biocombustibles.
Se ignoran los reparos
Tanto los ecologistas como la Iglesia católica de Brasil han protestado de forma contundente. Según ellos, Gabriel ha ignorado, muy a la ligera, unos reparos serios: "asegurar, sin fundamento, que los biocombustibles no van a suponer un riesgo de roturación de la selva ni de hambruna ha sido suficiente para quitar de en medio todos los hechos e informes en sentido contrario". De hecho, desde mediados del año pasado la destrucción de la selva, en particular, se ha acelerado. De acuerdo con los datos del Instituto de investigación Imazon, datos que se dieron a conocer cuando Gabriel aún se encontraba en Brasil, en los estados federales brasileños de Mato Grosso y Pará, de enero a marzo de 2008, a pesar de la temporada de lluvia, se habían talado un mínimo de 214 kilómetros cuadrados de selva, el triple que en los tres primeros meses del año anterior. Las organizaciones sociales resumen el desarrollo del siguiente modo: "Para poder exportar aún más agrocombustible a Alemania, está previsto explotar nuevas áreas de cultivo". La rapiña de la selva tiene además como consecuencia que cada vez se fija menos dióxido de carbono. De ello se derivan unas emisiones de CO2 que convierten a Brasil en el tercer país del mundo en cuanto a liberación de gases de efecto invernadero.
Totalmente falsas
Además, también se planta cada vez más caña de azúcar para producir combustible donde antes había pastos. La consecuencia es que la ganadería que antes se practicaba en estas zonas ahora se ve forzada a desplazarse a otras regiones (por ejemplo a la selva); o a plantaciones en las que antes se cultivaban alimentos. Así lo demuestran varios nuevos estudios, según la "Comisión Pastoral de la Tierra" (CPT) de la Iglesia católica de Brasil. Los ministros de medio ambiente de Brasil y Alemania han hecho declaraciones en sentido contrario, que el secretario de la CPT rechaza calificándolas de "totalmente falsas".
1.200 millones de hambrientos
También las Naciones Unidas han instado a la UE y a los EEUU a limitar sus programas de biocombustibles."En los EEUU, este año un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina, lo cual supone un duro revés para las reservas mundiales de alimentos. A su vez, la UE decidió el año pasado, ante las presiones de Alemania, aumentar hasta 2020 y a un 10 por ciento la proporción de agrocombustibles dentro del consumo total de gasolina. Ya en estos momentos la población de un gran número de países pobres no puede pagar los precios de los alimentos de primera necesidad, puesto que en los últimos meses han experimentado un fuerte incremento debido al boom de los biocombustibles. Por ejemplo, una tonelada de arroz (alimento básico en Asia, África y Latinoamérica) ha pasado de unos 400 dólares USA a principios de año a más del doble, 900 dólares, a principios de abril. En las últimas semanas las revueltas por el hambre se han extendido de Latinoamérica (Haití) a países africanos (Egipto, Burkina Faso, Costa de Marfil, Mauritania, Mozambique, Senegal, Somalia) y a Asia (Indonesia). "El número de los hambrientos se eleva en 16 millones por cada punto porcentual de subida de los alimentos de primera necesidad" afirma un estudio del año 2003 a cargo de dos economistas de EEUU. "Esto significa que en el año 2025 podrían estar pasando hambre 1200 millones de personas: 600 millones más de lo que pronosticamos en 2003."
Expulsados
Además, la codicia de terreno de los grandes consorcios, europeos entre ellos, agudiza aún más la situación ya precaria de muchas personas. Debido al boom de agrocombustibles, los que explotan refinerías de gasoil y etanol agrícola buscan terrenos productivos, y presionan a sus propietarios para que los vendan o arrienden. En la mayoría de los casos, las indemnizaciones que reciben los agricultores no son suficientes para poder ganarse la vida. Muchas veces, a los pequeños arrendatarios se los expulsa sin más, cuando ya no pueden pagar los intereses por unos terrenos cuyo valor aumenta.
Seguimos igual
Los responsables de esta evolución son sobre todo los EEUU y la Unión Europea, con Alemania a la cabeza. Mientras la UE, bajo la presidencia alemana del Consejo, ha decidido que de aquí al año 2020 la gasolina llevará un 10 por cien de biocombustibles, el gobierno federal incluso aspira a un porcentaje del 20 para Alemania; y quiere seguir importando agrocombustibles. En este sentido, Brasil tiene una importancia clave para Alemania, y Berlín incluso le dedica fondos denominados de ayuda al desarrollo. Por ejemplo, la Sociedad de Cooperación Técnica (GTZ, siglas alemanas) en 2005 comenzó a participar en un proyecto que puede abrirles a las empresas alemanas el acceso al sector; participa "Brasil Ecodiesel", el líder del mercado brasileño, con más del 50 por cien del mercado, del cual el Deutsche Bank adquirió, a través de una filial estadounidense, casi la mitad de los títulos poco después de iniciarse el proyecto de la GTZ. El acuerdo sobre biocombustibles que se va a suscribir hoy con Brasil parte de aquí y continuará en esa línea a pesar de todas las protestas.
Combustible en vez de pan. Un tercio de la cosecha de maíz va a parar a los depósitos de gasolina | 18-05-2008 - 17:30:15 GMT 1 #
Crisis económica. La mirada de un historiador, Robert Brenner escribió este artículo para el diario británico The Guardian, en donde fue publicado el 26 de septiembre de 2007. Lo que reproducimos a continuación es una versión de ese texto recientemente actualizada por su autor, que es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
La agitación que se observa en Gran Bretaña y EEU en el préstamo hipotecario y en la banca parece contenida, pero el futuro de la misma sigue siendo más que dudoso. Si, como vienen diciendo desde hace tiempo los funcionarios veteranos, los elementos fundamentales de la economía son robustos, los miedos ante el impacto de la crisis deberían irse apaciguando. Pero ¿es así?
Las alegres embestidas de los 80, los 90 y la primera mitad de la presente década, con sus epocales transferencias de renta al 1% más rico de la población, han eclipsado la realidad económica básica del debilitamiento en el largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. El rendimiento económico de los EEUU, Europa occidental y Japón, medido con prácticamente todos los indicadores posibles –volumen de producción, inversión, empleo y salarios—, no ha hecho sino deteriorarse, década tras década, ciclo económico tras ciclo económico, desde comienzos de los 70.
Los años transcurridos desde que empezara el actual ciclo a comienzos de 2001 han sido los peores: en EEUU, el crecimiento del PIB y del empleo ha sido el más lento desde fines de los años 40, y los salarios reales por hora trabajada no han hecho, para el 80% de la población, sino retroceder al nivel de 1979. El descenso del dinamismo de las economías capitalistas avanzadas arraiga en una caída importante de la tasa de beneficios, caída causada por una tendencia crónica a la sobrecapacidad en la industria manufacturera global que se remonta a finales de los 60. Las reducidas tasas de beneficios han llevado, desde los 70, a un continuo declive de la tasa de inversión como porción del PIB, así como a paulatinas reducciones del crecimiento del stock de capital y del empleo. Esa desaceleración de la acumulación de capital, sumada a la presión granempresarial para restaurar sus tasas de retorno manteniendo bajos los salarios, ha reducido la demanda agregada; una debilidad que viene a constituir desde tiempos inveterados el principal obstáculo atravesado en el camino del crecimiento de las economías avanzadas.
Los gobiernos, con el de los EEUU en cabeza, han emitido volúmenes cada vez mayores de deuda, a través de canales cada vez más barrocos, para subsidiar el poder de compra. En los 70 y en los 80 incurrieron en déficit cada vez más grandes, a fin de sostener el crecimiento. Desde mediados de los 90, empero, tuvieron que recurrir a formas más drásticas y más arriesgadas de estímulo para contrarrestar la tendencia al estancamiento, substituyendo los déficit públicos del keynesianismo tradicional por los déficit privados y la inflación de activos, en lo que bien podría llamarse un keynesianismo de precios de activos, o, con igual pertinencia, una política económica de la burbuja.
A despecho de sus protestas en contrario, fue Alan Greenspan, y nadie más, quien lanzó el experimento macroeconómico que alimentó la gran carrera especulativa de los mercados de valores a fines de los 90, tras el fracaso de los intentos de la administración Clinton y de la UE por arrancar a la economía de su dependencia del crédito mediante ajustes presupuestarios de impronta neoliberal. Esos intentos naufragaron frente a las hondas recesiones en Europa y en Japón, frente la recuperación sin creación de empleo en los EEUU y frente a la crisis del peso mexicano. En la medida en que las corporaciones empresariales y los hogares ricos comenzaron a disfrutar de su creciente riqueza sobre el papel, se embarcaron en un aumento sin precedentes de endeudamiento, lo que estuvo en la base de una potente expansión de la inversión y del consumo, el malhadado boom de la “nueva economía”. Sin embargo, el incremento de los precios de los valores, a despecho de unas tasas de beneficio declinantes y de la escalada de sobrecapacidad resultante de una inversión acelerada, provocó el crac y la recesión de 2000-2001.
Imperturbables, los bancos centrales recurrieron de nuevo a la inflación de los precios de los activos. Reduciendo las tasas de interés real a corto plazo a cero durante tres años, facilitaron una explosión del préstamo hipotecario en el mercado inmobiliario que, a su vez, contribuyó a –e incentivó— que se dispararan los precios de las viviendas. La riqueza inmobiliaria así inflada permitió un incremento en el gasto de consumo, el cual, a su vez, dio fuelle a la expansión. El consumo personal, sumado a la inversión en vivienda, representó el 90-100% del crecimiento del PIB en los primeros 5 años del presente ciclo. Sin embargo, el sólo sector de la vivienda es responsable del crecimiento del PIB en más de un 40%, lo que contribuyó a obscurecer la debilidad de la recuperación.
El incremento de la demanda resucitó a la economía. Pero, aunque los consumidores hicieron su tarea, no puede decirse lo mismo del mundo de los negocios, a pesar del incentivo que significaban unos préstamos inmobiliarios sin precedentes. Centradas en restaurar sus tasas de beneficio, las grandes empresas desencadenaron una brutal ofensiva contra los trabajadores. Incrementaron el crecimiento de la productividad, no tanto con inversiones en equipo, como por la vía del recorte del empleo y de obligar a los empleados a cargar con los costes de los períodos de poca actividad. Mantuvieron bajos los salarios, al tiempo que lograban exprimir más rendimiento de cada persona, lo que les permitió apropiarse de una porción sin precedentes del incremento que de ello resultó en el PIB no-financiero.
