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15/12/2007 GMT 1

"Utopías e ilusiones naturales" Francisco Fernández Buey “viejo topo”

lejarza @ 11:39

"Utopías e ilusiones naturales" Francisco Fernández Buey “viejo topo”.-Queridas amigas y amigos, os adjunto aquí información sobre el libro "Utopías e ilusiones naturales", publicado por El viejo topo, que se encuentra ya en librerías, con la esperanza de que sea de vuestro interés. Saludos cordiales, Francisco Fernández Buey.

Introdución "Utopías e ilusiones naturales": La cultura europea moderna, desde Thomas More a Ernst Bloch y desde Karl Marx a Herbert Marcuse, pasando por Charles Fourier y William Morris, ha usado la palabra utopía en acepciones tan diferentes que no resulta nada fácil a estas alturas llegar a una definición unívoca del término. En el estudio que publicó hace unas décadas sobre utopía y sociedad ideal en la literatura inglesa de 1516 a 1700, J. C. Davis se planteó explícitamente el problema. Y arrancó con una definición sencilla y vaga del concepto: sueños humanos de un mundo mejor. Pues, efectivamente, “sueños” o “ensoñaciones” son palabras que han sido empleadas muchas veces a lo largo de la historia para caracterizar lo que denota o connota el término utopía.

Pero si, por una parte, muchos autores habitualmente calificados de utópicos se han negado a aceptar que sus anticipaciones sobre la sociedad del futuro fueran consideradas meros “sueños” o “ensoñaciones”, por otra parte, también el concepto de mundo mejor, referido a la sociedad en su conjunto, es impreciso. Ya esta observación obligó a J. C. Davis (y, con él, a otros autores) a proceder, a la hora de definir utopía, por vía negativa. Lo cual lleva a diferenciar la utopía propiamente dicha, o sea, la utopía que tiene su origen en More, de otros “sueños”, anhelos, deseos o aspiraciones a una comunidad mejor de individuos, como lo han sido la tradición arcádica, la noción de Cucaña en la Edad Media, la República Moral Perfecta (vinculada al rearme moral en distintas épocas) o lo que llamamos milenarismo. Partiendo de esa diferenciación el estudioso de las utopías inglesas llega a la conclusión de que los rasgos reiterados en la visión utópica son tres: totalidad, orden y perfección; rasgos que están, además, interrelacionados.

Aunque por lo general el pensamiento político liberal contemporáneo estaría de acuerdo con la conclusión de J. C. Davis, yo no estoy seguro de que estos tres rasgos hayan sido exclusivos del pensamiento utópico, sobre todo si se contrapone, como suele hacerse, “totalidad”, “orden” y “perfección” a espíritu o procedimiento científico. Quedaría por ver, en todo caso, si estos mismos rasgos son también aplicables a las utopías que vinieron después de 1700 y que Davis no estudia en su ensayo, es decir, si valen también para las utopías de la Ilustración europea y para las utopías del siglo XIX. Un listado de las utopías como el que ha propuesto Henry W. Targowski (que tampoco es exhaustivo, puesto que deja fuera varias de las utopías sociales del siglo XIX) da ya una idea de la complicación del asunto. Basta con pensar a este respecto que varios de los utopistas sociales del siglo XIX (empezando por el más conocido y alabado de ellos: Charles Fourier) vincularon sus propuestas de sociedad futura mejor (casi siempre en un sentido socialista, comunista o libertario) no tanto a la ensoñación cuanto a la ciencia, a lo que llamaban “verdadera ciencia”, contraponiendo sus propuestas a las de la ciencia social realmente existente en el momento en que escribían.

Creo, pues, que no conviene empezar con una definición. Así que me limitaré, por el momento, a una descripción aproximada que procede de William Morris, uno de los últimos grandes utópicos del siglo XIX. En Un sueño de John Ball, Morris hace decir a su protagonista algo que resume muy bien el espíritu utópico consciente de los límites de la utopía: “Examiné todas estas cosas, y cómo los hombres luchan y pierden la batalla, y cómo aquello por lo cual habían luchado se logra a pesar de su derrota, y cómo, cuando esto llega, resulta ser diferente de aquello que se proponían, y cómo otros hombres han de luchar por aquello que ellos se proponían alcanzar bajo otro nombre”.

Eduardo Galeano, otro defensor de la utopía en su acepción positiva, ahora ya en el siglo XX, ha traducido así esta idea:

¿Para qué sirve la Utopía?/ Ella está en el horizonte./ Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos./ Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá./ Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré./ ¿Para qué sirve la Utopía?/ Para eso sirve: para caminar.

La utopía nos ayuda a caminar. Vamos, pues, paso por paso. Una de las ideas que querría argumentar en el recorrido histórico que va a seguir es que el moderno concepto de utopía ha nacido de la combinación de estas tres cosas: (a) la crítica moral del capitalismo incipiente (esto es, la crítica de la mercantilización y privatización, en las enclosures, de lo que fue común, de las tierras comunales); (b) el propósito de dar nueva forma, una forma moderna alternativa, al comunitarismo municipalista tradicional, a la reivindicación de la propiedad comunal; y (c) una vaga atracción por la forma de vida existente en el nuevo mundo recién descubierto (América, 1492), donde se suponía que se mantiene la propiedad comunitaria y las buenas costumbres anteriores a la mercantilización y privatización de las tierras comunales y a cuyos pobladores se atribuían hábitos que el autor de Utopía y, en general, los erasmistas querrían ver implantados también en las sociedades del viejo mundo (en Inglaterra, en los Países Bajos, en la Península Ibérica, en las ciudades de la Península itálica).

Hay ya en el nacimiento de la utopía moderna algunos rasgos que se han conservado a lo largo de tres siglos y que se encuentran también en la reflexión de Bloch sobre el principio esperanza en las décadas centrales del siglo XX. Estos son: el recuerdo (más o menos añorante o melancólico) de la comunidad que hubo; la crítica abierta a la injusticia y la desigualdad que hay en el presente; y la atracción por la novedad que apunta en lo recién descubierto o en lo recién inventado, precisamente en la medida en que este apuntar de lo nuevo enlaza con el (casi siempre idealizado) buen tiempo pasado.

Por grandes que hayan sido las diferencias entre la utopía de More, las utopías ilustradas, la propuesta falansteriana de Fourier, el proyecto socialista de Marx y, por ejemplo, Noticias de ninguna parte de William Morris (para cubrir un arco de tiempo que nos lleva hasta finales del siglo XIX), en todos estos casos encontramos una idea semejante de la dialéctica histórica, según la cual la crítica de lo existente hace enlazar el recuerdo del buen tiempo pasado con la armonía, la justicia y la igualdad que se desean para el futuro.

