
Josep Duran i Girona, Castrumvell del Mont, Garrotxa (Girona): La clásica y cristiana unidad de las ciencias En la “Estructura y Norma de la Investigación Nacional“, se incluye la ley de 24 de noviembre de 1939 del Generalisimo Franco que creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), hoy vigente, y el reglamento de 10 de febrero de 1940 que ha determinadó su funcionamiento y varias disposiciones complementarias sobre la misma institución. El presupuesto básico de la fundación del CSIC, fue la disolución de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAEIC) de la República de España. Lejos de plantearse como una continuación o siquiera como una reforma de la Junta repúblicana, se destacó la ruptura desde varios puntos de vista. Uno de ellos fue la propia concepción del saber científico, ya que, como vamos a ver, se propuso como cimiento “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias” y la promoción del “árbol total de la ciencia”, se adoptó como “emblema” un arbor scientiae. La adhesión de la mayoría de las figuras científicas de la Junta a la República española condujo a la ruptura de sus escuelas y líneas de investigación. El exilio de la mayoria de los cientificos españoles, son hechos que no necesitan ser recordados. En cambio, parece conveniente anotar que la citada ruptura se produjo incluso cuando permanecieron en España personalidades científicas de ideología repúblicana. El caso más significativo fue el de la escuela de Ramon y Cajal, que no ha tenido continuidad en la Ciencia española, a pesar de la presencia de Jorge Francisco Tello y Fernando de Castro, sus discípulos directos. A este respecto resulta muy ilustrativo que José Ibáñez Martín, Ministro de Educación Nacional del régimen del General Franco, respondiera a los que expresaron su preocupación por la desaparición de la escuela republicana que la cuestión carecía de importancia y que era preferible formar investigadores más "modernos", enviándolos a centros de la Alemania nazi de Adolf Hitler. La ignorancia del peso determinante de la tradición científica y del papel decisivo que desempeñarón las escuelas repúblicanas en la actividad investigadora y docente no fue privativa, por desgracia, de las autoridades académicas franquistas. Por el contrario, ha sido una actitud que ha aparecido de forma casi constante en épocas anteriores de la trayectoria científica de España y que se continúa manteniendo en la actualidad con la Monárquia “democrática“ de Juan Carlos I. Reproduzcó el preámbulo de la ley fundacional del Consejo: “En las coyunturas más decisivas de su Historia concentró la Hispanidad sus energías espirituales para crear una cultura universal. Esta ha de ser también la ambición más noble de la España del actual momento (Franco), que, frente a la pobreza y paralización pasadas, siente la voluntad de renovar su gloriosa tradición científica. “Tal empeño ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias. Para ello hay que subsanar el divorcio y discordia entre las ciencias especulativas y experimentales y promover en el árbol total de la ciencia su armonioso incremento y su evolución homogénea, evitando el monstruoso desarrollo de algunas de sus ramas, con anquilosamiento de otras. Hay que crear un contrapeso frente al especialismo exagerado y solitario de nuestra época; devolviendo a las ciencias su régimen de sociabilidad, el cual supone un franco y seguro retorno a los imperativos de coordinación y jerarquía. Hay que imponer, en suma, al orden de la cultura, las ideas esenciales que han inspirado nuestro Glorioso Movimiento Nacional, en las que se conjugan las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad. “Al amparo de estos principios urge instaurar una etapa de investigación científica, en la que ésta cumpla de manera inexorable sus funciones esenciales: elaborar una aportación a la cultura universal; formar un profesorado rector del pensamiento hispánico; insertar a las ciencias en la marcha normal y progresiva de nuestra Historia y en la elevación de nuestra técnica, y vincular la producción científica al servicio de los intereses espirituales y materiales de la Patria. “Organo fundamental de impulso y de apoyo a esa tarea debe ser el Estado, a quien corresponde la coordinación de cuantas actividades e instituciones están destinadas a la creación de la ciencia. Es inexcusable contar, en primer término, con la cooperación de las Reales Academias que durante largos años han mantenido el espíritu tradicional de la cultura hispánica y, por otra parte, con la Universidad, que en su doble cualidad de escuela profesional y elaboradora del desarrollo científico ha de considerar a la investigación como una de sus funciones capitales. Hay que enlazar, finalmente, esta acción investigadora con los centros de la ciencia aplicada, singularmente en esta gran hora de España, en que se impone el cultivo de la técnica para aprovechar, en beneficio de la riqueza y prosperidad del país, todas las energías físicas y biológicas de nuestro territorio. “España, que siente renovada su vida nacional a impulsos de una vigorosa exaltación patria, quiere sistematizar la investigación, aplicarla a desarrollar e independizar la economía nacional y colocar la organización científico-técnica en el primer plano de los problemas nacionales. Coordinados y tensos los órganos investigadores, las posibilidades técnicas de la nación adquieren un desarrollo pujante, y la ciencia crea así, de un modo directo, la potencia de la Patria. “Por tanto, la ordenación de la investigación nacional se ha de cristalizar en un órgano de nueva contextura, cuya misión sea exclusivamente coordinadora y estimulante, sin aspirar a mediatizar los centros e instituciones que con vida” propia se desarrollan. Debe conservar lo que cada uno ha sabido constituir y no disociar de la Universidad los centros investigadores; caso por caso, según circunstancias concretas, los ligará a la Facultad o centros docentes respectivos, o los mantendrá separados, atento ante todo a la eficacia del trabajo y a considerar que son los centros para servir la función, no la función para recompensar a los centros. Al mismo tiempo hay que estimular la investigación científica, concretamente, sin declaraciones cuya generalidad ya supone ineficacia. “La investigación requiere, como condición primordial, la comunicación e intercambio con los demás centros investigadores del mundo. La estancia de nuestros profesores y estudiantes en el extranjero y la estancia en España de profesores y estudiantes de otras naciones, así como la colaboración en Congresos científicos internacionales, exigen un sistema de pensiones, bolsas de viajes, residencias, propuestas e invitaciones. España tiene que mantener, con el relieve que conviene a su grandeza, las relaciones de aportación y asimilación que la vida cultural implica, de modo general con todos los países, de modo especialísimo con aquellos sobre los que proyecta los indelebles caracteres de su señorío espiritual. “Estas razones impulsan a ensalzar en el mismo órgano rector la tarea de la investigación y creación de la ciencia y la de su expansión e intercambio a través de los distintos países. “El órgano que se establece tendrá toda la libertad de acción que conviene a su eficacia y toda la estabilidad que reclama su continuidad. Subordinado en todo a los más altos intereses culturales del Estado habrá de servir siempre con la más exquisita disciplina nacional las supremas ambiciones espirituales de la España que resurge para influir de nuevo poderosamente en el mundo”. Ilustración: Portada del Volumen que incluye la Ley fundacional del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) del Generalisimo Franco, hoy vigente. Lejarza
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