Las corporaciones empresariales no-financieras, así pues, aumentaron sus tasas de beneficio significativamente, aun cuando ni siquiera a los niveles ya rebajados de los 90. Pero al mantener en bajos niveles la creación de empleo, la inversión y los salarios, mantuvieron bajo también el crecimiento de la demanda agregada, socavando así su propio incentivo para expandirse. Lo que hicieron, en cambio, en vez de aumentar la inversión y crear más empleo, fue explotar las ventajas del crédito barato y dedicar una parte sin precedentes de sus recursos a la recompra de sus propias acciones, a la financiación de fusiones y adquisiciones de otras empresas y a pagar dividendos a los accionistas.
Con ese trasfondo de debilidad de los fundamentos de la economía productiva real, la crisis desencadenada por el colapso del mercado de hipotecas de alto riesgo resulta extremadamente amenazante. Ben Bernanke –que sustituyó a Greenspan como presidente de la Reserva federal de EEUU— tiene, pues, pocas opciones, aparte de seguir rebajando el coste de los préstamos. La deflación de la burbuja inmobiliaria desde 2005 –su momento culminante— venía ya ejerciendo presión sobre el gasto del consumidor y sobre la construcción de vivienda, un problema que no hará verosímilmente más que empeorar, a medida que las ventas y los precios de las viviendas se desplomen. Además, a la vista de la débil respuesta que han dado a uno de los paquetes de estímulos más imponentes de la historia, difícilmente puede esperarse que las corporaciones empresariales aflojen: de hecho, empezaron a reducir el crecimiento del empleo antes incluso de que la crisis financiera estallara.
Hay, además, razones para dudar de la eficacia de los tipos reducidos de la Fed. ¿Cómo habrían de lanzarse al consumo los consumidores, si los precios en declive de sus viviendas inducen al ahorro, no al consumo? El boom estimulado por el consumo parece destinado a su fin. ¿O acaso la bajada del dólar, que ha de ir de consuno con los movimientos de la Fed, no forzará un alza en los tipos de interés a largo plazo, con la consiguiente amenaza de rebajar los precios de los activos y estorbar el crecimiento económico? ¿Cómo puede la rebaja de costes de los préstamos reducir las masivas pérdidas en títulos hipotecarios que tienen inexorablemente que resultar del maremoto de morosidad que no ha hecho sino comenzar? No ofrece duda: se avecinan duros tiempos; el final de la expansión puede venir acompañado de llanto y crujir de dientes.
Robert Brenner, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es director del Center for Social Theory and Comparative History en la Universidad de California-Los Ángeles. Es autor de The Boom and the Bubble (Verso, Londres, 2002), un libro imprescindible para entender la historia económica del último medio siglo, el origen de la llamada "globalización" y la situación presente. (Hay traducción de una primera versión de ese libro, publicada en Chile con el título Turbulencias en la Economía Mundial --Lom, Santiago, 1999—, desgraciadamente vertida a un castellano prácticamente ilegible.)
Crisis económica | 20-05-2008 - 08:30:41 GMT 1 #
La Crisis económica de la Confederación de Organizaciones Empresariales de España, CEOE. Crisis económica
La CEOE plantea más rebajas fiscales y profundizar en la reforma laboral
La patronal prevé escenarios de crecimiento inferiores al 1% el próximo año MIGUEL ÁNGEL NOCEDA - Madrid - 29/05/2008 - EL PAÍS
Frente a la crisis, viejas recetas. La Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) plantea que el Gobierno realice más reducciones de cargas fiscales, sobre todo en el impuesto de sociedades (que empezó a rebajarse el año pasado), y de las cuotas sociales (Seguridad Social, desempleo y Fondo de Garantía Salarial), así como establecer una disciplina en el gasto y abordar una nueva reforma del mercado laboral. Estas medidas forman parte del documento que ayer analizó la junta directiva de la patronal con el objetivo de que el Ejecutivo las haga suyas para abordar un periodo que, a su juicio, va a frenar el crecimiento económico de forma más dramática de lo previsto hasta la fecha. Según la patronal, el crecimiento rondará este año el 1,5% y, según los escenarios más pesimistas, amenaza con situarse el próximo por debajo del 1%, con algunos trimestres con porcentajes cercanos al cero.
No son, desde luego, buenos presagios. La junta directiva de la organización que preside Gerardo Díaz Ferrán tiene previsto, en principio, reunirse para culminar el documento el 17 de junio. Sin embargo, dada la deriva que ha alcanzado esta cuestión es probable que se adelante. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha confirmado que presentará el Informe Económico del Gobierno el día 9 de junio en el Consejo Económico y Social (CES) y todo indica que para esas fechas ya debiera haber recibido a la CEOE y a los sindicatos.
En cualquier caso, eso no supondrá muchos cambios sobre las directrices estudiadas ayer, que por otra parte coinciden con las recogidas en el Plan Estratégico 2008-2011 para la Modernización de la Economía elaborado el año pasado. Las recomendaciones, según fuentes de la organización, parten de la situación de la economía del país y del convencimiento de que el Gobierno tiene poco margen de maniobra ante una crisis internacional con un precio del petróleo incontrolado y el del dinero dependiendo de una institución supranacional, con la certitud además de que van a seguir altos.
Los patronos justifican la petición de la rebaja fiscal -también quieren que se supriman los impuestos de donaciones, transmisiones y sucesiones- y de las cuotas sociales en que son medidas que permitirían mayor ahorro, inversión y empleo. El control del gasto se refiere a partidas que no incidan en la economía, como el funcionamiento de la Administración, y no a inversiones en infraestructuras, que piden que se intensifiquen. La filosofía del documento radica en crear un marco que permita salir reforzado de la crisis.
La patronal quiere un cambio de modelo productivo a uno menos dependiente de la construcción, pero reconoce que va a ser paulatino. Es preciso, añade, avanzar en la liberalización de sectores; privatización de servicios públicos; seguridad del abastecimiento energético; diversificación del mercado exterior y fomento de la inversión extranjera.
Pero la CEOE también quiere aprovechar para dar una nueva vuelta a la reforma laboral. Además de la reducción de las cotizaciones sociales, la patronal quiere bajar salarios "de forma acorde con las exigencias de la competencia internacional" y mejorar la gestión de algunas prestaciones, como la incapacidad temporal, y el tratamiento del absentismo.
Ése va a ser un caballo de batalla con los sindicatos, a los que Díaz Ferrán tiene previsto llamar en próximas fechas para entablar la mesa de diálogo social antes de reunirse con Zapatero. Las relaciones siguen en buena sintonía; pero, a buen seguro, existen discrepancias. La patronal tiene muy claro que "no se pueden sentar las bases de crecimiento futuro sin profundizar en el diálogo social".
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CEOE: La Crisis económica de la Confederación de Organizaciones Empresariales de España | 30-05-2008 - 14:13:39 GMT 1 #
Quién paga las crisis del capitalismo, por J. A. GONZÁLEZ CASANOVA: Se nos anuncian años de sequía económica. Viviremos peor en todo lo pagadero. El paro y sus secuelas (xenofobia, drogadicción y delincuencia) crecerán. Las depresiones personales mermarán la productividad. La economía es ya un círculo vicioso mundial que se expande como las ondas del estanque golpeado por una piedra. Las gentes de todo el planeta están sometidas a un sistema económico único, el capitalista, cuyas crisis periódicas son inherentes a su lógica y consecuencia directa de su contradicción esencial. El mayor teórico del capitalismo, Karl Marx, no podía prever cómo se producirían las crisis actuales ni qué soluciones coyunturales tendrían, pero sí dejó muy claro en qué consiste dicha contradicción. La posesión y el poder en unas pocas manos particulares de unos bienes que son públicos o colectivos, porque de ellos depende la vida y el trabajo de millones de seres, enfrenta el lucro del capital con el salario laboral. La diferencia favorable al primero es su beneficio y un maleficio para el trabajador. Pero, a la larga, esto perjudica al capitalista en forma de superproducción. Hay que tirar lo que es invendible porque la gente percibe un salario muy inferior al coste en el mercado de lo que ella misma ha producido. Si el capital reduce su beneficio para facilitar la compra, pierde el estímulo inversor. Si no lo reduce, ha hecho un gasto inútil. No le quedan más que dos estrategias complementarias: acudir a los países más pobres pagando agradecidos salarios de pura supervivencia y fomentar el consumismo en los países ricos con señuelos publicitarios. El palo y la zanahoria, ya se sabe, hacen correr al rucio. De ese modo, la producción no se detiene, todo el producto se vende (incluido el innecesario y caprichoso), el beneficio aumenta, el sistema funciona. Eso sí, millones de seres mueren de hambre, sed, enfermedad y guerras, pero la máquina que mueve el beneficio del capital no se puede parar porque, si para, cae como una bicicleta, a no ser que algo la aguante. Para el capital, su apoyo es el Estado. Él evita que el capital muera de éxito suicidándose, al matar la gallina de los huevos de oro cuando ya no puede explotar más a la gente sin perjudicarse a sí mismo
Los neoliberales que se cargan los servicios públicos, convertidos en negocios privados, exigen a los gobiernos que les aseguren sus ganancias: por las armas si las víctimas del sistema osan combatirlo (fascismo y guerras coloniales) e interviniendo en la economía para enjugar sus deudas, sus abusos y errores financieros, su falta de liquidez, mediante la aportación del erario público y, por tanto, a costa de las rentas medias y bajas. Marx decía que los gobiernos no eran más que los consejos de administración del capital. No erraba. Gobiernen las derechas o las izquierdas actuales, Obama, Hillary o McCain, sus políticas no pueden dejar que el sistema se hunda. El Estado y los trabajadores se ven amenazados por el capital con cerrar empresas o deslocalizarlas si se pretende compensar con ayudas e impuestos los salarios insuficientes ante el alza de los precios. El welfare state (Estado de bienestar) es un parche de los países ricos a la crisis permanente del capital. Pretende moderarlo en su instinto básico selvático para que no mate la gallina de los huevos de oro, que es el trabajo humano, pero prolonga su agonía a costa del naufragio genocida cuyos restos llegan a Europa o a Suráfrica provocando violencia xenófoba entre los más castigados por la recesión.