Hay, en cambio, otro rasgo de la utopía moreana que no siempre se ha conservado: la orientación irónico-positiva, muy característica, por lo demás, del espíritu y del ambiente erasmista de la Europa culta de las primeras décadas del siglo XVI. La distancia irónica respecto de la utopía en nuestro mundo no es sólo conciencia de la dificultad de su realización en ese topos concreto que es nuestra sociedad (europea), sino también, muy probablemente, sospecha racional, fundada, de que a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. A diferencia de los otros, este rasgo de la primera utopía renacentista, la ironía distanciada respecto de sí misma, se fue perdiendo con el tiempo para ser sustituido, salvo en casos muy excepcionales, por el espíritu declamatorio, por el espíritu de la tragedia o por el pesimismo trágico. Conociendo la historia europea que se extiende desde la muerte de More a través de las guerras de religión, de las guerras entre clases y de las guerras coloniales, parece comprensible que esto haya sido así.

Al estudiar la evolución del concepto de utopía pretendo argumentar en estos ensayos tres cosas más. Una: que, contra lo se viene diciendo recurrentemente desde 1990, la utopía no ha muerto. Eso se verá al final. Dos: que el destino de las grandes ideas utópicas (y en general de las anticipaciones del buen lugar alternativo) de la humanidad, al menos en el marco de nuestra cultura, parece ser, casi siempre, hacerse templo, institución o realidad político-social en otro lugar, en un lugar diferente a aquél para el cual las utopías fueron pensadas. Y tres: que al final de la modernidad europea, como en sus comienzos, la intención irónico-positiva es aún clave para seguir hablando de utopía en serio. Tal intención ha ido tomando, ya en el siglo XX, una orientación predominantemente paródica: primero tomando como objeto lo que podríamos llamar, con Marx, el comunismo basto; luego para distanciarse del optimismo tecnocrático que hace seguir sin más el progreso socio-moral del progreso tecno-científico; y finalmente para presentar los presuntos efectos positivos de la globalización neo-liberal como un oxímoron.

Para conservar la tensión que creo ver entre reafirmación recurrente del espíritu utópico y distancia irónico-paródica respecto de la utopía pondré estos ensayos bajo la advocación de dos poetas: Mario Benedetti y Wislawa Szymborka. Con el mismo título, utopía, pero con intención muy distinta, ellos han escrito, ya en el último tercio del siglo XX, dos poemas que nos tocan. Y que pueden servir ilustrar rápidamente los extremos entre los que hay que moverse.

Szymborka, la poeta polaca, parodia la conversión en Templo de la utopía socialista que tuvo su origen en Marx, el entonces todavía llamado “socialismo real”. En unas pocas imágenes, ahí está lo esencial de lo que se puede decir a contemporáneos sensibles sobre lo que fue la gran ilusión. En Polonia. Y no sólo en Polonia:

 

Isla en la que todo se aclara.

Ahí se puede arribar a pruebas firmes.

No hay más camino que aquellos de llegada.

Las zarzas se doblan por el peso de las respuestas.

Crece ahí el árbol de la Suposición Correcta

con sus ramas eternamente desenredadas.

Y deslumbrantemente recto el árbol de la Comprensión

junto a una fuente llamada Ah, De Eso Se Trata.

Cuanto más denso se hace el bosque, más amplio aparece

el Valle de la Evidencia.

Si hay alguna duda, el viento la disipa.

El eco de ninguna voz toma la palabra

y aclara con entusiasmo los secretos de los mundos.

A la derecha, la caverna en la que se encuentra sentido.

A la izquierda, el lago de la Convicción Profunda.

Del fondo se desprende la verdad y sale sin más a la superficie.

Domina el valle de la Seguridad Inquebrantable.

Desde su cima se extiende la Esencia de las Cosas.

A pesar de sus encantos, la isla está desierta

y las pequeñas huellas de pasos que se ven en sus orillas

se dirigen hacia el mar sin excepción.

Como si de ahí solamente se saliera

para hundirse irremediablemente en el abismo.

En una vida inconcebible.

Benedetti, en cambio, ironiza sobre el fin de las utopías trasladando el viejo asunto al ámbito de lo privado para decirnos (tal vez bromeando con Bécquer) que utopía eres tú. Eso aquí, al otro lado del mundo. O en América Latina. Tal vez también en Polonia. En este mundo nuestro, en cualquier caso:

Cómo voy a creer / dijo el fulano

que el mundo se quedó sin utopías

cómo voy a creer

que la esperanza es un olvido

o que el placer una tristeza

cómo voy a creer / dijo el fulano

que el universo es una ruina

aunque lo sea

o que la muerte es el silencio

aunque lo sea

cómo voy a creer

que el horizonte es la frontera

que el mar es nadie

que la noche es nada

cómo voy a creer / dijo el fulano

que tu cuerpo / mengana

no es algo más que lo que palpo

o que tu amor

ese remoto amor que me destinas

no es el desnudo de tus ojos

la parsimonia de tus manos

cómo voy a creer / mengana austral

que sos tan solo lo que miro

acaricio o penetro

cómo voy a creer / dijo el fulano

que la utopía ya no existe

si vos / mengana dulce

osada / eterna

si vos/ sois mi utopía.

Esta manera irónico-paródica de plantear el asunto de la utopía enlaza bien con la paradoja que al respecto estamos viviendo actualmente. En los últimos años la palabra utopía vuelve a suscitar muchas simpatías y cada vez se emplea más en ambientes críticos y alternativos de nuestras sociedades; pero al mismo tiempo suscita gran desconfianza por su asimilación con lo que se supone realización de las utopías sociales imaginadas durante cuatro siglo (desde el Renacimiento hasta el siglo XX). Eso hace que muchas personas compartan el uso positivo de la palabra utopía en contextos morales o estéticos mientras que manifiestan una persistente reserva acerca de la utilización de la palabra utopía en un sentido positivo cuando se trata de contextos políticos (o de ética de la colectividad).

En contextos en los que se habla de moralidad individual es difícil negar que la palabra utopía tiene y tendrá un sentido positivo. Se podría decir que no ha habido ni habrá filosofía moral sin utopías, o sea, sin la prefiguración de sociedades imaginarias más justas, más igualitarias, más libres y más habitables de las que hemos conocido y conocemos. La imaginación utópica ha sido, es y será el estímulo positivo de todo pensamiento político-moral, como la veracidad y la bondad son y serán el aguijón de la lucha en favor de la emancipación humana por mucho que, como sabemos, el individuo veraz o bondadoso se haya dado repetidas veces de bruces con la realidad existente.

