Cuatro Reyes en la cabalgata. “Gaspar, Baltasar, Melchor y el Rey de España”
El diario de la princesa Letizia: Cuatro Reyes en la cabalgata. “Gaspar, Baltasar, Melchor y el Rey de España”.-Su Majestad cumplió setenta años un día antes de Reyes. Como era de esperar, recibió felicitaciones de todos los países del mundo mundial.
-No van a caber los regalos en La Zarzuela -dijo mi doncella cuando vio la caravana de tráilers que se acercaba-. ¿Por qué no le dice a don Juan Carlos que se sume a la cabalgata de los Reyes Magos? Donde hay tres reyes caben cuatro, mi Princesa.
-Gaspar, Baltasar, Melchor y el Rey de España. ¡Qué gran idea, Maripuri!
Me acerqué al despacho de Su Majestad. Estaba dándole una lección del arte de reinar a mi Felipín.
-Disculpe, Señor. Mi doncella cree que usted quedaría bien en una carroza de Sus Majestades de Oriente tirándoles a los madrileños sus regalos de cumpleaños.
-¿Qué has bebido, nuera?
-Se lo digo en serio, Majestad. Su popularidad subiría como la espuma. No tendría que volver a la guerra de Afganistán para contentar a los juancarlistas.
Su Majestad se negó. Él con los Reyes Magos no iba a ningún sitio, y menos repartiendo regalos.
-Tus hijas, nuera, me tiraron setenta veces de cada oreja. ¿Cómo crees que quedarían mis orejas si todos los niños de Madrid hicieran lo mismo? Acabaría como Carlos de Inglaterra: con orejas de soplillo. Además -prosiguió-, esos regalos hay que venderlos en eBay. Ando mal de dinero, nuera.
-Pídale dinero a Zapatero -le sugerí.
-José Luis también anda escaso de euros. Fue a la guerra de El Líbano para no tener que regalarles nada a las niñas ni a Sonsoles. La familia es muy cara para los hombres que vivimos del Estado.
¡Y tan cara! Sus Majestades los Reyes de España le regalaron a mis niñas muñecas de todo a cien. Menos mal que se acercaron los Reyes de Oriente con dos toneladas de caramelos. Publicado por Letizia/Lejarza

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Desde que llegué a La Zarzuela no sé lo que es comer un chuletón.
Besitos Lejarza
SAR Princesa Letizia | 08-01-2008 - 08:36:44 GMT 1 #
Jaime Peñafiel:El annus horribilis, afortunadamente, ha quedado atrás, dando paso a un hecho gozoso que, sólo, se repite una vez en la vida de un hombre o de una mujer: convertirse en un septuagenario/a en plenitud física y mental. Ayer, 5 de enero, Su Majestad, el Rey Don Juan Carlos, cumplió 70 años, un número redondo, como los 50 y los 60. Y los 80 cuando lleguen. Y, como las expectativas de vida son cada vez más largas, esperemos ser testigos de los 90 y, ¿por qué no?, de los 100. ¡Larga vida, Majestad!
Todo el mundo, del Rey abajo, quisiera vivir largo tiempo. Pero nadie querría ser viejo. A pesar de ello, los años llegan sin ruido y, una vez cumplidos, no se les vuelve a ver. Aunque, por suerte o por desgracia, así sea, cada década de la vida de Don Juan Carlos ha tenido su prodigio, su magia. Vivir ya es una acción mágica. Lo que sucede es que, al convertirse en septuagenario, su humanidad ha llegado a la madurez. Y sólo envejecemos tras haber madurado.
70 y 60
No todos los años se cumplen… 70. Hermoso es hacerlo con un cuerpo bien constituido que promete larga vida. Cuando Don Juan Carlos cumplió 60 años recuerdo haber escrito que me lo imaginaba, a esa edad, sentado en la mecedora, a la sombra del porche de La Zarzuela, ése que da a los montes de El Pardo, embutidos sus cansados pies en zapatillas barojianas y reflexionando, con Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo, que tanto le gustaba leer cuando era Juanito: «¿Quién sabe más que yo, quién, que hombre o que dios puede o podrá decirme a mí, que ha sido mi vida y que no es? Si hay alguien que lo sabe, yo lo sé más que éste sobre mi vida y sobre la vida». 70 años no son nada en la vida de un pueblo pero muchos en la vida de un hombre.
Retrepado en su mecedora, a la caída de la tarde, y fumando uno de esos puros que le envía Fidel Castro (¿se los sigue mandando?), Don Juan Carlos, a quien nueve reyes de su dinastía le han precedido, piensa hoy en la capacidad que ha tenido, a lo largo de todos estos años, de adaptarse a una sociedad que, el día que fue coronado Rey, daba uno de los más grandes pasos del siglo. Y se siente orgulloso. Gracias a su prudencia, moderación y equilibrio ha hecho posible alcanzar la meta que había venido defendiendo siempre su padre. Pensando y recordando, advierte que, este 2008 que comienza, no sólo es el de su 70 cumpleaños sino también hará 60 que puso, por vez primera, sus pies en un país cuya prensa silenció su nacimiento en el exilio, el 5 de enero de 1938, un país del que 37 años después sería Rey.