El principio darwinista de la competencia (el pez grande se traga al chico) obliga a la pugna empresarial, que suele concluir en oligopolios y monopolios que niegan la proclamada libertad de mercado y que, para controlar energías básicas como el petróleo, causan invasiones, guerras y alzas tácticas de su precio que repercuten en productos de primera necesidad popular. Los bancos viven del crédito usurario, rivalizan, ocultan sus cuentas, empujan al consumo, pero tropiezan con la morosidad y el impago, fruto del estímulo inyectado en la gente a vivir del crédito porque el salario nunca llega (hipotecas basura, por ejemplo). La economía financiera y especuladora comporta jugadas bursátiles entre firmas rivales que tienen consecuencias terribles para empresas menores y sus puestos de trabajo. En definitiva, quien paga las crisis de las que se nutre el capitalismo somos los trabajadores de todas clases y de todo el mundo. Y digo "se nutre" porque, superada la crisis, los más poderosos se han sacudido competidores, han acumulado más riqueza y han debilitado la fuerza y las exigencias sindicales. Hasta la próxima crisis vivirán de la última. Y así hasta que alguien se plante y mande parar.
Quién paga las crisis del capitalismo | 06-06-2008 - 06:25:34 GMT 1 #
El estado actual del capitalismo.
Desde el fin de los años sesenta y los inicios de los setenta, el capitalismo mundial se ha caracterizado manifiestamente por una progresiva dificultad en su proceso de valorización. Ello determina un nuevo escenario al interior del cual se van agravando las relaciones entre el capital y la fuerza de trabajo, se exaspera el ataque de los gestores del capital en las confrontaciones con el mundo del trabajo, mientras el nivel de la lucha de clases, con la excepción de algunos episodios, registra el punto más bajo desde el comienzo del siglo.
En la base de este fenómeno económico opera una tasa media de ganancia cada vez más baja, de tal manera baja que hace progresivamente menos remunerativas las inversiones productivas e insoportable para cualquier capital nacional el peso del Estado social y los niveles “normales” del costo del trabajo. Las consecuencias están representadas por la exasperación de las insuperables contradicciones que desde siempre dan la medida de los ritmos y la vida de las relaciones de producción capitalistas.
El carácter cíclico de las crisis
Las crisis se presentan en ciclos más próximos entre sí, con mayor intensidad y extensión sobre el plano internacional; mientras sus efectos sociales son siempre más devastadores. Los períodos de animación son débiles y cortos, una suerte de breves intermedios en una situación de crisis envilecedora y permanente.
La disminución de la tasa de crecimiento del PIB. El PIB, o bien, la riqueza social que anualmente es producida, incluso cuando continúa aumentando, ve disminuir sensiblemente su tasa de crecimiento. La caída de la cuota media de ganancia condiciona las inversiones productivas y favorece la especulación insertando el sistema económico en una espiral negativa que termina por agravar los mecanismos de valorización y de acumulación del capital. En los países con una alta industrialización se ha pasado de un incremento del PIB del 10% entre las dos guerras mundiales, al 5% en la segunda postguerra para llegar al 8% en los últimos veinte años.
La exasperación de la concurrencia
La concurrencia, antes solicitada y luego exasperada por las crecientes dificultades de valorización del capital, trae consigo dos fenómenos económico-políticos complementarios. Al interior de los Estados nacionales el capital agrede a la fuerza de trabajo a golpes de flexibilidad productiva, de precarización del puesto de trabajo, de contención del costo de la fuerza de trabajo. Mediante su instrumento de poder político, el Estado, va aprontando las bases legislativas en defensa de sus intereses económicos cada vez más difíciles de alcanzar, con la salvaje reestructuración de su relación con el mundo del trabajo. Nacen, así, los contratos de solidaridad (con el capital), el salario de ingreso, el trabajo interino, los contratos de área, los contratos a término, etc. Todos los medios para obtener un costo de trabajo inferior hasta el 60%, única condición para elevar de nuevo la extracción de ganancia y la cuota de ganancia.
Al exterior, los capitales se enfrentan en el acostumbrado terreno de los mercados comerciales, financieros, de las materias primas (petróleo, pero igualmente otras materias) y también en el de la fuerza de trabajo de bajo precio, favoreciendo la descentralización productiva. La globalización, hija de la caída de la tasa de ganancia, de las crisis económicas rastreras, de la tentativa de reconquistar márgenes suficientes de ganancia y de la exasperación de la concurrencia, está recomponiendo velozmente los polos del imperialismo (Europa, Japón, USA, China y Rusia) en el terreno de las rivalidades comerciales y financieras, sin excluir episodios de guerra o de intervención armada de baja intensidad, con asesoría o fuera de las insignias de los organismos internacionales.
Para quien había declarado que con el fin de la guerra fría el mundo había marchado hacia un período de paz y de prosperidad económica, la respuesta escarneciente está en las precarias condiciones económicas de todo el mundo capitalista, en la guerra del Golfo, en la intervención de la OTAN en Yugoslavia, en las guerras civiles por la sobrevivencia biológica de los continentes africano y asiático, en los desórdenes provocados y controlados en el área petrolífera entre el mar Negro y el Mar Caspio, en Chechenia, Pakistán y Afganistán.
La deuda pública
En la especulación con la caída de la tasa media de ganancia y las consiguientes dificultades de valorización del capital, se presenta el endeudamiento del Estado. Desde hace veinte años a la fecha, la deuda pública, como constante fisiológica del capitalismo, compatible en términos absolutos y porcentuales con la riqueza social producida, va asumiendo dimensiones insostenibles. En los países de capitalismo desarrollado se va desde un mínimo del 60% (Alemania) sobre el PIB a un máximo del 124% (Italia). Ninguno, desde el Japón a los USA, ha podido sustraerse al endeudamiento, en tanto que condición necesaria para el sustento de la economía en apuros, bajo la forma de créditos facilitados si no directamente por debajo de la mesa por los bancos. Para los Estados el único medio de recibir suficientes cuotas de capital financiero para revertir en el mundo de la producción la progresiva asfixia por carencia de ganancia, no puede más que pasar a través del endeudamiento mediante la emisión y la venta de títulos públicos.
La deuda conjunta
No sólo el Estado ha debido registrar la onda de la deuda en las confrontaciones de los subscriptores internos y externos, institucionales y privados, sino toda la sociedad capitalista internacional vive bajo el peso del endeudamiento. Si se suman las deudas de los Estados a las de las empresas y de las familias y allí se ponen en relación al producto mundial bruto, se llega al extraordinario índice del 130%. Una deuda total que el capitalismo no había alcanzado en toda su historia ni siquiera en las fases de crisis agudas como las del fin del siglo XVIII o de la gran depresión del “29”.
El desmantelamiento del Estado social
En análogas condiciones (los descensos de la tasa de ganancia, insostenible deuda con los aún más insostenibles intereses correspondientes a los subscriptores), el Estado, patrocinador político y financiero del ciclo perverso inversiones-acumulación-crisis-menor tasa de ganancia, más inversiones-más acumulación-crisis-tasa de ganancia todavía menor, ha debido reconsiderar sus cuentas. Más tributos, pero no sobre los capitales y las ganancias, menos gasto en los sectores improductivos. Por excelencia, los sectores improductivos son la escuela, la sanidad y la previsión social. La paradoja de la sociedad contemporánea reside en el hecho de que para producir más riqueza en términos capitalistas se aumenta la explotación, se disminuye el acceso al consumo a un número siempre creciente de trabajadores, se crean ejércitos de desocupados, se penalizan los jóvenes, los enfermos y los pensionados, o sea a los cuatro quintos de la sociedad.
Las privatizaciones
Cincuenta años de intervención del Estado en la Economía no sólo no han resuelto las contradicciones del sistema económico capitalista y sus crisis recurrentes, sino que lo han conducido en los años setenta a una serie de depresiones iguales, si no superiores, a la del año 1929. Esto ha proporcionado a las burguesías internacionales la idea de que el camino para salir del círculo perverso de las crisis económicas pasa por el retorno a la economía de mercado, al neoliberalismo a través de la institución de las privatizaciones. Otras paradojas se cumplen. La “ciencia” económica burguesa considera poder sanear los perjuicios de las relaciones de producción capitalistas sacando al Estado de la economía, olvidando que cincuenta años antes se invocaba su intervención para contener y superar los estropicios económicos y sociales del liberalismo. De ello se sigue que las contradicciones capitalistas no pueden ser administradas ni mucho menos superadas por ninguna de las distintas formas de gestión de las relaciones de producción. En realidad, la desvinculación del Estado de la economía y las consiguientes privatizaciones tienen otras motivaciones. Ante todo, su desequilibrio financiero no le consiente seguir siendo por más tiempo simultáneamente solicitador externo, financiador de los mecanismos productivos y empresario. Secundariamente, las privatizaciones son uno de los medios para intentar aligerar la deuda pública vendiendo las “joyas” de la familia. En tercera medida las privatizaciones, esto es, el traslado de la propiedad y del relativo contrato con la fuerza de trabajo desde un ente público a un sujeto empresarial de derecho privado, permiten al capital disponer de una mayor capacidad de maniobra en el terreno de los licenciamientos. En fin, allí donde el Estado es desbarajustado por la deuda pública y por los déficit que le conciernen en primera persona, y siendo en los hechos incapaz de continuar operando como momento financiero y económico del proceso de acumulación, como lo había hecho por más de cincuenta años, las privatizaciones resultan ser el mejor ámbito en el seno del cual se favorecen los procesos de concentración, tanto nacionales como continentales e intercontinentales. Un ejemplo de ello es suministrado por la fusión de la Stet-Telecom, así como la del grupo AT&T-Unisource comprensivo de la sueca Telia, la Telecom Suiza, la holandesa KPN y de la Telefonica española.
La concentración de los medios de producción
En el espacio de quince o veinte años un grupo cada vez menor de empresas ha llegado a detentar una cuota cada vez mayor del producto mundial bruto. Los efectos de la tasa de beneficio decreciente han impuesto una extraordinaria aceleración en los procesos de concentración económica. A comienzos de los años “70” las primeras quinientas empresas mundiales no superaban el 29% de la producción mundial. Hoy las primeras doscientas aportan al menos el 30% empleando sólo 18,8 millones de trabajadores que representan el 0,75% de la fuerza de trabajo mundial. En este escenario las anexiones se multiplican, las empresas más grandes fagocitan a las más pequeñas a ritmos jamás alcanzados. Aquellos que ya eran colosos van asumiendo gigantescas dimensiones transnacionales. La General Motors tiene un facturado superior al PIB de Dinamarca, la Ford tiene uno mayor que el de Sudáfrica, mientras que la Toyota supera en gran proporción al PIB de Noruega.