El utópico, como el veraz y el bondadoso, está indicando siempre a los otros, con su comportamiento, la dirección en la que convendría moverse. Puede ocurrir, y de hecho ocurre en ocasiones, que el utópico, como el veraz y el bondadoso, se equivoque de medio a medio en su estar en el mundo, en este mundo; pero incluso cuando yerra sobre el presente, el utópico, como el bondadoso y el veraz, obliga a torcer la mirada de los que le miran, no sobre su rostro (porque el utópico no suele ser narcisista ni autista) sino en la dirección más conveniente para la mayoría. No digo más conveniente para todos porque eso, en el mundo social dividido en clases, tiene que ser considerado como un imposible ontológico.

Si el mundo de las acciones político-morales fuera algo así como una línea férrea, en la que el tren de la historia se desplazara linealmente progresando desde la bondad y veracidad de los individuos concretos hacia mejores formas de sociabilidad colectiva, entonces no habría casi nada más que discutir acerca de la palabra utopía. La mayoría aceptaríamos, por razonamiento, su saludable sentido positivo, como aceptamos, por lo general, el sentido positivo de la bondad y de la veracidad. Pero el mundo de las acciones político-morales no es una vía férrea ni una autopista; es, más bien, una red de senderos de montaña que se bifurca, se multiplica y se pierde en el bosque de las interrelaciones de las pasiones individuales y colectivas; una red de caminos de bosque de la que, para colmo, siempre existen varios planos concordantes pero distintos, y cuyo sendero principal suele perderse, en la historia de la humanidad, por falta de tránsito (o mejor: porque ni llevamos inscritos en los genes el recuerdo de sus recovecos ni somos capaces de transmitir de generación a generación las principales bifurcaciones y encrucijadas del mismo).

Por eso, porque el mundo de lo político-moral no es una vía férrea ni una autopista, la utopía, que es una buena y sana palabra, indiscutible, desde el punto de vista de la moralidad, resulta insuficiente y ambigua cuando pasamos al plano histórico de las ideas políticas.

La mayoría de las personas veraces y bondadosas que hoy en día se declaran partidarias de la utopía creen estar defendiendo de hecho una sociedad más justa, más igualitaria, más habitable y que, además --y esto es importante-- puede ser realmente realizable algún día y en algún lugar, al menos de forma aproximativa, como aproximación a un ideal. Si nos atenemos a la etimología de la palabra utopía, estas personas no son propiamente utopistas, sino gentes con convicciones morales profundas e ideales morales alternativos que luchan por una sociedad mejor.

En cambio, la mayoría de las personas que se declaran contrarias a la utopía suelen defender en nuestros medios de comunicación que vivimos en el menos malo de los mundos existentes o en el mejor de los mundos posibles, y que en política no hay que hacerse ilusiones inútiles. Por supuesto, estas personas no suelen entrar a discutir qué ilusiones son útiles y cuáles inútiles. Por lo general tienden a creer que todas las ilusiones colectivas son inútiles.

Una complicación adicional reciente de la controversia histórica sobre la palabra utopía es ésta, a saber: que la mayoría de las personas que hoy defienden que vivimos en el menos malo de los mundos existentes, o en el mejor de los mundos posibles, consideran, además, que no está mal que haya utopías y hasta fomentan la existencia de utopistas siempre y cuando éstos, en su decir y, sobre todo, en su hacer, acepten atenerse al significado etimológico de la palabra utopía (no-lugar). Desde este punto de vista, que es hoy en día el punto de vista dominante, ser utópico está relativamente bien visto a condición de que uno confiese al mismo tiempo que la sociedad alternativa que propone (más justa, más igualitaria, más habitable) no es de este mundo sino una sociedad tan imaginaria como, por ejemplo, la ciudad de Babia, el país de Jauja o la región del Limbo en el Día del San Jamás.

Todo utopista que acepte este significado de la palabra utopía y simultáneamente dé señales de haberse reconciliado con la realidad existente, o de estar en vías de reconciliarse con ella, recibirá, a su vez, de todos, o casi todos, los poderosos defensores del status quo efusivas, y hasta cariñosas, palmaditas en el hombro derecho (que es el hombro del otro preferido por los políticos de profesión para todo ejercicio de cinismo compasivo).

El hecho de que un utópico, declarado o nombrado tal por otros, reciba de los políticos “realistas” (y conservadores de la desigualdad que hay) palmaditas afectivas en el hombro derecho, siempre y cuando dicho utópico acepte que su ideal, el ideal que propugna, es realmente una utopía (algo que no tendrá lugar nunca) da qué pensar. Pues prueba indirectamente, como se puede probar en estas cosas, que el uso literal de la palabra “utopía” en el lenguaje político se ha hecho problemático o irrelevante.

Con la utopía pasa en nuestras sociedades, en última instancia, lo mismo que con el ateísmo, a saber: que como el significado de la palabra lo establecen los que mandan (en el Estado, no necesariamente en la Academia de la Lengua), uno no puede ser, ni proponiéndoselo, lo que quiere ser. Efectivamente, de la misma manera que el ateo sólo puede ser agnóstico (pues, por definición de los que mandan en esto, el sin-dios es un imposible metafísico dado que el sin-dios es siempre un buscador de dios, etc. etc.), así también al utópico sólo le dejan ser una de estas dos cosas: o un realista político a la fuerza, que simultáneamente cree en las calendas griegas, o un receptor de palmaditas en el hombro derecho que afirma que la utopía no es de este mundo.

Algunos filósofos amigos míos han llegado últimamente a la conclusión de que el tiempo de las utopías pasó. No estoy de acuerdo. Y querría argumentarlo. De momento puedo adelantar esto: ese tiempo no pasó para los que aún tienen un mundo que ganar y una esperanza. En relación con esto, y en polémica con los dadores de palmaditas en el hombro derecho del otro, sugiero que hay al menos dos cosas que no se pueden dejar en manos de los de arriba si uno, estando a favor de los pobres, desheredados, oprimidos y excluidos de la tierra, mujeres y varones, quiere que sus actos concuerden con sus dichos y pretende hacer, por tanto, algo serio y práctico en favor de un mundo más justo, más igualitario y más habitable.

La primera de estas cosas que no hay que dejar en manos de los de arriba es la definición de las palabras. No sólo en el País de las Maravillas, sino también aquí abajo, la capacidad de nombrar, de poner nombre a las cosas, es esencial para conocer y para cambiar el mundo. La segunda cosa que no se puede dejar en manos de los de arriba es la ciencia, contraponiendo ésta a la utopía. Renunciar a la ciencia para quedarse con la mera utopía puede ser moralmente sanísimo (sobre todo en la época del reconocimiento generalizado de los peligros de la tecnociencia), pero acaba siendo contraproducente desde el punto de vista de la ética colectiva.