LOS OCHO DE LAS JARILLAS
Posiblemente hoy, Don Juan Carlos recuerde a aquel reducido grupo de muchachos españoles, los únicos que, aquel triste 9 de septiembre de 1948, supieron arropar al niño don Juanito cuando nadie, absolutamente nadie, se hubiera atrevido a tal cosa sin tener problemas con el general Franco, amor y señor absoluto de España, de los españoles y, desde aquel día, también de él y de su destino. Como el tiempo transcurrido desde entonces no es sino el espacio entre los recuerdos, como decía Rilke: «Nos queda la infancia, ese tesoro de los recuerdos».
«El día que llegué estaban los chicos en la puerta esperándome, y yo, con mucha vergüenza fui con la tía Alicia y, entonces subimos (un día contaré el drama de la infanta con esa nuera que tanto la detesta y la ha echado de casa). Era un cuarto muy bonito; dormía con mi primo Carlos de Borbón, que es muy simpático, porque siempre está diciendo tonterías».
Los ocho niños de las Jarillas, bajo la dirección de José Garrido, el preceptor, eran Alfonso Álvarez de Toledo, 68 años; Carlos de Borbón dos Sicilias, 70; Agustín Carvajal, 69; Jaime Carvajal y Urquijo, 68; Fernando Falcó, 68; Alfredo Gómez Torres, 68; José Luis Leal, 68 y Juan José Macaya, 68. A diferencia de algunas amistades peligrosas del Rey, todos ellos han mantenido, siempre, una admirable discreción.
NI BODA NI NIETOS Cuando en 1998, Don Juan Carlos cumple 60 años, hacen 50 de aquel día en el que con tan solo 10 años pisa, por vez primera, tierra española. Se merecían, ambas fechas, una celebración pero, siguiendo su costumbre en esos aniversarios, se limitó a recibir, en los jardines de La Zarzuela, a un grupo de periodistas. Hacía tres años, el 18 de marzo, que la infanta Elena se había casado con Jaime Marichalar (el matrimonio vivía en París) y tres meses que Cristina lo había hecho con Iñaki Urdangarin. El matrimonio residía, como sigue, en Barcelona. Los deseos del Rey entonces, eran el primer nieto pero, sobre todo, la boda del Príncipe. Para que se casara, habría que esperar, aún, seis años.
DOS REGALOS EMOCIONANTES
No hay duda que el real matrimonio estuvo, alguna vez, enamorado, como se puso de manifiesto en dos muy señalados cumpleaños: los 50 del Rey y de la Reina. A Doña Sofía le gusta mucho sorprender. Pero había que tener una imaginación muy rica para organizar la mayor sorpresa que a Don Juan Carlos le han podido dar en su vida. Consciente de que para el Rey los amigos son parte importante, no se le ocurrió otra cosa que localizar, citar y convocar en Madrid, para su 50 cumpleaños, a un montón de personas que algo habían tenido que ver con él. Unos eran portugueses, otros italianos, otros franceses y, por supuesto, españoles. A algunos hacía mucho tiempo que no les veía.
CON LA COMPLICIDAD DE PILAR
Reconociendo que la idea original había sido de la Reina, Don Juan Carlos decidió sorprenderla, en su cumpleaños, también con un gran regalo parecido. No se trataba de acudir a una joyería y comprar un brillante, una esmeralda o un zafiro, la piedra que más ama Doña Sofía. Podía ser lo más cómodo y barato si partimos de la base de que todo aquello que se puede comprar con dinero, lo es. Lo difícil, lo que da la medida de un amor, es el detalle, la imaginación puesta al servicio de la felicidad de la otra persona.
Don Juan Carlos sabía lo que la familia supone para ella. No sólo su marido y sus hijos. También su madre, sus hermanos, sus tíos, sus primos. Es un fuerte sentimiento heredado de la reina Federica. Tenerlos, ese día, junto a ella, era el más grande regalo que podía hacerle su marido, la felicidad más grande que podía depararle en aquellos años en los que, todavía, existía la dicha matrimonial.
Para ello y a escondidas, comenzó a llamar a unos y a otros para convocarles en Madrid la noche del aniversario. Contó con la complicidad de su hermana Pilar. Lo difícil fue convencer a Sofía de que la fiesta de cumpleaños no iba a celebrarse en La Zarzuela sino en la residencia de la infanta Pilar, en Somosaguas. Y engañada fue hasta allí poco antes de las ocho de la tarde. La Reina, al entrar en la casa y acceder al salón, se encontró a todos los suyos. Aunque siempre procuró evitar que afloraran sus sentimientos, rompió a llorar abrazada a su marido. Desgraciadamente, en pocas ocasiones como ésta, se ha sentido tan feliz, tan dichosa y tan enamorada.
EL DIA 9, EN EL PARDO
El Rey nunca ha querido, como otras Casas Reales, dar un significado, que no sea familiar, a los cumpleaños. Este hará una excepción, ofreciendo, el próximo día 9, una cena en el Palacio de El Pardo («Señores de oscuro; señoras, traje corto») a todas aquellas personalidades que tuvieron y tienen representación institucional, en total unos 400 invitados. Lo hace no tanto por los 70 años que cumple sino por los 30 de la Constitución.
Sólo me queda deciros, Majestad, lo que Camilo José Cela en vuestro 50 aniversario: «Me sobra espacio y me falta sabiduría para felicitaros». También para recordaros lo que vos dijisteis en cierta ocasión: «Si hay algo por lo que siento horror es por la adulación. Y a la falta de sinceridad disfrazada de hipocresía».
Pues en eso estamos, Señor. A pesar de todo.
¡Larga vida, Majestad! | 08-01-2008 - 08:55:58 GMT 1 #