La concentración del capital financiero
La dificultad con la que el capital se valoriza en los procesos de producción favorece la fuga hacia la especulación. Masas colosales de capital especulativo, incontrolado e incontrolable por los Estados, diariamente se dirigen de un área a otra, creando la fortuna o la desgracia de las divisas y de las economías según la orientación de los flujos migratorios. Al igual que para los medios de producción, también para el capital financiero la centralización en polos de referencia, Dólar, Yen o Marco, se desarrolla a ritmos exacerbados. Al lado de los colosos americanos o japoneses representados por los Fondos de pensiones, por los Fondos comunes de inversión, las aseguradoras, los Bancos y por las diferentes entidades Financieras, se están creando concentraciones homólogas en Inglaterra y Alemania, así como en el resto de Europa. Conjuntamente, en el mercado financiero internacional se ha formado una masa de capital especulativo cuyo valor es 50 veces superior al del capital productivo. Por lo demás, los dos procesos caminan pari passu. La concentración económica tiene necesidad de la concentración financiera y las dos son hijas de la misma crisis de las relaciones de producción capitalistas. La crisis de las ganancias apremia para que las empresas más fuertes busquen en la concentración de los medios de producción la “solución” a sus problemas de valorización. Pero para que esta concentración sea posible en términos verticales y horizontales es necesaria una alta disponibilidad de capital financiero. La misma crisis aconseja a otros capitales huir de las inversiones productivas para correr el riesgo de la especulación, creando en parte las condiciones para que se plantee la oferta de capitales destinados a las empresas que, a fin de conseguir el objetivo de la concentración a través de las fusiones y los coligamientos, son constreñidas al endeudamiento. Dinámica contradictoria, pero por la misma razón perfectamente en línea con la praxis del capitalismo.
La doble polarización
En los últimos veinticinco años ha ido ampliándose la brecha entre los detentadores de la riqueza nacional y los desposeídos. El proceso de concentración de los medios de producción y el de centralización del capital financiero ha hecho que los ricos deviniesen más ricos y los pobres siempre más pobres. Según los datos del ISTAT el 20% de la población posee el 78% de la riqueza nacional, mientras el 80% se debe contentar con el 22%. En los USA, según los datos del OCSE, el 1% de la población detenta el 48% de las riquezas financieras, mientras el 80% de los más pobres administra el 6%. En el período 1974-1994, la porción de la renta nacional bruta poseída por el 5% de los americanos más ricos ha pasado del 16,5% al 21,1%. Mientras el 20% de la población más pobre ha visto reducirse su cuota de renta que ha pasado del 4,3% al 3,6%.
La pauperización
Hijo de la crisis de la tasa de beneficio y del desmantelamiento del Estado social es el fenómeno de la pauperización. En un tiempo los analistas burgueses consideraban que la pobreza generalizada era un fenómeno típico de los países del Tercer mundo, porque estaba caracterizado por una economía débil, incapaz de garantizar el trabajo, las rentas, las necesarias infraestructuras sociales asistenciales y de previsión. Hoy estos mismos analistas están constreñidos a constatar la existencia del fenómeno también en los países capitalistas avanzados. Como de costumbre, la paradoja del capitalismo emerge. También en presencia de sociedades que crean cada vez más riqueza, aumenta la pobreza, que de factor ocasional ligado a las crisis económicas se ha convertido en un mal endémico del capitalismo desarrollado y está destinado sólo a aumentar. De acuerdo con los datos de la OCSE, en Italia existen seis millones de desheredados, o sea de individuos que sobreviven por debajo de la línea de pobreza. Sólo en los países de la CEE, han sido censados 50 millones de desheredados. Por su parte, hay 45 millones en los USA.
La desocupación
El mismo discurso vale para la constante pérdida de puestos de trabajo y para las enormes dificultades que afrontan los jóvenes para encontrar una ocupación estable. La causa reside en la apelación exasperante a los mejoramientos tecnológicos, es decir, al rompimiento de los tiempos y de los costos de producción que la concurrencia, presionada por la caída de la tasa de beneficio, impone como condición necesaria para la sobrevivencia de los capitales. De suyo se comprende que no es la tecnología en sí misma la causa de la desocupación, sino el uso capitalista que se hace de ella. Si la tecnología fuese, como es, disminución de los costos y de los tiempos sociales necesarios para la producción de la riqueza, debería aumentar la disponibilidad de las mercancías y los servicios y, simultáneamente, se liberaría tiempo social para dedicar a actividades alternativas a la productiva. Todos podrían trabajar con horarios laborales inversamente proporcionales al aumento de la productividad social y teniendo a disposición una mayor riqueza para distribuir. Pero en la sociedad capitalista sucede exactamente lo contrario. El incremento tecnológico puesto a disposición de las necesidades de valorización del capital se transforma en desocupación de la fuerza de trabajo que es sustituida por las nuevas técnicas productivas, que no sólo no permiten el mantenimiento de los trabajadores convertidos en excedentarios, sino que imponen a los trabajadores ocupados una mayor explotación tanto mediante el aumento del plusvalor relativo, como, en muchos casos, del plusvalor absoluto por medio de la prolongación de la jornada de trabajo, los horarios extraordinarios y los week end laborales, incluso en el caso de que no hayan sido previstos en el momento, por los contratos nacionales. Así, se consuma la enésima paradoja. Para garantizarse menores costos productivos y sociales, el capital impone a través de su estado la reforma pensionística, que no es otra cosa que el alargamiento de la vida laboral, con el resultado de constreñir a trabajar a los ancianos, dejando fuera de las relaciones de producción a la mejor parte de la sociedad, esto es, a los jóvenes. La conclusión es que en el capitalismo moderno la desocupación ya no está ligada a la marcha cíclica de la economía, sino que se ha convertido en un factor permanente. Se crean desocupados en la fase de crisis económica y no se reintegran en el momento de la animación. En los últimos años las crisis económicas han continuado produciendo desocupación mientras los períodos de alza no han conseguido crear las condiciones para la configuración de una contratendencia. Antes bien, las mismas alzas del ciclo económico, caracterizadas por las reestructuraciones tecnológicas, han terminado por producir otra desocupación.
La reducción de los espacios contractuales
En un escenario económico caracterizado por la creciente dificultad de valorización del capital, por la necesidad de invertir cada vez mayores capitales con el resultado de tasas de beneficio menores, de un lado se han impuesto los términos de una drástica reorganización de los factores de la producción, del otro se hace necesaria una importante revisión de las relaciones entre el capital y la fuerza de trabajo. Nace así la fábrica “ligera”, el uso racional de los equipos (el “just in time”, justo a tiempo), la descentralización productiva, la robotización, pero nace también la flexibilidad, la precariedad del puesto de trabajo, la eliminación de toda recuperación salarial respecto de la inflación. En su lucha por la sobrevivencia, irritada por la concurrencia interna e internacional, el capital ha debido restringir los espacios económicos en su relación con la fuerza de trabajo. El poder adquisitivo de los salarios ha sido retrotraído al nivel existente en los inicios de los años setenta. Las reivindicaciones económicas ya no son toleradas. Las renovaciones contractuales antes de partir deben tener en cuenta tanto el nivel de la inflación como el de las condiciones generales del mundo empresarial. En veinte años los términos de la lucha de clase se han derrumbado completamente. En los decenios pasados era la clase obrera la que llevaba la iniciativa en la contienda por las migajas que el capital podía conceder. No disponiendo de más migajas, el capital es hoy el que toma la iniciativa en el ataque a las condiciones salariales y normativas de la clase obrera.
El salario como variable dependiente
Que la condición de trabajo asalariado es la base primaria de la valorización del capital es cosa notoria. Que el salario haya perdido complemente cualquier variabilidad en las confrontaciones con el beneficio lo es mucho menos, también en los ambientes de izquierda, frecuentados por sedicentes comunistas a la Bertinotti. Mientras en los años precedentes el salario, aún no pudiendo siquiera rozar la línea de las compatibilidades de la valorización del capital, gozaba de un mínimo de indexación y, por tanto, de salvaguardia de su poder adquisitivo, hoy todo esto ha prácticamente desaparecido. La conexión de los salarios con la escala móvil y otros mecanismos de adecuación, aunque parciales y tardíos, representaban el mínimo vital con base en el cual el proceso de explotación concedía a la fuerza de trabajo un simulacro de adecuación de su renta en relación con el aumento del costo de la vida. Desde hace algunos años, eliminada casi completamente la escala móvil, los salarios han sido uncidos progresivamente a la cuota media de ganancia, o sea el capital ha inventado para la fuerza de trabajo una suerte de indexación alrevés, por la cual a cuotas medias de ganancia más bajas deben corresponder salarios proporcionalmente contenidos, si no directamente más bajos.
El trabajo negro, el trabajo de los “negros”, el trabajo negro de los “negros”
En la alocada carrera por contener los costos de la fuerza de trabajo, el capital no se ha limitado a pretender y a obtener del Estado todas las leyes que le pongan la cabeza de la clase obrera en una bandeja de plata, tales como las relativas a los contratos de ingreso, de formación, de solidaridad, sobre el trabajo interino y sobre los contratos de área, sino que ha incrementado la plaga del trabajo negro. Además, con una actitud más delincuencial que hipócrita, ha sacado provecho de la inmigración como fuente de mano de obra a precios irrisorios, mientras iba elaborando leyes que reglamentasen la inmigración. De fenómeno ocasional el trabajo negro de la mano de obra “negra” se ha transformado en un comportamiento constante asumido por el capital en la confrontación con la fuerza de trabajo legislativamente desprovista de garantías. Cuanto menos garantías rodean a la fuerza de trabajo, más garantizados están los beneficios del capital.
El reformismo ayer y hoy
El reformismo ayer. El reformismo, es decir, la ideología según la cual se puede llegar al socialismo a través de un recorrido de reformas económicas y políticas sin pasar necesariamente por la revolución social, ha sido, es y será una constante en la práctica de la lucha de clases en cuanto herencia de la ideología burguesa. Hasta cuando las relaciones de producción capitalistas cuenten con condiciones para expresarse, a la par de las ideologías burguesas que las justifican y las sustentan, el reformismo tendrá el modo y la posibilidad de expresarse en cuanto condicionamiento evolutivo e idealista burgués, tomando enseguida la vocería de los intereses del mundo del trabajo.