Lo que he juntado aquí es una colección de ensayos sobre la historia de una idea. Y como el número de utopías propuestas desde Thomas More en la modernidad europea es amplísimo, parece inevitable, para no perderse, establecer un corte y declarar preferencias. Aquí no están, obviamente, todas las utopías europeas modernas. Y algunas de las obras de las que me he ocupado, sobre todo al llegar al siglo XX, son utopías negativas o distopías. El título apunta a eso: incluye la palabra ilusiones porque leyendo varias de estas obras me he ido convenciendo de que ni siquiera la distopía o utopía negativa puede prescindir de las ilusiones, al menos de aquellas que Leopardi llamaba naturales. El hilo del ovillo del que voy a tirar al hacer la selección será la paradoja que históricamente acompaña a la noción de utopía. Por eso, entre las varias cuestiones posibles que podrían ser desarrolladas en relación con la evolución del concepto de utopía, me he propuesto prestar atención a las siguientes.

Primero estudiaré qué fue lo que solemos llamar utopía antes de que la modernidad europea acuñara esa palabra: la utopía antes de la utopía. En ese apartado he incluido dos ensayos sobre dos nociones que discurrían casi juntas en la segunda mitad del siglo XV: ciudad ideal y profetismo. Trataré de mostrar ahí cómo en ambos casos, al imaginar la ciudad ideal y profetizar una nueva Jerusalén, la afirmación de lo que debe ser y lo que habitualmente llamamos realismo no sólo no andaban reñidos sino que saltaban a la palestra juntos y, además, en relación intermitente con el idealismo filosófico-moral renacentista.

Después voy a entrar en el análisis de la primera utopía propiamente dicha, la formulada por Thomas More. El ángulo desde el cual me propongo mirar esa utopía va a ser el estupor que produjo el primer encuentro entre Europa y América. Sin duda hay más cosas en la utopía de More, pero esta que digo me parece esencial: imaginar lo que debía ser la América recién descubierta por los europeos para llamar la atención sobre lo que hemos perdido en el viejo continente y podríamos tal vez recuperar. La paradoja, en este caso, es que unas décadas después de que el libro de More viera la luz, otro europeo, Vasco de Quiroga, se propuso nada menos que la realización de su utopía en el otro lugar, en aquel lugar que, en cierto modo, había inspirado la reflexión sobre el buen lugar que podría ser Europa.

En el ensayo siguiente me ocupo de varias utopías que tienen que ver con el tránsito del Renacimiento al Barroco y que conectan ya con la época de las revoluciones científicas. Lo que querría argumentar en este apartado, para adelantar una hipótesis, es que utopía social y ciencia política, simbolizados por More y Maquiavelo, han sido dos enfoques paralelos del pensamiento europeo de la modernidad, dos enfoques que han nacido con ella, con la modernidad, y que parece que la acompañarán hasta su muerte. Vuelve ahí la paradoja, aunque la paradoja ahora es de otro tipo: la utopía que da la bienvenida a la ciencia moderna, al análisis y a la anatomía, lo hace con argumentos religiosos; y la utopía que se quiere idealmente republicana se hace realmente monárquica.

De las varias cosas interesantísimas que puede sugerir el rótulo “utopía e ilustración” me ocuparé sólo en el comentario de algunos de los temas posibles relacionados con las utopías que nos ha dejado en herencia el proyecto moral de la Ilustración: autocrítica, por vía paródica, de la presunción eurocentrista; tolerancia en el encuentro entre culturas y religiones; abolición de la pena de muerte y la tortura; y paz perpetua. El hilo conductor de ese ensayo es la observación de algo que, desde una noción estricta y restringida de utopía, vuelve a ser una paradoja: ni la postulación de la tolerancia ni la reflexión sobre la paz perpetua fueron presentadas en la forma utopía, aunque de ambas cosas se dijo que eran utópicas; a Beccaria, autor del opúsculo De los delitos y de las penas, se le llamó utópico y encima socialista, cuando no era ninguna de las dos cosas; y la mejor autocrítica de la presunción eurocentrista le encontraremos en una utopía a la inversa, en una sátira, que acabó convertida en libro de aventuras para niños.

Al tema “utopía y socialismo” he dedicado dos ensayos. En ellos pretendo explicar por qué la utopía ilustrada deriva hacia el socialismo y el comunismo en el siglo XIX, cómo la utopía se fue convirtiendo en un concepto deshonrado (ya antes de su supuesta realización) y hasta qué punto hay que considerar responsable de tal deshonra a aquella pretensión del socialismo que consiste en pasar definitivamente de la utopía a la ciencia. Creo que en ese paso está la clave para entender bien lo que dice Szymborska en su poema. Pero también para entender por qué la utopía socialista alcanza su cima en dos obras literarias que, sin despreciar ciencia y técnica, se alejan de la infatuación cientificista: Noticias de ninguna parte, de William Morris, y Chevengur, de Andrei Platónov.

Los dos ensayos siguientes están dedicados a discutir la tesis, muy difundida en el ámbito de la historia de las ideas, según la cual a partir de Un mundo feliz y de 1984 la distopía ha pasado a ocupar, en el siglo XX, el lugar que en siglos anteriores había ocupado la utopía. Estos dos ensayos se basan en una lectura bastante detallada de algunas de las principales piezas representativas de la ciencia-ficción y de la futurología, desde Zamiatin y Huxley a Le Guin, y desde Orwell a Philip K. Dick y Stanislaw Lem. Ahí he tratado de mostrar que ni siquiera en los peores momentos del mundo bipolar que salió de la segunda guerra mundial se perdió el espíritu utópico. La idea que desarrollo en estos ensayos es que no hay que leer las distopías del siglo XX en clave anti-socialista, sino más bien en clave anti-ideológica, esto es, como críticas, precisamente, del mundo bipolar y de lo que las dos ideologías en confrontación tenían en común. Ni siquiera en ese mundo que produjo las principales distopías del siglo XX se perdió toda esperanza; sólo que la esperanza restante ha tenido mucho que ver, de nuevo, con la renovación de la ironía y la parodia en un ámbito que enlaza la literatura con el filosofar.

Finalmente, y aunque sea de forma tentativa, en el ensayo que cierra este libro he abordado el discutido el asunto del final de la utopía. Es este un tema que nos dejó en herencia Herbert Marcuse en 1967-1968 y que luego, desde 1990, se ha planteado en numerosas ocasiones aunque con una orientación muy diferente ya de la marcusiana. Una veces desde la perspectiva de la ingeniería social fragmentaria y otras desde la consideración de que utopía social y totalitarismo son necesariamente sinónimos, se ha venido manteniendo en los últimos tiempos que el único campo que quedaría libre para la expresión de la utopía en el siglo XXI es el estético. Para mí, eso es una verdad a medias que oculta una parte importante de la verdad y choca con hechos cada vez más sólidos. La reflexión sobre el sentido socio-político de la utopía ha vuelto en los comienzos del siglo XXI, sin que se la esperara. Y ha vuelto de la mano de lo que hoy se llama movimiento de movimientos. De manera que tal vez se pueda decir que después de los desastres del siglo XX la utopía ha perdido su inocencia, pero no su vigencia.

