1 de Mayo: los "Pactos de la Moncloa" un proceso que lleva al
desastre. La aceptación de la lógica del enemigo el punto de ruptura, el principio del cambio ideológico.-Un sofisticado engranaje ideológico, político, cultural y mediático se puso en marcha durante los años de la Transición con el objetivo de incorporar a determinados dirigentes políticos y sindicales de la izquierda marxista a las filas del consenso en torno a los “intereses de Estado”, incluida de forma destacada la política antiterrorista, más allá de la lucha de clases. Los nuevos “grandes estadistas” – y si alguno no encajaba en el papel como Marcelino Camacho, se le cesaba – se encargarían de llevar a cabo los necesarios cambios ideológicos y políticos en sus organizaciones, expulsando a los rebeldes, sustituyéndoles en los aparatos de dirección por elementos más dóciles y, sobre todo, más sensibles a las ventajas materiales con las que Estado y patronal estaban dispuestos a endulzar la difícil pero trascendental tarea. Se trataba de domesticar y neutralizar el poderoso movimiento obrero y popular construido en la lucha contra la Dictadura.
Los Pactos de la Moncloa, tres décadas después, son perfectamente identificables como el momento del comienzo de la demolición, paulatina e ininterrumpida, de todo el sistema de protección social y de derechos laborales duramente conquistados por la lucha obrera durante la Dictadura.
Doce días después de que el Parlamento, con los votos de PSOE y PCE, amnistiara los cientos de miles de asesinatos, robos y torturas perpetrados por el franquismo se firmaron los Pactos de la Moncloa.
Año y medio antes, gobernando Suarez, con los sindicatos prohibidos y sus dirigentes encarcelados, se había promulgado una Ley de Relaciones Laborales muy progresiva y que venía a generalizar las conquistas logradas por los sectores más avanzados de la clase obrera. Se establecía por primera vez como objetivo general la estabilidad en el empleo y el carácter básico de la contratación indefinida, precisamente cuando, de la mano de las políticas neoliberales, los ordenamientos jurídicos de la Europa Occidental evolucionaban hacia la “flexibilidad”. La lucha de clases y la correlación de fuerzas mandaban.
Eso es justo lo que enterraron los Pactos de la Moncloa. No hablaban de depurar de fascistas los aparatos de estado o empresas públicas, en contra de lo que difundió la dirección del PCE. Su eje vertebrador era la búsqueda, a toda costa, de la competitividad para hacer frente “unánimemente” a la crisis económica. La clase obrera se solidarizaba con los empresarios y aceptaba la introducción de un contrato por dos años, con despido libre, para jóvenes y parados de larga duración y la anulación de la obligación de readmitir al trabajador en un despido declarado improcedente.
El proceso que entonces se inició continuó con la “reconversión industrial”, vendida como un sacrificio necesario – otra vez de la clase obrera – para entrar a la Unión Europea, el paraíso de los derechos sociales. Le siguió la venta a precio de saldo de empresas públicas tan rentables que hoy son las estrellas de La Bolsa-Ibex 35, precisamente por tratarse de sectores estratégicos. Así la banca pública, Argentaria, hoy BBVA, CAMPSA convertida en REPSOL, TELEFÓNICA, ENSIDESA, IBERIA, IBERDROLA, IZAR, SEAT, etc.
La sustitución de centenares de miles de puestos de trabajo fijos y con derechos se inició con la “reconversión industrial” de principios de los 80 y continúa con el reguero interminable de “reestructuraciones de plantilla”, “desvinculaciones”, “externalizaciones”, “subcontratas, “deslocalizaciones o EREs.
Mientras era evidente que los gobiernos de turno ejecutaban una política de carácter general, perfectamente planificada, las burocracias sindicales asistían impávidas al derroche de energía de los trabajadores de cada empresa, solos, cuando al mes siguiente saltaba una empresa tras otra. La respuesta obrera, aislada, devaluada y fragmentada se abocaba una vez tras otra a la derrota.
No solamente se separaban empresas y sectores. Como muestra con genial claridad la película de Fernando León de Aranoa, “Los lunes al sol”, la dinamitación de la solidaridad y de la unidad de clase - negociando cada fragmento de trabajadores su situación, mirando para otro lado cuando despedían a las diferentes categorías de temporales, de subcontratados, cada grupo pensando salvarse a sí mismo, hasta que les tocaba a los últimos y no había fuerza para resistir- es el impagable rédito para el capital de un camino que no tendrá fin, a no ser que se cancele, colectivamente, un proceso que lleva al desastre.
Los ejemplos son innumerables. La estrategia es siempre la misma: convencer a los trabajadores y trabajadoras de que no vale la pena luchar y que hay que aceptar lo que hay y “sacar lo que se pueda”.
Hay veces que no lo consiguen, bien porque dirigentes del propio sindicato encabezan la huelga o bien porque es dirigida por otros sindicatos no controlados. Entonces se pone en marcha el plan B. CC.OO. y UGT, autoproclamados “sindicatos más representativos” y, sobre todo, reconocidos como tales por patronal y administración, ningunean al Comité de Empresa, dejando en evidencia a sus propios afiliados, al comité de huelga y la asamblea de trabajadores, firmando acuerdos sin el consentimiento previo de los afectados, ni de sus representantes inmediatos.