La imposibilidad del reformismo
Desde los inicios del siglo, entre las dos guerras mundiales y durante los primeros decenios de la segunda postguerra, aunque con mayor dificultad, el reformismo ha conseguido implantarse de manera estable en la conciencia de la clase obrera internacional gracias al espacio económico reivindicativo que el capitalismo de entonces, a pesar suyo, estaba en situación de conceder. Las llamadas conquistas del mundo del trabajo, pagadas por otra parte con durísimas luchas y sacrificios, han sido posibles gracias al hecho de que las burguesías de la época marchaban sobre tasas de ganancia enormes, o de cualquier modo en grado de absorber los aumentos salariales y las reducciones del horario de trabajo, así como de soportar el peso de aquel gran amortizador social que respondía al nombre de Estado Social. Pero el reformismo de entonces y después jamás habría podido ir más allá de las compatibilidades del sistema obrando sobre el terreno de las conquistas “democráticas” en el momento en el cual hubiese puesto el problema central de la lucha de clases: el control de los medios de producción para organizar una sociedad en la cual la producción y la distribución de la riqueza no pasaran más a través de las categorías económicas capitalistas, sino de las socialistas, que para nacer y desarrollarse habrían debido hacer plaza arrasada del capital, de la ganancia, del trabajo asalariado y, por lo tanto, de la misma burguesía. En caso de que el reformismo hubiese intentado, cosa que no hizo nunca, ir realmente en contra de las compatibilidades del sistema, se habría encarado con la imposibilidad práctica de realizar su programa idealista. Para impedírselo habría intervenido la burguesía, primero con sus leyes y luego con su ejército. En ese punto o se habría recogido al interior de las compatibilidades del capitalismo, cosa que hizo, convirtiéndose con el tiempo en su apéndice ideológico y económico, o bien habría debido admitir, cosa que nunca hizo, que el programa de emancipación del proletariado podía pasar solamente a condición de que la lucha de clases saliese del angosto ámbito del reivindicacionismo económico y político para resolver el problema sobre el terreno de la fuerza y de la violencia de clase. Esto no por el gusto de la violencia y de la confrontación a toda costa, sino porque la burguesía no le habría ofrecido ningún otro terreno de confrontación. No se ha dado jamás en la historia en general, y en la historia de la lucha de clases, que una clase económicamente dominante dejase su poder, y con él todos los privilegios que comporta, sin combatir con todos los medios posibles, hasta con la reacción más violenta y brutal. Entonces la imposibilidad del reformismo podía no estar en antítesis con una política de reformas, a condición de que ellas fuesen más al interior de las compatibilidades económicas del sistema y que no lo pusieran en discusión desde un punto de vista político. Hoy las cosas han cambiado radicalmente.
El reformismo imposible
En la fase actual de vida del capitalismo permanece firme la hipótesis de fondo, esto es, la imposibilidad de alcanzar las condiciones para la construcción de una sociedad socialista por medio de reformas, también los espacios reformistas de pequeño o gran valor están enormemente restringidos. El techo de las posibilidades ha descendido de modo directamente proporcional a la reducción de la tasa de ganancia e inversamente proporcional al aumento de las dificultades de valorización del capital. Mientras en los decenios precedentes las luchas obreras podían obtener resultados yendo al ataque del capital, royendo la parte de los beneficios cuya falta el mundo empresarial podía sustentar, ahora se asiste al fenómeno opuesto. Es el capital el que, después de haberse servido de la lógica del reformismo, es decir, de calibrar las reivindicaciones y el mismo nivel de la lucha de clases a las compatibilidades del sistema, agrede a la clase obrera en todos los frentes. Él recorta los salarios, él comprime el nivel de vida, él impone contratos feudales, la movilidad y la precariedad del puesto de trabajo, como si fuesen las consecuencias inevitables de soportar en nombre de la compatibilidad, de una entidad superior que unas veces se llama patria, sociedad y otras la salvaguardia del bien “común”, la democracia.
Esto comporta dos observaciones. La primera es que la burguesía en su ataque violento contra el mundo del trabajo no es movida por elecciones de carácter táctico o por accesos de agresividad precedentemente reprimidos, sino por los ritmos de valorización del capital y por su estado de precariedad económica, por las exigencias del mercado y por la concurrencia internacional siempre más exasperadas y constrictivas. La segunda es que, descendiendo el techo de las compatibilidades, es decir, con la restricción de los espacios de acción reivindicativa tanto en el campo económico como en el político, la necesidad de que la lucha de clases devenga en un acto revolucionario, se coloca, al interior de un hipotético espacio de conflictualidad, mucho antes y con mayor inmediatez respecto de los escenarios económicos y políticos precedentes.
La utopía del neoreformismo
Después de la caída de la URSS, de la sociedad que ha pasado a la historia como la cristalización del “socialismo real”, en verdad, del capitalismo de Estado tal y como la contrarrevolución stalinista lo ha modelado y contrabandeado en la historia, el marxismo y el comunismo son presentados como lo peor de cuanto pudiese suceder a la humanidad. En el mejor de los casos, para quien ha entendido que el stalinismo no podía ser considerado ni siquiera lejanamente una parcial o incumplida realización del programa comunista, el comunismo es considerado como una hipótesis muy remota y la confrontación de clases definitiva como una estrategia no practicable. Mejor, por tanto, estar con los pies en la tierra, no perseguir utopías revolucionarias, sino propiciar inmediatamente las luchas dentro y contra el sistema que por sí solas pueden crear las condiciones para la transición de una sociedad a otra sin esperar la ruptura revolucionaria como trampolín de lanzamiento de la transformación. En este cuadro estratégico, el neo o radical reformismo considera posible operar desde los espacios “democráticos” para construir la alternativa a la sociedad capitalista por medio de tres recorridos de la lucha de clases: a) una política social en estado de resolver los actuales estragos de la sociedad burguesa, tales como la desocupación, la salvaguardia del ecosistema, y contemporáneamente b) dar inicio a una organización de la producción alternativa a la vigente, c) desarrollar un sistema de distribución de la riqueza que no tome en cuenta las ganancias sino las necesidades individuales. En el primer caso, entrarían en acción las labores socialmente útiles, el salario mínimo garantizado o el salario de “ciudadanía”, el trabajar menos y el laborar todos, así como el control sobre las empresas productivas en clave ambientalista. En el segundo, el modo de producción diferente y contrario partiría de las empresas no lucrativas, de su expansión hasta suplantar la producción “normal”, llegando así a prefigurar una sociedad económicamente productiva no ya según la lógica del beneficio, sino según las necesidades sociales. En el tercer caso, la nueva distribución no haría otra cosa que seguir, como natural punto de llegada, el desarrollo de las dos condiciones precedentes.
Utopía es considerar a la democracia como un instrumento que la clase obrera puede emplear para su emancipación, cuando es el mejor medio político que la burguesía posee para administrar su poder económico. En el momento en el cual la lucha de clase debiese traspasar las compatibilidades que la misma democracia circunscribe, el derecho civil, el penal, la propiedad privada, el Estado, las estructuras democráticas se transformarían inmediatamente en su contrario, en una dictadura.
Democracia y dictadura son las dos caras de la misma medalla burguesa. Su alternancia depende solamente del nivel de peligrosidad de la lucha de clases. En tiempos de paz social, cuando el proletariado sufre el condicionamiento de la clase capitalista, la democracia representa el mejor mecanismo para la administración de la relación entre capital y fuerza de trabajo, de otro modo la dictadura interviene como momento represivo en las confrontaciones con el mundo del trabajo. De cualquier manera, es válido el principio general de que cualquier democracia burguesa, incluso la mejor, basa su ser institucional y social en la explotación de la fuerza de trabajo, y que ningún mecanismo burgués permitirá jamás procesos de transformación social, o solamente reivindicaciones económicas radicales, que puedan poner en discusión el capital y sus necesidades de acumulación.
Utopía es pretender imponer al capitalismo la reabsorción de millones de desocupados simplemente poniendo a trabajar a todos con horarios reducidos con paridad salarial, cuando el capital para sobrevivir a la concurrencia y a sus mismas contradicciones está constreñido a operar en sentido opuesto, sobre todo en una fase histórica en la cual el el sistema económico capitalista sufre de bajos beneficios, ha restringido los márgenes de compatibilidad y pone en las reestructuraciones con un alto contenido tecnológico, que prevén la expulsión de fuerzas de trabajo, la propia salvación económica. De otro modo, no se explicaría cómo las mimas fuerzas del radical reformismo, que hoy proponen la practicabilidad de slogan análogos, no han sabido impedir nunca un solo licenciamiento.
Utopía es pretender construir la alternativa social y económica al capitalismo por medio de las empresas sin lucro en el momento en el cual estas experiencias sociales o se dedican a la asistencia social, basándose en el voluntariado o en el espíritu de solidaridad humana, o bien se insertan en el mundo de la producción real, y entonces serán constreñidas a actuar en el marco de las categorías económicas capitalistas que se llaman: capitales de inversión, ganancias, trabajadores asalariados, producción de mercancías, concurrencia y mercado. Subsistiendo este cuadro de referencia, serán las relaciones de producción vigentes las que condicionarán y transformarán a las empresas sin lucro hacia el único modelo de empresa posible bajo un régimen capitalista, la empresa por ganancias, y no al contrario.
Utopía es pretender que las estructuras portadoras de la nueva sociedad pueden nacer y crecer en el vientre del capitalismo hasta determinar la muerte de éste último en el instante en el cual, gracias a su suficiente madurez, salgan a luz para dar cuerpo a su alternativa económica y política. La historia y el marxismo han demostrado precisamente lo contrario, es decir, que para superar las contradicciones del capitalismo, para dar ulterior desarrollo a las fuerzas productivas, para liberar el mundo del trabajo de la esclavitud salarial es preciso destruir el cuadro general de referencia político y económico en cuyo seno se mueve el capital; de otra manera será el capital con sus fuerzas de represión quien destruirá cualquier veleidosa fantasía reformista, prosiguiendo su camino hacia la barbarie social.
Utopía es pensar que se puede operar sobre los efectos degenerativos del capitalismo en sentido reformista, dejando inalteradas y libres de expresarse las causas que los producen.