Comentarios
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Comentarios(2) »

  1. La reflexión sobre el sentido socio-político de la utopía ha vuelto en los comienzos del siglo XXI. Y ha vuelto de la mano de lo que hoy se llama movimiento de movimientos.
    Después de los desastres del siglo XX y de las desilusiones y distopías a que eso dio lugar, la filosofía académica decretó el final de la utopía. A pesar de lo cual, ésta renace como ilusión natural entre aquellos que tienen esperanza y un mundo que ganar. Tal vez se pueda decir que la utopía ha perdido la inocencia con que se formuló en los orígenes de la modernidad europea, pero no su vigencia.
    Esa es la tesis que viene a argumentar este nuevo libro de Fernández Buey. Lo que aquí se propone es un sugestivo recorrido a través de la historia de la idea de utopía: desde las tablas sobre la ciudad ideal, pintadas en Urbino en el siglo XV, hasta la utopía libertaria de Ursula K. Le Guin, ya en la segunda mitad del siglo XX, pasando por Thomas More y las principales utopías ilustradas y socialistas.

    Al reconstruir la historia de esta idea, que ha sido clave para la cultura europea, Fernández Buey argumenta tres cosas que el pensamiento utópico contemporáneo no podrá obviar ya. Primera: que el destino de las grandes ideas utópicas de la humanidad ha sido, casi siempre, como el de las profecías, hacerse templo, institución o realidad político-social en otro lugar, en un lugar diferente a aquél para el cual las utopías fueron pensadas. Segunda: que incluso en las grandes distopías del siglo XX se escucha el latido de las ilusiones naturales de leopardiana memoria. Y tercera: que, precisamente por lo que estas distopías enseñan sobre el hipotético mal lugar al que puede ir a parar la humanidad, la ironía, la sátira y la parodia tienen que ser compañeras de viaje de la utopía madura o concreta, la cual pierde, sí, la inocencia pero vuelve a enlazar, por vía negativa, con las ilusiones naturales del ser humano.
    Título
    Utopías e ilusiones naturales
    Autor/es
    Francisco Fernández Buey
    Colección
    Ensayo
    ISBN
    978-84-96831-37-7
    Páginas
    330 págs
    Dimensiones (ancho x alto)
    15.5 x 23.5 cm
    21 €

    Utopías e ilusiones naturales | 15-12-2007 - 14:05:53 GMT 1 #

  2. “[La objetividad informativa] es una utopía, pero las utopías están para llegar a ellas, no para admitir que son inalcanzables”, por Salvador López Arnal:
    José Manuel de Pablos Coello es catedrático de Periodismo de la Universidad de La Laguna (Tenerife, Canarias). Formado en la prensa de Madrid en los años 70, fue director de dos diarios en Canarias en los 80 y 90. Ha dirigido más de 30 tesis doctorales, la mayoría de profesores latinoamericanos. Es presidente de la Bienal Iberoamericana de la Comunicación y de RAIC (Red Iberoamericana de Investigación en Comunicación). Es miembro de la junta de la Fundación CEPS y asesor de revistas académicas de Chile, México, Colombia y España, además de editor de la decana española enlínea, la publicación de referencia Revista Latina de Comunicación Social. Trabaja en prensa comparada y tecnologías de la información. Entre sus publicaciones destacan El Periodismo, herido. Estudios que delatan divorcio entre prensa y sociedad / El País, como referente; La red es nuestra; Infoperiodismo y Amarillo en prensa.
    ¿Por qué noticias importantes aparecen en algunos medios en lugares recónditos y noticias triviales o escasamente importantes aparecen muy destacadas?

    Esa indudable realidad obedece a la estrategia editorial de cada medio y se ve orientada por los intereses económicos, políticos, sociales, de todo tipo, que presionan sobre la empresa editorial, sobre el editor… y las menos de las veces sobre los periodistas, a no ser que suceda como en el diario madrileño El País, donde varios directivos de la redacción comulgan políticamente con los intereses del patrón. En última instancia, los medios informativos, sobre todo la prensa, ha dejado de ser lo que eran, al entrar el mercado de lleno en sus consejos de administración y empezar desde entonces a manejar el periódico como un arma arrojadiza contra todo aquel que pueda enturbiar los negocios empresariales, que usan el diario como un arma de presión y ataque, tal es el caso de PRISA, por ejemplo, en Bolivia, Venezuela, además de España, y, en sentido contrario, en Colombia, hasta el punto de haberse convertido PRISA y El País en el segundo, y mejor, embajador de Uribe en España.

    Pero, ¿no es algo exagerado lo que acabas de apuntar? El País se ha movido durante años en el ámbito de la socialdemocracia neoliberal gobernante, incluso ha señalado posiciones a los gobiernos de turno; Uribe está en la derecha extrema, por decirlo blandamente. ¿No hay aquí una neta contradicción?

    La contradicción de los negocios de PRISA; la doble moral mediática: hacen o dicen de América Latina lo que no se atreverían a hacer en España. Los negocios no tienen contradicciones cuando acarrean plata a las arcas del patrón. Apoyan a Uribe y a Alan García y a los golpistas venezolanos. Es como si hubiera dos periódicos distintos: aprovechan la poca cultura latinoamericanista de muchos lectores para hacer ese doble juego.

    Los medios de información, ¿son medios de formación cultural, ideológica, o medios de información?

    Deberían ser meros medios de información, con lo que implica de formación, pero se van transformando poco a poco en medios de manipulación e intoxicación informativa, con todo el peligro que ello supone. A veces, de forma activa y otras realizando el boicot a algún personaje, como viene ocurriendo estos mismos días con la gira europea del presidente de Costa Rica, que viaje con media docena de sus ministros, y El País le aplica el silencio, por haberse atrevido: a) hablar bien de Chávez en el Parlamento Europeo, donde seguramente estaba su corresponsal, pero eligieron la nota de Efe, que mutilaron; b) haberse atrevido a explicar la razón de la presencia de aviones rusos en Venezuela, frente a la presencia militar de Estados Unidos en torno a Rusia. Estas cosas no las perdona el aparato político-mediático de El País, que actúa como si fuera un estado mayor y toma sus decisiones de manipulación.

    Pero, estas decisiones a las que aludes, ¿se deciden conscientemente en tal o cual grupo de dirección o es más bien que la ideología grupal consolidada les lleva a interpretar los acontecimientos de la forma que cuentas sin necesidad de acuerdos por arriba ni mandos jerárquicos?

