La memoria de los mártires
Amadeo Rodríguez Magro Obispo de Plasencia/Queridos diocesanos: Se aproxima la fecha de la beatificación en Roma de 498 mártires de la persecución religiosa en España en el siglo pasado. Si Dios quiere, asistiré y voy contento porque, junto a un grupo de diocesanos, en su mayoría de Béjar y su comarca, tendré la oportunidad de participar en un acontecimiento de fe: la proclamación de la santidad heroica del martirio de un salesiano, Nicolás de la Torre Merino, nacido en esa querida ciudad de nuestra Diócesis; y me sumo también a la de José Polo Benito, que fue gobernador eclesiástico, sede vacante de la Diócesis y Deán de la catedral de Plasencia antes de serlo de la de Toledo, donde fue martirizado. Esas beatificaciones me traen a la memoria a otros sacerdotes y seglares que perdieron la vida en la misma época y en parecidas circunstancias. Seguiremos trabajando para que no caigan en el olvido y para poder algún día demostrar que murieron mártires y como testigos heroicos del Evangelio. Sé, naturalmente, que otros hijos de esta tierra también murieron por otras causas nobles y dignas, y no dudo de que han contribuido con su sacrifico al progreso de la sociedad, y de que también en los planes de Dios ese sacrificio ha tenido valor. El martirio Pero a los que ahora nos referimos, con motivo de este acontecimiento en Roma, es a los que vivieron la muerte como una experiencia de fe, como una experiencia de amor a Dios, y en Él a los hombres, también a los que acabaron con sus vidas. Como recuerda la Conferencia Episcopal Española: “El martirio es el signo más auténtico de la Iglesia de Jesucristo: una Iglesia formada por hombres, frágiles y pecadores, pero que saben dar testimonio de su fe vigorosa y de su amor incondicional a Jesucristo, anteponiéndolo incluso a la propia vida. Dado que los mártires son personas de todos los ámbitos sociales, que han pasado su existencia haciendo el bien y que han sufrido y han muerto renunciando a salvar su vida y perdonando a quines los maltratan, nos sitúan ante una realidad que supera lo humano y que nos invita a reconocer la fuerza y la gracia de Dios actuando en la debilidad de la historia humana”. Los recuerdos son vida Recordar a los mártires no puede asustar ni ofender a nadie; al contrario, hace mucho bien. El recuerdo (“volver a pasar por el corazón”), si se utiliza adecuadamente, es necesario para poner de relieve la verdad de la vida y de la muerte de los que nos precedieron. De hecho sin memoria no se puede vivir, ya que no hay nada que identifique tanto a los seres humanos como recordar. El que pierde la memoria se queda sin pasado, pero también sin presente y sin futuro. La memoria, sin embargo, no se induce, ni se impone, ni se manipula con enfrentamientos artificiales; la memoria se asimila con la pedagogía del tiempo, que cicatriza heridas y le quita lo dañino, para que sólo queden los valores que ennoblecen el recuerdo. La memoria cristiana se purifica además por el amor de Cristo, en quien todos los mártires mueren amando y, sobre todo, por el perdón ofrecido y pedido, que es el crisol en el que el pasado adquiere todo su esplendor. Una memoria purificada Por eso es siempre necesario estar muy atentos para que la memoria no se pudra con sentimientos contaminados; sobre todo cuando el pasado es doloroso, triste, injusto o cruel. Si nos instalamos en rencores revisionistas, seguro que la memoria le hará daño a nuestra
propia historia y no la dejará evolucionar hacia un futuro distinto. Pero, si miramos con verdad, amor, perdón, misericordia… a los errores y a los horrores, el recordar nos hará mejores; porque nos hará ver que lo que una vez ocurrió nunca debe repetirse; al contrario, si lo recordamos es para reconciliarlo y para que sea semilla de un espacio nuevo de convivencia. Porque no hay reconciliación sin la purificación de los recuerdos. Un signo de esperanza De ahí que no sea válido lo que algunos piensan: que lo más adecuado es no remover nada, dejar en el olvido a las personas y los hechos. Eso es injusto, muy injusto; sobre todo cuando lo que se recuerdan son gestos y sacrificios de amor a Dios y al prójimo, como es el caso de los mártires. Nos quedaríamos sin su semilla y, por tanto, sin su esperanza, porque los mártires son “un gran signo de esperanza”. No hay que tener miedo al recuerdo del martirio, pues los que lo sufrieron están por encima de “las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres”. Yo viviré la beatificación como un acontecimiento de gracia, porque gracia es contar con esa inmensa nube de testigos de la fe. Os invito a dar gloria al Señor por seguir mostrándonos el rostro de Cristo en el rostro de los santos.SiR Lejarza Argelaguer-Garrotxa Llierca

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