La lucha de clase y las tareas de los revolucionarios
Los revolucionarios y el partido revolucionario no escogen el terreno y los tiempos de la lucha que son impuestos por el capitalismo, sino que buscan presentar un punto de referencia constante independientemente del nivel de la lucha de clases, permitiendo el avance de las condiciones organizativas. No pueden determinar la lucha de clases, pero contribuyen a su desarrollo reivindicativo y político.
Cuando el dominio de la burguesía no es tan fuerte para aniquilar también los más elementales sobresaltos del proletariado, en primera instancia la lucha de clases se presenta como momento reivindicativo económico, en teoría tanto más intenso cuanto mayor es la presión del capital. En este caso, el papel de los revolucionarios es el de estar presentes a la cabeza de las luchas con el objetivo de conducirlas hasta el fondo, hasta el límite de las compatibilidades del capital. Contemporáneamente es menester combatir políticamente todas las veleidosas posiciones reivindicativas, no compatibles con el sistema, irrealizables al interior del cuadro capitalista, no sólo porque no conducen a ninguna victoria, incluso si es momentánea y efímera, sino sobre todo porque abren el camino a ardientes derrotas de las cuales después es más difícil que el movimiento de clase pueda recuperarse, y alimentan en la clase obrera la ilusoria esperanza de que mediante las reformas se puede conquistar gradualmente el socialismo.
Retorcer las reformas contra los reformadores para denunciar los límites del capital
El slogan o directamente las luchas sobre las cuales el radical reformismo llama a la clase proletaria a enfrentarse con el adversario de clase, si en primera medida van enmascaradas como veleidosas e imposibles en su realización práctica, pueden ser usadas, por un lado, como momento político de denuncia de los aproches idealistas del reformismo en la lucha de clase, de otra parte, deben ser impugnadas como demostración de la incapacidad del capitalismo para resolver sus contradicciones y de la progresiva ahistoricidad (anacronismo) de las actuales relaciones de producción. Un ejemplo entre otros: el trabajar todos y trabajar menos con paridad de salario. Reivindicación sugestiva que sobre todo parte de un real desajuste y necesidad de los trabajadores, base portadora del movimiento político del radical reformismo tanto en Italia como en el exterior. Ante una instancia semejante, el comportamiento de los revolucionarios debe obedecer a dos directrices. La primera es la de demostrar cómo el capitalismo no puede, ni aún deseándolo, aceptar ni el principio ni el contenido de reivindicación análoga, so pena de su suicidio como forma económica dominante. La segunda es la que proclama la necesidad de que, en una sociedad en la cual el desarrollo tecnológico ha creado condiciones para que se pueda trabajar un tercio del tiempo laboral actual produciendo el doble en términos de mercancías y servicios a costos sociales netamente inferiores, de superar los límites y las contradicciones de las relaciones de producción que permiten semejante posibilidad, pero que la niegan en los hechos para no perder su poder sobre la fuerza de trabajo y sobre la riqueza capitalísticamente producida. Esto significa impugnar la reivindicación no para planteársela a la clase obrera como objetivo posible y compatible con el sistema económico vigente, sino como instrumento de denuncia al capital, de sus perversas y devastantes contradicciones, que pueden ser superadas sólo por un medio, la revolución proletaria. No es que no sea posible trabajar menos y trabajar todos, lo que es imposible es hacerlo en el seno de las relaciones de producción capitalistas, dentro de las cuales el uso de la tecnología, o bien, la disminución de los costos y de los tiempos sociales, se transforma en desocupación, en mayor explotación, en pobreza y hambre. La alternativa no está en encontrar una solución reivindicativa dentro del sistema, sino contra el sistema y las leyes económicas que producen tales contradicciones.
El objetivo de la ruptura revolucionaria
No lo determina el rol de los revolucionarios en la lucha de clases. La denuncia de las insuperables contradicciones del capitalismo y del infantilismo del radical reformismo no son otra cosa que la base para el salto cualitativo que debe efectuar la lucha de clases. O se llega a la conexión de las instancias reivindicativas en la perspectiva de una solución revolucionaria, o bien el péndulo de la lucha de clases continuará oscilando entre el economicismo más o menos radical y las utopías reformistas, sin transformarse en un movimiento de alternativa política al capitalismo. El concepto, al igual que la perspectiva de la revolución social, debe ser el punto de referencia de la actuación política de los revolucionarios y del futuro Partido, incluso cuando parten de las problemáticas contingentes y cotidianas. Igualmente, debe estar claro que ningún movimiento de clase en sentido revolucionario puede concebir la lucha contra el capitalismo prescindiendo de golpear también al neoreformismo, bastión de “izquierda” de la conservación burguesa, no tanto y no sólo por sus propensiones idealistas, presas fáciles de la conservación burguesa, cuanto por su declarada propensión contrarrevolucionaria. El sentido de la ruptura revolucionaria como condición imprescindible para la creación de las condiciones del cambio social, no debe estar jamás ausente de las perspectivas de intervención de los comunistas ni aún en las luchas reivindicativas de bajo perfil.
El Sujeto Revolucionario y el Ambiente Social
La reestructuración del mundo del trabajo
Las actuales condiciones de vida del capitalismo imponen la flexibilidad productiva que, a su vez, determina la movilidad laboral, la precariedad del puesto de trabajo y la desocupación. Cuando el capital no encuentra estas condiciones en el seno del propio mercado, se ve constreñido a efectuar la descentralización productiva en áreas más favorables, a invertir allí donde el costo del trabajo es menor, a parcelar la producción en el mercado global. El resultado es que en las modernas sociedades del capitalismo avanzado se crean las condiciones para una tripartición del mundo del trabajo. La primera parte está compuesta por los trabajadores “garantizados”, por todos aquellos que tienen ya un puesto de trabajo fijo, pero en condiciones de sufrir el chantaje de la superexplotación, de verse progresivamente alejados de la edad de su jubilación y de aceptar salarios bajos o directamente inferiores al mínimo garantizado. La segunda es representada por los trabajadores precarios, es decir, por una porción de fuerza de trabajo que entra y sale de los mecanismos productivos según la marcha del ciclo económico y de las necesidades contingentes de la empresa. El flujo in-out es cada vez más reglamentado por las Agencias de trabajo interino según el esquema del usa y bota. La tercera parte, compuesta por los condenados de la sociedad, destinada a crecer tanto numéricamente como en términos de incontrolabilidad social, no admitida en un puesto de trabajo y sentenciada a no percibir ninguna renta, es la de los desocupados fisiológicos, desprovista de garantías aún en el plano de la asistencia social.
La descomposición política y económica del proletariado
El radical reformismo por medio de sus idealistas e impracticables “soluciones”, considera poder resolver el problema de la precarización laboral y de la desocupación creando las condiciones para la recomposición del mundo del trabajo. En los hechos el capital no puede reintegrar la fuerza de trabajo que ha expulsado con base en sus necesidades de valorización. En cambio, es verdad lo contrario, es decir, que la masa de los desocupados y de los precarizados está destinada a aumentar, así como están destinadas a aumentar las distancias económicas y sociales entre los tres troncos del mundo del trabajo. Situación, esta última, particularmente favorable al capital, ya sea por obtener contratos y salarios cada vez más flexibles y contenidos, como por dividir políticamente el frente del trabajo poniendo a los precarizados en contra de los desocupados y a estos dos contra los garantizados. Viejo juego practicado desde siempre por las clases dominantes y válido hasta cuando la lucha de clases no supere el actual estado político y organizativo.
La recomposición política del proletariado
El problema, por tanto, no es el de la recomposición económica del proletariado, negada por la dinámica de las contradicciones del capitalismo, sino el de su recomposición política. El aspecto estratégico consiste en recomponer los tres troncos del mundo proletario sobre un terreno de enfrentamiento político contra el capital, asumiendo como punto de partida básico que la superexplotación de quien está en la fábrica, la volatilidad del puesto de trabajo para los precarizados, así como el estado de desocupación para quienes están fuera de los mecanismos productivos, son tres condiciones impuestas por el capitalismo que pueden ser superadas sólo a condición de superar el capitalismo mismo. El aspecto táctico es el de partir de las contradicciones económicas que el capitalismo hace vivir cotidianamente en la piel de los trabajadores tanto dentro como fuera de la fábrica.
Intervenir en la fábrica, pero no sólo en ella
Aunque el proletariado y la fábrica continúan siendo el sujeto y el lugar privilegiados de la intervención de los revolucionarios, por las razones anteriormente indicadas, no pueden limitarse a esto. Cuando más avanza el proceso de descomposición económica del mundo del trabajo, más se necesita, junto a la actividad que se realiza en la fábrica y el puesto de trabajo, una presencia política en el territorio, la única en estado de llegar a los precarizados y a los desocupados. El esfuerzo no se limita a los grupos de fábrica o al puesto de trabajo, sino también a los grupos territoriales, condiciones organizativas para la recomposición política del proletariado.
El punto de partida
Un análisis del actual nivel de la lucha de clases indica un vértice hacia el descenso que no tiene punto de comparación en la historia, por lo menos desde la culminación de la segunda guerra mundial. Sobre todo en los últimos años, el mundo del trabajo no ha sabido responder al ataque que el capita le ha lanzado con inaudita violencia. Han pasado, sin encontrar siquiera mínima resistencia, la supresión de la escala móvil, la cancelación del Estado social, la reforma de los salarios, los licenciamientos, los contratos de área, el trabajo interino, una primera reforma de las pensiones y, con ellos, un diluvio de medidas económicas que han podado los ya magros salarios, cuyo poder adquisitivo ha sido retrotraído al nivel de los inicios de los años 70. La continuación de la lucha de clases no puede más que partir de este nivel, o bien de la consciencia de una derrota histórica por su dimensiones y por su intensidad y de una relación de fuerzas entre las clases favorable, nunca como hoy, a la burguesía. El punto de partida debe, por consiguiente, ser bajo, como el nivel de politización del proletariado. Es necesario volver a partir del ABC de la lucha de clase, haciendo contemporáneamente plaza arrasada de todos los vestigios de la ideología burguesa (vale decir, de las nociones según las cuales no existe alternativa a la actual forma productiva y hablan de la necesidad de la política de los sacrificios, del fin de la lucha de clases, de que estamos todos en el mismo barco…) y de las ilusiones del radical reformismo (trabajar todos, trabajar menos con paridad de salario, crear la alternativa al capitalismo al interior del capitalismo mismo, la vía reformista al comunismo).