    No creo que sea un grupo de redacción, sino los directivos. Actúan con el mismo espíritu de la escritura del último editorial sobre Ernesto Guevara, que fue repudiado por la mayoría de la redacción, con gran disgusto para José María Ridao. Cuando la actual película sobre el Che sea un éxito clamoroso, ya se ocuparán de presentar otro editorial o semejante para tratar de volver a echar porquería a la figura del argentino guerrillero. Ya han hecho algo. No soportarán su éxito ni el éxito de la siguiente película que viene. Hay que tener en cuenta que algunos directivos –el primero, su director- nació al periodismo en la ‘escuela’ del máster que tienen con una universidad (pública) que no imparte periodismo, muestra del éxito de la presión sobre una universidad temerosa de negarse a la voluntad de un poderoso. Esto origina, en algunos casos, una buena parrilla de neo-cons mediáticos, que se presentan como progresistas, cuando son meros servidores de una ideología muy bien labrada. El grueso de la redacción no tiene nada que ver con esto. Cuando usaron la web de la CIA (sí, la CIA) como fuente de información, ¿alguien cree que eso fue consultado con la redacción, consensuado?

    ¿Qué papel juegan los intereses económicos de las empresas propietarios de los medios en las informaciones que estos mismos medios trasmiten?

    Los medios ya no lo son de información, sino de transmisión y fortalecimiento de los intereses del patrón de turno, que para eso los has adquirido… En el caso citado de Costa Rica, si allí hubiera intereses en juego, la decisión sería golpear a Óscar Arias, para ablandarlo; como no hay mucha plata en el aire, pues simplemente lo ignoran, silencian su presencia en España (Cádiz, Madrid…) y punto.

    ¿Es posible la objetividad informativa? ¿No es una utopía inalcanzable?

    Es una utopía, pero las utopías están para llegar a ellas, no para admitir que son inalcanzables. Los periodistas que ejercen de profesionales, con la vocación con que la mayoría sale de las facultades, son capaces y están preparados para ser objetivos y hacer el mejor periodismo. El grueso de la redacción de El País, también, no lo dudemos. Pero es un caso de secuestro de cabecera. Cuando llegan a las empresas se encuentran con la cruda realidad de un editor –a veces, analfabeto, como sucede con los comentarios racistas y xenófobos del dueño del periódico fascista El Día, de Tenerife- y entonces se dan cuenta de que se transgreden sus principios y se han de dedicar a otra cosa… donde la objetividad no es penada. Así, tenemos a grandes periodistas escondidos en las secciones de deportes o en sucesos, a veces a la espera del cambio que no va a llegar, mientras las empresas sean las editoras. De hecho, uno de los mejores periódicos del momento, La Jornada, de México, lo es porque sus propietarios son los redactores. Es la única forma de hacer periodismo hoy. El otro caso era el de la familia catalano-colombiana Cano, que pusieron siempre su alta vocación periodística por encima de todos los intereses, incluso los de la propia empresa… cuyo edificio fue dinamitado y su director, Guillermo Cano, asesinado a las puertas del diario. Y, así y todo, siguieron en su línea. Son dos ejemplos de utopía alcanzada.

    Edificio dinamitado, Guillermo Cano asesinado. ¿Por quién? ¿Cuándo ocurrió?

    El diario El Espectador ha sido uno de los mayores ejemplos del mejor periodismo jamás habido. Dicen que fueron narcotraficantes quienes lanzaron un camión con dinamita contra sus instalaciones y a Guillermo Cano lo tirotearon unos sicarios en las puertas de su redacción. Con todo eso, lo que consiguieron al final fue que el propio público colombiano se asustara de leer periódico tan grande y arriesgado… y le dio la espalda. Cuando cerraron en una primera época –hace muy pocos años de todo esto-, se dijo que había muerto un periódico privado pero de servicio público. La tesis doctoral de Sara Bozzi, de Cartagena, explica con detalle toda esta crónica, una de las más amargas de la historia reciente de la prensa en castellano.

    Has hablado del diario “madrileño” El País como para-digma de para-periodismo y de ‘prensa única’, incluso del diario de intoxicación global. ¿No exageras? ¿Puedes justificar tus afirmaciones?

    Escribí “madrileño” porque hay otras cabeceras con ese mismo título.

    Sólo hay que seguir su lectura con ojo crítico para darse cuenta del nuevo paradigma que está dibujando PRISA con su cabecera de bandera. En El País están abandonando el campo del periodismo y entrando en el pantano del para-periodismo, dicho sea con el mismo sentido de que hay farmacias y para-farmacias. Lo que sucede es que mientras las para-farmacias quieren ser farmacias, en el caso del periódico es a la inversa: por intereses políticos y económicos, confundidos, retroceden de periodismo a para-periodismo. Además, desde hace un tiempo (Ver mi libro El Periodismo, herido. Estudios que delatan divorcio entre prensa y sociedad. El País, como referente, Madrid, 2001, Foca Investigación); además, digo, hace tiempo han tomado la deriva de abandonar el concepto ‘prensa de calidad’ o ‘de referencia’, para transformarse poco a poco en un diario popular, en el sentido más amplio del término, con su dieta diaria de erotismo, por ejemplo.

    El País, en todo caso, no siempre ha ejercido ese papel. Eran otras sus finalidades y sus cualidades por así decir. ¿Cómo explicas su evolución?

    Cierto. Hubo un tiempo en el que ese diario fue en realidad de referencia, pero ese tiempo ya ha pasado, a pesar de tener profesionales capaces para ‘reflotarlo’, cualitativamente hablando. Lo malo es que mucha gente, sobre todo en Latinoamérica, todavía no se ha percatado del nuevo paradigma de para-periodismo construido. Esa pregunta habría que hacérsela al académico-por-carambola-ajena Juan Luis Cebrián. Más que una ‘evolución’, si entendemos esa voz como sinónimo de avance y progreso, lo que está sucediendo en El País es una contra-evolución, y lo han manifestado siempre con su espíritu anti-comunista, con la persecución a Julio Anguita, con sus silencios y gritos sobre Cuba, con su silencio sobre Chávez cuando éste les encargó un barco de ejemplares de El Quijote… hasta el momento del cobro, no antes… El País se ha convertido en un diario de la contra.

    En el fondo, también has escrito, El Mundo y El País son la misma cosa. ¿La misma? ¿No observa diferencias sustantivas entre ambas publicaciones? Sus enfrentamientos son o eran frecuentes.

    La misma cosa, con una diferencia: el papel que hace en España El Mundo es el que juega El País en América Latina: en ese sentido digo que son la misma cosa. Claro que son diferentes: El País es monárquico, más que Abc, y El Mundo, no tanto. Sí, tienen diferencias… Además, es justo decirlo, El Mundo trata los temas de América Latina con más profesionalidad y objetividad que El País. Dos ejemplos: Durante la controversia Uribe-Chávez cuando los rehenes, entre noviembre de 2007 y enero de 2008, la deriva pro-Uribe en El País fue de 2,78 frente a 0,35 (Chávez), equivalente a una dedicación del 73,85% del espacio a Uribe, frente a un 26,15% a Chávez, sin contar aquí los insultos repetidos contra el presidente sometido a un revocatorio, esa figura de progreso democrático que nunca veremos en España. Ese mismo asunto, tratado por El Mundo (José Luis Hernández et adl.) fue de 59,1% (Uribe) frente a 40,9% (Chávez), lo que muestra un equilibrio bastante distanciado del 73,85% y 26,15%, respectivamente, de El País citado antes. Lo mismo puede decirse de la forma de cubrir el golpe descubierto estos mismos días de septiembre de 2008: mientras El País se lo ventiló en una docena de líneas, El Mundo le dedica media página, en un servicio especial firmado. No obstante, ambos diarios hacen ‘noticias de compensación’, o sea, sesgadas a favor de Uribe o contra Chávez, cuando aparece una noticia totalmente favorable a la figura del presidente venezolano. En eso también son iguales.

    Pero, por otra parte, si como dices las manipulaciones de El País son tan frecuentes. ¿Por qué tiene tanta influencia cultural y política en España? ¿Por qué la intelectualidad española, incluso la de izquierdas, desea colaborar en él?

    Los intelectuales, muchos de ellos, viven en el limbo. Ya no digo los ‘intelectuales orgánicos’ del entorno de El País, así calificados por Juan Goytisolo en su singular artículo “Vamos a menos” (El País, 10 de enero de 2001, páginas 11 y 12), donde habla de las presiones internas que se sufren en el diario. Vean lo que dice Fernández Liria del error actual de la intelectualidad europea. La influencia cultural y política, indudable, se debe exclusivamente a su tirada: si el diario Marca dice algo de un político, su incidencia también será grande: es cuestión de números, de masa… no crítica, de adocenamiento de una gran parte de la sociedad española, la que vive en el bienestar, la que mira para otro lado y prefiere la tele a la lectura. Sólo es eso. Es una influencia prestada, ajena a la sustancia de El País. ¿Intelectuales de izquierdas que desean colaborar en El País? Podrán ser intelectuales –lo era Blas Piñar, lo era Fraga Iribarne--, pero de izquierda ‘razonable’ es dudoso y lo será cada vez más. Un intelectual de izquierda que contempla la constante manipulación no puede mirar para otro lado. Publicar aquel manifiesto de Saramago en las cartas al director o silenciar su última visita a La Habana, ¿no es una inmoralidad periodística? Y Saramago sigue… por intereses que habría que preguntar a Saramago.

    Pero, ¿qué intereses pueden ser esos en una persona consagrada de la edad de Saramago, con su trayectoria política conocida por lo demás?

    Habría que preguntarle a Saramago. Pero cuando aquellos lamentables fusilamientos en La Habana que fueron criticados por Saramago, El País le dedicó todo el eco mediático; cuando poco después Saramago viajó a La Habana, su viaje fue cubierto con el silencio del corresponsal. Igual no se enteró de que Saramago estaba en Cuba. Pero las agencias de prensa sí se ocuparon de su agenda y de sus nuevas declaraciones. Los lectores del diario no tuvieron noticia de ello. Igual no era importante o no les casaba con su constante campaña anticubana.

    Vuelvo sobre un tema anterior. ¿Por qué llamas a El País el vocero de Uribe? ¿Tiene el presidente colombiano intereses en él?

    No lo llamo, lo es. No es que Uribe tenga intereses en PRISA, es que PRISA tiene grandes intereses en Colombia. Uribe viajó desde Argentina a Bogotá, adelantando su salida de Buenos Aires, para estar en la inauguración de las instalaciones de Caracol en Bogotá e imponer una condecoración a Polanco: ¿un editor condecorado puede ser objetivo con el condecorador? Colombia es sinónimo de negocio para PRISA y si algo cuidan bien en esa casa es el negocio del patrón.

    ¿Crees que hay algún sector de la prensa que se edita en España que tenga un real interés informativo?

    Es obvio que no puedo generalizar, pero en estos momentos, aparte de Público, en ocasiones y a ver hasta cuándo, sólo se puede leer prensa no comercial y alternativa. No hay más. Es un panorama muy pobre. Han acabado con los lectores críticos y capaces de pensar a fondo y leer entre líneas.

    ¿Entonces Público te merece una opinión positiva? ¿Es mejor prensa en su opinión?

    Todavía es pronto para hablar con detalle de Público, pero inserta cosas que en El País ni se sueñan y algunos comentaristas son oro fino, sin contaminar. No ha habido un antiguo militante del PTE, Partido del Trabajo de España, fichado en un momento muy particular para dirigir las páginas de economía de El País, por ejemplo.

    ¿Te refieres a Joaquín Estefanía? Por otra parte, ¿cuáles son esos comentaristas de oro fin en tu opinión?

    Eso cuenta Alfredo Grimaldos en su libro La CIA en España, página 213 (Debate, 2006). Habría que preguntarle a Ramón Akal si después de la ‘negociación’ entre Estefanía y Polanco el primero le pidió (a Akal) que no reeditase el libro que Estefanía había escrito sobre la Trilateral, donde retrataba a los españoles integrantes de ese club… al que se había incorporado recientemente Jesús Polanco. Preguntar, entonces, al propio Estefanía, a Grimaldos y a Ramón Akal. Esos columnistas de Público a los que me refiero son los que comentan cada día de lo que nadie más habla y lo hacen con toda la claridad, hasta el punto de que uno sólo de esos comentarios ya es suficiente para la lectura de Público.

    ¿Los nuevos medios informativos están destinados a superar la prensa? ¿Observas aquí aristas que valga la pena destacar?

    A un gran sector de la prensa, a sus empresas editoriales, les sobra arrogancia y no se dan cuenta de la crisis en la que están o a la que van. Los nuevos medios, sin duda, son una posibilidad de sacar a la sociedad de la crisis a la que le llevan los grandes medios-de-empresa. Bienvenidos sean. Lo que sucede, amargamente, es que la confusión y la crisis de sentimientos están acabando con los lectores. Es inamisible que en ese erial en el que estamos, proyectos como “Diagonal” no haya logrado los 5.000 suscriptores precisos para su mantenimiento. Hay quienes claman por la situación, pero luego no se suscriben y dejan correr un proyecto benemérito como ‘Diagonal’, ‘El otro país’ o ‘La República’. La destrucción del público por medio de la basura televisual –en la que ha cooperado el poder desde TVE- ha sido casi una obra maestra: por ahí se debería de empezar, por reconstruir los públicos, lo que implica pensar, esa materia tan despreciada en los sectores de poder. Y también, por unificar fuerzas: no es posible que existan tres cabeceras tan semejantes, compitiendo por el mismo mini-sector de lectores residuales, me refiero a ‘Diagonal’, ‘El otro país’ y ‘La República’. Habría que tender a la unificación de esfuerzos de estos tres proyectos tan importantes.