Antes resistir
El otro punto de partida de la lucha de clase pasa por la resistencia que el proletariado saldrá a organizar contra los ataques de la burguesía, la resistencia que hasta hoy casi ha faltado completamente y sobre la cual ha de reconstruirse la conciencia de clase y la recomposición política. No tanto porque, persistiendo el actual cuadro de referencia económico, político e institucional, se pueda detener el ataque de la burguesía, cuanto porque el organizar la resistencia contra los ataques de la burguesía significa:
enlentecer o, cuando menos, hacer más difícil el proceso de expoliación en las confrontaciones de la fuerza de trabajo,
recomenzar a poner los problemas organizativos y políticos de la defensa de los intereses inmediatos,
sobre esto reconstruir la identidad de clase que la burguesía, con la ayuda de los sindicatos, del viejo y del nuevo reformismo habían casi completamente liquidado.
Luego atacar
Incluso si la segunda fase no debe necesariamente abrirse después de la finalización de la primera, lo mejor sería que las dos fases fuesen concomitantes o inmediatamente subsiguientes. Dado el actual bajo nivel de la tensión social, si la lucha de clase no despega desde el terreno económico reivindicativo, difícilmente podrá llegar al terreno político. Ataque no significa la escalada al cielo en la visión utopista del ordinario radical reformismo, sino comenzar a desembarazarse de la incómoda situación de defenderse para soportar mejor el peso de los ataques, para dar vida a reivindicaciones concretas, posibles, llevarlas hacia su límite, para luego encender la cuestión política. Si defenderse significa encauzar en la fábrica y en la sociedad los ataques del capital, para atacar es necesario ligar la lucha contingente, cotidiana, reivindicativa a una estrategia política. Esto implica tener clara consciencia de que las reivindicaciones son la condición primaria, pero también el límite de la lucha de clase; significa que las reivindicaciones posibles se han de perseguir hasta el fondo y, en el caso de las no compatibles con el sistema, pero necesarias al proletariado como a toda la sociedad, que el enfrentamiento se pone a nivel político revolucionario.
La globalización de las luchas
El internacionalismo proletario, o bien la internacionalización de las luchas tanto a nivel político como reivindicativo, siempre ha estado en la base de la estrategia revolucionaria, aun cuando nunca como en esta fase de la historia. La globalización de la economía, la descentralización productiva, la búsqueda de mercados en los cuales el costo de la fuerza de trabajo sea netamente inferior al del mercado interno, el empleo creciente de trabajo no tutelado proporcionado por los inmigrantes, tanto en Europa como en los USA y en Japón, imponen una estrategia de luchas que, por sectores homogéneos, empiece a proponerse sobre una escala no sólo nacional, sino con contornos más amplios como los trazados por el moderno capital.
El estado actual del capitalismo | 07-06-2008 - 18:07:49 GMT 1 #
Consumismo-Capitalismo, la nueva religión de masas del siglo XXI, por Pedro Antonio Honrubia Hurtado: “Hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones. La comprobación de esta estructura religiosa del capitalismo, no sólo como forma condicionada religiosamente (como pensaba Weber), sino como fenómeno esencialmente religioso, nos conduciría hoy ante el abismo de una polémica universal que carece de medida. [Y es que] no nos es posible describir la red en la que nos encontramos. Sin embargo, será algo apreciable en el futuro. (…) Dios no ha muerto, sino que ha sido incorporado en el destino del hombre.” (1)
Marx, como la gran mayoría de intelectuales del siglo XIX que alzaron su voz contra la religión tradicional (2) , se equivocó de criterio a la hora de analizar el fenómeno religioso, otorgando una prioridad casi exclusiva a su vertiente dogmática y tradicional, y olvidándose con ello de profundizar en la perspectiva funcional de la misma, aun cuando su análisis es, ante todo, un análisis funcional. Si bien es cierto que en pleno proceso de desarrollo del capitalismo liberal, los obreros europeos encontraban en la creencia en un “más allá” el más efectivo consuelo a la bestiales condiciones de vida que habían de hacer frente, y que de aquí se podía derivar cierto grado de conformismo con la vida llevada, no es menos cierto que, a luz de una comparación con la situación actual, no parece ser el elemento religioso tradicional el causante principal del desarrollo de una mentalidad sumisa y alienada entre la mayoría social explotada, no al menos desde su vinculación con la posición de las masas en la lucha de clases. Si la lucha de clases es ya en sí misma una invitación ideológica a la actitud revolucionaria, puesto que, por mera lógica, el explotado siempre debe tender a querer revelarse contra su injusta situación en el orden social, por esta misma razón –pero a la inversa- el explotador debe también querer tener siempre justo lo contrario, es decir, un sistema global de adormecimiento generalizado de las masas, que aplaque los potenciales sentimientos revolucionarios de estas, permitiéndole con ello seguir con el mantenimiento de sus privilegios. En esta dinámica dialéctica -que Marx apuntase como el motor de la historia-, la religión tradicional, como elemento cultural que es, ha sido uno (tal vez el más efectivo y duradero) de los sistemas de adormecimiento revolucionario de las masas, pero no el único. De ahí que cuando el mundo de lo religioso-tradicional ha dejado de ser el eje central de la vida del hombre tanto en su vertiente de ser social, como en su aspecto de ente consciente de su propia existencia, no necesariamente esto ha conducido a la maximización del cariz revolucionario de las clases sociales explotadas, ya que la clase explotadora ha tendido a buscar otros modos alternativos de adormecimiento social que, de tener éxito en su tarea, viniesen a sustituir a la religión tradicional en el ámbito de la sumisión y la alienación de las masas y, por ende, en la legitimación del orden social establecido. Efectivamente, como podrán deducir ya, mi opinión es que uno de estos modos de alienación ha tenido un éxito fulgurante en nuestra actual civilización occidental. Este modo no es otro que la sociedad de consumo, nuestro particular e histórico opio del pueblo.
Pero que el consumismo-capitalismo no tenga referencia alguna a lo sobrenatural no quiere decir que no pueda ser considerado, desde una perspectiva funcional, como un fenómeno religioso al uso, uno más de los muchos que ha habido a lo largo de la historia en todas las partes del mundo. Desde los faraones del Antiguo Egipto hace más de 4.000 años, todos los poderes políticos, en sus distintas formas, han promovido distintos tipos de culto, al objeto de garantizarse su continuidad y desarrollo, ofreciendo al pueblo los "templos", gobernados por "sacerdotes" al servicio del poder, como "consuelo" o en su caso, como agentes activos de la propia explotación del Estado. En nuestros días, muy al contrario de lo que pudiera parecer en primera instancia, la situación no es diferente. No vivimos en un periodo secular, vivimos, una vez más, en un periodo donde la vida religiosa penetra hasta en lo más profundo de nuestro ser. El consumismo-capitalismo es la nueva religión de nuestros días, una religión tan poderosa que algunos incluso ya se han atrevido a profetizar que con ella hemos llegado al fin de la historia (3) . La «muerte de Dios» anunciada, en las décadas pasadas, por tantos intelectuales cede el lugar a un culto estéril del individuo, estéril en tanto que no glorifica al hombre por su ser, sino por su tener. Todos los componentes de lo que antaño fuese un reino exclusivo de lo sobrenatural –lo sagrado-, han llegado hasta nuestros días con un aspecto mundano, aunque igualmente mítico y alejado de la plena libertad humana. Las respuestas de sentido, las motivaciones éticas, la legitimación fundamental del orden social, las funciones de control y sometimiento del pueblo, es decir, todas aquellas funcionalidades propias del ámbito de lo sagrado que no hace tanto eran patrimonio exclusivo de los textos revelados de las diferentes religiones históricas, vuelven hoy a armonizarse en un mismo cuerpo estructurado, dado al hombre por otros hombres, con la única finalidad de seguir sirviendo de paternal guía para la existencia cotidiana de todos nosotros .
Hoy no somos menos religiosos que hace 300 años, tal vez ya no adoremos a Dioses lejanos ni profetas mártires, tal vez ya no creamos en supersticiones irreverentes o en mitos creadores de formas, pero seguimos dejándonos guiar por el mandato sagrado de unos pocos empeñados en mantenernos, como dijeran Freud y otros autores, en una constante y patológica minoría de edad. Creemos que nos hemos liberado del peso opresor de la religión histórica, pero, tal vez sin darnos cuenta, tal vez por pura necesidad espiritual, hemos vuelto entre todos a permitir que el culto a lo religioso determine nuestra existencia, acudiendo fieles cada día a nuestras diferentes citas con la reverencia a lo sagrado de nuestros días, con las ofrendas y los rezos al nuevo Dios del consumo y sus nuevos profetas del capitalismo sacralizado. Hemos pasado del viejo calendario, con su santoral, plagado de vírgenes, obispos, mártires, monjes, abades, presbíteros, apóstoles, ermitaños, reinas, beatos, diáconos, cardenales y, cómo no, ángeles, arcángeles, serafines y querubines, a un nuevo modelo donde estos se van sustituyendo por los días internacionales de la más diversa índole, pero que cumplen la misma función. Nos recuerdan cada día que allá arriba, sea en el cielo, o sea en la noosfera de las ideas humanas y sus cuerpos simbólicos estructurados, hay un Dios al que adorar, un Dios al que servir, un Dios al que seguir, un Dios al que entregar nuestra minoría de edad, un Dios por el cual vivir y en el cual ampararnos y protegernos. No, no somos hoy menos religiosos que ayer, todo lo contrario.
Sin embargo, las predicciones de muchos intelectuales, especialmente europeos, indicaban lo contrario. La secularización, inherente a las sociedades modernas, debía conducir a un gradual e inevitable declive de las religiones. Se suponía que el proceso iniciado en el siglo XVIII con la Ilustración, y continuado con la revolución liberal y los movimientos socialistas, impondría la ciencia y la razón frente a la opresión religiosa. Cuanto más moderna y democrática fuera una sociedad, menos peso tendría la religión. Hubo incluso quienes, como hemos dicho, profetizaron el fin de la religión, la muerte de Dios. Pero se equivocaron. Si bien en las formas andaban en lo cierto, en el fondo pecaron de optimistas, se dejaron llevar por su visión etnocentrista del fenómeno religioso. El Dios que quisieron enterrar los pensadores de siglos pasados, era un Dios hecho a la medida y semejanza de la Europa que ellos veían evolucionar a pasos agigantados. En esa carrera, fruto de la conversión de la fe en razón, el Dios-modelo europeo no tenía cabida alguna, agonizaba sin remedio. Pero Dios, haciendo uso de la única característica que de verdad sabemos que tiene –la ambigüedad-, aceptó el desafío que el mundo occidental le lanzaba y se puso en marcha nuevamente tras milenios de plácido reposo. Acostumbrado como está a cambiar de rostro tantas veces como la historia se lo ha requerido, poco le costó adelantar el paso de quienes lo daban por muerto y transmutarse en una nueva versión sagrada, más completa y preparada para los desafíos de los nuevos tiempos. Incluso, para hacerse menos vulnerable, abandonó su paraíso y decidió bajar hasta nuestro mundo, convertirse en una fuerza viva de nuestra propia sociedad. Cambió de nombre y hasta optó por abandonar sus antiguos credos, pero se hizo con ello más presente que nunca, tan presente que está en todo cuanto nos rodea, transmitiendo su mensaje con la fuerza de un ciclón y la efectividad de la picadura de una cobra, fragmentándose en millones de mensajes de todo tipo (publicitarios y mediáticos) que ahogan al hombre por todos sitios, desde que se despierta hasta que se acuesta, y aun en los sueños oníricos. Se pensó en un Dios y una Iglesia que se derrumbaba, en una vida puritana y temerosa que se transformaba en un incipiente vitalismo liberal, pero se olvidaron de lo más importante: Que no fue Dios quien creó al hombre, sino el hombre quien creó a Dios , y con ello se olvidaron pensar que el creador aún no había dicho su última palabra. Y efectivamente el creador habló; y habló para cambiar su discurso y donde antes dijo digo, ahora quiso decir Diego. Renunció a su creación anterior y la convirtió en una nueva y revolucionaria versión; Dios cambió el reino de los cielos por el reino las ondas. Cambió el poder de la Iglesia, por el poder de los medios de comunicación de masas y la publicidad. Cambió el temor reverencial por el hedonismo y el libertinaje. Pero siguió su camino que, al fin de cuentas, era lo que interesaba a su creador, el hombre (y concretamente a aquellos hombres que se ganan la vida costa de la explotación de otros).
En cuanto a las religiones tradicionales, es cierto que la sociedad racional-moderna ha producido sobre ellas el impacto de un gigantesco terremoto. Sus efectos todavía son duraderos. Los análisis históricos y sociológicos quisieron ver este proceso como un complejo cambio social que afectaba profundamente a toda la sociedad y especialmente a una realidad como la Iglesia que ocupaba un puesto central en la sociedad pre-moderna o tradicional. La Iglesia en la sociedad pre-moderna ocupaba el centro de la producción de sentido. Quiere decir esto, que desde la religión católica tradicional se obtenía una visión del mundo y desde ella se integraban no sólo las respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia, sino también a las cuestiones sociales, políticas, culturales, etc. Con la caída del poder de la Iglesia y su influencia en la sociedad, el viejo orden se venía abajo. Se estaba produciendo lo que Weber llamó “el desencantamiento del mundo”, y se pensaba que con ello el hombre se liberaría para siempre de las cadenas religiosas. Sin embargo, la sociedad ha cambiado, es cierto, al menos en su estructura de clases y sus aspectos culturales y fundamentantes más característicos, pero el hombre sigue siendo preso de la religión. Si la religión es el centro de la producción de sentido, si las sociedades religiosas se caracterizan por dejarse guiar en el centro mismo de su existencia por una fuente simbólica productora de sentido, entonces la religión, aun más en la máxima expresión de su aspecto funcional (la sumisión del hombre a las ideas que emanan del ámbito de lo sagrado), sigue con plena vigencia en su nueva versión consumista-capitalista .
Fue Marx, como hemos dicho, quien nos dijera que la religión es el opio del pueblo. Y andaba en lo cierto, pero no sólo debió haber pensando en la religión determinada por una vertiente sobrenatural, por una irracional creencia en el “más allá”. Probablemente tal afirmación –la creencia de la referencia a lo sobrenatural como motor de la alienación humana- tuviera cierta validez en las condiciones políticas, económicas y sociales de la Europa del siglo XIX. Aunque, a la vista de la situación actual de los hechos, parece evidente que dicha proclama ha dejado de tener una vigencia ideológica plena. Y para muestra un botón; Marx achacaba a la religión tradicional un carácter adormecedor de la voluntad revolucionaria de las masas y, sin embargo, hoy día, en pleno auge del laicismo y tras haber pasado por un periodo histórico de evidente cariz revolucionario, las masas de las naciones europeas han retornado al más absoluto adormecimiento revolucionario. Aunque Dios está cada vez más alejado de la vida pública, aunque “su” presencia en la conciencia de los individuos y “su” capacidad para regir la vida de los sujetos tiende a desaparecer, el espíritu revolucionario de las masas occidentales ha vuelto a niveles similares a los habidos en cualesquiera de los momentos históricos donde el aspecto religioso tradicional era tanto el ámbito central de la sociedad, como la estructura psicológica fundamental del pensamiento humano. Así, aunque los proletarios europeos somos cada vez menos religiosos, seguimos sin poder tener el control de los medios de producción, y ello no es material suficiente para elevar el nivel de conciencia revolucionaria de la población, lo cual, como digo, denota que la máxima marxiana de la religión tradicional como opio del pueblo, en algo falla al ser aplicada al análisis dialéctico de la realidad de nuestros días. Por el contario, aquellos paises donde a día de hoy los socialistas del mundo tenemos puestas ilusiones, aquellos lugares (especialmente de América Latina) donde desde una década a este tiempo han emergido con fuerza nuevos movimientos populares capaces incluso de llegar al poder de sus respectivos estados, son países cargados de un alto contenido religioso, al menos en el sentir popular de sus gentes. Dirigentes cristianos y masas cristianizadas en su amplia mayoría, incluso algunos líderes surgidos directamente del mundo religioso, conviven a la perfección con los procesos de cambio donde se pone en juego el estatus mismo de la estructura clasista de la sociedad. Todo ello a pesar de la actitud reaccionaria y de apoyo a los movimientos contrarevolucionarios que la Iglesia Católica oficial usualmente toma respecto de los respectivos procesos.
Es además bastante significativo que el periodo que va desde la caída de la religión tradicional como centro de la vida pública y privada del hombre hasta la consolidación de la sociedad de consumo entre las masas occidentales, haya sido el periodo histórico donde más y más rápidos cambios sociales se han producido en el orden social e internacional vigente. Donde mayores y más enconadas luchas se han dado por motivos de clases sociales, y donde más alternativas de sentido han tenido los sujetos al alcance de su mano durante bastantes años. Es significativo, a mi juicio, en tanto que denota que la caída de un paradigma de lo religioso es síntoma de un advenimiento de nuevos paradigmas que luchan por ocupar el lugar del viejo sacro derrotado . En apenas 200 años hemos visto como se pasaba de un sistema social dominado por lo religioso y de clases sociales cerradas, a un sistema socio-político fruto de la sublevación de la burguesía al orden social que les imponían los nobles, y de éste a una enconada lucha entre la burguesía y la clase proletaria que nace a partir de la acción de esta primera. En apenas 200 años todo tipo de nuevos modelos de sentido (liberalismo, socialismo, anarquismo, nacionalismo, fascismo, etc.) emergieron de las cenizas del Dios caído. Finalmente, parece ser que hemos llegado a un sistema de clases sociales semi-abiertas, donde existe la ilusión de poder variar desde una clase hacia otra, pero donde, en la práctica, el mantenimiento del estatus quo sigue siendo una cuestión de herencia. Un sistema donde las relaciones de explotación se siguen dando, aunque la tendencia generalizada entre las propias clases explotadas sea creer que ocurre justamente lo contrario, como buena muestra del éxito fulgurante que el nuevo sacro establecido ha tenido en la aplicación de sus funcionalidades.
Queramos o no, es imposible desligar este proceso histórico de su relación con el proceso de crisis que lo religioso-tradicional ha sufrido en las sociedades occidentales. Las revoluciones burguesas solo se pueden entender desde los valores ilustrados que las promovieron, unos valores que fueron el primer gran ataque de la modernidad contra el fundamento de Dios como dador de sentido del mundo y del sujeto. Mientras Dios regía las relaciones de clase y los pequeños propietarios de las ciudades medievales aceptaban su ley –su voluntad- sin rechistar, los privilegios de los nobles eran aceptados de buen grado, ya que era Dios mismo quien en última instancia los determinaba. Pero, al poco tiempo de consolidarse una incipiente clase burguesa en las ciudades medievales de muchos países europeos, las propias reformas religiosas dentro del cristianismo fueron castigando el orden social imperante, dotando de argumentos a las nuevas clases emergentes para revelarse contra el poder establecido por voluntad divina, que ya no aceptaban como tal. Por eso el protestantismo, como bien analiza Weber, fue un factor clave en el desarrollo del capitalismo. Y con las reformas en el pensamiento llegó el auge de la ilustración, y con la ilustración llegó el triunfo de la razón sobre la fe, y con ello el triunfo de las revoluciones burguesas con todo su amplio calado entre las masas populares (burgueses y no burgueses). La herida de Dios estaba sangrando a borbotones y su capacidad de influencia, aunque todavía efectiva en muchos países, era cada vez más remota y, sobre todo, más cuestionada desde la consciencia misma de toda clase de hombres y mujeres, especialmente de los más desfavorecidos. De ahí que con los sucesivos ataques que desde todo tipo de ámbitos intelectuales Dios estaba sufriendo, la religión dejará de ser un elemento central en la vida de los seres humanos, hasta el punto de que una buena parte de los hombres y mujeres de los países occidentales ya no encontraban en Dios el sentido de su existencia, generando, probablemente, la más amplia crisis de sentido existencial que jamás haya tenido la humanidad, al menos en Europa.
Y sin embargo hoy, más de 200 años después de todos aquellos sucesos, la sociedad occidental vuelve a dar muestras de sumisión y alienación con el orden social imperante. Ante tal hecho, la cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Se han acabado las diferencias de clase en la sociedad occidental o acaso lo que se ha producido es un nuevo fenómeno religioso que, hoy como ayer, sigue alienando la voluntad revolucionaria de la población, especialmente del sector poblaciona