    ¿Reconstruir los públicos? ¿Y eso cómo se puede conseguir?

    Es muy difícil. Tal vez habría que empezar por hacer más trabajos comparativos de la prensa y mostrarlos; exigir que España deje de ser el único país europeo sin un organismo público de control audiovisual (una desvergüenza de nuestra débil democracia) y que, desde la universidad, los liberados de la sociedad que somos los docentes e investigadores, se auxilie a la sociedad, para que ésta pueda llegar a ser un tanto crítica con la dieta mediática que le sirven tantos medios como lo que se ha citado aquí tan de pasada.

    ¿Estás a favor de la prensa pública, de la televisión pública, de la radio pública? Si es así, ¿cómo podrían evitarse o superarse las presiones de los gobiernos de turno?

    Estoy a favor, es obvio, del sector público, de la tele pública y de la sanidad pública también, por ejemplo. Lo que sucede es que en este país, que antes era de 20 familias, ahora lo es de 19…+1 y quienes mandan no es el gobierno incapaz, por ejemplo, de acabar con el concordato, sino los bancos y los sectores que en su día obligaron a Felipe González a guardarse el puño cerrado en los bolsillos… con la promesa de que acabaría millonario, como ha sucedido… Solamente la movilización democrática de la sociedad podrá ser capaz de acabar con toda la corrupción existente y la latente también.

    Y esa movilización democrática a la que aludes, ¿cómo puede generarse? ¿Crees que hay ya ciudadanía predispuesta para ello?

    No la hay. Una muestra es la abstención en las suscripciones a las tres cabeceras de auténtico servicio público citadas que están manifestando tan bien su capacidad para esa misión.

    En algunos lugares del mundo, con menos posibilidades económicas que España, e incluso con menor presencia gubernamental de la izquierda, se publica prensa de interés. Pienso, en La Jornada en México (tú hablabas antes de ella) o Página 12 en Argentina. ¿Cómo se explica eso?

    Muy sencillo: porque son sociedades menos desarticuladas que la nuestra. La española es una sociedad destrozada. El caso de ‘La Jornada’ o de la revista ‘Proceso’, de México, es posible porque los periodistas allí no se han entregado a la empresa. En España se perdió la oportunidad de las ‘Hoja del Lunes’, que era de los periodistas y la empresa acabó con ellas. En España no existe el sentimiento cooperativo presente en México, por ejemplo. Y cuando surge un fenómeno como ‘Diagonal’, el público, ¿de izquierda?, le da la espalda o un apoyo insuficiente. Parece que hay una idiotez generalizada que impide ver en España un proceso naciente, como el de ‘La Jornada’ de México. No es, pues, culpa de los periodistas, sino del error de su público, que no tiene agallas para apostar por el futuro y prefiere seguir sufriendo el abuso mediático. Lo malo es que si uno de los procesos citados pinchara, va a tener que pasar mucho tiempo antes de que otro grupo se anime por esa vía. No se puede perder el tiempo.

    Pero, ¿por qué el público español, la ciudadanía española, no tiene agallas para apostar por el futuro en este ámbito?

    Tal vez sea el adormilamiento originado por la basura televisual que nos embarga. Por eso, además, tanta facilidad para abrir emisoras y emisoras, y palo para los proyectos alternativos de movimientos sociales y ciudadanos.

    ¿Qué papel crees que juegan los medios de comunicación (o de inculcación) en procesos políticos como el venezolano? ¿Por qué los golpistas de 2002 saludaron y agradecieron el papel de esos medios?

    Los medios apoyaron el golpe venezolano, en Caracas y en Madrid, ‘El País’, sin ir más lejos (ver, por ejemplo, el libro de Luis Alegre). Para la prensa única, hay golpes buenos y golpes malos, como hay atentados buenos y atentados malos. Es malo que los rusos hagan maniobras en el Caribe, pero ven con muy buenos ojos que la flota yanqui esté en los alrededores de Rusia y los misiles en Polonia apuntando hacia el Este. Hay un gran cinismo mediático. Lo volveremos a ver en octubre, cuando se reúna en Madrid la patronal de la prensa única. Los golpistas venezolanos y los editores eran-son la misma gente. Están haciendo su juego y lo hacen lo mejor que pueden. Los medios venezolanos llamaron al golpe en todo momento, antes y después del propio golpe. El ‘error’ de Chávez fue no haber suspendido la licencia de las emisoras golpistas justo al reinstaurarse el orden democrático en Caracas. En el caso de ‘El País’, es de agradecer que existan hemerotecas, para seguir estudiando su estrategia editorial anti todo lo que suene a progreso (social) en América Latina, donde se pueden poner en jaque sus enormes intereses.

    No era fácil hacer lo que señalas. Cuando tiempo después no renovaron una licencia, la prensa venezolana y parte de la mundial les tildó de dictadores, de gorilas, de estalinistas.

    La prensa única actuó así, porque para eso es la prensa única, que es la versión mediática del concepto ‘pensamiento único’.

    ¿Cómo ves globalmente la prensa en el mundo? ¿Es España un caso singular o forma parte de la corriente general?

    Hay que empezar a aceptar la idea de ‘prensa única’. Si en el fondo ‘El País’ y ‘El Mundo’ son la misma cosa, con sus ligeras diferencias (excepto con el tratamiento a lo latinoamericano) y sus disputas de despistaje, lo mismo sucede en otros lugares donde la prensa es de un editor que ha pedido el norte y que ya desconoce que los medios son un servicio a la sociedad. Piensan que son un servicio a la sociedad… mercantil que usa y abusa de su propiedad, lo cual conculca los principios de qué es un medio de comunicación… social, cuya propiedad final reside en sus lectores. España –con sus medios entregados a La Zarzuela; la tele, más babosa que nadie- no es un caso único, pero es el que padece la sociedad española, de ahí nuestra mayor preocupación.

    ¿Medios entregados a La Zarzuela? ¿Puedes darnos algún ejemplo?

    Sólo hay que haber visto cualquier canal de televisión durante el campeonato de fútbol de hace unas semanas para ver el embobamiento y la falta de rigor de tantos medios, los mismos que han acuñado aquello del ‘talismán’ real que hace que España gane trofeos y medallas, no porque en un momento determinado los deportistas sean mejores que los otros, sino por el ‘talismán’.

    Sí, sí, tienes razón. Recuerda el pensamiento mágico-servil. Gracias por tu tiempo y tus reflexiones.

    [La objetividad informativa] es una utopía, pero las utopías están para llegar a ellas, no para admitir que son inalcanzables | 14-09-2008 - 08:14:32 GMT 1 #

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